Categoría: Zeitgeist

  • En Asia ahora sí saben pasárselo bien

    Mientras en Europa aún no menos la salida del túnel de esta crisis, todo aquello a lo que hemos renunciado surge en Oriente. Hay una clase media emergente y una clase obrera que lucha por sus derechos. Derechos laborales, tiempo libre y ocio son ahora objetivos a conquistar.

    Israel dice en Greenshines, a cuenta de una actuación del rapero coreano PSY:

    Son como éramos nosotros en los 90, son como no vamos a volver a ser jamás.

  • Desesperados

    De un tiempo a esta parte ha aprendido a descifrar las respuestas de la gente cuando pregunto a qué se dedican y responden de forma poco clara. Todos cuentan que están haciendo un curso y trabajando de forma independiente. Es una forma de decir que con más de treinta años están sin trabajo, viven en casa de sus padres y tienen ingresos esporádicos. Hablo de gente con estudios y que ha vivido o estudiado fuera de España. Por las razones que sean se han visto de vuelto en casa.

    A mi alrededor oigo más que nunca gente que tiene una idea y que quiere montárselo por su cuenta. No está mal pasar en España de la cultura del «quiero ser funcionario para estar a las 3 en casa» a la cultura del emprendedor. Pero siempre me pregunto dónde están en plena crisis esos potenciales clientes dispuestos a pagar por los servicios que ofrecen mis conocidos. Yo mismo me enfrente a ese reto.

    Hoy de camino al supermercado un chico que iba dejando octavillas de propaganda por los buzones cruzó la calle para entregarme una en mano. Era de una nueva clínica dental en el barrio. Otra. Había algo de desesperado en su voz y en su gesto. ¿Sería él uno de los dentistas que ha invertido dinero?

    Hace unos años hacía comentarios con sorna de los vigilantes de seguridad que soñaban con ser Rambo y de los instructores de artes marciales de película de serie B. La clase de gente que se apuntaba a mil cursos de medio pelo con el sueño de acceder al sofisticado mundo de la seguridad internacional. Hoy se me congela la sonrisa cuando los veo disfrazados de ninja en sus perfiles de Facebook y ofrecen sus servicios de instructor en artes marciales con una dirección de correo de Hotmail. Caigo en la cuenta que uno de esos instructores de artes marciales que suenan a Mortal Kombat aparece siempre con algo puesto en la cabeza para disimular la calva. Los años pasan e intuyo tanta desesperación como en el chico que me dio hoy la octavilla de caro papel satinado.

    El viernes delante de unas cervezas unos conocidos coincidían que la solución era marcharse de España. No hablan de emigración. Hablaban de exilio.

  • La gente lucha por lo que realmente merece la pena

    Haren (Holanda), 21 de septiembre de 2012.

    Su vía central estaba ayer tapizada de botellas rotas, latas de bebida aplastadas, plásticos diversos y restos de mobiliario urbano. La noche del viernes habían sufrido el asalto de unos 4.000 jóvenes llegados de todo el país a una falsa fiesta pública anunciada a través de Facebook. Hubo 34 detenidos y 29 personas resultaron heridas. El Ayuntamiento llevaba varios días explicando, también a través de Facebook, que las masas —hasta 25.000 personas llegaron a anunciar que irían a la fiesta— no eran bienvenidas. La “agresividad extrema” contra los agentes registrada la madrugada del viernes al sábado es un fenómeno desconocido en Holanda.

    Madrid, 22 de septiembre de 2012.

    El Festival MTV Beach Madrid acabó en la madrugada del sábado con graves disturbios y enfrentamientos entre un millar de jóvenes y los antidisturbios de la policía. Sesenta personas fueron atendidas, en su mayoría de heridas leves, y once fueron detenidos. Los incidentes comenzaron en la medianoche cuando un numeroso grupo de jóvenes intentó entrar por la fuerza en el recinto, que a esas horas ya estaba completo. La entrada al festival era libre hasta que se completara el aforo máximo. Al llegar la policía, los jóvenes comenzaron a lanzar botellas y piedras, a lo que los agentes respondieron con pelotas de goma. Los enfrentamientos continuaron durante cerca de horas y se extendieron a las calles cercanas a la explanada de Puente del Rey.

  • La construcción social del gusto

    Borja Ventura retrocede en Yorokobu a los tiempos en que el tabaco se publicitaba como algo sofisticado, moderno y beneficioso para la salud. Termina señalando como en las series de televisión el alcohol ocupa ahora su lugar. Es la actividad en la que se ven los personajes cuando buscan la compañía reconfortante de los amigos.

    En otro orden de cosas, un diseñador de BMW atribuye a las mayores ventas de los vehículos de color blanco a la asocicación con la estética que ha impuesto Apple.

    Nunca dejo de sorprenderme con la construcción social de lo interesante y lo deseable.

  • Lady Gaga

    Sayful Islaam, islamista británico hablando sobre Lady Gaga.

  • La ciencia ficción habla del presente

    Creo que tenía 14 ó 15 años cuando en la universidad local se organizaron unas jornadas sobre Ciencia Ficción. Eran unas conferencias por la mañana a las que no fue nadie. Estaban tres o cuatro personas del Aula de Cine y el conferenciante, Miquel Barceló. Fue un chasco. Allí nadie hablaba héroes del espacio, tecnología avanzada y razas alienígenas. Un muermo para nosotros. Se pusieron a hablar del contexto social de la ciencia ficción (ZZzzzz…). De cómo, por ejemplo, en los años 50 con la paranoia sobre la infiltración comunista en Estados Unidos en la ciencia ficción se volvió común el tema de los «invasores de cuerpos». Esas películas en las que el vecino parecía llevar una vida normal pero en realidad su cerebro estaba siendo controlado por una raza alienígena invasora.

    La idea en sí quedó en mi cabeza. Y tras el 11-S fue evidente que la historia subyacente en la ciencia ficción catastrofista que apareció en Estados Unidos era que nuestras vidas habían cambiado para siempre y que ni siquiera podíamos estar a salvo en el más tranquilo lugar del mundo desarrollado. Sea Jericó, Galáctica o Falling Skies, el tema es el mismo: La vida tras el 11-S. Y entonces llegaron los zombies. Tantos que hasta hubo lugar para la consolidación de un canon o la parodia.

    Podíamos entenderlo como una prolongación del catastrofismo post-11S pero el mundo de los muertos vivientes va mucho más allá en una sociedad consumista y alienada. Incluso mucho antes el sociólogo Ulrich Beck hablaba de «categorías zombie» como «un marco conceptual vivo-muerto que procede del horizonte de siglos precedentes».

    Jorge Jiménez habla del capitalismo zombie, industria zombie, empresas zombie y hasta de publicidad zombie en un mundo donde la única salida es hackear la realidad.

  • La moral es para los pobres

    En un documental sobre el jefe de un banda de crimen organizado salió un periodista que había publicado en su periódico fotos en exclusiva en las que se veía al personaje con su familia y los miembros de su banda en su boda. El tipo se puso en contacto con el periodista y le dijo que era «un hijo de la gran puta» pero reconocía que había tenido el detalle de tapar en las fotos la cara de sus hijas. Sólo por eso se ganó su respeto. Y contaba el periodista que a partir de ahí se había fraguado una cierta relación que le había permitido conocer mejor al otro. «Tiene más principios que gente con la que te llevas bien y luego te la clava por la espalda», dijo.

    «Honor entre ladrones». «Pobre pero honrado». Jamás he escuchado hablar de honor entre banqueros o corredores de bolsa. La moral sigue siendo algo para los pobres y marginales.

  • De «zorras» y «culturetas»

    Después de haber publicado «Mata al mensajero» y «Superar el Romanticismo» me encuentro (vía LibrodeNotas.com) un artículo en El País de José Ángel Mañas dónde cuenta la paradoja de cómo durante el siglo XX los intelectuales pasaron de ser bohemios y malditos a ocupar las instituciones y el poder. Ahora, las nuevas tecnologías hacen tambalear sus viejos privilegios y su resistencia al cambio los convierte en nuevos reaccionarios.

    Lo que sí quería resaltar es la curiosidad de que, por primera vez en la historia reciente, el colectivo de artistas, vamos a llamarlos clásicos, se han encontrado en una situación descaradamente retrógrada y reaccionaria. Y eso, para quienes están acostumbrados a ser la vanguardia cultural de nuestras sociedades, es una situación insólita e incómoda, de la que no saben cómo salir. Yo sospecho que será con los pies por delante.
    ¿El fin de la dictadura del «culturetado»?

    Y también vía LibrodeNotas.com llego a un artículo en El País de Diego A. Manrique que me parece relevante tras haber escrito «Es sólo sexo». Manrique, por cierto, cita a Christina Rosenvinge que hace poco dijo definió la música femenina como un «concurso de zorras» con el consiguiente chaparrón de mierda. Y ya sabemos cómo está el nivel general de comprensión lectora.

  • Es sólo sexo

    Doy por hecho que si un alter ego del adolescente que fui me escuchara hablar de la vida y de la naturaleza humana posiblemente se escandalizaría de lo que pienso y sin duda estaría en desacuerdo.

    Como todos los adolescentes creía que cada persona es un mundo, único y complejo, que sólo podía ser explicado por sí mismo. Cada persona tenía mil razones para ser como era. Ahora sé que la mente humana está construida sobre una combinación de piezas finitas que genera patrones comunes.

    Desde luego no sabría adivinar a ciencia cierta que va a hacer alguien cercano mañana o cómo reaccionaría ante una determinada situación. Pero sé identificar al vuelo qué subyace en toda clase de declaraciones. La gente se pasa la vida autoengañándose y justificándose.

    Contaba el otro día de cómo un día las agencias de publicidad al servicio de la industria de la moda y la coméstica reciclaron el discurso femenista en su contra para vender sus productos como forma de empoderamiento de la mujeres. Un elemento de ello del que daría para hablar largo y tendido fue la asexual hipersexualización de las mujeres. Un oximorón con resultados prácticos muy curiosos: Las mujeres que lucen su cuerpo se siente incómodas con la reacción masculina. «Yo sólo pretendía demostrar que estoy a gusto conmigo misma», dicen quejumbrosas repitiendo los mensajes del mundo de la publicidad. Pero el asunto tiene un reverso en el que los hombres hemos entrado. Al girar todo en torno al sexo pretendiendo que es otra cosa, los hombres nos hemos convertidos en tácitos compradores de fantasías sexuales con otro nombre.

    El adolescente que va al cine a ver Ultraviolent, Underworld o Tomb Raider 2 puede tener la conciencia tranquila de que gasta su dinero en una película de acción. Que la estética de las protagonistas femeninas entre en el terreno del fetichismo leather-latex es sólo casualidad. Todos hemos visto a «la chica de la lejía del futuro» ¡En el futuro visten así!

    Hace poco descubrí dos casos reseñables de los que no voy a poner enlaces. Una chica de veintipocos que ya ha publicado varios poemarios, editado una antología de gente de su generación, tiene un blog en la edición digital de un periódico y mil cosas más, que inclyuen posar para varias reportajes como modelo. «¿Es guapa y su poesía es accesible? No me digas más.» Sentenció un colega filólogo y profesor de universidad. Me quedé con la duda. Revisé su blog y me encontré, sin venir a cuento, muchos autorretratos. También me encontré muchas fotos de sus lecturas, siempre una mano femenina con las uñas pintadas sujetando el libro imitando a ratos a Helmut Newton. Y ahí estaba. Vender carne pero pudiendo todos jugar a que no es eso. Como ese otro caso de la venezolana «de familia de mucho dinero» que vive en Miami y escribe de moda pero que intercala sin venir a cuentos fotos de ella luciendo escote. Seguro que muchos hombres darán a la rueda del ratón convenciéndose a sí mismos que visitan la página por las recomendaciones de música, TV o cine.

    Decía Michel Foucault en «La microfísica del poder» que el poder no es una cualidad que se posee. Es una relación entre dos partes. El poder de llamar la atención existe porque hay quienes están dispuestos a entrar en el juego. Y a estas alturas de la vida la carne y el sexo vende en el mundo de la comunicación y la publicidad porque los hombres seguimos dispuestos a hacer doble click con una excusa preparada.

  • Mad Women

    He visto sólo un puñado de capítulos de Mad Men, la serie sobre una agencia de publicidad en Estados Unidos a principios de los años 60. Había leído críticas que la ensalzaban como una de las mejores series de los últimos años y una muestra de cómo la «fición de calidad» en televisión se había puesto por delante del cine de Hollywood.

    A mí, lo que me llamó la atención no fue la construcción de los personajes, el desarrollo de las tramas y la estética tan cuidada, sino el machismo de aquellos tiempos que es representado de forma descarnada y que visto con ojos actuales resultan sonrojante. Apenas he leído sobre ello, cuando por ejemplo hace poco descubrí que se ha escrito bastante sobre la posible misoginia de Steven Moffat (Doctor Who, Jekyll, Sherlock).

    Lo que he encontrado han sido alabanzas a la estética de la serie por su verosimilitud y disertaciones sobre lo retro y lo vintage («Mad Men» vuelve a poner de moda….). He encontrado hasta retazos de lo que podíamos llamar discurso post-postfeminista en esa nostalgia por «aquellos tiempos en que los hombres eran hombres» (y usaban sombrero). De hecho, a alguien se le ha ocurrido lanzar una serie que se recrea en la estética de aquellos tiempos, línea de accesorios y productos «oficiales» incluida, prescindiendo de innecesarios dramatismos

    No sé qué pretensiones tienen los productores de «Mad Men» sobre la duración de la serie. No creo que quieran convertirla en un «Cuéntame» a la estadounidense, con un arco de tiempo excesivamente largo. Pero la realidad es que los personajes de la serie son dinosaurios cuyo mundo a la vuelta de la esquina va a estallar en mil pedazos.

    En los Estados Unidos de «Mad Men» (y en la España de mucho tiempo después) la publicidad de la industria de la moda y los cosméticos apelaba a que sus productos servían a las mujeres para complacer a sus marido. Ellas les esperaban impacientes y guapísimas (las tareas domésticas las hacían mujeres de las clases subalternas) para proporcionarles «el descanso del guerrero» tras un duro día de trabajo en la oficina. Pero ese mundo de hipocrecías y frustaciones subterráneas inevitablmente fue cuestionado por una revolución cultural que me intriga cómo será representada en «Mad Men» si la serie se adentra en los años 60.

    En algún momento la industria de la moda y la coméstica fue puesta en jaque por las feministas y los viejos argumentos de «estar guapa para tu hombre» dejaron de servir para vender sus productos. No sé si alguien ha documentado esa historia. Por ejemplo Thomas Frank ha estudiado cómo los valores de rebeldía e inconformismo fueron asumidas por la industria del automóvil estadounidense. Descubrimos así que La furgoneta hippy Volkswagen resulta ser en realidad una magistral jugada de marketing. Y de la misma manera, en algún momento, a algún genio maquiavélico se le ocurrió darle la vuelta a los argumentos de venta de la industria de la moda y la cosmética.

    No sé si fue la obra puntual de un cerebro solitario que desencadenó una contrarrevolución o un proceso gradual. La cuestión es que un día los artículos de moda y belleza se convirtieron como productos de consumo en símbolos de emancipación de la mujer. Cuidar los kilos de más, ir a la moda, lucir escote, vestir minifalda y llevar tacones dejaron de ser cosas que las mujeres hacían «para los hombres», para convertirse en cosas que ellas hacían para sí mismas sin importar estar solas, en pareja o casadas. Estar guapa, según los cánones, era un mensaje que se lanzaba al mundo. Una declaración de principios sobre la propia autoestima y autoaceptación.

    La jugada resultó ser magistralmente genial y digna de estudio por una tesis doctoral de sociología del consumo. Convertía automáticamente a quien se negara a entrar en el juego en una persona con problemas, posiblemente una lesbiana y sin duda en una amargada. Pero aceptar las reglas no era necesariamente un billete sin retorno a la tierra prometida. La industria de la moda y la cosmética ofrecían un pacto mefistofélico en el que el listón de estar guapa se iba desplazando en el horizonte como un espejismo siempre lejano. Década tras dédada el ideal de belleza femenina ha ido adelgazando. Por ejemplo, Martin Voracek y Maryanne Fisher revisaron las medidas de las 577 chicas de las páginas centrales de la revista Playboy entre 1953 y 2001. Encontraron que el índice de masa corporal había disminuido.

    Pero no sólo se trata de un cuerpo ideal cada vez más andrógino o una guerra permanente contra el propio cuerpo en el que cada año se ofrece una solución en forma de crema de belleza para un problema que antes no existía. Yo, que llevo varios meses de usuario en Deviantart, no he podido dejar de reparar en cómo se autorrepresentan las mujeres, bajo capas de maquillaje y retoque intenso de Photoshop. Txema Rodríguez hablaba de «cómo la fotografía ha arruinado la vida de millones de mujeres». La manipulación digital de las fotografías ha permitido cruzar los límites de un mundo posthumano. La empresa H&M reconoció que en su catálogo aparecían cuerpos hechos por ordenador al que se le pegaban las caras, algo nada sorprendente para quien conozca el blog Photoshop Disasters. El ideal de belleza femenino ha entrado en el terreno de los cyborgs.