Siempre con los perdedores

El otro día comprobé que la Blackberry Passport había desaparecido en la FNAC de la Plaza de Callao en Madrid para quedar arrinconada debajo del expositor, a la altura de los pies, donde es difícil que alguien mire. Aparecía con un precio de “oferta” de 500 euros, cuando ya es posible encontrarla por 100 euros menos en Amazon.es

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No voy a contar aquí como esa marca pasó de ser el estándar en los entornos empresariales a convertirse en un fabricante nicho para personas con necesidades muy especiales y frikis incondicionales. La Passport será por mucho tiempo el teléfono ideal para quienes consumimos mucha información en Internet y necesitamos tomar notas constantemente. Ni quiero detenerme en el triste futuro de la empresa, que parece encaminada a comercializar versiones modificadas de teléfonos Alcatel. El meollo del asunto para mí es cómo siempre desarrollo apego por marcas y aparatos que terminan dejados de lado por el gran público. Los netbooks, los libros electrónicos, Pentax y Blackberry cubrían necesidades concretas mías. Alguien una vez me llamó gafe y  cuando me compré una cámara Olympus me predijo el fin de la empresa.

Podríamos quedarnos en la anécdota y pensar que tengo mala suerte. O bien pensar que soy la antipersona media. Si el mercado se  hubiera regido por mis gustos nunca habrían existido ni las tablets ni los smartwatches. Tampoco los  tatuajes se habrían puesto de moda. Pero eso es otra historia. Me parece significativo ser parte de la ultraminoría hasta en lo tecnológico.

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Estancandos digitales

Estos días está teniendo lugar el Mobile World Congress en Barcelona y no se me ha movido un pelo. Las grandes marcas anuncian teléfonos móviles con pantallas táctiles enormes, mayor resolución,  memoria, potencia y mejores cámaras. Exactamente igual que el año pasado. Quizás las novedades futuras vengan por el lado de los sistemas operativos, pero ya vimos lo revolucionario que ha sido Firefox OS y el Blackphone llega unos cuantos años tarde como concepto.

La cuestión es que estaba el otro día recostado en la cama navegando por Internet con el móvil cuando caí en la cuenta que aquella situación no era muy diferente a lo que años atrás hacía con mi netbook. Miraba las noticias, las actualizaciones de mis colegas en Facebook y algún vídeo chorra en Youtube. Las cosas serias, como en aquel entonces, las hago sentado en el escritorio con el PC. ¿Qué novedad me ha aportado un smartphone con Android? El correo electrónico en el móvil, mensajería instantánea, una cámara de fotos, navegar por Internet y un callejero es algo que ya tenía con mi Blackberry Pearl allá por 2008. Eso sí, en un móvil más inestable y con las funciones de teléfono peor integradas en el resto del aparato. Habrá que seguir esperando un cacharro que suponga un verdadero salto tecnológico.

Los libros electrónicos se estancaron porque nadie fue valiente para hacer algo mejor

Juan Luis Chulilla Cano retomó su blog Tinta-e para explicarnos por qué había dejado de escribir sobre libros electrónicos.

Los ereaders han tenido suerte con sobrevivir. Han encontrado un nicho estable con los lectores compulsivos, pero han perdido de manera aparentemente definitiva otros nichos abonados, como los estudiantes y los investigadores. Y ambos resultados responden a la misma característica: los ereaders no evolucionan funcionalmente desde 2010, cuando algunos modelos alcanzaron la madurez funcional necesaria para leer, y ahí se quedaron.

Otra tecnología cuyo nacimiento, como los netbooks, celebré y que los oscuros designios del mercado, que se mueve con estímulos del tipo “burro grande ande o no ande”, condenó.

El minimalismo va a llegar

En una reciente salida nocturna alguien mostró orgulloso su móvil LG de gama baja. Un móvil con teclado de toda la vida que contrastaba con su cámara réflex digital Nikon que no era precisamente de aficionadillo. La persona que nos enseñó su móvil barato presumía de estar desconectado de los mensajes de Wassap y el agobio general por estar conectado 24/7. Ya leí en su momento en la edición británica de Wired que “The Nokia 3210 was the greatest phone ever made” y la empresa francesa Lëkki ha hecho negocio vendiendo móviles viejos (perdón, vintage) con carcasa de colorines. Así que no podía faltar el artículo “Por qué cambié mi iPhone por un Nokia de 20 euros”. Así que si alguien quiere hacerme un regalo, le sugiero el Nokia 103.

El software libre es una cuestión de independencia y no sólo de dinero

El ayuntamiento de Munich inició hace años una transición de los productos Microsoft a software libre. Nick Heath cuenta la historia del proceso, que se convirtió en una batalla de gran importancia para Microsoft. Steve Ballmer llegó a suspender unas vacaciones y cruzar el Atlántico sólo para defender el contrato. Los argumentos de Microsoft eran exclusivamente económicos, ofreciendo una importante rebaja. El ahorro es uno de los grandes argumentos para la implantación del software libre en la administración pública. Sin ir más lejos, la Genrdarmería Nacional francesa está haciendo una transición al software libre. Comenzó instalando en los ordenadores las versiones para Windows de OpenOffice, Firefox y Thunderbird antes de cambiarle el sistema operativo a los ordenadores. Con el cambio la Gendarmería francesa habría ahorrado un 40% en el coste total de propiedad. Sin embargo, lo interesante del caso de Munich es que para los responsales de los sistemas informáticos del ayuntamiento no sólo es una cuestión de costes, sino una cuestión de independencia y libertad.

 

 

Algo pasa con los libros electrónicos

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Supuestamente los libros electrónicos venían a liberarnos de los costes de impresión, distribución e intermediación de libreros, transportistas y otros.  Pero de un tiempo a esta parte me me he dado cuenta que me he encontrado diferencias ridículas de precio entre el libro en papel y la versión electrónica. Art Brodsky cuenta en Wired los cambios en el sector tras la introducción del libro electrónico que han perjudicado a librerías, bibliotecas y autores. Mientras Scribd pretende crear un servicio de tarifa plana, el “Netflix” de los libros.

Los todoterrenos hundieron la industria del automóvil estadounidense

El ayuntamiento de Detroit, Motor City, ha declarado la bancarrota tras una evidente y profunda decadencia. La ciudad prosperó gracias a la industria del automóvil. Pero basta pensar, ¿quién sueña hoy con un coche estadounidense? Es cierto que los muscle cars tienen sus adeptos en Europa. Pero los automóviles estadounidenses dejaron de evocar hace mucho los sentimientos que generan un Chevrolet Bel Air del 57 o un Ford Mustang de 1967 a 1969.

Estados Unidos gozó durante décadas de petróleo barato y tras los shocks del petróleo de los años 70 los más pequeños y eficientes coches japoneses y europeos inundaron el mercado. Un deficiente transporte público, un particular modelo de urbanismo y grandes espacios crearon una cultura del uso del automóvil muy peculiar en Estados Unidos. Durante los años 90 se pusieron de moda en Estados Unidos los todoterrenos grandes y altos como vehículo urbano familiar, conocidos por Sport Utility Vehicle. Su máxima expresión llegó a ser ser el Hummer H2. Su popularidad se convirtió en un asunto polémico por sus altos consumos de combustible en conducción urbana y por el peligro que suponía para otros conductores o peatones en caso de accidente. Hubo grupos ecologistas radicales que se dedicaron a pinchar las ruedas y quemar Hummers. Incluso en los Simpsons hizo su aparición el Cañonero, un SUV tragón y maloliente.

La Wikipedia en inglés da una versión interesante de cómo los grandes y pesados todoterrenos hundieron a los tres grandes fabricantes de automóviles de Detroit.

In the late 1990s and early 2000s, the Big Three could enjoy profit margins of $10,000 per SUV, while losing a few hundred dollars on a compact car. Consequently, these companies focused resources and design on SUVs over small cars (compact cars were sold mainly to attract young buyers with inexpensive options and to increase their fleet average fuel economies to meet federal standards). As a result of the shift in the Big Three’s strategy, many long-running compact and midsize cars like the Ford Taurus, Buick Century, and Pontiac Grand Prix eventually fell behind their Japanese competition in features and image (relying more upon fleet sales instead of retail and/or heavy incentive discounts), some eventually being discontinued.

With soaring gas prices in the mid-late 2000s, followed by a weakening economy, SUV and light truck sales have declined significantly. The Big Three were unable to adapt as quickly as their Japanese rivals to produce small cars and crossovers to meet growing demand for fuel-efficient vehicles; the U.S. offerings were also considered less competitive than their Japanese counterparts. This was due to inflexible manufacturing facilities, the high wages of unionized workers in the United States and Canada (members of the UAW and CAW, respectively) compared to non-union workers such as that of Toyota, make it unprofitable to build small cars.