Intelectual crítico al estilo español

Hace no mucho me encontré una referencia al libro La desfachatez intelectual de Ignacio Sánchez Cuenca en el muro de Facebook de alguien. No recuerdo si era una reseña propia o un enlace a la reseña de un tercero. Recuerdo los elogios a la valentía del autor por arremeter contra conocidos opinadores públicos a los que se le acusa de todólogos y vacuos. El asunto recibió muchos comentarios y “Me Gusta”. Pero yo no pude evitar recordar una reseña y entrevista al autor en el diario El Mundo. Se nombraba a Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Muñoz-Molina, Fernando Savater, Javier Marías, Javier Cercas… Y claro. Se me encendió la bombilla. ¿Qué tienen en común todos esos nombres? El Grupo PRISA. O bien sus libros aparecen en alguna editorial de ese grupo empresarial o son directamente columnistas de El País.

Sin un ejemplar de La desfachatez intelectual a mano no puedo averiguar si todos los “damnificados” por el libro están vinculados con el Grupo PRISA. Pero ese tipo de libros en España suelen ser ajustes de cuentas. Recordemos el libro de Gregorio Morán.

“Iron Fist” es flojita

Resulta que un tipo andrajoso y descalzo llega a Nueva York diciendo que es el hijo de un millonario que desapareció quince años atrás con su familia cuando viajaba en un avión privado sobre el Himalaya. Podríamos tener la duda de si es un farsante o el verdadero Danny Rand, heredero de una enorme fortuna. Pero una serie de insistentes flash backs del accidente aéreo, que le provocan de paso al perroflauta descalzo ataques de estrés postraumático, informan al espectador de que dice la verdad, eliminando toda duda y suspense. De paso, sabiendo esa información, sólo podemos concluir que el personaje de Danny Rand es realmente gilipollas. Se dedica a perseguir con sus pintas y olores de dormir en el parque a los hijos del socio de su padre, que son los que ahora manejan la empresa, tratando de convencerles de su verdadera identidad con el argumento de peso de decir «¡soy yo!, ¡en serio!, ¿pero por qué me hacéis esto?»

Danny Rand termina encerrado en un psiquiátrico. Gracias a una serie de datos que sólo el verdadero podría conocer, convence al psiquiatra que le atiende de que no es un farsante o un loco. En el momento culminante, el psiquiatra sonríe afable y le pregunta cómo es que ha regresado a Nueva York quince años después de su desaparición. Y a Danny Rand no se le ocurre otra cosa que explicar que la ubicación del monasterio de los monjes guerreros que le rescataron en el Himalya en realidad está en otro plano dimensional y que sólo se abre una conexión con nuestro mundo cada quince años. Realmente brillante por su parte. Así que le dejan allí encerrado hasta que se escapa dando un súper puñetazo a una pared. Porque en eso consiste su súper poder: concentrar mucha energía en el puño.

Lo siguiente que hace Danny Rand es buscarse a una abogada que trabajó para su padre para plantear una demanda y recuperar la parte de la empresa que le corresponde. Lo que podría ser una típica trama de abogados y juicios se resuelve enseguida, porque la hija del socio de su padre siente penita por él. Así que le da bajo cuerda una prueba que le permite probar su identidad y reclamar la propiedad del 51% de la empresa, valorada en miles de millones de dólares. El hasta hace poco perroflauta se convierte en accionista mayoritario de una gran empresa y pasa a tener despacho, vestir traje y conducir un Aston Martin. Entonces, descubre que la Mano, organización mortal enemiga de los monjes que le entrenaron, usa la empresa para sus negocios. Y así, entre el cuarto y quinto capítulo, la serie arranca de verdad…

Iron Fist es una de las nuevas apuestas en series de televisión del binomio Marvel-Netflix. Se trata de un cómic nacido en 1974, en pleno boom del cine oriental de artes marciales. Recordemos que las películas más conocidas de Bruce Lee se lanzaron entre los años 1971 y 1973. No sé cuánto de lo que nos cuentan en la nueve serie de televisión está tomado del cómic original. Da la impresión que todo lo que tiene que ver con artes marciales y filosofía oriental es un batiburrillo. Posiblemente son la clase de cosas que en años los setenta quedaban muy exóticas y orientales para una audiencia occidental pero que en pleno 2017 quedan ridículas. En la serie, Danny Rand practica kung-fu, taichi y yoga mientras que reza a Buda y cita frases de filosofía zen. Además traba amistad con una profesora de kárate, interreptada por una actriz mitad china y mitad británica, que habla del Bushido, cita a Sun Zi y tiene un libro sobre Musashi bien visible sobre una cómoda. Son todo clichés y muy superficiales. Para colmo, las escenas de artes marciales, que deberían haber sido el punto fuerte de la serie, muchas veces no están a la altura de las circustancias. Y se echa de menos el nivel visto en la serie de Daredevil, también coproducida por Netflix.

El pelotazo de Melania

Resulta que el diario británico Daily Mail publicó que, según un medio esloveno, Meliana Trump, la actual First Lady of the United States (FLOTUS), trabajó en agencias de modelo que ofrecían servicios a hombres adinerados. El Daily Mail se retractó, pero hubo una demanda judicial. En ella, los abogados de la FLOTUS reclaman daños económicos multimillonarios porque una noticia afecta a las oportunidades de negocio que el cargo ofrece a su clienta.

El texto no tiene desperdicio. Dice que la noticia publicada por el Daily Mail afecta a Melania Trump porque se le ofrece una oportunidad única en la vida de lanzar una marca comercial de ropa, accesorios, calzado, joyas, cosméticos, productos para la piel,  productos para el pelo y perfumería que generaría negocios multimillonarios gracias a que será una de las mujeres más fotografiadas del mundo.

Al final, no será el torcer las leyes lo que tumbe al presidente Donald J. Trump. Serán sus chanchullos, que no distinguen la figura pública de la privada. Como su promoción de su complejo privado Mar-a-lago como la “Casa Blanca de invierno”

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¿Encontrará Pentax un camino?

Hay una maldición que condena a que el mercado dé la espalda a todas aquellas marcas o tecnologías que tienen mi aprobación. Sean fabricantes de móviles como Nokia y Blackberry, sean dispositivos como los lectores de libro electrónicos. Pentax fue la marca de mi primera cámara digital de objetivos intercambiables. Y al poco tiempo empezaron los problemas. La empresa cambió de dueño dos veces. Primero la compró Hoya, que terminó quedándose con su división de material médico y vendiendo la división de fotografía a Ricoh. Esos vaivenes parecen que influyeron en sus lanzamientos al mercado.

A lo largo del tiempo las marcas de cámaras de fotos han encontrado una identidad. Nikon y Canon son las marcas profesionales que se limitan a producir infinitas iteraciones de sus productos sin mucha imaginación. Por ejemplo, Canon lanzó en 2003 la EOS 300D, la primera réflex digital asequible. Desde entonces lanzó cada cierto tiempo un nuevo modelo que añadía 50 a la cifra del nombre del modelo. A la 300D le siguió la 350D y luego la 400D hasta llegar hace poco a la 750D. Totalmente previsible. Y así, en la gama profesional encontramos que la EOS 5D fue seguida de las variantes Mark II, Mark III y Mark IV. Mejoras sucesivas sin salirse del guión. Pero fuera de eso, cuando Canon trató de entrar en el mercado de cámaras sin espejo lanzó un truño y sólo con la tercera generación parece haber logrado un producto competitivo. Por su parte, Nikon funciona con el mismo esquema previsible. Por ejemplo su cámara básica, la 3000 fue sustituida por la 3100, 3200 , 3000 y 3400.  Y así con el resto. Fuera de eso, alguien en Nikon tuvo la idea de crear una familia de cámaras sin espejo con un sensor mucho más pequeño que el de la competencia y por tanto con menos prestaciones. Ya hay rumores de que se va a cargar esa línea de producto.

En tercer lugar tenemos a Sony, que de ser la marca de referencia en electrónica de consumo pasó a perder dinero con sus portátiles, teléfonos móviles y cámaras fotográficas. Al menos, ha conseguido un plantel del modelos de cámaras de fotos que la colocan como la tercera marca profesional.  Luego tenemos las marcas que apostaron por las cámaras sin espejo: Panasonic, Olympus y Fuji. Estas dos últimas se han construido un nicho de mercado como cámaras hipster con su estética retro.

Y por último tenemos a Pentax, que siempre fabricó cámaras con muy buena calidad relación-precio para un público de incondicionales sin complejos. Es decir, los que comprábamos Pentax sabíamos que por el mismo precio nos llevábamos más prestaciones a casa que con un Nikon o Canon. Pero como en esas dos marcas, alguien en algún algún momento decidió que  Pentax tenía que hacer algo diferente a los demás. Pero algo que nunca nadie hubiera hecho. Quizás debieron preguntarse en Pentax por qué a nadie había lanzado nada parecido a ellos. Primero lanzó la Q, la cámara que respondía a la necesidad que nadie había tenido. Pentax inventó la cámara compacta con objetivos intercambiables y la lanzó a un precio equiparable a otras cámaras de muchas más prestaciones.

Luego, Pentax contrató a un diseñador industrial famoso para crear la primera cámara sin espejo con sensor de réflex digital. La K-01 fue un hito tecnológico que quedó oscurecido por la apariencia de la cámara.

Puede ser que la K-01 ganara algún premio de diseño pero no debieron venderse muchas. Los responsables de Pentax dejaron claro que no iba a ser la primera de una nueva gama y que su apuesta por las cámaras sin espejo de objetivos intercambiables iba a ser la familia Q, que tuvo dos modelos más: La Q10 y la Q7. Con esta última intentaron solventar algunas pegas de la familia, el precio y el tamaño del sensor. Pero al aumentar el sensor, la distancia focal equivalente de los objetivos ya existentes para la Q y la Q10 cambiaba. Cuatro años después del lanzamiento de la Q7, no hemos vuelto a saber de la familia y entre la gama de cámaras ofrecidas por Ricoh USA ya no aparece.

Vimos que el démerito de no haber sabido tener éxito con las cámaras sin espejo también lo comparten Nikon y Canon. Pero alguien decidió que Pentax no debía ser previsible y aburrida, lanzando mejoras sucesivas en una gama estable de modelos, como esas dos marcas.  A la K-10D y K-100D, como modelos avanzado y básico para aficionados  les siguió la K-20D y la  K-200D. A partir de ahí vinieron la K-m, la K-7, la K-x, la K-5 y la K-r. Pentax sigue el sistema Canon de asignar una, dos y tres cifras a los modelos de mayor a menor prestaciones. Así que la K-7 y la K-5 eran modelos por encima de la K-10D. ¿Pero la K-x y la K-r? Habría que consultarlo para saberlo. Alguien cayó en la  cuenta y decidió solventar el lío llamando al siguiente modelo K-30, que fue sustituida por la K-50 y la K-70. La nueva cámara básica fue la K-500 y como modelos superiores llegaron la K-5 II, la K-3 y la K-3 II. Íbamos bien pero por el camino alguien volvió a liarla. Salió un modelo básico llamado K-S1 de colorines y lleno de lucecitas.

El invento extraño de la K-S1, como todos los inventos extraños de Pentax, no debió tener mucho éxito. Le siguió en el mercado la K-S2, una cámara mucho más sobria a pesar de las variantes con colorines. Por el camino llegaron también su cámara de medio formato y su cámara de formato completo, la K1. Esta última parece un requisito de toda marca que aspire a ser tomada en serio, aunque nunca he tenido claro en qué influye su existencia para el fotógrafo aficionado. Su existencia como proyecto se sabía desde hacía años y que Pentax lanzara al mercado era síntoma de estabilidad y esperanzas de futuro, después de los vaivenes empresariales.

La sorpresa, para mí, ha saltado con el último lanzamiento. La nueva Pentax KP se inspira externamente en la K1 y juega a la estética retro con su versión metalizada. Iker Morán dijo que le recuerdo a otra cámara retro, la Nikon Df.

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¿Cabe la posibilidad de que Pentax decida empezar jugar al estilo retro para crear un nueva línea en paralelo a su habitual gama de cámaras robustas? Pentax tiene una baza de la que carecen Sony y Panasonic: un legado de cámaras históricas e icónicas como la Pentax MX y la Pentax K-1000. Ya hizo un homenaje a la primera con su compacta MX-1. A lo mejor no sería original seguir el camino de Olympus del autohomenaje ni tampoco lo sería ofrecer cámaras sin espejo con estética de réflex retro como Fuji. Pero sería mucho mejor que seguir abriendo caminos a ninguna parte. Espero que, por lo menos, lleguen años de estabilidad para Pentax y sus responsables se dejen de inventos raros.

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John Wick o el virtuosismo en el cine de acción

Se quejaba hace poco Evan Puschak (Nerdwriter) de la “epidemia” de películas simplemente “pasables” que afecta a Hollywood.

Como ejemplo del estado de cosas y a modo excepción, Puschak recogía una reseña de John Wick en la que alaba que es “una película que sabe lo que es”. Esto es, los creadores de John Wick fueron conscientes de que su objetivo era producir una película de acción destinada al entretenimiento y se tomaron en serio esa empresa. Eso es algo que se echa en falta en esta era de abuso de efectos especiales por ordenador y trabajo de cable.

John Wick fue estrenada en 2014 y fue codirigida por Chad Stahelski, un experto en artes marciales que había trabajado como especialista, junto con David Leitch, poseedor de una larga trayectoria como director de especialistas en películas de acción. La película fue protagonizada por Keenu Reeves, cómo no.  John Wick tiene una estética muy particular, presenta un universo original y bebe del género heroic bloodshed del cine hongkonés.  Las escenas de acción son un festival de virtuosismo de gun fu en el que destaca el trabajo de Keanu Reeves, al que hemos podido ver entrenando el uso de armas y artes marciales preparando para la secuela. Y ese compromiso con el resultado y ese esfuerzo extra para ofrecer algo diferente me parecen una muestra de coherencia y honestidad en el trabajo que merece ser aplaudida.

Blade Runner ya está aquí

El otro día Israel “Greenshines” tuvo la genial ocurrencia de grabar para su cuenta de Instagram el vuelo nocturno de un dirigible sobre Tokio mientras en su habitación sonaba de fondo una voz femenina de un canal japonés y el tema “Memories of Green” de la banda sonora de Blade Runner.

En Instagram tenemos la cuenta Blade Runner Reality, que muestra cómo el presente es posible encontrar el futuro cyberpunk imaginado en los años 80. Este año tendremos secuela de Blade Runner con la inefable participación de Harrison Ford, que de esa forma habrá perpetrado volver a interpretar tres papeles que le hicieron famoso en los años 80.

Escuchando mal música mala

Soy de la generación para la que tener un equipo de música era una aspiración. Hablo no de las mini cadenas, sino de los equipos que incluían amplificador y ecualizador como elementos separados que se apilaban en muebles dedicados. Yo tuve una minicadena Pioneer con reproductor de CD y doble pletina de casette. Me la compré durante la adolescencia. Y quedó atrás cuando me fui de casa después de la universidad. A partir de aquel entonces toda la música la escuché a través de los altavoces del portátil, de dos altavoces Creative Labs conectado al portátil, de un reproductor MP3 o del móvil. Para colmo, mucha de aquella música estaba descargada de Internet con un ratio de muestreo bajo. Es decir, jamás volví a escuchar música en condiciones óptimas.

Resulta que el fenómeno es generalizado. El oyente medio de música lo hace en condiciones subóptimas. Pero no importa. La calidad de las grabaciones ha caído en picado. Las casas discográficas han entrado en una guerra de decibelios para que su música suena más alta, sacrificando rango dinámico por el camino. Así que todas esas quejas de que ya no hay música como la de antes tiene una base de razón.