Avishai Cohen tiene nuevo disco

Avishai Cohen tiene nuevo disco, Almah, en el que hace un nuevo giro para arroparse con instrumentos de cuerda y viento. Suena estupendamente.

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Hombres maduros

En una noche de alcohol y confidencias un amigo me puso en su ordenador la versión de “Lágrimas Negras” que interpretaron “Bebo” Valdés y “Cachao” para el documental musical Calle 54.

“Fíjate en ese cruce de miradas. En esa complicidad. Así sólo pueden tocar los hombres que alguna vez amaron de verdad a una mujer”, sentenció. Yo en aquel entonces sólo lo consideré una frase grandilocuente producto del alcohol.

Llevo tiempo escuchando música de hombres maduros que están muy de vuelta. He mencionado aquí a Johny Cash y a Leonard Cohen. Fue hace poco mi cumpleaños y escuché al gran Tom Jones, versionar a Cohen:

Well, my hair is gray and my friends are gone.
I ache in the places where I used to play.
And I’m crazy for love but I’m not coming on.

En el principio fue Talvin Singh

Talvin Singh nació en Londres. Sus padres quisieron para él una formación en música clásica india. Fue enviado a la India a estudiar la tabla, un tipo de tambor que se toca en parejas y no muy diferente del bongó. Pero Talvin Singh no quiso quedarse dentro de los márgenes de la música tradicional canónica. A los dos años volvió al Reino Unido y allí se dedicó a fusionar la música de tabla con los sonidos electrónicos con los que había crecidoo. Abrió una discoteca y en 1997 editó un disco recopilatorio Anokha, Sounz of The Asian Underground, que dio nombre a la corriente emergente de artistas británicos de origen o ancestros indios cuya música vivía entre los dos mundos.

La burbuja musical

Yo he tenido rachas. Hubo una época, mientras estudiaba la carrera, que no paraba de escuchar a Talvin Singh, Asian Dub Foundation, Nittin Sawhney, Ravi Shankar, Nusrat Fateh Ali Khan y otros artistas procedentes o con ancestros procedentes de la India y Pakistán. Recuerdo también la época en que Ramón Trecet no paraba de poner a “las griegas” (Alkistis Protopsalti, Eleftheria Arvanitaki, Savina Yannatou…) en su programa Diálogos de Radio 3. Y recuerdo también otras rachas personales con el tripo hop o la música minimalista. Así que me he hecho gracia el término “las burbujas musicales en la música étnica” que Planeta de Músicas emplea para contarnos cómo periódicamente la música de algún es “descubierta” y promocionada por una discográfica occidental, cambiándole el nombre original al grupo si hace falta, en un ciclo continuo de usar y tirar.

La banalización musical de Dios

Enter los 15 y 19 años fui católico practicante. Es una etapa de mi vida que ahora resulta muy lejana y que estoy seguro de que traerá de cabeza a mis biógrafos. En aquel entonces yo no era del todo consciente, pero los que manejaban la vida parroquial era un grupo de matrimonios jóvenes seguidores de la Teología de la Liberación impregnados de los valores postconciliares. No me atreviría a llamarlos cristianos progres, porque de estos conocí luego y no los metería en el mismo saco. Diría más bien que la ruptura se notaba principalmente en las formas, especialmente en la liturgia. Simplificando y yendo a lo concreto, aquellos matrimonios jóvenes representaban a esa generación de cristianos que cantan en misa acompañados de guitarra. Como algún católico conservador los llama, “los de la guitarrita”.

El repertorio incluía canciones que empleaban la melodía de música popular de los años 60, como “Blowing in the wind” de Bob Dylan y “The Sound of Silence” de Simon & Garfunkel. Aquellas canciones tenían un aire familiar que no terminábamos de identificar. No sé si ahora causa risa, pero estamos hablando de la era pre-Internet. Ahora en menos treinta segundos de búsqueda en Google te pones en la pista de una canción que viste en una película o un anuncio de televisión. En aquel entonces tener cultura musical siendo un adolescente suponía tener a un pariente o amigo mayor que tú con una buena colección de discos, o bien dedicarte a escuchar esos programas de radio que ponen de madrugada.

Yo fui siempre contrario a la pompa y lo tradicional. Me parecía apolillado y arcaico. Recuerdo cómo fastidiaba a un compañero de clase en C.O.U., católico conservador, contándole que yo estaba a favor de misas con disc jockeys. Pero a pesar de todo, las misas siempre me parecieron un coñazo. Una obligación a la que iba con resignación cristiana.

Me hice agnóstico, me desvinculé de la iglesia católica y finalmente terminé siendo ateo. Años después me encontré a mí mismo disfrutando de la música de las culturas más diversas, lo que implicaba música religiosa de otros credos. Creo que la primera música de la que fui consciente que despertaba en mí una especie de transcedencia dentro de los límites de mi ateísmo, que es lo mismo decir que me ponía profundamente introspectivo en un estado de ensimismamiento, fue la del pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan.

Nusrat Fateh Ali Khan fue la figura más importante en el siglo XX del qawali, un género musical sufí. Ya hablé aquí de cómo a través de su música llegué al flamenco. El ruido cacharrero de la orquesta que le acompañaba dio paso a una producción cuidada por el guitarrista canadiense Michael Brook en los discos de estudios para el sello Real World.

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En el año 2007 hice un periplo por las república bálticas. En la primera etapa del viaje, visité la catedral ortodoxa de Tallin (Estonia). Cuando entré estaba cantando un pequeño coro mixto de jóvenes que sin duda debían ser estudiantes de conservatorio. Enseguida apareció un pope y empezó la misa. El pope empezó unas letanías con una profunda voz rusa que eran contestadas por el coro. La ceremonia, toda cantanda, fue un espectáculo digno de un auditorio de música. A la majestuosidad del lugar se unía la calidad de los intérpretes. Yo hubiera pagado por asistir a aquella misa.

Meses después murió mi abuela materna. Y me dediqué a escuchar los cantos de los monjes ortodoxos del monasterio de Pechersk Lavra en Kiev (Ucrania). Busqué consuelo en aquella música. No se trató de una experiencia mística ni nado parecido. Fue entonces cuando comprendí por qué encontraba tan fácilmente un goce estético en la música religiosa de credos ajenos al catolicismo. Aquellas misas postconciliares en iglesias de decoración desangelada con música reciclada de los éxitos de cantautores estadounidenses habían arrebatado a la experiencia religiosa toda épica, misterio y grandiosidad. Es casi imposible sentir una experiencia profunda cuando el “Santo, santo” de una misa se interpreta en español acompañado a la guitarra con la melodía de una canción pop de Bananarama.

Lo religioso necesita del mito y de la tradición. Las ceremonias tienen que estar envueltas en el misterio y ser un acto mágico de conexión con la divinidad. Así hace falta un entorno especial que impacte al creyente, un ritual cargado de simbolismo y un oficiante con un atuendo especial. No es casual que la liturgia en credos ajenos al catolicismo use una lengua arcaica. Lo divino tiene que ser ajeno al mundo terrenal. Mientras en español se suceden las traducciones de la Biblia buscando un lenguaje moderno, los protestantes emplean la edición King James. Para estadounidenses y británicos, Dios habla en el inglés de principios del siglo XVI: “Thou shalt not kill”. Por su parte, giegos ortodoxos y judíos emplean en sus liturgias el griego y el hebreo antiguos. Así, el himno bizantino “Cristos Anesti” suena sublime en la voz de Divna Ljubojević. Se trata de una experiencia estética que está a años luz de aquellos acordes de guitarra acompañando canciones contemporáneas. No en vano, en la liturgia judía existe la figura del cantante con formación musical y religiosa. Uno de ellos, Sholom Katz fue enviado a un campo de concentración por los nazis. Junto con otros judíos fue ordenado a cavar su propia tumba. Pidió permiso para interpretar un canto fúnebre, “El male rachamim”. Uno de los guardas, impresionado, lo separó del resto y luego le permitió escapar. Años más tarde el mismo Sholom Katz grabó una versión del “El male rachanim” dedicada a las víctimas del Holocausto. Tan conmovedora como la versión del rabino Shaul Praver de la congregación Adath Israel de Newtown (Connecticut) donde tuvo lugar una masacare en un colegio. El rabino Praver tuvo que hacerse cargo de los funerales de varias víctimas e interpretó “El male rachamim” en una ceremonia multiconfensional en la que habló el presidente Obama.

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