Ayer, haciendo zapping (de lo que veo en la tele hablaré otro día), me encontré con un capítulo de «Cómo conocí a vuestra madre». Y en el par de minutos que le dediqué, descubrí de pronto por qué me incomoda lo que cuenta la serie.
Todo gira en torno a una mirada al pasado desde la distancia con un tono nostálgico y edulcorado. «Aquel fue el verano en que». «Aquella fue la ocasión en decidí que ya nunca más…». «En aquel momento, por primera vez en mi vida, comprendí que». Y claro. Considerando que «Aquellos maravillosos años» sería el último título en el universo que le pondría a una serie de televisión basada en mi infancia, la nostalgia por la infancia, la adolescencia o los locos años de la juventud me repelen. Sólo considero que merece volver la vista atrás para sacar lecciones, hacer las paces con el pasado y seguir adelante.
Kirby Ferguson es un cineasta, autor del documental en cuatro partes «Everything is a remix». En él explica como tradicionalmente el arte y la tecnología avanzaron a lo largo del tiempo a partir del trabajo previo de otros en un proceso continuo que se ha visto afectado y pervertido por las leyes de la propiedad intelectual, que permiten fenómenos como los «trolls de patentes» o la posibilidad de patentar software de la forma más vaga y ambigua. Me ha llamado la atención la hipocresía de personajes, artistas y empresas que construyeron su carrera copiando a otro. Steve Jobs aparece diciendo en 1996 «hemos sido desvergozandos en copiar grandes ideas» mientras que se recoge una cita suya de 2010, anunciando que iba «a destruir Android porque es un producto robado».
Lo más divertido del documental es ver el original en el que se inspiraron película conocidas. Aparece un ejemplo ya clásico, Kill Bill. Pero personalmente me ha parecido interesante ver las referencias cinematográficas de Star Wars.
Talvin Singh nació en Londres. Sus padres quisieron para él una formación en música clásica india. Fue enviado a la India a estudiar la tabla, un tipo de tambor que se toca en parejas y no muy diferente del bongó. Pero Talvin Singh no quiso quedarse dentro de los márgenes de la música tradicional canónica. A los dos años volvió al Reino Unido y allí se dedicó a fusionar la música de tabla con los sonidos electrónicos con los que había crecidoo. Abrió una discoteca y en 1997 editó un disco recopilatorio Anokha, Sounz of The Asian Underground, que dio nombre a la corriente emergente de artistas británicos de origen o ancestros indios cuya música vivía entre los dos mundos.
La Tierra, año 2013: no hay viajes espaciales más allá de la órbita terrestre, los robots siguen siendo tontos, no vamos de un lado a otro en coches voladores ni hay sistemas de traducción automática, no existen los replicadores de alimentos, seguimos solos en el Cosmos -que sepamos- y envejeciendo, la gente muere de cáncer y hasta de hambre, el fondo del mar está tan profundo como hace medio siglo… El futuro, definitivamente, no es lo que nos habían prometido.
El pasado mes de mayo el escalador español Carlos Soria se encontraba a 286 metros de la cumbre del pico Kangchenjunga. Carlos Soria tiene 74 años y está tratando de ascender a los catorce picos que superan los 8.000 metros de altitud. Sus anteriores expediciones no habían hecho cumbre y el Kangchenjunga estaba casi a su alcance. Pero la ascensión había sido dificultosa. Carlos Soria había propuesto a las otras expediciones poner dos sherpas para la empresa común de tender cuerdas en los tramos más peligrosos. Pero el día en que se preparó para el gran asalto final se encontró con que el resto de escaladores decidieron subir por su cuenta. Los sherpas de la expedición de Carlos Soria tendieron cuantas cuerdas pudieron hasta encontrar que no tenían suficientes para un tramo realmente peligroso. En aquella parte de la montaña el avance se ralentizó. Y entonces Carlos Soria se encontró a esos 286 metros de la cumbre. Calculó el ritmo de ascenso y concluyó que estarían a tiempo de hacer cumbre, pero la noche y el frío se les echaría encima en el camino de vuelta que tiene un trame muy expuesto. al viento. Si subir es penoso y difícil, bajar requiere extremo cuidado y concentración para ir pisando en el lugar correcto. Y precisamente la concentración es algo que falla cuando estás agotado en alta montaña. Carlos Soria decidió dar la vuelta. Seguir adelante era arriesgar la vida del resto de la expedición. El jefe de los sherpas protestó y trató de animarle. La cumbre estaba tan cerca. Carlos Soria insistió. Era cuestión de ser honesto consigo mismo. Estaban subiendo muy lento e iba a poner a todos en peligro al obligarles a bajar con la noche echándose encima. Finalmente dieron la vuelta. Y se encontraron por el camino con otras expediciones que habían decidido seguir adelante. Hicieron cumbre once personas, entre escaladores y sherpas. Cinco no volvieron. Carlos Soria es el alpinista más prudente del mundo. Nunca ha sufrido una congelación en las extremidades o ha necesitado ser rescatado. Y es el más sabio.
Yo he tenido rachas. Hubo una época, mientras estudiaba la carrera, que no paraba de escuchar a Talvin Singh, Asian Dub Foundation, Nittin Sawhney, Ravi Shankar, Nusrat Fateh Ali Khan y otros artistas procedentes o con ancestros procedentes de la India y Pakistán. Recuerdo también la época en que Ramón Trecet no paraba de poner a «las griegas» (Alkistis Protopsalti, Eleftheria Arvanitaki, Savina Yannatou…) en su programa Diálogos de Radio 3. Y recuerdo también otras rachas personales con el tripo hop o la música minimalista. Así que me he hecho gracia el término «las burbujas musicales en la música étnica» que Planeta de Músicas emplea para contarnos cómo periódicamente la música de algún es «descubierta» y promocionada por una discográfica occidental, cambiándole el nombre original al grupo si hace falta, en un ciclo continuo de usar y tirar.
Samsung es en el mercado de las cámaras de fotografía como esa clase de persona que trata desesperadamente de llamar la atención en un fiesta, llegando a límites absurdos y sin conseguirlo. En el terreno de las cámaras sin espejo ha sacado modelos interesantes y con buena relación calidad-precio. Pero siempre le ha faltado «algo». Ese algo que uno encuentra en la calidad de Fuji, los objetivos de Panasonic y el estilo retro de Olympus. Sus dos últimos movimientos han sido curiosos.
Juraría que hace tiempo el mundillo del trastear en las cámaras está parado. Si uno sale ahí afuera encontrará que había proyectos para «hackear» y modificar el firmware de las compactas Canon, la Pentax K10D, la Panasonic TZ10 y las Panasonic sin espejo. Y digo «había» porque del proyecto de hackear la Pentax K10D nunca más se supo y Panasonic contrató al ruso que lideraba el proyecto de sus cámaras. Sólo el proyecto de modificar Canon compactas sigue adelante. Lo que me recuerda que algún buscaré alguna Ixus interesante de segunda mano para jugar con ella. Los time-lapse programados esperan.
Hay cosas que detestas casi por instinto. Así que es divertido cuando alguien se toma la molestia de destriparlo. Por ejemplo, alguien que entiende de música y canto te explicar por qué alguien del que tú piensas que canta como el culo, resulta que canta como el culo. O alguien se toma la molestia de leerse los libros de Paulo Coelho para explicar por qué su literatura es mala. Creo que tiene su enjundia. Como el autor del artículo, Héctor Abad Faciolince, señala, hay mucha literatura mala que no vende nada y mucha literatura buena que vende mucho.
El año pasado me entraron de improviso ganas de recorrer Estados Unidos. Es un país que siempre me generó antipatía. Y mis primeras inquietudes por conocer mundo me llevaron a Europa. Luego al Mediterráneo Oriental. Tenía un proyecto de viaje por Turquía, Siria e Irán, que tras posponer se ha vuelto en una de sus estapas imposible por razones evidentes. Entonces, una amiga se mudó a la Coste Este y cuando me invitó a visitarla me puse a mirar en Seat61.com viajes en tren por Estados Unidos. Viajar en tren es mi forma favorita de recorrer países, herencia de mis inicios como mochilero InterRail y porque valoro por mi altura poder salir al pasillo a estirar las piernas. Así que descubrí el California Zaphryr, que recorre las grandes llanuras y atraviesa las Montañas Rocosas desde Chicago al Valle Central de Califoria, donde los pasajeros embarcan en un autobús para alcanzar San Francisco.
Empecé a soñar. Me compré un mapa Michelin de Estados Unidos y una guía de viaje de los Parques Nacionales del oeste de Estados Unidos. Un segundo ruta Chicago-Los Angeles te deja a 100 kilómetros del Gran Cañón del Colorado. Y no muy lejos de allí está un lugar que supe de su existencia porque un antiguo compañero de piso estadounidense había estado en él. Pero las fotos que él me había mostrado no tenía nada ver con lo que fui descubriendo del Parque Nacional de Sión en Utah. Es un lugar que paree de otro mundo y cuyas fotos parecen óleos o creaciones por ordenador.
Me dediqué a mirar las rutas por carretera para llegar al parque. Recorrí aquellas carreteras con Google Street View. Y cuanto más información acumulaba y más lugares mágicos descubría, más me asaltó una duda, ¿qué diferencia haría visitarlo realemente? Sólo estaría confirmando con mis propios ojos la existencia de maravillas que ya había descubierto. Y esa emoción ya la había vivido una irrepetible vez. Ir o no ir, ¿qué más daba? Iría solo y lo disfrutría solo. Sería una experiencia personal intangible. Algo que sólo iba a perdurar en mi cabeza como un recuerdo. Como toda la felicidad efímera que he vivido.
Repasé mis metas. Los libros que me gustaría escribir y las fotos que me gustarían hacer. Pensé en todas aquellos ensayos y relatos que nunca terminé de escribir pero que están en mi cabeza. Creo que disfruté más documentándome y construyendo un universo en mi cabeza que poniéndome manos a la obra. Sé que de haberlos terminado nunca habría llegado muy lejos con ellos. Y aún así, ¿qué importaba el aplauso y los halagos de los demás? A veces me pasa con la fotografía. ¿Recibir halagos por una foto qué significa realmente? ¿Recibir la enhorabuena por una sensibilidad que no yo escogí tener? ¿Enhorabuena por la belleza de un paisaje que está ahí para cualquiera? ¿Enhorabuena por la suerte de haber encontrado unas nubes caprichosas y una luz solar determinada? ¿Enhorabuena por la belleza y el talento de la modelo?
La vida y la muerte, enormes bromas cósmicas, dejaron de tener sentido para mí, perdido en mi propia cabeza. Es lo que quise contar en la entrada nº 100 de este blog. Y al final me he atrevido a contar en la presente, la nº 200.
Enter los 15 y 19 años fui católico practicante. Es una etapa de mi vida que ahora resulta muy lejana y que estoy seguro de que traerá de cabeza a mis biógrafos. En aquel entonces yo no era del todo consciente, pero los que manejaban la vida parroquial era un grupo de matrimonios jóvenes seguidores de la Teología de la Liberación impregnados de los valores postconciliares. No me atreviría a llamarlos cristianos progres, porque de estos conocí luego y no los metería en el mismo saco. Diría más bien que la ruptura se notaba principalmente en las formas, especialmente en la liturgia. Simplificando y yendo a lo concreto, aquellos matrimonios jóvenes representaban a esa generación de cristianos que cantan en misa acompañados de guitarra. Como algún católico conservador los llama, «los de la guitarrita».
El repertorio incluía canciones que empleaban la melodía de música popular de los años 60, como «Blowing in the wind» de Bob Dylan y «The Sound of Silence» de Simon & Garfunkel. Aquellas canciones tenían un aire familiar que no terminábamos de identificar. No sé si ahora causa risa, pero estamos hablando de la era pre-Internet. Ahora en menos treinta segundos de búsqueda en Google te pones en la pista de una canción que viste en una película o un anuncio de televisión. En aquel entonces tener cultura musical siendo un adolescente suponía tener a un pariente o amigo mayor que tú con una buena colección de discos, o bien dedicarte a escuchar esos programas de radio que ponen de madrugada.
Yo fui siempre contrario a la pompa y lo tradicional. Me parecía apolillado y arcaico. Recuerdo cómo fastidiaba a un compañero de clase en C.O.U., católico conservador, contándole que yo estaba a favor de misas con disc jockeys. Pero a pesar de todo, las misas siempre me parecieron un coñazo. Una obligación a la que iba con resignación cristiana.
Me hice agnóstico, me desvinculé de la iglesia católica y finalmente terminé siendo ateo. Años después me encontré a mí mismo disfrutando de la música de las culturas más diversas, lo que implicaba música religiosa de otros credos. Creo que la primera música de la que fui consciente que despertaba en mí una especie de transcedencia dentro de los límites de mi ateísmo, que es lo mismo decir que me ponía profundamente introspectivo en un estado de ensimismamiento, fue la del pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan.
Nusrat Fateh Ali Khan fue la figura más importante en el siglo XX del qawali, un género musical sufí. Ya hablé aquí de cómo a través de su música llegué al flamenco. El ruido cacharrero de la orquesta que le acompañaba dio paso a una producción cuidada por el guitarrista canadiense Michael Brook en los discos de estudios para el sello Real World.
En el año 2007 hice un periplo por las república bálticas. En la primera etapa del viaje, visité la catedral ortodoxa de Tallin (Estonia). Cuando entré estaba cantando un pequeño coro mixto de jóvenes que sin duda debían ser estudiantes de conservatorio. Enseguida apareció un pope y empezó la misa. El pope empezó unas letanías con una profunda voz rusa que eran contestadas por el coro. La ceremonia, toda cantanda, fue un espectáculo digno de un auditorio de música. A la majestuosidad del lugar se unía la calidad de los intérpretes. Yo hubiera pagado por asistir a aquella misa.
Meses después murió mi abuela materna. Y me dediqué a escuchar los cantos de los monjes ortodoxos del monasterio de Pechersk Lavra en Kiev (Ucrania). Busqué consuelo en aquella música. No se trató de una experiencia mística ni nado parecido. Fue entonces cuando comprendí por qué encontraba tan fácilmente un goce estético en la música religiosa de credos ajenos al catolicismo. Aquellas misas postconciliares en iglesias de decoración desangelada con música reciclada de los éxitos de cantautores estadounidenses habían arrebatado a la experiencia religiosa toda épica, misterio y grandiosidad. Es casi imposible sentir una experiencia profunda cuando el «Santo, santo» de una misa se interpreta en español acompañado a la guitarra con la melodía de una canción pop de Bananarama.
Lo religioso necesita del mito y de la tradición. Las ceremonias tienen que estar envueltas en el misterio y ser un acto mágico de conexión con la divinidad. Así hace falta un entorno especial que impacte al creyente, un ritual cargado de simbolismo y un oficiante con un atuendo especial. No es casual que la liturgia en credos ajenos al catolicismo use una lengua arcaica. Lo divino tiene que ser ajeno al mundo terrenal. Mientras en español se suceden las traducciones de la Biblia buscando un lenguaje moderno, los protestantes emplean la edición King James. Para estadounidenses y británicos, Dios habla en el inglés de principios del siglo XVI: «Thou shalt not kill». Por su parte, giegos ortodoxos y judíos emplean en sus liturgias el griego y el hebreo antiguos. Así, el himno bizantino «Cristos Anesti» suena sublime en la voz de Divna Ljubojević. Se trata de una experiencia estética que está a años luz de aquellos acordes de guitarra acompañando canciones contemporáneas. No en vano, en la liturgia judía existe la figura del cantante con formación musical y religiosa. Uno de ellos, Sholom Katz fue enviado a un campo de concentración por los nazis. Junto con otros judíos fue ordenado a cavar su propia tumba. Pidió permiso para interpretar un canto fúnebre, «El male rachamim». Uno de los guardas, impresionado, lo separó del resto y luego le permitió escapar. Años más tarde el mismo Sholom Katz grabó una versión del «El male rachanim» dedicada a las víctimas del Holocausto. Tan conmovedora como la versión del rabino Shaul Praver de la congregación Adath Israel de Newtown (Connecticut) donde tuvo lugar una masacare en un colegio. El rabino Praver tuvo que hacerse cargo de los funerales de varias víctimas e interpretó «El male rachamim» en una ceremonia multiconfensional en la que habló el presidente Obama.