Hay una serie de verdades establecidas sobre la actual crisis en España que son simplemente mentira. El Estado del Bienestar y la descentralización de las Comunidades Autonómicas son, al parecer, una pesada carga de la que hay que deshacerse. Se avanza en el desmantelamiento del primero. La realidad es que la deuda en España es principalmente privada. Quien tiene deudas son las empresas y particulares. Así no hay gasto. Las empresas no invierten y los particulares no compran cosas. Por tanto, el Estado recauda poco vía impuestos porque el tanto por cierto que se lleva de la renta de personas y empresas es mucho menor con la crisis. Con menos gente en las calles comprando, la recaudación vía impuestos indirectos (como el I.V.A.) es menor también.
La solución planteada es reducir el gasto público con medidas como tener menos empleados en los hospitales o colegios sin calefacción, a la a vez que se aumentan los ingresos mediante los impuestos. Pero es que el problema está en otra parte. En España el Estado recauda poco vía impuestos comparado con el resto de Europa. Pero no porque los impuestos sean más bajos, sino porque quienes ganan mucho pagan poco gracias al fraude y las triquiñuelas.
Así que las recetas del Partido Popular para salir de la crisis son la solución equivocada a un problema que no existe. O no.
Creo que tenía 14 ó 15 años cuando en la universidad local se organizaron unas jornadas sobre Ciencia Ficción. Eran unas conferencias por la mañana a las que no fue nadie. Estaban tres o cuatro personas del Aula de Cine y el conferenciante, Miquel Barceló. Fue un chasco. Allí nadie hablaba héroes del espacio, tecnología avanzada y razas alienígenas. Un muermo para nosotros. Se pusieron a hablar del contexto social de la ciencia ficción (ZZzzzz…). De cómo, por ejemplo, en los años 50 con la paranoia sobre la infiltración comunista en Estados Unidos en la ciencia ficción se volvió común el tema de los «invasores de cuerpos». Esas películas en las que el vecino parecía llevar una vida normal pero en realidad su cerebro estaba siendo controlado por una raza alienígena invasora.
La idea en sí quedó en mi cabeza. Y tras el 11-S fue evidente que la historia subyacente en la ciencia ficción catastrofista que apareció en Estados Unidos era que nuestras vidas habían cambiado para siempre y que ni siquiera podíamos estar a salvo en el más tranquilo lugar del mundo desarrollado. Sea Jericó, Galáctica o Falling Skies, el tema es el mismo: La vida tras el 11-S. Y entonces llegaron los zombies. Tantos que hasta hubo lugar para la consolidación de un canon o la parodia.
Podíamos entenderlo como una prolongación del catastrofismo post-11S pero el mundo de los muertos vivientes va mucho más allá en una sociedad consumista y alienada. Incluso mucho antes el sociólogo Ulrich Beckhablaba de «categorías zombie»como «un marco conceptual vivo-muerto que procede del horizonte de siglos precedentes».
En un documental sobre el jefe de un banda de crimen organizado salió un periodista que había publicado en su periódico fotos en exclusiva en las que se veía al personaje con su familia y los miembros de su banda en su boda. El tipo se puso en contacto con el periodista y le dijo que era «un hijo de la gran puta» pero reconocía que había tenido el detalle de tapar en las fotos la cara de sus hijas. Sólo por eso se ganó su respeto. Y contaba el periodista que a partir de ahí se había fraguado una cierta relación que le había permitido conocer mejor al otro. «Tiene más principios que gente con la que te llevas bien y luego te la clava por la espalda», dijo.
«Honor entre ladrones». «Pobre pero honrado». Jamás he escuchado hablar de honor entre banqueros o corredores de bolsa. La moral sigue siendo algo para los pobres y marginales.
Manolis Glezos, héroe griego de la Segunda Guerra Mundial, zarandeado por la policía en Atenas durante los disturbios de estos últimos días.
He visto viñetas, entradas de blogs y mensajes de todo tipo apoyando al pueblo griego y celebrando los disturbios. Entonces llegó una amiga y preguntó «¿y la alternativa es?». Comprendo esa sensación de estafa colectiva del pueblo griego. Pero entendámolos. Si hubo un momento para luchar y cambiar el rumbo de las cosas fue mucho tiempo atrás, cuando este mundo que vivimos se estaba gestando. Ahora sólo queda el llanto y crujir de dientes. O lo que es lo mismo. Acatar los designios de Angela Merkel, el BCE, las agencias calificadoras de deuda, los mercados financieros y demás instituciones lejos de Madrid y Atenas.
Así que todo lo que se haga, huelgas y manifestaciones, no será más que ejercer el derecho al pataleo. No serán, desde luego, métodos de lucha alguna porque las decisiones ya están tomadas. Amador Fernández-Savater, que lleva documentando y reflexionando sobre el 15-M, se pregunta «¿y si no hiciésemos nada?». Yo lo apunté aquí. Una solución es desertar.
Posiblemente Fuji pudo hacer una transición más tranquila porque disfruta de la existencia de una base amplia de aficionados a la fotografía analógica en Japón. A ese mercado estaban dirigidas las cámaras de la serie Natura y la Klasse W, que con ese nombre evidentemente juega a asimilarse al prestigio y la sonoridad de las marcas comerciales alemanas: Zeiss, Voigtländer, Schneider-Kreuznach…
Fujifilm KLASSE W
Hoy es conocida en el mundo digital entre cosas por haber metido un sensor de cámara réflex en un cámara digital de lente fija y tamaño compacto. Pocas marcas habían hecho algo parecido (Sigma con su serie DP y Leica con su X1 , si mal no recuerdo). Una cámara no es más que una caja con una lente. Pero Fuji decidió lanzar su X100 con una estética de cámara telemétrica de los años 70. Era una apuesta complicada. Un cámara cara, con las prestaciones de una cámara réflex pero sin la flexiblidad a la hora de cambiar lentes que define a las réflex. Fue un éxito. Y sentó las bases estéticas para la familia de cámaras sin espejo de Fuji que ha iniciado la X-Pro1.
Hace poco al hablar del cambio tecnológico en el mundo de la fotografía apenas dejé apuntado el tema. Me llama la atención cómo triunfa la explotación de la nostalgia en un campo de tantos avances como la fotografía digital. Es interesante porque otros productos tecnológicos explotan el fetichismo tecnológico y se alejan cada vez más de sus formas originales. Los teléfonos móviles dejaron hace mucho la forma de «ladrillo con antena» y en la era de las interfaces táctiles es raro encontrar añoranza por tiempos pasadas (de Lekki hablamos otro día).
Poco después del 2000 me puse a mirar escaparates en búsqueda de cámara. Creo que consulté ya alguna página web entonces. Mi dilema estaba entre una réflex autofocus (analógica) y una Nikon FM2 de segunda mano. Me decanté por la primera por el autofocus, por mi desconfianza en el mercado local de segunda mano y sobre todo porque aquellas cámaras con acabado en metal me parecían cutres frente a la modernidad del plástico. Hoy babeo con la Fuji X100. Pero antes que Fuji, Olympus rescató la estética de las cámaras PEN para lanzar su familia de cámara sin espejo de formato Micro Cuatro Tercios. Nació ese chorro de iteraciones (EP-1, EP-2, EP-3, EP-L1, EP-L2, EP-L3 y EP-M1) que se ha visto coronada por una cámara, la EM-5, que se basa en la estética de las cámaras réflex analógicas de la serie OM, lanzada en 1972.
Las cámaras pueden ser una caja con una lente. Da igual la forma. Así que la fotografía busca la magia analógica perdida en la era del Photoshop. Pero no deja de ser curioso que las cámaras más modernas adopten la forma de tecnologías de cuarenta años o más. Y es que no hay nada más artificial, construido, reconstruido y comercializado que la nostalgia, un producto que se manufactura y comercializa.
–Eres malvada. Y sabes por qué.-Le dije. Pareció no entender de qué estaba hablando. Sentí haber puesto algunas de mis cartas boca arriba.
–Un poco, supongo.-Dijo. -Si no sabes de lo que estoy hablado entonces es que simplemente eres peligrosa.-Concluí.-Tendré cuidado.– Añadí. Aunque estaba en realidad pensando en voz alta.
Se queja Jorge San Miguel de que estamos en una era de activismo político «low cost». Hoy la gente se limita en Facebook a darle a «Me gusta», copiar y pegar textos en su muro o sumarse a grupos. Parece que la gente está más politizada que nunca y tanta inflación de causas en Internet sólo esconde lo inane de la «cultura de la adhesión», donde las opciones éticas dan paso a las estéticas.
La cuestión es ¿hemos llegado a esta situación partiendo de una Arcadia feliz donde todos leían, discutían y participaban?