La burbuja musical

Yo he tenido rachas. Hubo una época, mientras estudiaba la carrera, que no paraba de escuchar a Talvin Singh, Asian Dub Foundation, Nittin Sawhney, Ravi Shankar, Nusrat Fateh Ali Khan y otros artistas procedentes o con ancestros procedentes de la India y Pakistán. Recuerdo también la época en que Ramón Trecet no paraba de poner a “las griegas” (Alkistis Protopsalti, Eleftheria Arvanitaki, Savina Yannatou…) en su programa Diálogos de Radio 3. Y recuerdo también otras rachas personales con el tripo hop o la música minimalista. Así que me he hecho gracia el término “las burbujas musicales en la música étnica” que Planeta de Músicas emplea para contarnos cómo periódicamente la música de algún es “descubierta” y promocionada por una discográfica occidental, cambiándole el nombre original al grupo si hace falta, en un ciclo continuo de usar y tirar.

La banalización musical de Dios

Enter los 15 y 19 años fui católico practicante. Es una etapa de mi vida que ahora resulta muy lejana y que estoy seguro de que traerá de cabeza a mis biógrafos. En aquel entonces yo no era del todo consciente, pero los que manejaban la vida parroquial era un grupo de matrimonios jóvenes seguidores de la Teología de la Liberación impregnados de los valores postconciliares. No me atreviría a llamarlos cristianos progres, porque de estos conocí luego y no los metería en el mismo saco. Diría más bien que la ruptura se notaba principalmente en las formas, especialmente en la liturgia. Simplificando y yendo a lo concreto, aquellos matrimonios jóvenes representaban a esa generación de cristianos que cantan en misa acompañados de guitarra. Como algún católico conservador los llama, “los de la guitarrita”.

El repertorio incluía canciones que empleaban la melodía de música popular de los años 60, como “Blowing in the wind” de Bob Dylan y “The Sound of Silence” de Simon & Garfunkel. Aquellas canciones tenían un aire familiar que no terminábamos de identificar. No sé si ahora causa risa, pero estamos hablando de la era pre-Internet. Ahora en menos treinta segundos de búsqueda en Google te pones en la pista de una canción que viste en una película o un anuncio de televisión. En aquel entonces tener cultura musical siendo un adolescente suponía tener a un pariente o amigo mayor que tú con una buena colección de discos, o bien dedicarte a escuchar esos programas de radio que ponen de madrugada.

Yo fui siempre contrario a la pompa y lo tradicional. Me parecía apolillado y arcaico. Recuerdo cómo fastidiaba a un compañero de clase en C.O.U., católico conservador, contándole que yo estaba a favor de misas con disc jockeys. Pero a pesar de todo, las misas siempre me parecieron un coñazo. Una obligación a la que iba con resignación cristiana.

Me hice agnóstico, me desvinculé de la iglesia católica y finalmente terminé siendo ateo. Años después me encontré a mí mismo disfrutando de la música de las culturas más diversas, lo que implicaba música religiosa de otros credos. Creo que la primera música de la que fui consciente que despertaba en mí una especie de transcedencia dentro de los límites de mi ateísmo, que es lo mismo decir que me ponía profundamente introspectivo en un estado de ensimismamiento, fue la del pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan.

Nusrat Fateh Ali Khan fue la figura más importante en el siglo XX del qawali, un género musical sufí. Ya hablé aquí de cómo a través de su música llegué al flamenco. El ruido cacharrero de la orquesta que le acompañaba dio paso a una producción cuidada por el guitarrista canadiense Michael Brook en los discos de estudios para el sello Real World.

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En el año 2007 hice un periplo por las república bálticas. En la primera etapa del viaje, visité la catedral ortodoxa de Tallin (Estonia). Cuando entré estaba cantando un pequeño coro mixto de jóvenes que sin duda debían ser estudiantes de conservatorio. Enseguida apareció un pope y empezó la misa. El pope empezó unas letanías con una profunda voz rusa que eran contestadas por el coro. La ceremonia, toda cantanda, fue un espectáculo digno de un auditorio de música. A la majestuosidad del lugar se unía la calidad de los intérpretes. Yo hubiera pagado por asistir a aquella misa.

Meses después murió mi abuela materna. Y me dediqué a escuchar los cantos de los monjes ortodoxos del monasterio de Pechersk Lavra en Kiev (Ucrania). Busqué consuelo en aquella música. No se trató de una experiencia mística ni nado parecido. Fue entonces cuando comprendí por qué encontraba tan fácilmente un goce estético en la música religiosa de credos ajenos al catolicismo. Aquellas misas postconciliares en iglesias de decoración desangelada con música reciclada de los éxitos de cantautores estadounidenses habían arrebatado a la experiencia religiosa toda épica, misterio y grandiosidad. Es casi imposible sentir una experiencia profunda cuando el “Santo, santo” de una misa se interpreta en español acompañado a la guitarra con la melodía de una canción pop de Bananarama.

Lo religioso necesita del mito y de la tradición. Las ceremonias tienen que estar envueltas en el misterio y ser un acto mágico de conexión con la divinidad. Así hace falta un entorno especial que impacte al creyente, un ritual cargado de simbolismo y un oficiante con un atuendo especial. No es casual que la liturgia en credos ajenos al catolicismo use una lengua arcaica. Lo divino tiene que ser ajeno al mundo terrenal. Mientras en español se suceden las traducciones de la Biblia buscando un lenguaje moderno, los protestantes emplean la edición King James. Para estadounidenses y británicos, Dios habla en el inglés de principios del siglo XVI: “Thou shalt not kill”. Por su parte, giegos ortodoxos y judíos emplean en sus liturgias el griego y el hebreo antiguos. Así, el himno bizantino “Cristos Anesti” suena sublime en la voz de Divna Ljubojević. Se trata de una experiencia estética que está a años luz de aquellos acordes de guitarra acompañando canciones contemporáneas. No en vano, en la liturgia judía existe la figura del cantante con formación musical y religiosa. Uno de ellos, Sholom Katz fue enviado a un campo de concentración por los nazis. Junto con otros judíos fue ordenado a cavar su propia tumba. Pidió permiso para interpretar un canto fúnebre, “El male rachamim”. Uno de los guardas, impresionado, lo separó del resto y luego le permitió escapar. Años más tarde el mismo Sholom Katz grabó una versión del “El male rachanim” dedicada a las víctimas del Holocausto. Tan conmovedora como la versión del rabino Shaul Praver de la congregación Adath Israel de Newtown (Connecticut) donde tuvo lugar una masacare en un colegio. El rabino Praver tuvo que hacerse cargo de los funerales de varias víctimas e interpretó “El male rachamim” en una ceremonia multiconfensional en la que habló el presidente Obama.

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La única vez que pondré música de Rihanna aquí

El dhol es un tambor procedente del subcontinente indio, especialmente el Punjab, cuyos extremos opuestos producen dos tonos diferentes. Con la explosión del “Asian Underground” británico en la segunda mitad de los años 90 se dio conocer el grupo Dhol Foundation, que descubrió el sonido del dhol en Occidente.

Los intérpretes de dhol son requeridos para bodas, como era el caso de la británica de origen pakistaní Rani Taj. Tras tocar en un banquete salió a la calle con unos amigos. Alguien puso Rude Boy de Rihanna en el equipo de música de un coche. La improvisada improvisada base de drum & bass que le añadió a la canción con su dhol fue grabada en el móvil, subida a Youtube y vista por más de un millón de visitas, poniendo su carrera en marcha.

Pssh pssh

Bernard Purdie es un batería del que dicen que ha participado tocando ese instrmento como músico de estudio en más grabaciones que nadie en el mundo. También dicen que por ese rol de fiel escudero que ha asumido en su larga carrera musical es el batería más subestimado del mundo. Pero es todo una referencia en el mundo de la percusión por los patrones rítmicos de los que fue creador. Lo explica en un vídeo donde podemos ver cómo hace magia con la batería.

Odisea espacial

El coronel (retirado) Chris Hadfield ha sido el primer canadiense en comandar la Estación Espacial Internacional. Quizás porque en Canadá están muy sensibles con el gasto público en tiempos de crisis o quizás porque es un comunicador nato, decidió darle un perfil muy público a su paso por la ISS publicando vídeos didácticos en Youtube y fotos del planeta Tierra en Twitter con su día a día. Se convirtió en un fenómeno mediático y recuperó la atención público al programa espacial. Si ya tenía suficiente con ser piloto de combate, piloto de pruebas, diplomado en ingeniería mecánica y máster en sistemas de aviación, además canta y toca la guitarra. Su despedida de la la Estación Espacial Internacional ha sido épica, con una versión adaptada de Space Oddity de David Bowie:

Johny Cash que estás en los cielos

Repasando de qué cantantes y músicos había hablado para escribir sobre la crítica de Diego Manrique a Radio3 caí en la cuenta que Johny Cash no estaba en esa lista. De hecho lo incluí en la numeración de artistas que hice y luego comprobé que jamás lo había mencionado en este blog. Qué raro.

Juraría que la primera canción de Johny Cash que conocí fue “The Ring of Fire” gracias a una anuncio de vaqueros Levi’s. Mucho más tarde vino el Johny Cash crepuscular. Sería demasiado fácil insertar aquí el vídeo de “Hurt”, ese que cuando lo vio el autor original de la canción se echó a llorar y luego dijo que sentía que la canción ya no le pertenecía. Pero pienso que tanto esa canción como “I hang my head” no deben ser invocadas en vano. Tienen demasiado carga emocional y significado para escucharlas un día cualquiera. Así que pondré una canción con la que me reencontré por una anécdota graciosa. La revista Foreign Policy decidió publicar por entregas el diario personal de un soldado estadounidense que participó en la invasión de Iraq en 2003. En la portada de la libreta escribió “His Horse Was Named Death and hell follow them”. Y algún becario puso al pie “from the Johnny Cash song “The Man Comes Around”. ¡Ay! De una canción de Johny Cash no, del Libro del Apocalipsis.