Veinte años después

Eran los 90 cuando descubrí la revista Ajoblanco en su segunda época. La leía en una biblioteca pública. Luego la compraba de vez en cuando. Y hasta llegué a hacerme con algunos ejemplares de años anteriores en una librería de segunda mano. Recuerdo el impacto que me causó de un artículo de Ignacio Ramonet sobre lo mal que iba el mundo.  No recuerdo los detalles, pero era  algo así:

Vemos cómo el Estado del Bienestar es desmantelado ante la presión externa de las grandes instituciones financieras internacionales mientras los gobiernos tratan de atraer inversiones con bajos impuestos y reducido gasto público.  La externalización de empresas a países del Tercer Mundo y de la antigua Europa comunista reduce el número de puestos de trabajo o presiona a la baja las condiciones laborales de la clase trabajadora, que se aprieta el cinturón mientras pende sobre ella la permanente amenaza de que su factoría o planta sea deslocalizada. La clase política está al servicio de los grandes grupos de poder económico que controlan a su vez los grandes medios de comunicación, que ofrecen información cada vez más desvirtuada porque se mezcla en ella mensajes comerciales, entretenimiento superficial y sensacionalismo.

Sin molestarme en buscar el artículo original, creo que se podría publicar el mismo artículo hoy en día y sólo habría que cambiar algunos nombres propios o ejemplos para que pasara por uno de rabiosa actualidad. Recuerdo que por aquella época descubrí también Le Monde Diplomatique en su edición española, donde Ramonet dirigía la edición original francesa. Creo que el primer ejemplar que compré fue uno donde se publicaba por segunda vez su artículo “El pensamiento único”. Leer Le Monde Diplomatique me creó una vocación. Yo quise ser intelectual de izquierdas. Quería escribir artículos y libros explicando lo mal que iban las cosas.  Terminé años después estudiando Sociología. Nunca publiqué en Le Monde Diplomatique, todo sea dicho.  Creo que dejé de comprarla el día que caí en la cuenta en que, a la larga, siempre era lo mismo: contra la Europa de los mercaderes y a favor de la Europa de los pueblos, cómo los grupos multimedia estadounidenses nos idiotizan con su entretenimiento para adolescentes, repaso a un país de Francáfrica,  la lucha de algún movimiento social en Latinoamérica, etc.

Me desanimé con el activismo político cuando descubrí que, más allá de la crítica al mundo existente, nadie proponía soluciones reales. Y que las alternativas que celebraban eran horribles. Descubrí, una y otra vez, que aquella gente con la que mantenía conversaciones razonables haciendo un análisis crítico a la realidad defendían líderes y regímenes políticos horribles lejos de su casa. El propio Ignacio Ramonet publicó un libro de entrevistas a Fidel Castro donde las respuestas no eran más que un corte y pega de discursos. Al final, el trabajo de toda esta gente no era hacer la crítica para construir un mundo mejor. Su crítica era tan solo una mercancía con la que ganarse la vida.

 

 

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