Categoría: Lobo Estepario

  • Lo que nos mata es la esperanza

    Cuando tenía 20 años estaba obsesionado con el hecho de no haber tenido ninguna experiencia con las chicas. Ahora sé que en aquel entonces yo no estaba realmente preparado para una relación y mucho menos para una ruptura. Pero en aquella edad sólo podía pensar que había una faceta de la existencia humana que me era ajena.

    Veía a mi alrededor a feos e hijos de puta con pareja, así que sabía que había algo profundamente erróneo en mí. Sólo podía pensar «¿tan desagradable soy?». Cuando hablaba del tema, recibía respuestas paternalistas y condescendientes. La mayoría de consejos que recibía era que tuviera paciencia porque todo me llegaría en la vida cuando tuviera que llegarme.

    Yo no sólo me fijaba en mi alrededor, sino que prestaba atención a lo omnipresente que estaban las historias de amor en la ficción del cine y la televisión. La infancia era referida como la edad de la inocencia, llena de juegos y diversión construyendo las amistades que iban a durar toda una vida. Mientras que la adolescencia era la edad del cambio físico, las hormonas alborotadas y las primeras aventuras con las chicas. Así que yo me sentía estafado. porque mi vida no se parecía en nada a lo prometido

    Tanto mi infancia como niño rarito que había sufrido toda clase de humillaciones en el colegio y como mi adolescencia de chico solitario que era invisible para las chicas significaban que me estaba perdiendo las cosas importantes de la vida. Para colmo, el recurso más socorrido de la publicidad era presentar cualquier producto como la herramienta perfecta para ligar. La publicidad en el fondo te decía que eras tonto si no ligabas porque sólo tenías que comprarte ropa de aquella marca, limpiar tu casa con aquel producto o conducir aquel otro coche.

    Ahora suena gracioso pensarlo pero yo tenía claro que si me diagnosticaban una enfermedad terminal o sufría un accidente mortal iba a irme al otro barrio sólo pensando en que me había perdido algo importante de la vida. Me imaginaba que, si algún día era atropellado, iría volando por el aire dedicando un último pensamiento a morir siendo virgen antes de impactar en el asfalto. Como me pasó con los estudios universitarios, uno idealiza aquello que no tiene y su ausencia lo convierte en un enorme problema hasta el día que descubre que había sufrido innecesariamente,

    Era desasosegante pensar que había una faceta muy importante de la vida que me era completamente ajena y desconocida. Y que tenía que ver con mi propia esencia e identidad. Yo, con este cuerpo y esta personalidad nunca jamás había resultado suficientemente interesante para nadie. Es más, la vida me indicaba que lo más frecuente es que resultara odioso, ridículo, estrafalario o aburrido. Y yo vivía con anhelo que llegara el día en que encontrase alguien especial porque, sobra decir, pensaba que teniendo a alguien que me comprendiera y apoyara todo sería más fácil.

    Pasaron los años y tuve relaciones de pareja. También aventuras fugaces. Y después de dejar de sentirme acomplejado porque en mi vida «no había pasado nada», una fría mañana de la primavera previa a cumplir 39 años me pregunté a mí mismo camino de la estación del metro qué es lo que realmente quería. La respuesta que me di a mí mismo me sorprendió: «quiero alguien con quien pasar el resto de mi vida». Recuerdo el lugar por el que iba caminando y recuerdo el frío de aquella mañana de mayo porque me pareció un declaración de intenciones tan importante como imprevista.

    Ahora miro aquellos años y jocosamente los denomino «mi década heterosexual» porque, aunque yo pensé entonces que sólo era el comienzo de algo, en realidad sólo fue una etapa pasajera en el que mi predisposición a embarcarme en relaciones hizo que acumulara vivencias. Descubrí entonces que acumular experiencias con otras personas no sólo infla nuestro ego sino que también dejaba cicatrices. Ligar mucho significa en el fondo fracasar mucho porque cada relación pasada no sólo era un éxito como hombre heterosexual sino que también llevaba un fracaso cuando la relación se rompía.

    Pasaron los años y fui descubriendo las trampas al solitario que me había tendido anteriormente. Al pasar por experiencias parecidas reviví sentimientos que en el pasado me habían servido de excusa para embarcarme en historias que no fueron a ninguna parte. Aprendí que la admiración por cualidades que consideraba interesantes o la fascinación por lo que resulta inalcanzable generan un deseo que es poco profundo. Y que responderme honestamente si me imaginaba siendo feliz con alguien era el mejor filtro que podía aplicar.

    Me acuerdo mucho de aquel sufrimiento con 20 años por no haber sentido, probado, experimentado y vivido lo que me resultaba tan lejano e inalcanzable pero que en cambio le resulta tan cotidiano a la gente. Me acuerdo mucho de aquel sufrimiento porque ahora con muchísimos años más miro a mi alrededor y lo que siento es la ausencia de todo lo que sentí, probé, experimenté y viví.

    ¿Qué es peor? ¿Anhelar algo que resulta largamente inalcanzable o por el contrario vivirlo y disfrutarlo para perderlo sin saber cuándo se volverá a tener? La juventud por un lado y la experiencia por otro nos castigan de formas completamente diferentes. Es curioso cómo la vida nos hace sufrir por los completos opuestos. Y ahora tengo una pregunta. Si tuviera la certeza de que el resto de mi vida fuera así, ¿qué haría diferente? ¿Tomaría alguna decisión al respecto? A veces pienso que me volvería un ser antisocial y desagradable. Otras que encontraría más motivo para seguir haciendo exactamente lo mismo pero tratando de que merezca la pena. Pero siempre queda la duda de qué cambios podrían producir un resultado diferente. Y eso es lo que realmente nos corroe por dentro. La esperanza.

  • No volveré a ser joven

    Hace tiempo dejé de pelearme con el mundo. Dejó de importarme que la gente siguiera con pasión cualquier moda estúpida, que se divirtiera haciendo el energúmeno y que consumiera sin criterio cualquier basura. A mí no me tenía que importar lo que la gente hiciera para sentirse y pasarlo bien. A mí me tenía que importar construir mi pequeño rinconcito en el mundo y encontrar a alguien para compartirlo. Estaba totalmente equivocado.

    Me pasé la vida pensando que, como era un empollón friki, sensible y cultureta pero con cierto espíritu aventurero, aparecía tarde o temprano alguien especial que apreciaría todo ello. Error. A nadie le importó una puta mierda los países que visité, los libros que devoré, las montañas que subí y los artículos que escribí. Mis ganas de viajar por el mundo, mis gustos sobre arte o cultura y mis inquietudes intelectuales eran irrelevantes frente a mi apariencia física y mi carácter.

    Puesta de sol en Estambul volviendo del lado asiático (2008)

    Hace un par de años en el intervalo de unas pocas semanas coincidí con tres amigas que vivían por aquel entonces en tres continentes diferentes y las tres me contaron lo mismo. Que ahora, con más de cuarenta años, habían descubierto que ser madres les había llenado como nunca se habían imaginado, que renegaban de las ideas que habían sostenido con veintipocos años y que valoraban (o echaban en falta) la presencia de alguien que representaba la masculinidad tradicional en sus vidas. Aquella conversación me hizo sentir que yo había desperdiciado la vida siguiendo el camino equivocado. Había logrado ser la antítesis de eso que las mujeres buscaban: un malote en la juventud y el hombre resolutivo en la madurez. Yo, si acaso, era alguien suficientemente entretenido para tomar un café de vez en cuando y hablar un rato.

    Cada año, cuando llegaba mi cumpleaños me decía “Todavía no sé si fue buena idea”. Me refería a llegar a este mundo. Ahora lo sé. Ahora no hay dudas. Soy un error de la naturaleza. Ojalá no hubiera nacido. Pero también sé otra cosa. Que no tiene sentido pasarse la vida quejándose en público. Aunque sólo sea para no aburrir y espantar a la poca gente que te hace caso. Pero sobre todo porque quejarse supone dar por hecho que la vida nos debe algo en vez de asumir estoicamente que estas son las cartas con las que jugamos.

  • Fracasar mejor

    Recuerdo que mi primera toma conciencia de que era un paria social tuvo lugar al comienzo del tercer año de la primaria. Habíamos vuelto de las vacaciones de verano y nos encontramos con una ampliación de las canchas deportivas del colegio. Ahora había un nuevo campo de fútbol dividido transversalmente en tres o cuatro campos más pequeños. Los chicos acogimos con entusiasmo la novedad. Dejamos de ser niños que jugábamos a los vaqueros o a los piratas para convertir los recreos en una competición deportiva infinita que, alternando fútbol y baloncesto según modas, duró hasta que terminó la E.G.B. Y así, las habilidades deportivas se convirtieron en la vara de medir con la que se estableció la nueva jerarquía social. Ahí descubrí que yo estaba fuera.

    Viví un conflicto permanente entre querer encajar en el grupo y mantenerme al margen uniéndome en los recreos a los frikis e inadaptados. Aquel conflicto se resolvió precisamente en una cancha de deporte. Con 20 años estudiaba Formación Profesional y un día nos quedamos después de clase a jugar al baloncesto. Yo corría arriba y abajo por la cancha, poniendo ganas sin que jamás la pelota llegara a mis manos porque era muy malo. Y no recuerdo si abandoné el juego o esperé a que terminara la partida, pero fue allí cuando me dije que perdía el tiempo esforzándome en ser uno más. Le di la la espalda a todos y me marché a casa.

    Aquella aceptación de mi individualidad no fue una solución mágica. Evidentemente sufrí toda mi postadolescencia por ser un bicho raro y especialmente por no tener éxito con las chicas. Justo cuando la vida me dio una segunda oportunidad, entrando en la universidad con veintipocos años, los amigos de toda la vida tomaron caminos divergentes. Tardé en entender que aquella provisionalidad era en realidad la normalidad.

    El consuelo que me ofreció siempre la gente fue que todo se solucionaría algún día. Y yo, evidentemente, lo quise creer aunque fuera pensamiento mágico. Necesitaba creerlo porque hasta la lógica apuntaba que tarde o temprano acabaría la fase en que las chicas monas, que me decían que ojalá sus novios fueran capaces de entenderles como lo hacía yo, saldrían de la fase de la vida en que buscaban malotes egocéntricos. Algún día cambiaría de ciudad, tendría un trabajo y encontraría amigos.

    Aparte de la esperanza de un futuro idílico que tarde o temprano llegaría, los consejos más frecuentes que recibía era que me esforzara en modificar mi aspecto: ir al gimnasio, cambiar de corte de pelo, ponerme lentillas, cambiar de estilo de vestir… Hasta mi ropa, práctica por encima de todo, resultaba problemática. Una compañera de universidad me dijo un día que era evidente mi falta de autoestima por mi estilo de vestir. Lo cual, más allá de mis problemas de autoestima, me pareció un insulto.

    Cuando eres diferente, aquello que es una desventaja o motivo de burla se termina convirtiendo no en una característica sino en una parte importante de tu identidad. Por eso las personas que estamos fuera de la normalidad sentimos que si transformas algo de tu vida no sólo estás cambiando, te estás pasando al enemigo. Así me resistí a vestir traje y corbata hasta los cuarenta.

    En 2013 me pasó algo curioso. En el intervalo de un mes tuve dos conversaciones exactamente iguales con dos amigas muy diferentes que viven en países diferentes. Las dos me contaron que por fin habían entendido por qué no tenían éxito con los hombres: porque los hombres nos sentimos intimidados ante las mujeres inteligentes, fuertes e independientes que tienen ideas propias. Una me contó su decepción porque, incluso sus amigos más cultos e inteligentes, a la hora de la verdad, buscaban una novia florero que les mirara con fascinación. No recuerdo qué les dije, pero sí lo que pensé. Pensé en lo muy alejadas que estaban ambas de los cánones estéticos. Y que su punto de vista significaba que la atracción y el enamoramiento tenía lugar en un vacío en el que los seres humanos flotábamos ajenos a los imperativos biológicos y a los constructos sociales. La verdadera epifanía llegó inmediatamente, cuando caí en la cuenta que el argumento era de doble sentido. No podía esperar tampoco de las mujeres que fueran ajenas al mundo en que vivían.

    Hace unos pocos años me volvió a pasar lo mismo que en 2013. En el intervalo de un mes tres amigas que viven en tres continentes diferentes me confesaron que ahora opinaban cosas que les hubieran horrorizado de jóvenes. Habían descubierto que ser madre les hacía sentirse realizada y era la experiencia que más satisfacciones les había dado en la vida. Abominaban de las ideas feministas que alguna vez defendieron siendo veinteañeras. Y que, en su nueva vida familiar, al final del día lo que valoraban era tener a su lado un hombre que resolviera problemas, fuera reclamar al casero que arreglara los desperfectos de la casa o una avería del coche.

    Supongo que si hubiera asimilado completamente aquellas lecciones me habría lanzado a tratar de convertirme en un hombre como los demás. Pero hubo siempre una voz en mi cabeza que me dijo que daba igual que cambiara mi cuerpo y mi aspecto. Yo iba a seguir siendo el mismo. Cualquier transformación de la apariencia quedaría inmediatamente arruinada tan pronto abriera la boca. Mi carácter y mi manera del mundo no iba a cambiar Así que mi única esperanza era encontrar a quienes compartieran mis inquietudes e intereses para convertir lo que me hacía diferente en mi tabla de salvación.

    Ahora puedo decir que estaba equivocado. Nunca a nadie le importó lo que a mí me emocionaba, conmovía o apasionaba. Mi producción intelectual sólo interesó a otros frikis, todos hombres. Los viajes y las lecturas o la curiosidad por el mundo y el arte han sido siempre cuestiones que han quedado en el ámbito de lo estrictamente personal y privado. Lo que quiera que sea que permite conectar a las personas o causar atracción está ausente en mí. Por eso miro atrás y entiendo que si pudiera vivir la última mitad de mi vida de nuevo sabiendo lo que sé ahora el resultado hubiera sido muy parecido, sólo que me habría ahorrado mucho tiempo. Ahora sólo queda seguir fracasando, pero haciéndolo mejor.

  • Despedí un fantasma en Barcelona

    Despedí un fantasma en Barcelona

    En el verano de 2022 viajé a Barcelona y nada más pisar la estación de Sants me pregunté qué iba a hacer si me hubiera encontrado con cierta exnovia. Yo he vivido en diferentes etapas de mi vida en Madrid y aquí me he cruzado, por pura casualidad y en distintas ocasiones, a gente de mi barrio, compañeros de mi antigua facultad y a personas de otras etapas de mi vida. Encontrar a una exnovia de pura casualidad en Barcelona era por tanto matemáticamente posible.

    La cuestión aquel verano era que cada encuentro previo me había puesto un nudo en el estómago. Ella fue un herida abierta por largo tiempo. Recuerdo mi sobresalto cuando creí verla en el metro de Madrid al poco tiempo de haberme mudado a vivir a Madrid por primera vez, hace ya casi veinte años. No mucho tiempo después me volvió a pasar lo mismo en la estación de metro de Ciudad Universitaria, pero entonces me reí al caer en la cuenta de que su estética, su ropa y su corte de pelo que llamaban la atención en mi universidad de provincias era casi un uniforme estandarizado en ciertas facultades de la Universidad Complutense de Madrid. Pensemos que eran los primeros tiempos previos de la popularización de Internet en España y las distancias mentales desde cualquier región de provincias y Madrid eran mucho más grandes.

    Yo intenté llevarme bien con ella durante bastante tiempo porque pensaba que sacar en limpio una buena relación justificaba todo el camino recorrido. Pero cada nuevo encuentro, que ella precedía de promesas de planes juntos que nunca se cumplían, me dejaba con una sensación de necesidad de compensar en un encuentro futuro las expectativas defraudadas. Un día descubrí el concepto económico de “coste hundido” y encontré la explicación perfecta para nuestra relación de amigos posterior a la nuestra relación de pareja. Yo seguía invirtiendo en una amistad fallida porque creía que ella me iba a compensar en un futuro próximo los agravios del pasado y lo único que lograba era acumular más decepciones.

    Así que con mi mochila a cuestas por el andén de la estación de Sants me pregunté qué le iba a decir. Fui yo quien cortó el contacto y el que iba a tener que dar una explicación. Y me sorprendí a mí mismo pensando que me encogería de hombros si me hubiera preguntado al respecto. Recordaba su tono condescendiente conmigo cada vez que le hablaba de mis inquietudes e intereses. Supongo que ella se defendería ahora mismo diciendo que malinterpreté todo este tiempo su forma de expresar aprecio y afecto. Pero hace unos años algo hizo click en mi cabeza.

    Fui siempre alguien de ideas fijas sobre lo que soñaba en la vida a pesar de que durante mucho tiempo parecía absolutamente inalcanzable. Imagino que para los compañeros de facultad o de trabajo que me escucharon hablar como el friki intensito que siempre fui les ponía ante un espejo donde tomar conciencia de sus expectativas limitadas. La salida fácil era tomarse a guasa oírme hablar de las horas que le dedicaba a seguir temas que no me generaban un beneficio inmediato.

    Pensar que no me sentía obligado a explicarle nada de mi vida y que podría abandonar cualquier encuentro con ella sin contar cómo me iban las cosas fue liberador. Imagino que es un efecto secundario de que las cosas te vayan bien. Puedes mentir al respecto y no sentirme mal. Puedes permitirte entonces que la gente piense que sigues igual, chapoteando en el fango. Porque tú sabes que has llegado más allá de donde siempre soñaste. El lado negativo es que en Barcelona tuve la certeza de que tenía que haber cortado por lo sano mucho tiempo atrás.

    Un día le propuse a un amigo un juego mental. Imaginando que los viajes en el tiempo son físicamente imposibles pero el envío de partículas parece que no, ¿sería posible algún día mandar un email al pasado? Así que aproveché la oportunidad para contarle qué le diría a mi yo del pasado a punto de comenzar a estudiar en la universidad en octubre de 1999. Mi amigo contestó sobre recomendarle a su yo del pasado invertir en una cosa llamada Bitcoins. Yo le conté que a ese yo del pasado le recomendaría cómo evitar los errores que cometí en la universidad en el ámbito personal. Había una idea triste de fondo en todo ello. Yo no tenía la más mínima idea de cómo lograr que mi yo del pasado triunfara socialmente. Sólo tenía consejos para evitar sufrimiento innecesario. Y uno de ellos era haber huido de ella.

    Ahora me río imaginarme siendo presentado a una chica de 18 años que en su primer año de universidad presumía de estar de vuelta de todo en la vida y pretendía darle enjundia intelectual y existencial a los típicos daddy issues de chica de clase media empeñada en pisar todos los charcos que cabrearan al papi conservador de turno. Años después, precisamente en un encuentro en Barcelona, me contaría que se sentía atraída «por los cabrones que le arrastraban en su espiral autodestructiva». Creo que fue una buena pista para salir corriendo que llegó demasiado tarde.

    Aproveché el viaje a Barcelona para ver en el Museo Nacional de Arte de Cataluña una exposición de obras de Turner. Al salir, viendo Barcelona desde la terraza frente al museo, me acordé de Loquillo cantando «Y ahora estoy aquí sentado / en un viejo Cadillac de segunda mano / junto al Merbeyé, a mis pies, mi ciudad…». La canción hacía referencia a las alturas del Tibidabo, en la otra punta de la ciudad. Y también expresaba nostalgia. Yo estaba en una ladera de Montjuic y no sentían nostalgia ninguna. Pero a mí me valió. Me la puse a todo volumen en los auriculares y bajé de allí con la sensación de haberme despedido de alguien para siempre.

  • Nunca pensé que diría esto

    Nunca pensé que diría esto

    Allá por 2018 me surgió un trabajo en Madrid y cuando me establecí me pregunté a mí mismo qué haría diferente con mi vida si supiera que cinco años más tarde sería diagnosticado de una enfermedad fulminante. Para mi sorpresa no me dije a mí mismo que me pondría a viajar para visitar esos sitios con los que alguna vez soñé. Me dije a mí mismo que me pondría a escribir libros.

    Tuve muy claro durante buena parte de mi vida que la respuesta a aquella pregunta era viajar. Y hasta tenía en mente que el primer destino sería Japón. Luego, cerca de los cuarenta, empecé a soñar también con atravesar Estados Unidos en tren, Viajar era para mí el cénit de la vida. Lejos de todo. Superando miedos. Explorando lugares que sólo había conocido por libros. Pero llegó el momento en que empecé a sentir que viajar se convertía en ir tachando lugares de una lista. No podías viajar a determinadas ciudades sin visitar la icónica callejuela llena de cafés y no podías visitar determinada aldea sin subir a su magnífico castillo para al final sentir que simplemente estabas siguiendo el camino que otros habían hecho antes. El sentimiento de explorar el mundo desapareció cuando de cualquier sitio interesante del mundo habías visto mil fotos en Instagram.

    Por supuesto había camino a la improvisación para perderse. Así terminé en una fiesta de barrio de Estambul con un sentimiento de volver a las fiestas de barrio de mi infancia. O comiendo baklava en un mercado de Sofía. O subiéndome a un tranvía que hacía una ruta circular en Bruselas. Pero siempre estaba de paso en los sitios. Siendo el único turista en un mercado no dejabas de ser alguien de paso viendo la gente en su ajetreo cotidiano. Así que llega un momento en la vida en que comprendes que sólo puedes vivir verdaderamente la esencia de una ciudad cuando llevas tiempo viviendo en ella. Al final va a tener razón una amiga cuando decía que viajar está sobrevalorado.

  • La vida era esto y nada más.

    Creé mi primer blog en la noche del 29 de febrero de 2004. Publiqué la primera entrada en la madrugada siguiente. Se tituló «El Lobo Estepario». Era el título de un programa de radio presentado por Jesús Quintero. Luego descubrí en el catálogo de Discoplay que era el título de una novela cuya lectura me impactó. Hice una limpieza de entradas en octubre de 2004, abandoné aquel blog y lo retomé sólo brevemente para luego crear y borrar sucesivos blogs personales.

    Empecé a escribir mi blog tras llevar meses viviendo en Madrid. Yo había albergado la esperanza de que llegar a la Gran Ciudad iba a abrirme un mundo de posibilidades. Era mera cuestión de estadística viviendo en un sitio más grande y más cosmopolita. Llegué a Madrid para estudiar un máster. No conecté con ningún compañero de clase. A día de hoy sólo he vuelto a saber de uno de ellos que me encontró este año en Twitter.

    Mi primer piso era un ático dúplex con terraza al que el dueño había metido tabiques para crear más habitaciones y llenarlo de estudiantes. Así que compartía el piso con un par de españoles que se volvían a su casa casi cada fin de semana y una sucesión de estudiantes Erasmus en continua rotación cada cuatrimestre. Madrid resultó ser más de lo mismo. La misma soledad, la misma tristeza y el mismo dolor acentuadas por vivir rodeado permanentemente de gente. Me recuerdo los sábados por la noche, tras mi habitual paseo por las librerías del centro, volviendo a casa tras la hora del cierre de las tiendas y cruzándome por el camino con la gente joven que salía. Era un contraste muy simbólico. Yo con mis libros, a mi soledad. Ellos en grupo, de fiesta. Me acuerdo ir al cine y preguntarme cómo era posible que en una ciudad de millones de habitantes yo era la única persona en la cola completamente sola.

    Creo que fue por aquel entonces cuando leí un artículo en la revista Wired sobre el Síndrome de Asperger entre los hijos de los trabajadores de Sillicon Valley que venía con un test. El resultado fue alto. Por primera vez tenía un nombre que darle a lo que sentía.

    Pasaron los años y me volví a encontrar un test. Me dije a mí mismo que seguramente el primero se vio afectado por mi situación personal en aquel piso de Madrid. Que seguro contesté con un sesgo. Al fin y al cabo había preguntas del tipo «¿eres la clase de persona que prefiere estar con su ordenador navegando por Internet antes que en una fiesta llena de desconocidos?». El segundo test, que me propuse contestar con más honestidad, dio incluso más alto.

    Este año estaba de vuelta en Madrid y me encontré con el canal de Youtube «Autism From The Inside«. El autor preguntaba en un vídeo «¿eres la clase de persona que pasados los cuarenta caes en la cuenta que no tienes ni pareja ni amigos?» Toda una vida pensando que eran las circustancias del momento hasta que te paras a pensar que algo pasa.

    Al final tengo un diagnóstico de un profesional. En realidad lo sabía desde aquel test que hice en Internet en mi primer piso en Madrid. Pero oírlo de alguien fue muy diferente. Me pasé días pensando que he vivido con un lastre. Me he pasado toda una vida peleando con un monstruo invisible. Al final, estaba condenado a ser así, un Lobo Estepario.

  • Madrid hora cero

    Mi primer blog se llamaba «El Lobo Estepario», cómo no. Nació como una válvula de escape tras varios meses viviendo en Madrid, independizado de mis padres por primera vez en mi vida. Había llegado a la Gran Ciudad con la creencia de que los horizontes serían más amplios y las posibilidades de encontrar mi sitio eran mayores. Vivir lejos de casa sin amigos fue en cambio multiplicar mis males.

    Descubrí que no hay mayor soledad que la de aquel que está constantemente rodeado de masas de gente. Que los momentos de ocio tranquilo en tu cuarto se veían empañados por la comparación que suscitaban las risas de tus compañeras de piso compartiendo noche en sus cuartos. Y que no hay sensación más triste que terminar repasando la agenda del móvil de la A a la Z una tarda de sábado buscando a quién llamar para terminar escuchando el monólogo torrentoso de alguien entusiasmado con un videojuego.

    Ahora, vuelvo a aquel punto pero mucho más viejo. Siento que en las últimas semanas he ido reviviendo muchas cosas de aquel entonces con la salvedad de que ahora las experimento con cierta distancia de mí mismo, sin parar de recordar cómo reaccionaba entonces y  cómo lo hago entonces. Digamos que ahora entiendo los atajos que cogía mi mente para afrontar la soledad.

    Así que estando de vuelta en Madrid, creo que es hora de volver a retomar el blog.

  • Echarse al monte

    Me sorprendo a mí mismo al descubrir que este blog nació en septiembre de 2011. Y que en los últimos meses apenas he escrito pero no ha sido una ausencia de más de un año como me imaginaba.

    Empecé escribiendo un blog anónimo con el nombre de guerra del Lobo Estepario que mutó en uno donde aparecía mi nombre y mi cara. Pero mientras tanto, fui escribiendo blogs anónimos donde escribía de los temas más variados. Este lo empecé para escribir de cosas culturetas. De cine, series de televisión, literatura, fotografía, poesía, música, arquitectura,  etc. Por el camino, como siempre, fueron surgiendo temas inesperados, como la construcción social del gusto. Deformación académica. Y así, mientras le daba vueltas a que cámara compacta comprarme me di cuenta de cómo la fotografía había dejado de mirar al futuro a la hora de diseñar las cámaras digitales para vivir en una permanente celebración de la nostalgia. Basta mencionar mi extraña desazón al encontrar un blog de videojuegos retro llamado «Un Pasado Mejor». La comercialización de la nostalgia se convirtió en un tema recurrente y también esa sensación de que «el futuro ya no es lo que era». Luego fui introduciendo otros, tocando temas de política, medios de comunicación y tecnología. Fui acumulando enlaces y más enlaces para escribir aquí, pero nunca encontré el tiempo o las ganas para escribir aquí.

    Ahora, volvemos a vivir «tiempos interesantes» en España. Tenemos un nuevo gobierno débil sin margen para desarrollar su agenda económica, así que anticipamos que se dedicará a tomar medidas en el terreno de lo simbólico e identitario. Carlos Prieto habla de la «guerra cultural que viene». Y mientras tanto, «algo» está pasando en YouTube con la aparición de canales como los de Un Tío Blanco Hetero, Anima y Leyre Kyal. Así que escribiré de los temas de siempre, pero abriré nuevos caminos.

     

  • Desazón

    Creé mi primer blog con el título «El Lobo Estepario» en 2004. Todavía la URL existe pero hace muchos años que no lo visito.  Por qué elegí ese título lo explica un fragmento de la novela de Herman Hesse que copié en «Acerca de». En 2004 había llegado a la gran ciudad, para vivir por primera vez fuera de casa de mis padres. Vivía rodeado de Erasmus viviendo la gran aventura española. Y yo no podía sentirme más ajeno a su vida y más solo en la gran ciudad. Y a pesar de todo, posiblemente me pasase como a Nani Moretti en «Caro Diario»: que yo incluso en un mundo mejor que este seguiría siendo parte de una minoría. El mundo vivía una gran fiesta en la que ya no quería ser parte.

    Trece años después sigo pensando que «El Lobo Estepario» es un buen título para un blog personal. Y sigo pensando que me representa. Pero mi sensación es diferente. Me cuesta explicarlo porque tendría primero que poner por escrito muchos torrentes de pensamiento para luego poder ordenar la ideas. Lo resumiría en la sensación de asistir al ocaso de un mundo. Al comienzo de una larga decadencia. Desde los antivacunas a las «no go zones» de Europa. La modernidad, la racionalidad y el progreso retroceden. No sé darle un nombre ni darle una explicación coherente. Sólo queda observar como testigo impotente y darle orden en mi cabeza.

  • Vértigo

    Vértigo

    Hace tiempo una amiga estuvo de viaje de negocios en Estados Unidos. A la vuelta en España, en un arrebato de entusiasmo me dijo algo así como «si todo sale bien, nos vamos todos para allá». Se refería a una de las diez ciudades más grandes del país pero en absoluto una de las que cualquier español tiene en mente si le piden que piense en las ciudades estadounidenses más grandes, famosas o importantes. Así que me puse a hacer averiguaciones en Internet.

    En poco días me había informado sobre el mercado inmobiliario y el de coches de segunda mano. Averigüé sobre sitios a donde viajar en tren desde allí y sobre los parques nacionales a los que se podía llegar dentro del mismo estado para hacer senderismo. Leí sobre museos que visitar y sobre lugares a donde salir por la noche. Mi amiga se quedó convencida de que se me había ido la pinza soñando despierto y empezó a recular, negando que ella hubiera mencionado la posibilidad de irse a vivir allí.

    Todo aquello quedó en nada, evidentemente. Aunque pasé por tener que contestar a si estaba dispuesto a irme tan lejos. Lo estaba. Mi llegada por primera vez a una Gran Ciudad me descubrió lo solo que se puede llegar a estar rodeado de mucha gente y que las grandes expectativas quedan aplastadas con el primer contacto con la realidad. Asi que hubiera sido ingenuo creer que aquella oportunidad fallida de irme a Estados Unidos hubiera sido el comienzo de una vida maravillosa. Pero me imagino una disyunción histórica en la que en un mundo paralelo me fui para allá y empecé una nueva vida. En algún plano espacio-temporal hay otro yo viviendo en Estados Unidos. Y, como antes de salir de mi terruño por primera vez para vivir en una Gran Ciudad, me invadió el miedo de vivir  una gran oportunidad y fracasar. De alguna manera, me alegré que todo el asunto quedara en nada.