Con la que está cayendo y el PSOE parece que no existe como partido de oposición.
Con la que está cayendo y el PSOE parece que no existe como partido de oposición.
Le señalé al amigo que publicaba la imagen anterior que presentar a Singapur como bastión «libertario» era un mal chiste. Me contesta: «Cada vez oigo a mas libertarios pidiendo el sacrificio de la libertad politica a cambio de mayor libertad economica». Y así, señoras y señores, es como otra etiqueta política fue prostituida y pereció.
Mientras tanto, en Singapur, ¿Disneylandia con pena de muerte?. A mucha honra.
Me he leído Ciberactivismo, el reciente libro de Mario Tascón y Yolanda Quintana. Creo que estamos ante el nuevo libro canónico de la materia en español. Tenemos teoría sociológica de la comunicación, catálogo de herramientas, estudios de caso y presentación de los retos del activismo en Internet. Es un recorrido por la realidad actual del activismo en redes distribuidas que anticipó Howard Rheingold en Smartmobs allá por 2002.
Es un libro desigual por esos cambios de registros. Pero esa variedad de discursos, del análisis académico al relato de experiencias, lo convierte en un punto de partida para el que quiera pueda coger cualquiera de esos caminos. Pero personalmente la parte que más me ha gustado es el espacio dedicado a los pioneros en España: Fronteras Electrónicas España (FrEE), Kriptópolis, Bufete Almeida, Global Drome… Menudo ataque de nostalgia. Y lo bueno es saber que Mercè Molist tiene en marcha el proyecto Hack Story para redactar la historia de los hackers pioneros en el mundo hispano.
Sonidos que se perderán como lágrimas en la lluvia.
Yo también escuché a mi alrededor eso de «alquilar es tirar el dinero» y «los pisos nunca bajan». Me ofrecieron un hipoteca con un 35% de descuento sobre el EURIBOR. Un chollo. Pero tenía letra pequeña. Si me iba o me echaban de la empresa me exigirían que devolviera los descuentos. Y recibir una patada en el culo en la empresa donde yo estuve era lo más fácil del mundo. De seis personas en mi departamento, dos firmaron. Una compró para alquilar. Otra compró cerca de la oficina. Al poco tiempo la destinaron a una oficina en la otra punta de Madrid. Yo no sabía qué sería de mi vida. Nunca he sabido con seguridad dónde voy a estar dentro de seis meses. Y siempre me defendí, frente al agobio de los defensores de comprar por encima de alquilar, con la idea de que hipotecarse era vivir de prestado. El banco pagaba la casa por ti y ellos, tan generosos, te dejaban vivir en ella hasta que les devolvieran el dinero. Viviendo de alquiler si las cosas te iban mal, hacías las maletas y te ibas a casa de tus padres. Hipotecarse era vender al alma. Isaac Rosa titula «Yo era un tonto de alquiler y tú un listo con hipoteca».
Rescato aquí un largo y denso artículo de César Molinas. Más allá de su crítica de la descentralización autonómica que a alguno no ha sentado nada bien, presenta a los políticos como una clase social convertida en élite extractiva. El capitalismo de amiguetes explicado con autores e ideas de ciencias sociales.
En estos tiempos de crisis he oído varias veces a gente preguntarse qué sentido tiene la carrera espacial o las investigaciones astrofísica sobre el cosmo profundo. Siempre fue un argumento recurrente aquello de «la carrera espacial nos proporcionó el Velcro y el microondas». Yo siempre pensé que hubiera sido más barato crear un comité científico encargado de inventar ambas cosas que crear la NASA.
Hace no mucho que descubrí a Neil deGrasse Tyson a través de sus participaciones en tres de mis programas favoritos de la televisión estadounidense: The Daily Show de Jon Stewart, The Colbert Report de Stephen Colbert y Real Time de Bill Maher. A partir de entonces he buscado en Youtube sus entrevistas e intervenciones en eventos con público. Alguien se ha molestado en recopilar aquellas en las que Neil deGrasse Tyson explica como la carrera espacial durante la Guerra Fría logró hacer soñar a toda un país con la ciencia, los avances tecnológicos y el futuro. Toda una generación creció soñando con ser científico de la NASA. Y aunque no todo los niños de Estados Unidos lo lograron, sí hubo un interés creciente por las profesiones científicas y tecnológicas. «El mundo del mañana» se convirtió en un tema recurrente de los medios de comunicación de masas. Y mientras escuchaba a Neil deGrasse Tyson recordé aquellos especiales sobre el mundo del futuro que la revista GEO y Muy Interesante publicaron a finales de los años 80 y principios de los 90. Los tengo por alguna parte. Sería curioso volver a leerlos y compartirlo aquí.
Un tema para debatir largo y tendido es la definición de derecha e izquierda política en el siglo XXI. Dentro de ese debate me llamó la atención siempre las definiciones hechas por gente de izquierda sobre qué es la izquierda. Me parecieron confusas, contradictorias e infantiles. «Ser de izquierdas es estar a favor de la igualdad, ¿no?». Y cosas así. Así que me ha resultado muy interesante esta intervención de Martin Krauze que he conocido gracias a Luis Alberto Iglesias:
Yo quería mucho a mi abuela materna. Su pérdida es la experiencia más dolorosa de mi vida. Pero creo recordar que nunca hablé con ella de política. Nunca le pregunté su opinión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo o qué pensaba de la inmigración irregular de negros africanos. A lo mejor me hubiera producido rechazo sus respuestas. A lo mejor no. La política estuvo totalmente ausente de nuestra relación familiar y me alegro que así fuera.
El mundo solía estar lleno de sitios donde existía la regla implícita de que no se debía hablar de política. «Prohibido hablar de fútbol y política» recuerdo haber oído decir más de una vez. Las posturas sobre asuntos políticos suelen ser terriblemente viscerales y evitando esos temas se podía mantener una convivencia aceptable en ciertos lugares. Todo eso pasó a la historia gracias a Internet. Antes podías compartir facetas de tu vida y jamás enterarte qué opinaban los demás de ciertos temas. Como con mi abuela. Pero ahora todo el mundo se encarga de proclamar su opinión sobre cualquier cosa a los cuatro vientos en su blog, en su Twitter, en su muro de Facebook y en cadenas de correo electrónico. Aunque a ti no te hubiera interesado jamás las opiniones políticas de algunos de tus antiguos compañeros de facultad, del autor de tu blog favorito sobre papiroflexia o de los amigos de tus amigos. Pero ahí están. En todas partes a todas horas. La gran democratización de la opinión pública. Y la realidad es que la mayoría de la gente no tiene ni puta idea de lo que habla. Repite argumentos de segunda mano sobre temas que no entienden o no se han molestado en contrastar. Reproducen bulos que no les provocan la más mínima suspicacia porque apelan a sus prejuicios. Y están todos muy cabreados. Todos escriben con signos de admiración y lanzan muchas preguntas retóricas.
El camino recorrido me suena familiar. En primer lugar está la deslegimitización del parlamentarismo. Se habla de la partitocracia, del PPSOE y de los políticos. Toda la culpa es de los políticos que no están sino al servicicio de ellos mismos. Se dice que la democracia representativa es un fraude, una mentira y un estorbo aunque siempre me quedo esperando que me digan qué otras formas políticas son mejores. Luego está la deshumanización y la criminalización de esos mismos políticos. Si son culpables de la ruina, la miseria y el hambre de tanta gente, entonces son tan destructores como el peor de los terroristas. Así que cualquier acción contra ellos es sólo una justa retribución. Un acto de autodefensa. Sólo queda esperar que alguien un día le parta la cara a alguien para correr a aplaudir y justificar. Más violento es un banquero que alguien que tira un ladrillo. Es la relativización moral que sólo lleva a las zonas oscuras de la historia.
Me pasa como a Guillermo Ortiz. Me sorprede la forma tan acrítica con la que la gente te reenvía bulos políticos apremiándote a que los difundas. Pero llama la atención de algo muy obvio que tenía delante pero no me había parado a pensar. Le llama la atención que «la gente no se atreva a pensar por sí misma ni a elegir sus propios ejemplos, sus propias soluciones, su propia indignación» para repetir consignas, colgar fotomontajes hechos por otros y darle al «Me Gusta».
Uno pasa por las redes sociales y no ve sino repeticiones de una misma foto, un mismo eslogan, un mismo documento. Nadie quiere individualizar el discurso. Decir “esto es lo que pienso yo”, explicarse qué está pasando. Es muy triste. Denota una idiotización bárbara. La pena no es que tus amigos llenen sus muros de reivindicaciones políticas sino que esas reivindicaciones ni siquiera sean suyas.
Quizás sea la hora de echarle un vistazo a The Net Dellusion de Evgeny Mozorov.
Nunca encajé en el estereotipo machista de hombre (un tipo físicamente vigoroso, promiscuo sexual y con la capacidad de resolver los problemas a puñetazos) así que me interesó mucho cuando la descubrí la redifinición postfeminista de la masculinidad hecha por hombres. Aquello me enseñó a estar alerta sobre el sexismo venga de donde venga. Con el paso del tiempo fui siendo mucho más consciente de la tremenda superficialidad de muchas feministas y del rancio sexismo de ideas supuestamente avanzadas.
He redescubierto hace poco a Bill Maher. No me extenderé sobre qué ideas suyas comparto pero me hizo gracia cuando mencionó esos debates televisivos en los que los hombres dicen cosas francamente estúpidas pero políticamente correctas buscando «un gesto de aprobación con la cabeza de las mujeres».