De ley

Hacía mucho que no escuchaba algo que me impactara como lo hizo la canción “De Plata” de Rosalía, una artista que viene de la pureza del cante y ha dado saltos a todo tipo de mestizajes sin complejos precisamente porque le respaldan los avales del arte clásico. Hay algo primario y salvaje en “De plata”.  Corrí a Amazon a comprarme el disco.

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La política como mera identidad estética

Las grandes utopías murieron en el siglo XX. Los sueños del «hombre nuevo soviético» y un «Reich de mil años» llevaron a horrores inimaginables (véase Tierras de Sangre de Timothy Snyder). La recuperación económica europea entre 1945 y 1975 del «Milagro Económico Alemán» y los «Treinta Gloriosos» años franceses nos legaron la política como el aburrido arte de lo posible. A lo largo y ancho de la Europa capitalista se implantó un modelo bipartidista donde socialistas o laboristas y democratacristianos o conservadores se alternaban en el poder con la existencia puntual de un tercer y pequeño partido liberal, como en Reino Unido y Alemania.

El margen de maniobra de los gobiernos se fue estrechando tras la crisis del modelo de posguerra, la expansión de la globalización y la unión monetaria en Europa. La política dejó de ser el arte de lo posible, porque un gobierno debía responder a los mercados financieros, las agencias calificadoras de deuda y los inversores internacionales. Los partidos socialdemócratas dejaron de diferenciarse de los conservadores en su política económica, por lo que incidieron en los derechos de los inmigrantes o la comunidad LGTB para diferenciar el producto.

Mientras tanto, la política a pie de calle abandonó lo sueños revolucionarios para convertirse en profundamente conservadora luchando por conservar los derechos laborales, conservar el medio ambiente, conservar el patrimonio histórico, etc.  Sin utopías ni revoluciones pendientes, las posturas políticas han quedado reducidas a declaraciones de cara a la galería. Así que hoy proliferan en las redes sociales insufribles comunistas hipsters epatando con su simpatía por los tiranos más nefandos, y antifranquistas zombies que llegan 50 años tarde. Las ideologías son disfraces de cosplay.

Generación Tapón

La revista Ajoblanco ha vuelto. Allá por 2008 escribí un artículo para una revista on-line ya desaparecida a partir de la lectura de Los 70 a destajo, las memorias de Pepe Ribas, director y fundador de Ajoblanco. Resulta que no fui ni el primero ni el último en desarrollar el concepto. (“La Generación Tapón”, “Generación Tapón: si destacas al rincón”, “La Generación T nos ha arruinado”).  Pero considerando que el texto ya no estaba disponible en Internet me pareció que merecía la pena rescatarlo.

Está por escribir la crónica de una generación invisible, la mía, que supuestamente era la más y mejor preparada de la historia de España y que se quedó por el camino con un sueldo mileurista y pagando una hipoteca. Pero para comprender tantas cosas hay que regresar al momento en que la España que ahora es quedó establecida. Lo contó Pepe Ribas, fundador de la mítica revista Ajoblanco en Los setenta a destajo. El libro es una crónica del nacimiento de la revista en los años finales del franquismo, siendo un retrato muy detallado y personal de lo que fue la oposición al régimen y la contracultura en Barcelona en particular y en España en general.

No sé cuántos lectores del libro han hecho la misma lectura que yo. Quizás mi desconocimiento de dónde estaba cada cual en aquella época sea la razón de mi sorpresa al ver desfilar por el libro a personajes ahora familiares en su juventud. Desde futuros ministros de cultura a artistas que ahora copan los suplementos culturales de los diarios de tirada nacional. Una élite política, intelectual y cultural que en aquella época pertenecía a alguna secta política del marxismo-leninismo y hoy está respaldada por grupos multimedia, partidos políticos y solventes fundaciones culturales. Sospechaba Pepe Ribas, ya por aquel entonces, que muchos de aquellos aspirantes a líderes revolucionarios aspiraban más a ser líderes que a ser revolucionarios.

Para alguien como yo que alcanzó su madurez política durante la segunda época de la revista Ajoblanco, eran los tiempos del felipismo, leer en las memorias de Pepe Ribas cómo se discutía tan acalorada y vehemente en los años setenta sobre una revolución que nunca se produjo queda a medio camino entre lo cómico y lo trágico. Que aquella futura élite soltara como lastre principios y valores en su ascenso social se ha relacionado normalmente con el reparto de cargos y prebendas que hiciera el gobierno socialista y sus medios de comunicación aliados en los años ochenta. Pero leyendo a Pepe Ribas uno intuye que la mutación empezó realmente tiempo atrás.

Con la llegada a España del pluralismo político y el fin de la censura se abrieron las puertas a una renovación de las élites políticas, intelectuales y culturales en el que había vacantes libres de sobra para los miembros de una generación en la que estudiar en la universidad, hablar idiomas y viajar al extranjero no estaba al alcance de cualquiera. Fue una generación que se encontró con un régimen nuevo en el que estaba todo por hacer y los espacios estaban por ocupar. Y resulta que buena parte de la élite de aquella generación no sólo se forjó en una época concreta sino que todos se conocían de forma directa o indirecta. Con los personajes que desfilan por el libro uno podría dibujar un mapa de redes y emular el juego que relaciona a los actores de Hollywood con Kevin Bacon. Y descubrir entonces la escasa separación de los personajes de una generación que ya estaba allí entonces y que ahí sigue bloqueándonos el paso.

Ups, pasó otra vez

Peter Boghossian y James Lindsay han perpetrado un nuevo “Sokal”. Redactaron un artículo académico lleno de logorrea posmoderna con citas a obras inexistentes y lo han colado en una revista académica llamada Cogent Social Sciences. El artículo se titula “El pene conceptual como constructo social” y sostiene que el pene no debería entenderse como un órgano anatómico, sino como un constructo social. Exactamente los autores dicen “un constructo social altamente fluido y performativo de género”.

Los autores afirman que redactaron los párrafos más absurdos y vacíos posibles para crear un artículo que jamás debió ser publicado por una revista pretendidamente académica. Se contradijeron en el texto a posta, introdujeron expresiones de la jerga post-estructuralista de forma aleatoria y llegaron a culpar al pene “conceptualmente” del cambio climático. Para colmo usaron citas extraídas del “Generador Posmoderno”, un algoritmo que genera aleatoriamente textos posmodernos.

Cogent Social Sciences parece ser una de esas revistas académicas cajón de sastre que cobran por publicar. Así que no estamos tanto ante un problema de revistas posmodernas que publican boberías, sino ante prácticas deshonestas. Pero que un artículo así recibiera comentarios positivos de los revisores indica que el mundo académico posmoderno funciona bajo la Ley de Poe. Las parodias son indistinguibles de la realidad.

La culpa de todo la tienen los milenials

“Stabmaster Arson” ha hecho un hilo en Twitter con una recopilación de titulares que anuncian la crisis de productos y la desaparición de prácticas sociales por culpa de los milenials.  Son titulares que enuncian preguntas del tipo “Have millennials killed…?” o afirman rotundos “Millennials have killed…/are killing…”

Resulta que los milenials han acabado con el mundo de la modacon el comercio al por menor. Y es que los expertos en publicidad encuentran que los grupos de discusión ya no funcionan también por culpa de los milenials. Así no hay forma de preparar campañas.

Y así, el resultado es que hay productos cotidianos en riesgo de desaparecer por su culpa. Los milenials, están acabando con las pastillas de jabón y con los pañueños de papel. También son responsables de haber hundido los cines. Y hay deportes en crisis o camino de la ruina por culpa de los milenials, como el deporte de correr y la industria del golf. Y podrían en un futuro acabar con el fútbol americano.

No hay nada que resista a los milenials. El mundo se pone patas arriba. Están acabando con las relaciones de pareja, por lo que la institución del matrimonio está en crisis también por culpa de los milenials. La obsesión de los milenials con el trabajo ha acabado con las vacaciones pero su desdén por la manera tradicional de hacer las cosas ha acabado con el horario de oficina.  Pero también, esa manera diferente de hacer las cosas ha acabado con el desayuno, el brunch, el almuerzo y hasta las cenas en pareja. Saltándose tantas comidas, claro está, el resultado es que los milenials están acabando con la industria alimentaria.

Pero nada se compara con sus mayores víctimas. Los milenials acabaron con la Unión Europea, acabaron con el sueño americano y acabaron con la democracia.

La Académica Inquisición

Lo planteé recientemente a propósito de una entrevista a Rachel Dolezal, la mujer blanca que se hacía pasar por negra. Su caso resultó ser el de una blanca atraída por el exotismo africano de las portadas del National Geographic y causó consternación entre la comunidad negra estadounidense. Que alguien se identifique como negro sin serlo sólo puede ocurrírsele a un blanquito de clase media que no se entera.

Pero dejé la cuestión ahí. ¿Cómo negar el derecho a alguien a identificarse con una identidad cultural si la propia izquierda posmoderna defiende el derecho a expresar libremente la identidad sexual? ¿Quién decide quién es negro sin entrar en el terreno de la racialización de la identidad étnica o la carga genética? Es decir, ¿sería Rachel Dolezal una “negra nacida en el cuerpo equivocado”?

David Chappelle se adelantó al debate con su sketch “Racial Draft”, en el que representantes de distintas comunidades eligen personalidades de otros grupos o a personas multiétnicas. Así, los judíos reclaman para sí a Lenny Kravitz (de padre judío y madre negra) y los asiáticos a Wu Tang Clan (raperos negros que hacen muchas referencias a la cultura oriental) Y por el camino se negocia la identificación de Eminem y Collin Powell como blanco o negro.

La duda que me planteaba entonces ha sido resuelta de forma expeditiva recientemente.  Rebecca Tuvel,  profesora asistente del Rodhes College en Memphis, tuvo la ocurrencia de mandar un artículo a la revista académica de filosofía feminista Hypatia planteando que la transracialidad debería ser tan legítima como las transexualidad. El artículo pasó el comité de evaluación y fue publicado. Digamos que no fue muy bien acogido. Aparte del linchamiento en las redes sociales, 500 académicos firmaron una carta denunciando el artículo. La revista Hypatia, cómo no, se echó atrás y publicó una disculpa en la que anunciaba que revisaría sus criterios de publicación para en un futuro darle más voz a personas transexuales y de color.

Alguien contactó a Rebecca Tuvel para entevistarla para el Wall Street Journal. Pero cuenta que Tuvel, llorando, rechazó la entrevista y le contó que temía haber quedado tachada en el mundo académico.

Abogados del diablo

Hace poco, Alex Jones, un personaje de la alt-right estadounidense, tuvo que pasar por el juzgado por la disputa con su ex-mujer por la custodia de las hijas en común. El abogado de la ex-mujer se limitó a poner vídeos donde Alex Jones aparecía en InfoWar.scom hablando como un telepredicador apocalíptico para argumentar que era un desequilibrado mental. El abogado de Jones le defendió diciendo que su figura pública era un personaje. Que él en realidad no piensa realmente las barbaridades que suelta y que su personalidad extrema es puro teatro para dar espectáculo a la audiencia.

El argumento me parece una salida cobarde de alguien que ha defendido ideas perversas. Jones mantuvo que la matanza de Sandy Hook, en la que veinte niños de seis y siete años fueron tiroteados en un colegio de primaria, nunca existió. Fue la respuesta de los defensores de la libre tenencia de armas ante el temor de nuevas leyes restrictivas respaldadas por una opinión pública conmocionada. Según los impulsores de la teoría conspirativa, allí no murió ningún niño y los padres afligidos que salieron en los medios eran todos actores contratados. La difusión de la teoría de la conspiración generó una campaña de acoso y amenazas de muerte contra los padres. Uno de esos padres, Leonard Pozner, decidió salir a la luz pública para combatir a los acosadores y desde entonces tiene que cambiar de domicilio constantemente.

Jones perdió el juicio y quedó en manos de la madre autorizar las visitas del padre. Me gustaría pensar que algún día Jones pagará todo el daño que ha hecho. Requiere de un tipo siniestro de maldad lanzar mentiras a sabiendas con el propósito de tener un impacto en la opinión pública. Y si hay un medio que destacó en ello en Estados Unidos, antes de la aparición de la alt-right, fue Fox News. El año pasado su presidente tuvo que dimitir tras varias acusaciones de acoso sexual. Cuenta Jon Stewart que su encuentro con él fue lo más parecido al diálogo con la muerte en El Séptimo Sello  de Bergman. Este año el que ha caído es Bill O’Reilly, presentador estrella de Fox News. A la vuelta de las vacaciones no se le renovó el contrato mientras se acumulaban las demandas por acoso sexual, que fueron resueltas fuera de los tribunales. ¿Quién iba a pensar que en un canal famoso por su sensacionalismo y la hipocresía de su línea editorial sus figuras más destacadas eran unos viejos babosos?