Casting para un relato

Ayer la mandé un mensaje a una amiga. Estoy escribiendo un relato y era incapaz de visualizar la cara de varios personajes. Le pedí que me mandara una lista de actrices que le parecieran atractivas. Su lista incluía alguna que otra belleza heterodoxa y otras que no encajan en lo que estaba buscando. Hasta que surgió el nombre de Tania Raymonde.

Tania Raymonde

Sí, es guapa”, le dije. Pero tras mirarla un rato di un respingo. “Ella es Ella”, dije de forma críptica chateando en el fondo conmigo mismo. Me refería a que era cierto personaje al que todavía no había conseguido ponerle cara. Ahí la tenía. Guapa pero sin apabullar. Una chica atractiva pero que no necesariamente se había abierto camino en la vida con su físico. Estaban los ojos y estaban esos labios. Ella tenía que tener esos labios. Luego, buscando más información en Internet descubrí que es judía. Y sólo pude reirme. Ella era judía. Ahora sólo falta encontrar una lámpara con un genio para que todo sea perfecto.

Ya sé lo que me incomoda de “Cómo conocí a vuestra madre”

Ayer, haciendo zapping (de lo que veo en la tele hablaré otro día), me encontré con un capítulo de “Cómo conocí a vuestra madre”. Y en el par de minutos que le dediqué, descubrí de pronto por qué me incomoda lo que cuenta la serie.

Todo gira en torno a una mirada al pasado desde la distancia con un tono nostálgico y edulcorado. “Aquel fue el verano en que”. “Aquella fue la ocasión en decidí que ya nunca más…”. “En aquel momento, por primera vez en mi vida, comprendí que”. Y claro. Considerando que “Aquellos maravillosos años” sería el último título en el universo que le pondría a una serie de televisión basada en mi infancia, la nostalgia por la infancia, la adolescencia o los locos años de la juventud me repelen. Sólo considero que merece volver la vista atrás para sacar lecciones, hacer las paces con el pasado y seguir adelante.

Everything is a remix

Kirby Ferguson es un cineasta, autor del documental en cuatro partes “Everything is a remix”. En él explica como tradicionalmente el arte y la tecnología avanzaron a lo largo del tiempo a partir del trabajo previo de otros en un proceso continuo que se ha visto afectado y pervertido por las leyes de la propiedad intelectual, que permiten fenómenos como los “trolls de patentes” o la posibilidad de patentar software de la forma más vaga y ambigua. Me ha llamado la atención la hipocresía de personajes, artistas y empresas que construyeron su carrera copiando a otro. Steve Jobs aparece diciendo en 1996 “hemos sido desvergozandos en copiar grandes ideas” mientras que se recoge una cita suya de 2010, anunciando que iba “a destruir Android porque es un producto robado”.

Lo más divertido del documental es ver el original en el que se inspiraron película conocidas. Aparece un ejemplo ya clásico, Kill Bill. Pero personalmente me ha parecido interesante ver las referencias cinematográficas de Star Wars.

En el principio fue Talvin Singh

Talvin Singh nació en Londres. Sus padres quisieron para él una formación en música clásica india. Fue enviado a la India a estudiar la tabla, un tipo de tambor que se toca en parejas y no muy diferente del bongó. Pero Talvin Singh no quiso quedarse dentro de los márgenes de la música tradicional canónica. A los dos años volvió al Reino Unido y allí se dedicó a fusionar la música de tabla con los sonidos electrónicos con los que había crecidoo. Abrió una discoteca y en 1997 editó un disco recopilatorio Anokha, Sounz of The Asian Underground, que dio nombre a la corriente emergente de artistas británicos de origen o ancestros indios cuya música vivía entre los dos mundos.

Otra vez la nostalgia del futuro

Luis Alfono Gámez escribe en el diario El Correo sobre cómo el futuro no es lo que era.

La Tierra, año 2013: no hay viajes espaciales más allá de la órbita terrestre, los robots siguen siendo tontos, no vamos de un lado a otro en coches voladores ni hay sistemas de traducción automática, no existen los replicadores de alimentos, seguimos solos en el Cosmos -que sepamos- y envejeciendo, la gente muere de cáncer y hasta de hambre, el fondo del mar está tan profundo como hace medio siglo… El futuro, definitivamente, no es lo que nos habían prometido.

286 metros

El pasado mes de mayo el escalador español Carlos Soria se encontraba a 286 metros de la cumbre del pico Kangchenjunga. Carlos Soria tiene 74 años y  está tratando de ascender a los catorce picos que superan los 8.000 metros de altitud. Sus anteriores expediciones no habían hecho cumbre y el Kangchenjunga estaba casi a su alcance. Pero la ascensión había sido dificultosa. Carlos Soria había propuesto a las otras expediciones poner dos sherpas para la empresa común de tender cuerdas en los tramos más peligrosos. Pero el día en que se preparó para el gran asalto final se encontró con que el resto de escaladores decidieron subir por su cuenta. Los sherpas de la expedición de Carlos Soria tendieron cuantas cuerdas pudieron hasta encontrar que no tenían suficientes para un tramo realmente peligroso. En aquella parte de la montaña el avance se ralentizó. Y entonces Carlos Soria se encontró a esos 286 metros de la cumbre. Calculó el ritmo de ascenso y concluyó que estarían a tiempo de hacer cumbre, pero la noche y el frío se les echaría encima en el camino de vuelta que tiene un trame muy expuesto. al viento. Si subir es penoso y difícil, bajar requiere extremo cuidado y concentración para ir pisando en el lugar correcto. Y precisamente la concentración es algo que falla cuando estás agotado en alta montaña. Carlos Soria decidió dar la vuelta. Seguir adelante era arriesgar la vida del resto de la expedición. El jefe de los sherpas protestó y trató de animarle. La cumbre estaba tan cerca. Carlos Soria insistió. Era cuestión de ser honesto consigo mismo. Estaban subiendo muy lento e iba a poner a todos en peligro al obligarles a bajar con la noche echándose encima. Finalmente dieron la vuelta. Y se encontraron por el camino con otras expediciones que habían decidido seguir adelante. Hicieron cumbre once personas, entre escaladores y sherpas. Cinco no volvieron. Carlos Soria es el alpinista más prudente del mundo. Nunca ha sufrido una congelación en las extremidades o ha necesitado ser rescatado. Y es el más sabio.

La burbuja musical

Yo he tenido rachas. Hubo una época, mientras estudiaba la carrera, que no paraba de escuchar a Talvin Singh, Asian Dub Foundation, Nittin Sawhney, Ravi Shankar, Nusrat Fateh Ali Khan y otros artistas procedentes o con ancestros procedentes de la India y Pakistán. Recuerdo también la época en que Ramón Trecet no paraba de poner a “las griegas” (Alkistis Protopsalti, Eleftheria Arvanitaki, Savina Yannatou…) en su programa Diálogos de Radio 3. Y recuerdo también otras rachas personales con el tripo hop o la música minimalista. Así que me he hecho gracia el término “las burbujas musicales en la música étnica” que Planeta de Músicas emplea para contarnos cómo periódicamente la música de algún es “descubierta” y promocionada por una discográfica occidental, cambiándole el nombre original al grupo si hace falta, en un ciclo continuo de usar y tirar.

Algo pasa con Samsung

Samsung es en el mercado de las cámaras de fotografía como esa clase de persona que trata desesperadamente de llamar la atención en un fiesta, llegando a límites absurdos y sin conseguirlo. En el terreno de las cámaras sin espejo ha sacado modelos interesantes y con buena relación calidad-precio. Pero siempre le ha faltado “algo”. Ese algo que uno encuentra en la calidad de Fuji, los objetivos de Panasonic y el estilo retro de Olympus. Sus dos últimos movimientos han sido curiosos.

Samsung ha presentado una cámara sin espejo controlada por Android con conexión 4G. Justamente la Samsung Galaxy NX se parece a una de las cámaras con las que Chris Niccolls soñaba la pasada Navidad. Por otro lado, ha liberado el código fuente del firmware de las NX300 y NX2000. Que Samsung apueste por las fuentes abiertas es digno de ser alabado. Pero me temo que resulta un movimiento para atraer clientes más que una iniciativa para beneficiar a una amplia base de usuarios.

Juraría que hace tiempo el mundillo del trastear en las cámaras está parado. Si uno sale ahí afuera encontrará que había proyectos para “hackear” y modificar el firmware de las compactas Canon, la Pentax K10D, la Panasonic TZ10 y las Panasonic sin espejo. Y digo “había” porque del proyecto de hackear la Pentax K10D nunca más se supo y Panasonic contrató al ruso que lideraba el proyecto de sus cámaras. Sólo el proyecto de modificar Canon compactas sigue adelante. Lo que me recuerda que algún buscaré alguna Ixus interesante de segunda mano para jugar con ella. Los time-lapse programados esperan.

[25/06/2013 Corregidas unas cuantas erratas gordas]

Leyendo tonterías

Hay cosas que detestas casi por instinto. Así que es divertido cuando alguien se toma la molestia de destriparlo. Por ejemplo, alguien que entiende de música y canto te explicar por qué alguien del que tú piensas que canta como el culo, resulta que canta como el culo. O alguien se toma la molestia de leerse los libros de Paulo Coelho para explicar por qué su literatura es mala. Creo que tiene su enjundia. Como el autor del artículo, Héctor Abad Faciolince, señala, hay mucha literatura mala que no vende nada y mucha literatura buena que vende mucho.

Sergio Parra, por su parte, reflexiona sobre el hecho de que la lista de ventas en mayo de 2013 en España tanto en “ficción” como “no ficción” la encabecen libros que él considera malos. Concluye que quizás es preferible que la gente con poco criterio no lea libros, si con ello se evita que se llenen la cabeza de tonterías. Interesante cuestión. ¿Es deseable que la gente lea, aunque sea tonterías?

Al final de este viaje

El año pasado me entraron de improviso ganas de recorrer Estados Unidos. Es un país que siempre me generó antipatía. Y mis primeras inquietudes por conocer mundo me llevaron a Europa. Luego al Mediterráneo Oriental. Tenía un proyecto de viaje por Turquía, Siria e Irán, que tras posponer se ha vuelto en una de sus estapas imposible por razones evidentes. Entonces, una amiga se mudó a la Coste Este y cuando me invitó a visitarla me puse a mirar en Seat61.com viajes en tren por Estados Unidos. Viajar en tren es mi forma favorita de recorrer países, herencia de mis inicios como mochilero InterRail y porque valoro por mi altura poder salir al pasillo a estirar las piernas. Así que descubrí el California Zaphryr, que recorre las grandes llanuras y atraviesa las Montañas Rocosas desde Chicago al Valle Central de Califoria, donde los pasajeros embarcan en un autobús para alcanzar San Francisco.

Empecé a soñar. Me compré un mapa Michelin de Estados Unidos y una guía de viaje de los Parques Nacionales del oeste de Estados Unidos. Un segundo ruta Chicago-Los Angeles te deja a 100 kilómetros del Gran Cañón del Colorado. Y no muy lejos de allí está un lugar que supe de su existencia porque un antiguo compañero de piso estadounidense había estado en él. Pero las fotos que él me había mostrado no tenía nada ver con lo que fui descubriendo del Parque Nacional de Sión en Utah. Es un lugar que paree de otro mundo y cuyas fotos parecen óleos o creaciones por ordenador.


Me dediqué a mirar las rutas por carretera para llegar al parque. Recorrí aquellas carreteras con Google Street View. Y cuanto más información acumulaba y más lugares mágicos descubría, más me asaltó una duda, ¿qué diferencia haría visitarlo realemente? Sólo estaría confirmando con mis propios ojos la existencia de maravillas que ya había descubierto. Y esa emoción ya la había vivido una irrepetible vez. Ir o no ir, ¿qué más daba? Iría solo y lo disfrutría solo. Sería una experiencia personal intangible. Algo que sólo iba a perdurar en mi cabeza como un recuerdo. Como toda la felicidad efímera que he vivido.

Repasé mis metas. Los libros que me gustaría escribir y las fotos que me gustarían hacer. Pensé en todas aquellos ensayos y relatos que nunca terminé de escribir pero que están en mi cabeza. Creo que disfruté más documentándome y construyendo un universo en mi cabeza que poniéndome manos a la obra. Sé que de haberlos terminado nunca habría llegado muy lejos con ellos. Y aún así, ¿qué importaba el aplauso y los halagos de los demás? A veces me pasa con la fotografía. ¿Recibir halagos por una foto qué significa realmente? ¿Recibir la enhorabuena por una sensibilidad que no yo escogí tener? ¿Enhorabuena por la belleza de un paisaje que está ahí para cualquiera? ¿Enhorabuena por la suerte de haber encontrado unas nubes caprichosas y una luz solar determinada? ¿Enhorabuena por la belleza y el talento de la modelo?

La vida y la muerte, enormes bromas cósmicas, dejaron de tener sentido para mí, perdido en mi propia cabeza. Es lo que quise contar en la entrada nº 100 de este blog. Y al final me he atrevido a contar en la presente, la nº 200.