El perfeccionista David Fincher

Viendo la serie Mindhunter en Netflix me llamó la atención cómo, para variar, la representación de los años 70 era absolutamente creíble. Lo normal es que una película o serie de televisión ambientada en esa época muestran la época en que transcurre todo vía la ropa, el coche y algunos pocos más detalles. Uno no termina de créerselo del todo. En cambio, en Mindhunter todo tiene un aspecto que lo hace creíble. Y resulta que, cuando llevaba ya bastantes capítulos vistos, me enteré que el autor de la serie es David Fincher, director de El Club de la Lucha y amante del detalle. La empresa responsable de los efectos visuales ha publicado en Youtube un vídeo donde se muestra la enorme cantidad de modificaciones hechas sobre las imágenes reales.

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Scott Pilgrim vs. The World

El otro día volví a ver, tras unos cuantos años, Scott Pilgrim vs. The World. Me quedé con la duda de si la primera vez que vi la película me fijé en los mismo detalles de la trama y me pasaron por la cabeza las mismas cosas.

Recuerdo que en un blog anterior llegué a dedicar una entrada al personaje que interpreta Mary Elizabeth Winstead. Y sin embargo, esta vez miré todo con distancia emocional mientras imaginaba la impresión  que me hubiera causado la película en otro momento. La trama de la película presenta a un nini que conoce en una fiesta a Ramona, una chica alternativa, misteriosa y atractiva. Sin que entendamos los mecanismos de la atracción, ella accede  a salir con él y comienzan una relación. Pero entonces Scott Pilgrim descubre que ha de derrotar en combate mortal a todos sus antiguas parejas. La película adopta entonces una estética de videojuego y la historia avanza como tal, con Scott Pilgrim ganando puntos e incluso una vida extra.

Aquí llega el punto en el que miré la película con distancia comparado con la primera vez. Cuando irrumpe cada ex-pareja de Ramona, conocemos su historia en común. Y ahí me pareció un personaje frívolo y superficial que se había embarcado en relaciones por puro aburrimiento, sin faltar la típica historia lésbica pasajera “porque estaba explorando”. Entonces llegué el déjá vu. Y me recordé a mí mismo, como el empollón friki que caía fascinado por las chicas alternativas y conflictuadas que eran mi justo opuesto.  Esa clase de chica que explicaba su vida sentimental pasada con la misma frivolidad y el mismo desdén con el que Ramona hablaba de la suya.

Se me ocurrió entonces que la trama posiblemente fuera una enorme metáfora de las experiencias del autor del cómic original. Y como en mi vida real, descubríamos que el personaje de Ramona seguía atada a uno de sus ex-novios. En la película sucede porque tiene un chip implantado en la nuca. Me hizo gracia la ocurrencia. No la recordaba de la primera vez. Me pareció una metáfora que sustituye la clase de excusas que ponen los pagafantas para explicar la situación. Y ahí llegó la epifanía. El pensar que si prescindíamos  de los elementos fantásticos de la película y de sus mecanismos narrativos de videojuego, nos quedábamos con una historia bastante anodina. Ramona ya no me pareció un personaje atractivo. Porque prescindiendo del artificio de la historia y trayéndola a la realidad, era la clase de chica de la que hoy en día saldría corriendo. Y entonces sí. Oí el sonido. “Logro desbloqueado”.

“Iron Fist” es flojita

Resulta que un tipo andrajoso y descalzo llega a Nueva York diciendo que es el hijo de un millonario que desapareció quince años atrás con su familia cuando viajaba en un avión privado sobre el Himalaya. Podríamos tener la duda de si es un farsante o el verdadero Danny Rand, heredero de una enorme fortuna. Pero una serie de insistentes flash backs del accidente aéreo, que le provocan de paso al perroflauta descalzo ataques de estrés postraumático, informan al espectador de que dice la verdad, eliminando toda duda y suspense. De paso, sabiendo esa información, sólo podemos concluir que el personaje de Danny Rand es realmente gilipollas. Se dedica a perseguir con sus pintas y olores de dormir en el parque a los hijos del socio de su padre, que son los que ahora manejan la empresa, tratando de convencerles de su verdadera identidad con el argumento de peso de decir «¡soy yo!, ¡en serio!, ¿pero por qué me hacéis esto?»

Danny Rand termina encerrado en un psiquiátrico. Gracias a una serie de datos que sólo el verdadero podría conocer, convence al psiquiatra que le atiende de que no es un farsante o un loco. En el momento culminante, el psiquiatra sonríe afable y le pregunta cómo es que ha regresado a Nueva York quince años después de su desaparición. Y a Danny Rand no se le ocurre otra cosa que explicar que la ubicación del monasterio de los monjes guerreros que le rescataron en el Himalya en realidad está en otro plano dimensional y que sólo se abre una conexión con nuestro mundo cada quince años. Realmente brillante por su parte. Así que le dejan allí encerrado hasta que se escapa dando un súper puñetazo a una pared. Porque en eso consiste su súper poder: concentrar mucha energía en el puño.

Lo siguiente que hace Danny Rand es buscarse a una abogada que trabajó para su padre para plantear una demanda y recuperar la parte de la empresa que le corresponde. Lo que podría ser una típica trama de abogados y juicios se resuelve enseguida, porque la hija del socio de su padre siente penita por él. Así que le da bajo cuerda una prueba que le permite probar su identidad y reclamar la propiedad del 51% de la empresa, valorada en miles de millones de dólares. El hasta hace poco perroflauta se convierte en accionista mayoritario de una gran empresa y pasa a tener despacho, vestir traje y conducir un Aston Martin. Entonces, descubre que la Mano, organización mortal enemiga de los monjes que le entrenaron, usa la empresa para sus negocios. Y así, entre el cuarto y quinto capítulo, la serie arranca de verdad…

Iron Fist es una de las nuevas apuestas en series de televisión del binomio Marvel-Netflix. Se trata de un cómic nacido en 1974, en pleno boom del cine oriental de artes marciales. Recordemos que las películas más conocidas de Bruce Lee se lanzaron entre los años 1971 y 1973. No sé cuánto de lo que nos cuentan en la nueve serie de televisión está tomado del cómic original. Da la impresión que todo lo que tiene que ver con artes marciales y filosofía oriental es un batiburrillo. Posiblemente son la clase de cosas que en años los setenta quedaban muy exóticas y orientales para una audiencia occidental pero que en pleno 2017 quedan ridículas. En la serie, Danny Rand practica kung-fu, taichi y yoga mientras que reza a Buda y cita frases de filosofía zen. Además traba amistad con una profesora de kárate, interreptada por una actriz mitad china y mitad británica, que habla del Bushido, cita a Sun Zi y tiene un libro sobre Musashi bien visible sobre una cómoda. Son todo clichés y muy superficiales. Para colmo, las escenas de artes marciales, que deberían haber sido el punto fuerte de la serie, muchas veces no están a la altura de las circustancias. Y se echa de menos el nivel visto en la serie de Daredevil, también coproducida por Netflix.

John Wick o el virtuosismo en el cine de acción

Se quejaba hace poco Evan Puschak (Nerdwriter) de la “epidemia” de películas simplemente “pasables” que afecta a Hollywood.

Como ejemplo del estado de cosas y a modo excepción, Puschak recogía una reseña de John Wick en la que alaba que es “una película que sabe lo que es”. Esto es, los creadores de John Wick fueron conscientes de que su objetivo era producir una película de acción destinada al entretenimiento y se tomaron en serio esa empresa. Eso es algo que se echa en falta en esta era de abuso de efectos especiales por ordenador y trabajo de cable.

John Wick fue estrenada en 2014 y fue codirigida por Chad Stahelski, un experto en artes marciales que había trabajado como especialista, junto con David Leitch, poseedor de una larga trayectoria como director de especialistas en películas de acción. La película fue protagonizada por Keenu Reeves, cómo no.  John Wick tiene una estética muy particular, presenta un universo original y bebe del género heroic bloodshed del cine hongkonés.  Las escenas de acción son un festival de virtuosismo de gun fu en el que destaca el trabajo de Keanu Reeves, al que hemos podido ver entrenando el uso de armas y artes marciales preparando para la secuela. Y ese compromiso con el resultado y ese esfuerzo extra para ofrecer algo diferente me parecen una muestra de coherencia y honestidad en el trabajo que merece ser aplaudida.

Blade Runner ya está aquí

El otro día Israel “Greenshines” tuvo la genial ocurrencia de grabar para su cuenta de Instagram el vuelo nocturno de un dirigible sobre Tokio mientras en su habitación sonaba de fondo una voz femenina de un canal japonés y el tema “Memories of Green” de la banda sonora de Blade Runner.

En Instagram tenemos la cuenta Blade Runner Reality, que muestra cómo el presente es posible encontrar el futuro cyberpunk imaginado en los años 80. Este año tendremos secuela de Blade Runner con la inefable participación de Harrison Ford, que de esa forma habrá perpetrado volver a interpretar tres papeles que le hicieron famoso en los años 80.

Pablo Escobar no hablaba así

Conocí la historia de Pablo Escobar vía la edición española de Killing Pablo de Mark Bowden, el autor de Black Hawk Down. Y hace poco vi el documental colombiano Los tiempos de Pablo Escobar.  Así que cuando llegué a Narcos me sentí decepcionad con ese tono ligero con el que parece que trata de contar una versión for dummies de acontecimientos reales densos. Diego Manrique va más allá en El País criticando que la serie tiene un punto de vista gringocéntrico en el que los personajes locales quedan reducidos a secundarios planos.

Para mí chirría mucho la elección para interpretar a Pablo Escobar de un actor brasileño, a Walter Moura lo conocimos en Tropa de Élite, que no habla español con natularidad y a veces suena hasta incomprensible. Resulta que el personaje real tenía un acento característico que da idea del conflicto social de fondo. Pablo Escobar, con su acento paisa, era un provinciano que desafía a las élites tradicionales del país. Precisamente la forma de hablar de Pablo Escobar en la serie colombiana El patrón del mal  se convirtió en una de sus señas de identidad.