La Académica Inquisición

Lo planteé recientemente a propósito de una entrevista a Rachel Dolezal, la mujer blanca que se hacía pasar por negra. Su caso resultó ser el de una blanca atraída por el exotismo africano de las portadas del National Geographic y causó consternación entre la comunidad negra estadounidense. Que alguien se identifique como negro sin serlo sólo puede ocurrírsele a un blanquito de clase media que no se entera.

Pero dejé la cuestión ahí. ¿Cómo negar el derecho a alguien a identificarse con una identidad cultural si la propia izquierda posmoderna defiende el derecho a expresar libremente la identidad sexual? ¿Quién decide quién es negro sin entrar en el terreno de la racialización de la identidad étnica o la carga genética? Es decir, ¿sería Rachel Dolezal una “negra nacida en el cuerpo equivocado”?

David Chappelle se adelantó al debate con su sketch “Racial Draft”, en el que representantes de distintas comunidades eligen personalidades de otros grupos o a personas multiétnicas. Así, los judíos reclaman para sí a Lenny Kravitz (de padre judío y madre negra) y los asiáticos a Wu Tang Clan (raperos negros que hacen muchas referencias a la cultura oriental) Y por el camino se negocia la identificación de Eminem y Collin Powell como blanco o negro.

La duda que me planteaba entonces ha sido resuelta de forma expeditiva recientemente.  Rebecca Tuvel,  profesora asistente del Rodhes College en Memphis, tuvo la ocurrencia de mandar un artículo a la revista académica de filosofía feminista Hypatia planteando que la transracialidad debería ser tan legítima como las transexualidad. El artículo pasó el comité de evaluación y fue publicado. Digamos que no fue muy bien acogido. Aparte del linchamiento en las redes sociales, 500 académicos firmaron una carta denunciando el artículo. La revista Hypatia, cómo no, se echó atrás y publicó una disculpa en la que anunciaba que revisaría sus criterios de publicación para en un futuro darle más voz a personas transexuales y de color.

Alguien contactó a Rebecca Tuvel para entevistarla para el Wall Street Journal. Pero cuenta que Tuvel, llorando, rechazó la entrevista y le contó que temía haber quedado tachada en el mundo académico.

Simas de odio

Hace no mucho descubrí qué había sido de una chica que conocí en el año 2006, cuando tener un blog era algo relevante. Coincidí en Madrid varias veces con ella en los encuentros de una red de blogs en la que participábamos ambos. Y en uno de sus viajes a Madrid, conocí a su novio. A mí me terminaron purgaron de la red de blogs y le perdí la pista. Diez años después, me enteré que se casó con su novio y resultó ser un maltratador. Se divorció de él tras un proceso doloroso que le marcó profundamente y por el camino se convirtió en una feminista lo suficientemente conocida para tener hordas de trolls acosándole continuamente.

Internet está llena de gente odiosa. Tanto como para merecer la pena dedicar tiempo a rebatir sus ideas o exponer sus miserias. Pero el grado de inquina e insistencia de los ataques de los trolls que ella ha sufrido demuestran la existencia de una sima de odio profundo que anida en muchos hombres. No deja de sorprenderme lo atacados que se sienten algunos por las mujeres que cuestionan el orden establecido y esa necesidad que sienten de hacerles la vida imposible. ¡Gorda! ¡Puta! ¡Fea! ¡Malfollada! Evidentemente canalizan la frustración de una vida sexual y afectiva llena de carencias, tratando de sentir así algún tipo de poder sobre una mujer.

Descubrir ese mundo de hombres que odian tanto me resultó inquietante. Hay un mundo ahí fuera de gente muy siniestra dispuesta a hacer daño a otros del que no tenía ni la más remota idea de su existencia. Y porque demuestra el nivel de resistencia que algunos hombres ponen a tener que revisar sus valores y su comportamiento.

Y Pablo Iglesias acabó con Podemos


Nadie puede acusar a Pablo Iglesias de haber ascendido de tertuliano televisivo a líder político manteniendo una agenda política oculta. En eso fue siempre sincero y directo. Él siempre expresó su intención de convertir a España en una república bananera. Y lo dejó bien claro para quien se molestó en escuchar sus conferencias en universidades españolas y fiestas políticas antes de fundar Podemos. También puso sobre la mesa su estrategia. Se trababa de montar un catch all party que apelara al votante cabreado y asqueado con la política española. Por tanto, había que renunciar al lenguaje y a los símbolos de izquierda para poder captar votos entre las señoras mayores que van a misa y los obreros que se ofenden cuando insultan a la nación española. Incluso renunció al discurso antimilitar y al A.C.A.B., argumentando que ahí había una masa enorme de funcionarios cuyo voto había que conquistar.

Tampoco ocultó su estrategia mediática. Se trataba de acudir a cada tertulia televisiva con la preparación de quien va a disputar una pelea por el título de los pesos pesados. Se encerraba con sus colaboradores, que le preparaban dosieres con los temas y luego actuaban de sparrings para entrenar respuestas. “La cuestión no es si un diputado de mi partido ha sido detenido tras violar a un niño refugiado sirio en su coche oficial, donde guardaba tres linces ibéricos muertos en el maletero, o no. Aquí de lo que tenemos que hablar es de que hay millones de españoles que no llegan a fin de mes por culpa de las políticas neoliberales del PP y PSOE…” Enfrente tenía a periodistas acostumbrados a que las tertulias televisivas fueran el partido de fútbol de solteros contra casados. Y, claro está, Pablo Iglesias brillaba dando voz al español cabreado.

La idea de Podemos era aprovechar la ventana de oportunidad que había creado la crisis. Pero esa ventana, no lo sabíamos, tenía fecha de caducidad más temprana de lo prevista. Los indicadores macroeconómicos empezaron a recuperarse y, al tiempo, los centros comerciales volvieron a estar llenos, si nos atenemos a lo complicado que se ha vuelto encontrar últimamente aparcamiento en el Carrefour y el Ikea. Pero sobre todo, el problema es que el hechizo se rompió tan pronto Podemos pisó escaño y moqueta.

El partido del chico cabreado que prometía poner todo patas arribas dejó de ser una promesa abierta a la imaginación para ser una realidad.  Y la frescura de los novatos en política se convirtió en majaderías de quien da más importancia al gesto que al trabajo hecho. Para colmo, Podemos resultó ser una partido de lo más convencional, con su aparato al servicio del líder para aplastar a los disidentes. Una cosa, en definitiva, muy aburrida. Entonces, ya no hizo falta seguir fingiendo. Resulta que dejaron de ser transversales y fagocitaron a Izquierda Unida para ocupar su lugar en el panorama político español: el eterno tercer partido, siempre en la oposición.

La ultraderecha ya está aquí

Algo pasó en 2016. Un día Alberto Noguera  se puso a hablar de cómo los judíos pretenden destruir Occidente difundiendo los valores progresistas a través de los medios de comunicación. No había visto a nadie fuera de algunos foros en Internet o en privado presentarse frontalmente como antisemita. El asunto tenía que ver con su simpatía por la candidatura de Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Y desde la victoria de Donald J. Trump fue como un toque de arrebato.

Unos decían que ya era de hora de librarse de la “tiranía de lo políticamente correcto”. Otros, reflexionaban si las políticas de identidad habían metido a la izquierda en un callejón sin salida. De esto último hablaré largo y tendido por un tiempo. Pero he ido descubriendo cómo la gente ha perdido el miedo a mostrarse racista, homófoba y machista abiertamente en muros de Facebook por primera vez. No hace muchos meses, fui usuario de primera hora de un foro que se ha convertido en refugio de gente que se refiere a artistas negros como “monos” y elabora argumentos sobre la inferioridad intelectual de negros y sudamericanos.

Todos esos discursos no son novedosos. Se podían encontrar hace años en foros y blogs neonazis. La diferencia, es que ahora han abandonado las catacumbas para adoptar un aire de vanguardia transgresora que está haciendo la revolución cultural. Frente a ellos, la gente que pide prohibir a ciertas personalidades hablar en campus universitarios o censuras los discuros en redes sociales sólo puede sonar conservadora y reaccionaria.

En el (construido socialmente) corazón de la blanquitud

La periodista Ijeoma Oluo entrevistó a Rachel Dolezal, la mujer blanca estadounidense que se presentó al mundo como negra durante años y fue puesta en evidencia por sus padres de origen europeo. De hecho, Dolezal dirigía la oficina local de una ONG  pro derechos de la población negra e iba contando una historia personal de sufrimiento y discriminación “por ser negra”. Después de destaparse el asunto, Dolezal se puso un nombre nigeriano y se presentó a sí misma algo así como blanca que se siente negra.

El reportaje se titula In the Heart of Whiteness.  El retrato que hace Oluo destroza la figura de Dolezal, presentándola como una chica blanca “que no se entera” y que  un día se encaprichó en ser negro como parte de su “privilegio blanco”. Hay cosas en el discurso de Dolezal que dan un poco de pena, sí. Como cuando cuenta que su interés por la negritud surgió en la infancia leyendo reportajes en la revista National Geographic sobre tribus exóticas en África.

Para Oluo es absolutamente ridículo el reclamo que hace Dolezal de presentarse a sí misma al mundo como negra. Le parece que frivoliza la experiencia de las mujeres negras reales. Pero claro, ¿no habíamos asumido desde el punto de vista posmoderno que todo absolutamente era una construcción social? Hay quien equipara a Dolezal a con una mujer trans.

La verdad es que estoy más cerca de Oluo que de Dolezal. Me parece que esta última forma parte de una tendencia creciente de gente que “envidia” la atención recibida por quienes luchan por obtener reconocimiento social. Ya hay quien incluso quiere ser operado para convertirse en discapacitado y quedar confinado a una silla de ruedas. Pero tengo la sensación de que situaciones como esta están llevando a la izquierda posmoderna a un punto de absurdo, feministas veganas luchando por “nuestras compañeras las vacas”, que terminará implotando.

Intelectual crítico al estilo español

Hace no mucho me encontré una referencia al libro La desfachatez intelectual de Ignacio Sánchez Cuenca en el muro de Facebook de alguien. No recuerdo si era una reseña propia o un enlace a la reseña de un tercero. Recuerdo los elogios a la valentía del autor por arremeter contra conocidos opinadores públicos a los que se le acusa de todólogos y vacuos. El asunto recibió muchos comentarios y “Me Gusta”. Pero yo no pude evitar recordar una reseña y entrevista al autor en el diario El Mundo. Se nombraba a Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Muñoz-Molina, Fernando Savater, Javier Marías, Javier Cercas… Y claro. Se me encendió la bombilla. ¿Qué tienen en común todos esos nombres? El Grupo PRISA. O bien sus libros aparecen en alguna editorial de ese grupo empresarial o son directamente columnistas de El País.

Sin un ejemplar de La desfachatez intelectual a mano no puedo averiguar si todos los “damnificados” por el libro están vinculados con el Grupo PRISA. Pero ese tipo de libros en España suelen ser ajustes de cuentas. Recordemos el libro de Gregorio Morán.

El pelotazo de Melania

Resulta que el diario británico Daily Mail publicó que, según un medio esloveno, Meliana Trump, la actual First Lady of the United States (FLOTUS), trabajó en agencias de modelo que ofrecían servicios a hombres adinerados. El Daily Mail se retractó, pero hubo una demanda judicial. En ella, los abogados de la FLOTUS reclaman daños económicos multimillonarios porque una noticia afecta a las oportunidades de negocio que el cargo ofrece a su clienta.

El texto no tiene desperdicio. Dice que la noticia publicada por el Daily Mail afecta a Melania Trump porque se le ofrece una oportunidad única en la vida de lanzar una marca comercial de ropa, accesorios, calzado, joyas, cosméticos, productos para la piel,  productos para el pelo y perfumería que generaría negocios multimillonarios gracias a que será una de las mujeres más fotografiadas del mundo.

Al final, no será el torcer las leyes lo que tumbe al presidente Donald J. Trump. Serán sus chanchullos, que no distinguen la figura pública de la privada. Como su promoción de su complejo privado Mar-a-lago como la “Casa Blanca de invierno”

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