Una vez le preguntaron a Bob Dylan qué se sentía siendo el más grande compositor de folk. Contestó que no lo sabía. Qué habría que preguntarle a Gordon Lightfoot. Descubrí a este último de la forma más inusual, a través de un vídeo publicitario de una tienda de ropa militar donde sonaba «The Wreck of the Edmund Fitzgerald«, una canción compuesta tras el hundimiento del buque «Edmund Fitzgerald» en 1975.
El «Edmund Fitzgerald» fue un buque granelero que transportaba mineral de hierro en los Grandes Lagos. El 10 de noviembre de 1975 se vio atrapado por una tormenta donde se produjeron vientos casi huracanados y olas de más de 10 metros. El buque se hundió con sus 29 tripulantes.
Gordon Lightfoot compuso al año siguiente la canción relatando los acontecimientos con la información que se tenía en aquel momento. El reconocimiento en tiempos más recientes del pecio del «Edmund Fitzgerald» con robots submarinos ha permitido saber que posiblemente el buque sufrió un fallo estructural catastrófico que lo partió en dos.
La canción de Gordon Lightfoot sobre el hundimiento del «Edmund Fitzgerald» pasó al acervo cultural de la región de los Grandes Lagos. Y cuando la tienda Americana Pipedream Apparel grabó un pequeño vídeo anunciando el lanzamiento de un gorro de punto de lana merina bautizada como «Superior Cap» usaron una estética marinera haciendo referencia al hundimiento «Edmund Fitzgerald». Me detengo un momento a hablar de esa tienda no sólo porque sus vídeos promocionales me llamaron la atención hace tiempo. Más allá de su negocio principal de excedentes militares de los países más exóticos, tienen una línea de ropa de diseño propio que se fabrica en Estados Unidos. Su empeño en utilizar productores de materia prima local y factorías en suelo estadounidense para sacar al mercado productos de calidad me parece admirable en estos tiempos.
Así que lo que empezó siendo un vídeo promocional de una prenda de ropa me llevo a leer sobre el hecho histórico que aparecía mencionado y la canción que sonaba de fondo. Y saltando de versión en versión en Youtube llegué a la que se ha convertido en mi favorita. Viendo los comentarios, estamos todos de acuerdo que no hay verso de la canción más conmovedor que ese que dice «¿Alguien sabe dónde está el amor de Dios cuando las olas hacen que los minutos parezcan horas?»
La reacción del público ante los primeros versos de la canción y cuando se mencionan Wisconsin se entienden no por la popularidad de la canción sino porque el concierto tuvo lugar en Milwaukee, puerto en el que estaba matriculado el «Edmund Fitzgerald». La tragedia de aquel buque es parte de la historia de la ciudad.
La canción menciona que al día siguiente del hundimiento del «Edmund Fitzgerald» en una iglesia marinera de Detroit la campana sonó 29 veces por el alma de cada uno de las víctimas que se tragó el mar. Como dice la canción, el Lago Superior «nunca devuelve sus muertos». Después de la muerte de Gordon Lightfoot en 2023 la campana sonó 30 veces. 29 veces por los marineros y una por el cantante.
Cuando tenía 20 años estaba obsesionado con el hecho de no haber tenido ninguna experiencia con las chicas. Ahora sé que en aquel entonces yo no estaba realmente preparado para una relación y mucho menos para una ruptura. Pero en aquella edad sólo podía pensar que había una faceta de la existencia humana que me era ajena.
Veía a mi alrededor a feos e hijos de puta con pareja, así que sabía que había algo profundamente erróneo en mí. Sólo podía pensar «¿tan desagradable soy?». Cuando hablaba del tema, recibía respuestas paternalistas y condescendientes. La mayoría de consejos que recibía era que tuviera paciencia porque todo me llegaría en la vida cuando tuviera que llegarme.
Yo no sólo me fijaba en mi alrededor, sino que prestaba atención a lo omnipresente que estaban las historias de amor en la ficción del cine y la televisión. La infancia era referida como la edad de la inocencia, llena de juegos y diversión construyendo las amistades que iban a durar toda una vida. Mientras que la adolescencia era la edad del cambio físico, las hormonas alborotadas y las primeras aventuras con las chicas. Así que yo me sentía estafado. porque mi vida no se parecía en nada a lo prometido
Tanto mi infancia como niño rarito que había sufrido toda clase de humillaciones en el colegio y como mi adolescencia de chico solitario que era invisible para las chicas significaban que me estaba perdiendo las cosas importantes de la vida. Para colmo, el recurso más socorrido de la publicidad era presentar cualquier producto como la herramienta perfecta para ligar. La publicidad en el fondo te decía que eras tonto si no ligabas porque sólo tenías que comprarte ropa de aquella marca, limpiar tu casa con aquel producto o conducir aquel otro coche.
Ahora suena gracioso pensarlo pero yo tenía claro que si me diagnosticaban una enfermedad terminal o sufría un accidente mortal iba a irme al otro barrio sólo pensando en que me había perdido algo importante de la vida. Me imaginaba que, si algún día era atropellado, iría volando por el aire dedicando un último pensamiento a morir siendo virgen antes de impactar en el asfalto. Como me pasó con los estudios universitarios, uno idealiza aquello que no tiene y su ausencia lo convierte en un enorme problema hasta el día que descubre que había sufrido innecesariamente,
Era desasosegante pensar que había una faceta muy importante de la vida que me era completamente ajena y desconocida. Y que tenía que ver con mi propia esencia e identidad. Yo, con este cuerpo y esta personalidad nunca jamás había resultado suficientemente interesante para nadie. Es más, la vida me indicaba que lo más frecuente es que resultara odioso, ridículo, estrafalario o aburrido. Y yo vivía con anhelo que llegara el día en que encontrase alguien especial porque, sobra decir, pensaba que teniendo a alguien que me comprendiera y apoyara todo sería más fácil.
Pasaron los años y tuve relaciones de pareja. También aventuras fugaces. Y después de dejar de sentirme acomplejado porque en mi vida «no había pasado nada», una fría mañana de la primavera previa a cumplir 39 años me pregunté a mí mismo camino de la estación del metro qué es lo que realmente quería. La respuesta que me di a mí mismo me sorprendió: «quiero alguien con quien pasar el resto de mi vida». Recuerdo el lugar por el que iba caminando y recuerdo el frío de aquella mañana de mayo porque me pareció un declaración de intenciones tan importante como imprevista.
Ahora miro aquellos años y jocosamente los denomino «mi década heterosexual» porque, aunque yo pensé entonces que sólo era el comienzo de algo, en realidad sólo fue una etapa pasajera en el que mi predisposición a embarcarme en relaciones hizo que acumulara vivencias. Descubrí entonces que acumular experiencias con otras personas no sólo infla nuestro ego sino que también dejaba cicatrices. Ligar mucho significa en el fondo fracasar mucho porque cada relación pasada no sólo era un éxito como hombre heterosexual sino que también llevaba un fracaso cuando la relación se rompía.
Pasaron los años y fui descubriendo las trampas al solitario que me había tendido anteriormente. Al pasar por experiencias parecidas reviví sentimientos que en el pasado me habían servido de excusa para embarcarme en historias que no fueron a ninguna parte. Aprendí que la admiración por cualidades que consideraba interesantes o la fascinación por lo que resulta inalcanzable generan un deseo que es poco profundo. Y que responderme honestamente si me imaginaba siendo feliz con alguien era el mejor filtro que podía aplicar.
Me acuerdo mucho de aquel sufrimiento con 20 años por no haber sentido, probado, experimentado y vivido lo que me resultaba tan lejano e inalcanzable pero que en cambio le resulta tan cotidiano a la gente. Me acuerdo mucho de aquel sufrimiento porque ahora con muchísimos años más miro a mi alrededor y lo que siento es la ausencia de todo lo que sentí, probé, experimenté y viví.
¿Qué es peor? ¿Anhelar algo que resulta largamente inalcanzable o por el contrario vivirlo y disfrutarlo para perderlo sin saber cuándo se volverá a tener? La juventud por un lado y la experiencia por otro nos castigan de formas completamente diferentes. Es curioso cómo la vida nos hace sufrir por los completos opuestos. Y ahora tengo una pregunta. Si tuviera la certeza de que el resto de mi vida fuera así, ¿qué haría diferente? ¿Tomaría alguna decisión al respecto? A veces pienso que me volvería un ser antisocial y desagradable. Otras que encontraría más motivo para seguir haciendo exactamente lo mismo pero tratando de que merezca la pena. Pero siempre queda la duda de qué cambios podrían producir un resultado diferente. Y eso es lo que realmente nos corroe por dentro. La esperanza.
En la época que me descargaba archivos MP3 en aplicaciones como Napster y eDonkey no era raro ver piezas de música mal identificadas. Recuerdo, por ejemplo, ver un archivo titulado «Wagner – Carmina Burana.mp3». Un día, tras descargarme un archivo de Les Luthiers me encontré con alguien totalmente diferente. Era un humorista argentino que hablaba como una ametralladora y soltaba muchos tacos. No sé cómo averigüé su nombre. Puede que la información estuviera en los metadatos del archivo o puede que lo averiguara buscando más tarde en Internet. En cualquier caso me gustó y me convertí fan de Enrique Pinti. En uno de sus monólogos explicaba cómo se fue Argentina a la mierda: poco a poco. Y lo asimilaba al envejecimiento. Entonces contaba el desagradable e imparable deterioro del cuerpo. La conclusión es que no había una causa única. No había un día puntual en que se pudiera señalar como el comienzo del declive. Todo era una sucesión de achaques y dolencias que iban degradando tu cuerpo.
Allá por 2013 un usuario de 4chan explicó su visión de cómo llegaría la decadencia de Estados Unidos.
«Notarás que cada día las cosas simples se vuelven un poquito más caras. Las casas y los pisos comenzarán a ser más pequeños. Tus horas de trabajo serán más largas, pero tu sueldo decrecerá. Verás menos a tu familia y amigos y encontrarás que pasado el tiempo te importarán menos. Cada día te encontrarás bajando tus estándares de todo: trabajo, comida, relaciones, etc. El trabajo seguro dejará de existir como concepto. Notarás que las casas y pisos encogen. La gente mantendrá la ropa más y más tiempo. Menos gente se casará y mucha menos tendrá hijos. La gente volcará su atención en distracciones y fantasías tecnológicas a la vez que nunca experimentará el mundo real».
En España estamos viendo la degradación de la democracia, con la erosión de la separación de poderes. Y notamos la degradación de autovías y el servicio de RENFE a pesar de que el Estado recauda cada vez más dinero. El precio de la vivienda en el centro de las ciudades se ha vuelto prohibitivo para las personas jóvenes y solteras. Los expertos en márketing dicen que los jóvenes no quieren comprar coches, que ha dejado de ser un bien aspiracional. En realidad su precio se ha disparado comparado con los sueldos. El porcentaje de personas jóvenes sin pareja ha aumentado y la natalidad ha caído en picado. La duda es si esto es un proceso reversible o simplemente una larga y lenta agonía hasta el colapso final.
Hace tiempo dejé de pelearme con el mundo. Dejó de importarme que la gente siguiera con pasión cualquier moda estúpida, que se divirtiera haciendo el energúmeno y que consumiera sin criterio cualquier basura. A mí no me tenía que importar lo que la gente hiciera para sentirse y pasarlo bien. A mí me tenía que importar construir mi pequeño rinconcito en el mundo y encontrar a alguien para compartirlo. Estaba totalmente equivocado.
Me pasé la vida pensando que, como era un empollón friki, sensible y cultureta pero con cierto espíritu aventurero, aparecía tarde o temprano alguien especial que apreciaría todo ello. Error. A nadie le importó una puta mierda los países que visité, los libros que devoré, las montañas que subí y los artículos que escribí. Mis ganas de viajar por el mundo, mis gustos sobre arte o cultura y mis inquietudes intelectuales eran irrelevantes frente a mi apariencia física y mi carácter.
Puesta de sol en Estambul volviendo del lado asiático (2008)
Hace un par de años en el intervalo de unas pocas semanas coincidí con tres amigas que vivían por aquel entonces en tres continentes diferentes y las tres me contaron lo mismo. Que ahora, con más de cuarenta años, habían descubierto que ser madres les había llenado como nunca se habían imaginado, que renegaban de las ideas que habían sostenido con veintipocos años y que valoraban (o echaban en falta) la presencia de alguien que representaba la masculinidad tradicional en sus vidas. Aquella conversación me hizo sentir que yo había desperdiciado la vida siguiendo el camino equivocado. Había logrado ser la antítesis de eso que las mujeres buscaban: un malote en la juventud y el hombre resolutivo en la madurez. Yo, si acaso, era alguien suficientemente entretenido para tomar un café de vez en cuando y hablar un rato.
Cada año, cuando llegaba mi cumpleaños me decía “Todavía no sé si fue buena idea”. Me refería a llegar a este mundo. Ahora lo sé. Ahora no hay dudas. Soy un error de la naturaleza. Ojalá no hubiera nacido. Pero también sé otra cosa. Que no tiene sentido pasarse la vida quejándose en público. Aunque sólo sea para no aburrir y espantar a la poca gente que te hace caso. Pero sobre todo porque quejarse supone dar por hecho que la vida nos debe algo en vez de asumir estoicamente que estas son las cartas con las que jugamos.
Yousuke Yukimatsu era un obrero de la construcción japonés que en sus ratos libres pinchaba música. Un día le diagnosticaron un tumor cerebral mortal. Enfrentado al final de su vida dejó todo para volcarse en su afición de esa manera en que los japoneses se obsesionan con ser el mejer en algo. Su perseverancia le llevó a alcanzar fama como DJ. Un día los médicos descubrieron que el tumor había remitido. Su sesión en Boiler Room fue épica. ¥ØU$UK€ ¥UK1MAT$U nos enseña lo lejos que puedes llegar cuando no guardas nada para la vuelta.
Confieso que formé parte de esa generación que celebró la llegada de Internet a sus vidas con la esperanza de que nos ayudaría a conectar con otras personas trascendiendo las apariencias. Pensábamos que en un mundo de foros, blogs y chats sólo importaría la inteligencia, los conocimientos y el sentido del humor. Sí, todos soñábamos que una chica especial se enamoraría de nosotros porque en Internet no importaba tu físico ni el dinero que tenías en el banco. Eso no pasó, aunque hice un amigo del que, veinte años después, desconozco su apariencia física. Pero creo que nunca hubiéramos imaginado que Internet se iba a convertir en la causa de que nos sintiéramos tan solos y frustrados.
The New Yorker, 1993
Ahora suena cómico pensarlo, pero recuerdo los ensayos que alertaban sobre la transformación de Internet en un enorme centro comercial por la irrupción de grandes empresas. Hay que recordar que el primer navegador que usé, el Mosaic, fue creado por una organización gubernamental. Siendo el genio que soy anticipando modas y tendencias. no me preocupé porque nunca creí que el comercio electrónico tuviera futuro. Al fin y al cabo, pagar por adelantado en Internet confiando que luego llegaría a tu casa un paquete era algo demasiado arriesgado. También tengo que recordar que fui el genio que después de ver que en Finlandia hasta los adolescentes tenían su teléfono móvil Nokia predije que esa tecnología no despegaría en España porque somos una cultura mediterránea del cara a cara. Pero me desvío.
Al año siguiente de crear mi primer blog en 2003, Tim O’Reilly y Dale Dougherty pusieron de moda el concepto Web 2.0. La idea era que los usuarios de Internet estábamos dejando de ser usuarios pasivos para generar contenido. Algo así ya lo había anticipado Alvin Toffler en su libro La Tercera Ola de 1980, donde proponía el concepto “prosumidor”, un consumidor que gracias a la democratización tecnológica de los aparatos audiovisuales iba a ser capaz de crear contenido. En definitiva, unos y otros hablaban de cómo la democratización de la tecnología ponía en las manos de cualquiera la posibilidad de lanzar un mensaje al mundo. Aquello era absolutamente revolucionario. Lanzar un mensaje al mundo había sido algo sólo al alcance de reyes y presidentes. Y con menos alcance, también para periodistas estrella con programa de gran audiencia o para famosos del espectáculo cuyas palabras eran seguidas por la prensa. Lo que pasó a continuación te sorprenderá.
La democratización tecnológica generó un proceso darwiniano. Todos podíamos lanzar un mensaje al mundo con nuestros blogs, directos en streaming, videoblogs, montajes de vídeo… Se abrieron las puertas para que todo el mundo publicara. Pero no todos tenían algo interesante que decir. El resultado fue una cacofonía de voces. Entre tanto ruido lograba llamar la atención lo estridente, lo provocador y lo llamativo. Y en la soledad anónima de nuestras casas, sin nadie mirando por encima de nuestros hombros, escogimos libremente. El terrible resultado es que terminamos reproduciendo exactamente el mismo panorama que el de los medios tradicionales.
Nuestra queja por la televisión basura de los años 90, cuando sólo existían cinco cadenas en España, se basaba en la idea de que la falta de acceso a alternativas culturas e interesantes hacía a la gente idiota. Internet iba a cambiar eso. Tener en casa una enciclopedia como la Espasa-Calpe o la Británica ya no iba a ser un lujo al alcance de unos pocos privilegiados. Todos teníamos de pronto acceso a la Wikipedia, pero también a cursos de programación e idiomas. Íbamos a salir mejores. Pero terminamos con nuestras elecciones sobre qué ver delante de la pantalla haciendo ricos y famosos a gente que humillaba a mendigos en la calle por las risas o se limitaban al salseo sobre otros personajes del ecosistema de famosos de Internet.
Evidentemente, la democratización tecnológica tuvo sus cosas buenas. Una madre divorciada canadiense subió a Youtube la actuación de su hijo Justin Bieber, que tenía 12 años, en un concurso infantil. Alguien vio el vídeo y le ofreció a la madre un contrato que cambió la vida al chiquillo para siempre. Muchos años después, Lil Nax X, un rapero estadounidense al que no conocía nadie compuso una canción de temática country con las bases rítmicas que un holandés componía en su casa y regalaba en Internet. Cuando la canción se viralizó, el rapero animó a la gente a que le pidiera públicamente a Billie Ray Cyrus que aceptara cantarla con él en un vídeo musical. Y así, podríamos seguir con historias de gente con talento que tuvo una gran carrera gracias a Internet. Pero ese poder de conectar a artistas con su público benefició también a artistas consolidados que no tuvieron que ser esclavos de multinacionales del entretenimiento y pudieron tomar el control de su propia carrera.
Pero hay un aspecto de la democratización tecnológica que resultó especialmente perversa. Cuando todos pasamos a tener una cámara de fotos en el bolsillo la relación con nuestra propia imagen cambió. Yo soy de una generación que una vez superaba la infancia, el número de fotos que le hacían en un año era escaso. Quizás en alguna fiesta o en algún viaje. En mi disco duro apenas tengo escaneadas un puñado de fotos de entre mis 15 y 25 años. Y a partir de ahí empezó la explosión. Recuerdo que le hice más de 1.300 fotos en un solo fin de semana a la que era entonces mi novia tras comprarme mi primera cámara digital, una Casio Exilim P505 Pro.
El cambio en la manera de percibirse de la gente después de la proliferación de las cámaras digitales compactas y los móviles con cámara de alta resolución lo notas en la manera en que las adolescentes y jóvenes posan en las fotos. Yo soy de la generación que cuando una madre decía “Ponte, que te hago una foto” la gente miraba con los brazos caídos a la cámara. Pero cuando hacer fotos se convirtió en algo cotidiano la imagen pública se convirtió en algo fundamental de la identidad personal. Y ahora todas las chicas que parecen aspirar a transmitir una imagen de modelo/influencer, sin importar el status social o profesión.
Imagino todo lo que podrían contar ellas sobre la presión social para encajar en los cánones al uso y la frustración de aquellas que no lo logran, en un mundo donde compararse es tan sencillo. Ya lo explicaban en el documental The Social Dilemma. Pero yo hablo desde el punto de vista de un hombre heterosexual solitario. En el proceso darwiniano por el que las creadoras de contenido pelean por nuestra atención empezaron a emplear su imagen. Y pronto no hubo aspecto de la experiencia humana en el que no hubiera una mujer explotando su físico para captar atención. Me pregunto qué hubiera pensado yo en los tiempos en que descubrí Internet si hubiera sabido que la sexualización del cuerpo iba a ser una baza fundamental hasta para las intelectuales y artistas.
Luna Miguel. Poetisa, modelo y actriz. ¿Pometriz?
Durante una época tenía un juego con un amigo por Telegram. Le mandaba una foto de una chica que lucía un escote llamativo y le preguntaba su profesión. Le ofrecía siempre tres opciones. Algo así como “modelo de OnlyFans”, “influencer de moda y viaje” o su profesión real. Esta última siempre era muy aleatoria. Recuerdo el caso de una pedagoga promocionando su libro sobre crianza responsable. Por supuesto, mi amigo nunca acertaba. Y me reía mucho su sorpresa cuando le desvelaba la verdad. ¿Una chica con vestido negro y collar BDSM? La gata de Schrödinger, divulgadora de ciencia. ¿Dos chicas rumanas de padres canadienses que ejercen un día de e-girl, otro día de influencer y otro aparecen en un programa de citas a ciegas? Pues hablamos de las hermanas Botez, Women FIDE Master en ajedrez.
Hace muchos años se hablaba del “Síndrome de Facebook”, esa sensación de que todo el mundo parecía tener una vida más interesante que la tuya si pasabas demasiado tiempo en aquella red social. Por supuesto que hoy tendríamos que hablar de Instagram y TikTok para explicar el mismo fenómeno. El resultado es que ya no sólo tenemos una pobre percepción de nuestra vida viendo a tanto influencer compartiendo fotos de tostadas de aguacate en un hotel caro Dubai, sino que como hombres heterosexuales estamos siendo bombardeados constantemente por mujeres atractivas luchando por nuestra atención. Fue culpa nuestra porque, desde el solitario anonimato de saber que nadie miraba por encima de nuestro hombro, fuimos nosotros los que alimentamos el algoritmo con nuestras opciones. Por eso ahora me dedico a bloquear en Instagram a influencers.
2025 es el año en que estamos todos solos, dedicando horas a ir pasando con nuestro dedo pulgar publicaciones en redes sociales. Doom scrolling. Viendo mujeres atractivas hablarnos de cualquier cosa. Viendo los viajes, la vida de lujo y la diversión de otros. Ganando un dinero que ya no nos permite tener acceso a vivienda y vehículo como la generación de nuestros padres. Y teniendo que compartir piso o vivir solos en lugares pequeños o feos. Vivimos una distopía.
A finales de 2006 empecé a encontrar noticias sueltas y aparentemente inconexas que me hicieron pensar que se avecinaba una crisis económica en España. «Se va a desplomar el mercado inmobiliario» dije un día. Un jubilado, que había trabajado en un gran banco, me oyó decirlo y me soltó «¿Cuándo se ha visto que los pisos bajen de precio?». No le respondí. Pero en aquel entonces hubiera apostado mis magros conocimientos universitarios de Economía y Demografía contra sus experiencia de décadas en el sector bancario. Hubiera ganado.
Digan lo que digan los antifranquistas orgánicos el dictador demostró algo de mano izquierda ofreciendo a la clase obrera los sueños del Seat 600 y el «pisito», como tantas placas con el yugo y las flechas atestiguan. Así nació una clase trabajadora ciertamente conservadora que hoy ríe las gracias a Federico Jiménez Losantos mientras que la cara pública del «progresismo» en España son profesionales liberales y artistas de un estrato socioeconómico superior. Algo no tan distinto a la situación de EE.UU.
Los hijos de todos aquellos funcionarios, trabajadores de empresas públicas, obreros del INI y pequeños empresarios recibieron dos grandes consignas: Tenían que sacarse un título universitario para «ser alguien en la vida» y comprarse una casa «que de verdad sea tuya». Siguiendo estas consignas la generación del «baby boom» español abarrotaron las universidades españolas a partir de la segunda mitad de los años 80. Cuando salieron al mercado laboral de una España globalizada que perdía el tren de la sociedad postindustrial y se llenaba de inmigrantes la pirámide salarial se hundió. El título universitario, algo accesible sólo a una minoría elitista en los 70, ya no era la puerta a un trabajo para toda la vida. Llegó el famoso «mileurismo» y la precariedad hasta en profesiones como la de ingenerio de telecomunicaciones y arquitecto, empujando a cientos de miles de licenciados a trabajar en cualquier cosa.
En este panorama, curiosamente, la consigna de comprarse el «pisito» fue seguida a rajatabla sin reparar en las circunstancias del mercado laboral, financiero e inmobiliario. Aparecieron así las hipotecas a 50 años. Podríamos pensar que al menos la coyuntura llevó a muchos a tomar la decisión de comprar una casa con todas las preocupaciones. Pero hubo quienes ni estudiaron la letra pequeña. Todos son ahora pobres víctimas.
Sería divertido reunir ahora las frases dichas entonces por miles y miles de parejas. Incluso por solteros que recibieron «una mano» de sus padres. «Es una inversión». «Si esperas a que sea una buen momento te puedes pasar toda la vida». «Si lo piensas nunca lo harás». «Al menos así tengo algo que es realmente mío». «Es algo para lo que hacen falta dos sueldos pero no me voy a quedar a esperar a la persona adecuada«. «Si lo miras bien está lejísimos de todo pero es un sitio con mucho futuro«
La bendita sabiduría del algoritmo me ha hecho descubrir GoGo Penguin y Mammal Hands. No sabría clasificar su estilo. ¿Jazz fusión? Sin duda hay elementos del minimalismo musical en lo que hacen. Y eso es precisamente lo que me gusta de ambos grupos.
En el anterior vídeo vemos Murmuration, actualmente mi tema favorito, donde encontramos momentos intensos y obsesivos como ese fragmento donde el violonchelo es tocado con arco. Violonchelo, piano y batería es, por cierto, es la misma estructura que presenta el Avishai Cohen Trio.
Hay bastantes conciertos en Youtube para disfrutar largamente de Gogo Penguin, pero aquí destacaré temas como Kora y Parasite.
El algoritmo tiende a recomendarte grupos que se parecen pero no son lo que buscas. Pero llega el día en que decides darle una oportunidad a esas recomendaciones y terminas descubriendo grupos como Mammal Hands. Como en el caso de GoGo Penguin, podemos encontrar en Youtube álbumes enteros y actuaciones en vivo. Pero destacaré dos temas que se caracterizan por esos momentos intensos y obsesivos que tanto disfruto. Uno es Boreal Forest y el otro es Riddle.
GoGo Penguin y Mammal Hands, por cierto, han editado varios discos con el sello Gondwana Records. El mismo que acaba de lanzar un disco en directo de Hania Rani.
Recuerdo que mi primera toma conciencia de que era un paria social tuvo lugar al comienzo del tercer año de la primaria. Habíamos vuelto de las vacaciones de verano y nos encontramos con una ampliación de las canchas deportivas del colegio. Ahora había un nuevo campo de fútbol dividido transversalmente en tres o cuatro campos más pequeños. Los chicos acogimos con entusiasmo la novedad. Dejamos de ser niños que jugábamos a los vaqueros o a los piratas para convertir los recreos en una competición deportiva infinita que, alternando fútbol y baloncesto según modas, duró hasta que terminó la E.G.B. Y así, las habilidades deportivas se convirtieron en la vara de medir con la que se estableció la nueva jerarquía social. Ahí descubrí que yo estaba fuera.
Viví un conflicto permanente entre querer encajar en el grupo y mantenerme al margen uniéndome en los recreos a los frikis e inadaptados. Aquel conflicto se resolvió precisamente en una cancha de deporte. Con 20 años estudiaba Formación Profesional y un día nos quedamos después de clase a jugar al baloncesto. Yo corría arriba y abajo por la cancha, poniendo ganas sin que jamás la pelota llegara a mis manos porque era muy malo. Y no recuerdo si abandoné el juego o esperé a que terminara la partida, pero fue allí cuando me dije que perdía el tiempo esforzándome en ser uno más. Le di la la espalda a todos y me marché a casa.
Aquella aceptación de mi individualidad no fue una solución mágica. Evidentemente sufrí toda mi postadolescencia por ser un bicho raro y especialmente por no tener éxito con las chicas. Justo cuando la vida me dio una segunda oportunidad, entrando en la universidad con veintipocos años, los amigos de toda la vida tomaron caminos divergentes. Tardé en entender que aquella provisionalidad era en realidad la normalidad.
El consuelo que me ofreció siempre la gente fue que todo se solucionaría algún día. Y yo, evidentemente, lo quise creer aunque fuera pensamiento mágico. Necesitaba creerlo porque hasta la lógica apuntaba que tarde o temprano acabaría la fase en que las chicas monas, que me decían que ojalá sus novios fueran capaces de entenderles como lo hacía yo, saldrían de la fase de la vida en que buscaban malotes egocéntricos. Algún día cambiaría de ciudad, tendría un trabajo y encontraría amigos.
Aparte de la esperanza de un futuro idílico que tarde o temprano llegaría, los consejos más frecuentes que recibía era que me esforzara en modificar mi aspecto: ir al gimnasio, cambiar de corte de pelo, ponerme lentillas, cambiar de estilo de vestir… Hasta mi ropa, práctica por encima de todo, resultaba problemática. Una compañera de universidad me dijo un día que era evidente mi falta de autoestima por mi estilo de vestir. Lo cual, más allá de mis problemas de autoestima, me pareció un insulto.
Cuando eres diferente, aquello que es una desventaja o motivo de burla se termina convirtiendo no en una característica sino en una parte importante de tu identidad. Por eso las personas que estamos fuera de la normalidad sentimos que si transformas algo de tu vida no sólo estás cambiando, te estás pasando al enemigo. Así me resistí a vestir traje y corbata hasta los cuarenta.
En 2013 me pasó algo curioso. En el intervalo de un mes tuve dos conversaciones exactamente iguales con dos amigas muy diferentes que viven en países diferentes. Las dos me contaron que por fin habían entendido por qué no tenían éxito con los hombres: porque los hombres nos sentimos intimidados ante las mujeres inteligentes, fuertes e independientes que tienen ideas propias. Una me contó su decepción porque, incluso sus amigos más cultos e inteligentes, a la hora de la verdad, buscaban una novia florero que les mirara con fascinación. No recuerdo qué les dije, pero sí lo que pensé. Pensé en lo muy alejadas que estaban ambas de los cánones estéticos. Y que su punto de vista significaba que la atracción y el enamoramiento tenía lugar en un vacío en el que los seres humanos flotábamos ajenos a los imperativos biológicos y a los constructos sociales. La verdadera epifanía llegó inmediatamente, cuando caí en la cuenta que el argumento era de doble sentido. No podía esperar tampoco de las mujeres que fueran ajenas al mundo en que vivían.
Hace unos pocos años me volvió a pasar lo mismo que en 2013. En el intervalo de un mes tres amigas que viven en tres continentes diferentes me confesaron que ahora opinaban cosas que les hubieran horrorizado de jóvenes. Habían descubierto que ser madre les hacía sentirse realizada y era la experiencia que más satisfacciones les había dado en la vida. Abominaban de las ideas feministas que alguna vez defendieron siendo veinteañeras. Y que, en su nueva vida familiar, al final del día lo que valoraban era tener a su lado un hombre que resolviera problemas, fuera reclamar al casero que arreglara los desperfectos de la casa o una avería del coche.
Supongo que si hubiera asimilado completamente aquellas lecciones me habría lanzado a tratar de convertirme en un hombre como los demás. Pero hubo siempre una voz en mi cabeza que me dijo que daba igual que cambiara mi cuerpo y mi aspecto. Yo iba a seguir siendo el mismo. Cualquier transformación de la apariencia quedaría inmediatamente arruinada tan pronto abriera la boca. Mi carácter y mi manera del mundo no iba a cambiar Así que mi única esperanza era encontrar a quienes compartieran mis inquietudes e intereses para convertir lo que me hacía diferente en mi tabla de salvación.
Ahora puedo decir que estaba equivocado. Nunca a nadie le importó lo que a mí me emocionaba, conmovía o apasionaba. Mi producción intelectual sólo interesó a otros frikis, todos hombres. Los viajes y las lecturas o la curiosidad por el mundo y el arte han sido siempre cuestiones que han quedado en el ámbito de lo estrictamente personal y privado. Lo que quiera que sea que permite conectar a las personas o causar atracción está ausente en mí. Por eso miro atrás y entiendo que si pudiera vivir la última mitad de mi vida de nuevo sabiendo lo que sé ahora el resultado hubiera sido muy parecido, sólo que me habría ahorrado mucho tiempo. Ahora sólo queda seguir fracasando, pero haciéndolo mejor.
Yo fui la clase de niño que se sentaba en los años 80 delante de la tele a ver tertulias políticas y culturales sin entender mucho pero convencido de que los que allí hablaban eran muy listos. Recuerdo que mencionaban mucho con orgullo haber luchado contra el Franquismo y haber corrido delante de los «grises«. Muchos años después descubriría en la biografía de los intelectuales destacados de la época que procedían de familias acomodadas y bien posicionadas en el régimen. Aquella rebeldía juvenil era posible porque siempre había un tío o un padre bien conectado que les permitía pasar poco tiempo en el calabozo. Tardé también en caer en la cuenta que cuando alguien contaba con orgullo que había descubierto ciertas vanguardias intelectuales o estéticas haciendo el doctorado en California o París y había vuelto entusiasmado a España cual Prometeo entregando el fuego a los humanos había que tener en cuenta que esa persona pertenecía al sector ultraminoritario de españoles que se podía permitir viajar y estudiar en el extranjero. Pero lo que más recuerdo que me causara impresión era la permanente sensación que me dejaban aquellas tertulias de que había llegado tarde en la vida. Mayo del 68, la lucha antifranquista, la Transición, la psicodelia de los 60, el rock progresivo de los 70… Todo lo interesante en esta vida parecía haber sucedido antes de yo llegar y que justo había coincidido cuando fueron jóvenes los personajes que hablaban en la tele. Ahora es la gente de mi generación la que habla de los maravillosos años 90, cuando todos éramos más jóvenes y más inocentes. Se obvia el machismo, la homofobia y la xenofobia de aquella época para recordar sólo las joyas que han perdurado del cine y de la música. Se insiste en recordar los precios del ocio, la comida y la vivienda para mostrar «lo que hemos perdido». Así que de pronto se han cambiado los papeles y es mi generación la que le transmite a la siguiente el mensaje que llegó demasiado tarde.
Si uno atiende los indicadores económicos de España ciertamente puede concluir que quizás hayamos emprendido un camino de no retorno. El estancamiento de los salarios y la productividad, la caída de la natalidad, el disparo de la deuda, la dependencia de los fondos europeos y del turismo… Tengo pendiente continuar la serie de cosas que están rotas en España, que va camino de ser un país de trabajadores pobres y poco cualificados. Ahí sí que pueden tener motivos las nuevas generaciones para sentir que llegaron tarde, lejos de la época en que un trabajador con un sueldo mantenía familia mientras pagaba la casa y el coche. Pero hay más cosas que perdimos por el camino.
Este fin de semana Sergio Fanjul contaba en El País como el esnobismo cultural estaba desapareciendo, con las élites económicas exhibiendo su disfrute de la cultura popular. Precisamente, recuerdo de aquellas tertulias televisivas de los años 80 como se hablaba con devoción de Renoir, Godard y Trufautt. Y constato que ya no se habla de ese cine que parecía parte de un canon de cine culto que era imperativo conocer y entender. Quizás hemos cambiado esos nombres por Nolan, Villeneuve y Sorrentin. Quizás no tengamos perspectiva histórica para entender que el reggeatón y Taylor Swift se los tragará el tiempo. O quizás no. Y es posible que no volvamos a tener vocalistas como Freddy Mercury, guitarristas como Mark Knopfler o grupos como Prodigy o Rage Against The Machine. A lo mejor nos toca ser los guardianes de las ruinas de un mundo donde la decadencia no sólo será económica.