Detroit encoge

Detroit es una ciudad en decadencia. Es un reflejo de la crisis de la industria del automóvil estadounidense. Detroit tenía en 1,89 millones de habitatnes. En 2010 la cifra había bajado a 706.585 personas. La ciudad está encogiendo. Hay barrios donde casas y naves industriales abandonadas se caen a pedazos y la naturaleza las reclama. Los urbanistas han encontrado que se ha escrito mucho sobre ciudades que crecen desmesuradamente. Pero nadie ha escrito un manual sobre cómo gestionar ciudades en crisis que encogen. La solución ideal sería evacuar a la gente de los barrios decadentes para reagruparla y poder abaratar el gasto en servicios públicos e infraestructuras. Pero, claro está, la gente es reacia. Sería interesante ver cómo se demuelen y abandonan barrios enteros mientras la naturaleza avanza. Será un mundo que se asemeje al que Tyler Durden hablaba en El Club de la Lucha.

En el mundo que imagino se cazarán alces en los bosques húmedos de los cañones que rodearán las ruinas del Rockefeller Center. Se llevarán ropas de cuero que durarán toda la vida. Se trepará por lianas tan gruesas como mi muñeca que envolverán la Torre Sears. Y cuando se mire hacia abajo, se verán pequeñas figuras humanas machacando maíz y secando tiras de carne de venado en el asfalto de alguna gigantesca autopista abandonada.

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Ajustes de cuentas

Siempre he tenido un blog personal y anónimo. He perdido la cuenta de cuántos he empezado. El ciclo de vida ha sido siempre más o menos el mismo. Arranco escribiendo de forma anónima, volcando bastantes asuntos personales en el blog. Tarde o temprano escribo cosas que me apetece compartir. Algo que considero muy gracioso o brillante, que creo que deberían leer mis conocidos más allá de los cuatro gatos anónimos que me siguen. Poco a poco, el blog deja de ser anónimo para mis amigos, que dejan comentarios donde me llevan la contraria ante  mis afirmaciones tajantes sobre tal o cual tema. Llega el día en que cuando escribo me empiezo a autocensurar pensando en cómo podría ofender o disgustar a mis conocidos si confieso algún trapo sucio personal o me desahogo con una diatriba sobre alguna cuestión que me disgusta. Llega el momento en que escribir el blog deja de ser divertido porque no escribo lo que realmente me apetece. Entonces, llegados a ese punto, suelo borrar el blog y empezar de nuevo.

LoboEstepario.net ha durado por una sencilla razón. No he hablado de nada excesivamente personal. Estuve a punto de hacerlo coincidiendo con la entrada número 100. Pero los comentarios de los lectores que surgieron del anónimato de Internet para felicitarme me hicieron ver que no estaba solo. “Oh, vaya”. Toda esa gente ahí y yo apunto a hablar sin tapujos de mis cosas. Y es que tengo cuidado porque creo que uno de aquellos blogs envenenó una de mis relaciones de pareja.

Confieso que atravasé una etapa de doloroso pagafantismo del que salí haciendo una autocrítica en aquel blog personal. Decía Foucault que el poder es una relación. Es decir, no es una capacidad o una cualidad que se posea. “En serio, tío, esa chica consigue que yo haga el idiota siempre“. El poder es un vínculo asimétrico que une a dos personas y existe porque hay alguien que consiente que la relación se establezca en los términos del otro. Así que hice un repaso a mi relación con varias mujeres que pasaron por mi vida. Había pasado el suficiente tiempo para ser brutalmente honesto conmigo mismo y cínicamente honesto sobre ellas. Mi novia de entonces no estuvo en aquella lista, lo que le molestó profundamente. Yo le traté de explicar que no ser mencionada en mi blog precisamente debería suponerle un motivo de alegría. Se quejaba de que yo le hacía sentir irrelevante por no aparecer en el relato que hacía de mi vida en Internet. Ahora creo que tenía razón, pero por otros motivos. Yo andaba superando la crisis de los treinta y ella tratando de salir de la postadolescencia. En un correo me contó que se había sentido agotada tratando de ser la mujer con la que yo soñaba. En su blog leí que el chico por el que me dejó era, por fin, un hombre que le daba todo lo que ella necesitaba. Meses después me habló de él como “El Psicópata” y me contó cómo le amenazaba con publicar en Internet fotos de ella desnuda.

Muchos años después conocí a una persona que en un principio pareció perfecta. Llevo tiempo preguntándome si de alguna forma supo captar mis anhelos para tranformarse en la mujer de mis sueños. Porque hubo una construcción de un personaje que se desmoronó tan pronto yo puse el pie en su mundo, al otro lado del planeta. Cuando todo se hundió, volví dándole vueltas una y otra vez a lo que sucedió en aquellos horribles últimos días. Hasta que, de pronto, encajé los recuerdos de lo que viví a partir del segundo día de llegar allí, cuando me dispuse a deshacer la maleta para empezar una nueva vida tras dejarlo todo a 10.000 kilómetros. Yo, en aquel salón, con la maleta abierta, asistí a como el personaje se desmoronaba ante mí. Y tuve la amarga revelación de que aquella relación no iba a funcionar. Dos semanas después supe, además, que iba a terminar de forma brusca. Tras quemar las naves, sólo quedaba llegar hasta el final. Yo  había dedicado tanto tiempo a darle vueltas al final de mi estancia en su ciudad, cuando la clave había estado en mi llegada.

Semanas después de volver a España, paseando un día con mi familia, revisé en mi Blackberry mi lector de RSS. Descubrí con sorpresa que no había borrado su blog de la lista de blogs personales que seguía. Allí estaba su última actualización. Una entrada aparentemente inocente sobre un regalo que alguien le había hecho y que era un mensaje para mí: “Mira, alguien me ha regalado lo que tú te negaste a darme”. Borré el blog de mi lista y no quise saber de ella nunca más.

Fue la Navidad pasada, en una madrugada como esta. Me había servido una cerveza delante del ordenador y en aquel momento de silencio en la noche, la busqué en Google. Me encontré que había creado un perfil público en Facebook para promocionarse profesionalmente. Ella, que se burlaba de que yo tuviera perfil de Facebook. Había pubicado fotos y vídeos que no hubieran desentonado en el muro de una adolescente. Supongo que cuando quieres promocionarte profesionalmente tienes que limitarte a publicar cosas dentro de un “mínimo común” que no ofenda a nadie. Vi el nombre de la gente con la que interactuaba y vi las actividades en las que había participado. Todo era muy local. Había participado recientemente en un pequeño evento colectivo tras un largo tiempo. En su línea de tiempo aparecía que hacía semanas había colocado como foto de cabecera un fragmento de un fotograma del Club de la Lucha que mostraba a Edward Norton y Helena Bonham Carter en el final de la película. Aquel momento en el que se cogen de la mano y él le dice “me has conocido en un momento muy extraño de mi vida”, una frase que le dije al poco de conocernos. Y entonces, me vino como un rayo que fulmina. Aquel perfil era el de una persona atada a una realidad terriblemente local y pequeña. Hubiera podido ser perfectamente el tipo de perfil en Facebook de una profesora en la Arkansas rural o una oficinista en una ciudad pequeña de Alemania. Su vida real era un mundo en el que yo no tenía encaje. Tan sencillo como eso. Así que, de pronto, la comprensión alivió un peso que se hundió solo como lastre que va al fondo y del que me despedí para siempre.

Odisea espacial

El coronel (retirado) Chris Hadfield ha sido el primer canadiense en comandar la Estación Espacial Internacional. Quizás porque en Canadá están muy sensibles con el gasto público en tiempos de crisis o quizás porque es un comunicador nato, decidió darle un perfil muy público a su paso por la ISS publicando vídeos didácticos en Youtube y fotos del planeta Tierra en Twitter con su día a día. Se convirtió en un fenómeno mediático y recuperó la atención público al programa espacial. Si ya tenía suficiente con ser piloto de combate, piloto de pruebas, diplomado en ingeniería mecánica y máster en sistemas de aviación, además canta y toca la guitarra. Su despedida de la la Estación Espacial Internacional ha sido épica, con una versión adaptada de Space Oddity de David Bowie:

El sueño tecnológico que responde a una pregunta que nadie había hecho

Siempre que alguien quiere hacer un chiste a lo que poco que se parece el 2013 al que nos prometieron en aquellos reportajes sobre “el mundo del futuro” en la Muy Interesante o en alguna película de ciencia ficción, siempre surge la pregunta “¡¿dónde está mi coche volador!?”. Pues aquí está uno, el Terrafugia TG-X.

Viéndolo volar sólo se me ocurre una pregunta, ¿qué utilidad tiene un avión que pliega las alas y se conduce como un coche por carretera? Siempre será un mal coche y un avión limitado.