Categoría: Res Pública

  • La insurreción que viene

    Todo el mundo lo reconoce. Esto va a reventar

    Así comienza «La insurrección que viene», un panfleto francés que contaba El País llegó a estar entre los best-sellers de amazon.com

    ¿Cuántas veces habré oído eso en libros, revistas, panfletos y blogs de la izquierda antisistema? Frases tremebundas sobre la situación de explotación, precariedad, asco y hartazgo de una generación condenada al submileurismo en trabajos basura. El caldo de cultivo para que los jóvenes se organicen y estalle una revuelta general.

    Una surca las páginas del libro con esa sensación de estar leyendo otro ejemplo más de un género único: La cháchara francesa anticapitalista. No hablo francés pero sospecho que los franceses tienen una tremenda fascinación con su propio idioma que les lleva a componer frases grandilocuentes página tras página sin que importe mucho si el conjunto significa algo.

    En estos tiempos uno espera alternativas y propuestas. Y lo único que se encuentra en un libro tan pretendidamente provocador es la típica propuesta de montar comunas de parásitos del Estado del Bienestar a la espera del inevitable colapso del sistema. Hasta ahí llega la brillantez de un texto que aporta muchísimos menos de lo que el revuelo que ha montado nos hace suponer. Quizás ello diga mucho más de sus jaleadores que de sus autores.

    Seguiremos echando en falta recuperar a la Internacional Situacionista. Seguiremos echando en falta textos que nos hagan pensar.

  • Transición

    Hace muchos años caí en la cuenta que guardaba un primer recuerdo televisivo de algo que sólo pude identificar como la guerra civil libanesa. Quizás en mi memoria guardé imágenes de una película o simplemente se tratase de un falso recuerdo. Recuerdo que un día llegué a casa y mi madre me explicó que había sucedido un intento de golpe de estado. Tardé años en comprender que ello significaba algo más que unos hombres uniformados entrando con armas en el Congreso.

    Mi primer recuerdo de un acontecimiento del que fui plenamente consciente de su calibre histórico fue la caída del Muro de Berlín. Sucedió en mi primer año de secundaria. El fin de la Guerra Fría provocó también el fin de las guerras civiles en América Latina y la llegada de la democracia a un buen número de países. Recuerdo que a partir de entonces se sucedieron los desfiles de nuevos jefes de estado y gobierno de países ahora democráticos de visita por España. Los medios de comunicación resaltaban sus discursos alabando el ejemplo que suponía España y su joven democracia, producto de una Transición modélica. Y yo adolescente inocente e ignorante me sentía orgulloso.

    Durante años encontré sólo a un puñado, de los que para mí era radicales cascarrabias, que criticaban la sacrosanta Transición Española. ¿Qué esperaban aquellos chiflados para colmar sus sueños? ¿Que España se hubiera convertido en una República Democrática Popular vinculada al Pacto de Varsovia?

    Tardé años en comprender. Las revoluciones suceden cuando parte de la propia maquinaria del poder se convence de que no merece la pena sostener por más tiempo el status quo. Las revoluciones triunfan cuando un dictador descuelga el teléfono y el general al otro lado se niega a sacar sus tanques para aplastar manifestaciones. Lo que no suelen contar los libros de historia escritos por los victoriosos revolucionarios son las negociaciones previas que puedan quitar mérito a la gesta de derrocar a Ceauşescu o Milošević.

    En el caso español el asunto no llegó ni a la categoría de revolución. Se trató de una demolición controlada de las viejas estructuras en la que la izquierda aceptó como precio del advenimiento de la democracia olvidar las violaciones de los derechos humanos cometidas durante casi cuarenta años y respetar las fortunas amasadas al amparo del poder político. Se respetó la decisión del dictador de colocar como su sucesor en la jefatura del estado a un monarca con el que además se saltaba el orden dinástico. Quizás la vergüenza de este pecado original llevó a la instauración de un tabú consensuado sobre la institución de la monarquía que llega hasta hoy en España.

    La muerte del dictador tuvo lugar en 1975, dos años después de la primera gran crisis económica mundial tras la Segunda Guerra Mundial. La Constitución fue sometida a referéndum a finales de 1978, que antecedió a la segunda crisis económica de la década y que dio pie a la revolución conservadora que aupó a Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Reino Unido. España que pretendía, según el preámbulo de la Constitución, constituirse en un Estado Democrático, Social y de Derecho inaguró con la Transición una democracia y un Estado del Bienestar limitados.

    Podría pensarse que si la derecha democrática era la heredera política del régimen al menos el paso del tiempo produciría la deseable transformación. El cambio generacional se produjo efectivamente. Cuando en 1996 el Partido Popular llegó al poder las carteras ministeriales fueron ocupadas por los hijos, sobrinos y nietos de grandes figuras políticas de la dictadura.

    Absurdamente España se dedicó durante años a dar lecciones de democracia a los países de Europa del Este y del Cono Sur. Tuvieron que pasar treinta años de la muerte del dictador para que hubiera voluntad de buscar a los miles de españoles ejecutados y enterrados en cualquier parte para devolver los restos a su familia. Estos días, sin ir más lejos

  • Olvidar a Foucault

    En una palabra, el discurso de Foucault es el espejo de los poderes que escribe. Esa es su fuerza y su seducción, y no su «índice de verdad», eso es su leit-motiv: los procedimientos de verdad, pero no tiene importancia, proque su discurso no es más verdadero que cualquier otro- no, es en la magia de un análisis que despliega los meandros sutiles de su objeto, que lo describe con una exactitud táctil, táctica, donde la seducción alimenta la potencia análitica, donde la lengua misma alumbra en la operación poderes nuevos. Esa es también la operación del mito, hasta en la eficacia simbólica que describe Lévi-Strauss, y sin, embargo, ese no es un discurso de verdad, sino un discurso mítico, en el sentido fuerte del término, y yo creo secretamente, sin lugar  a duda, en el efecto de verdad que produce. Eso es, por otra parte, lo que falta a los que, siguiendo las huellas de Foucault, pasan al lado de ese dispositivo mítico y se vuelven a encontrar con la verdad, nada más que la verdad.

    Jean Baudrillad en Olvidar a Foucault.

  • Quod erat demonstrandum

    Hace bastante tiempo encontré la noticia sobre cómo el proyecto de Anita Sarkeesian (que se define como «a feminist pop culture media critic») de realizar un estudio del machismo en los videojuegos había superada ampliamente su objetivo de financiación en Kickstarter. De los 6.000 dólares que se había marcado como objetivo para poder realizar una serie de pequeños documentales llegó a recaudar 158.922 dólares.

    La segunda parte de la noticia es que había generado una reacción desaforadamente violenta en Internet contra ella. El proyecto no había arrancado y ya había logrado de una forma involuntaria demostrar algo. Resulta que aquellos ataques furibundos de trolls resultaron ser cosa seria. Cuesta imaginar tal grado de delirio y vehemencia en hombres que se sienten profundamente atacados porque alguien quiera señalar que en los videojuegos se reproducen estereotipos machistas. Nada más obvio. Todo a nuestro alrededor sigue apelando a las gónadas masculinas para vender.

  • Esa Europa nórdica y blanquísima

    En el verano de 1998 un colega y yo hicimos un viaje en tren por Alemania y los países nórdicos. Con el billete Interrail pudimos obtener un descuento del 50% en el trayecto en barco Estocolmo-Helsinki con la naviera Viking Line. Las condiciones del billete implicaba pasar la noche en sacos de dormir en el suelo, en una sala enfrente de la discoteca.

    Cuando ya habíamos abandonado puerto un grupo, que identifiqué por sus facciones como provenientes del Cuerno de África, empezó a realizar sus rezos. Era mi primera aventura en InterRail así que para mí aquello era exótico y novedoso. Al rato el que había dirigido la oración se acercó a nosotros para pedirnos disculpas por los incovenientes. Me extrañó la situación y le dije que no suponía un problema. Por lo visto otro viajero se había quejado, un nórdico que luego nos amenizó la noche con sus ronquidos. Yo le dije que había comprendido que eran musulmanes y que estaban cumpliendo con uno de las cinco obligaciones de todo musulmán. Se le iluminó la cara y me preguntó que cómo era que sabía eso. Sin darle importancia le dije que eso lo aprendíamos en España en el colegio cuando estudiábamos la historia de Al Andalus. Hablamos un rato. Resultó ser un somalí viviendo en Helsinki y nos propuso quedar un día. Me dio su teléfono (creo que lo tengo apuntado en la libreta que usaba de diario de viaje).

    Cuando en Helsinki le conté la anécdota a mis amigos finlandeses, me dijeron que era una temeridad quedar con un somalí. Que eran gente peligrosa y que tuviera mucho cuidado. A pesar de ello, le llamé e impresionado por los consejos de mis amigos finlandeses dejé el reloj en casa, puse dinero en un calcetín y el DNI en el otro. El somalí nos vino a recoger en su coche y nos llevó a mi colega y a mí a las afueras. No tenía la más mínima idea de a dónde nos llevaba. En Helsinki tan pronto llegas al límite de la ciudad te encuentras rodeado de bosques. Así que aquello empezaba a parecerse una película de miedo, en la que un loco se lleva a dos incautos a las afueras para hacerlos desaparecer. Miré los carteles de la autopista para tratar de recordar por dónde estábamos, por si surgían problemas, pero me resultó imposible tratar de memorizar nombres en un lugar con topónimos como Viikinranta, Lammassaari o Tattariharju que pasaban como una exhalación al lado del coche.

    Finalmente llegamos a un polideportivo donde en la cafetería nos recibió el argelino que la regentaba, que hablaba algo de español. Nos invitó a pizzas y referescos. El somalí y el argelino nos hablaron del Islam. Fue un encuentro cordial y su intento de proselitismo fue sin estricidencias. Al final, nos llevó de vuelta a la casa de mis amigos y allí nos despedimos con abrazos. Me sentí un idiota al entrar en casa, con mi dinero y mi DNI en los calcetines. Se lo dije a los finlandeses. Que me había tragado sus prejuicios racistas con alguien que simplemente había sido amable.

    Hace unas semanas hubo disturbios en los barrios de inmigrantes en Estocolmo. Encontré varios artículos sobre el racismo en los países nórdicos. El periodista Viggo Cavling cuenta «Cómo se echó a perder mi ciudad» y me acordé de una entrada del blog de Lille Skvat, pseudónimo de una española viviendo en Dinamarca, donde contaba la extrañeza de una danesa al definirse ella como de raza blanca. El tema, el soterrado racismo en los países nórdicos, es tema para otro blog que ha abierto.

  • Tan cerca y tan diferente

    Los indignados portugueses interrumpen en el parlamento al primer ministro cantando «Grândola, vila morena». En Portugal tuvieron una revolución. En España el dictador murió en una cama de hospital.

  • Lo que un hombre tiene que hacer

    Sucedió en un campamento de verano en Alemania. Dormíamos en sacos de dormir en un kindergarten. Y aquella noche me tocó cocina. Una regla no escrita decía que cuando le tocaba cocina a los guays la diversión se trasladaba a la cocina. Oí que la gente hizo planes de acercarse al pueblo para llamar por la cabina. Era mucho antes de los móviles y la generalización del uso de Internet. Le dije a la gente que enseguida acabábamos y que me esperasen para ir juntos. Ni caso. Cuando terminé ya se habían ido. Andé a paso ligero y cuando llegue a la plaza me sorprendió encontrarme con un montón de cabezas rapadas. Estábamos en Alemania del Este y aquella noche parecía que sólo había jóvenes con pantalones de camuflaje urbano, chaquetas bomber y cabeza rapada. Dentro de la cabina estaba la italiana hablando con la mamma y por fuera esperaban las dos británicas, la japonesa y la checa.

    Empezaron a acercársenos los cabezas rapada. Algunos eran apenas unos adolescentes. Un par de ellos empezaron a golpear con la palma de la mano en el cristal y a dar gritos. Las chicas apremiaron a la italiana que tenía algo importansísimo que contarle a la mamma, porque no dio señales de darse por enterada. Miré a mi alrededor y empecé a contar. Cuatro o cinco alrededor nuestro, unos pocos acá y allá en varios grupos. Eran un total de catorce. Quizás no fueran todos amigos del mismo grupo. ¿Qué iba a hacer si la cosa se ponía fea?

    Podría correr. ¿Llegaría lejos? Pero, ¿qué sentido tenía volver al kindergarten y decirle a las dos monitoras del campamento «la cosa se puso fea, le di un empujón a un cabeza rapada para abrirme camino y salí de allí cagando leches dejando a las chicas detrás»?. No podía alejarme del peligro y dejar a las chicas. Tenía la obligación, la caballerosidad obliga, de dar la cara. Y comencé a pensar cuántas patadas y puñetazos podría soltar antes de que yo terminara en el suelo con un montón de cabezas rapadas encima mío. ¿Tenía sentido meter las gafas en el bolsillo? ¿O era mejor que se las diera a una chica?

    Un cabeza rapada le preguntó de dónde eran a las chicas británicas. Eran de un pueblo pequeño no muy lejos de Manchester. Una contestó «Manchester». Hacía pocos meses que el Manchested United le había arrebatado la final de la Champions League en el último minuto a un equipo alemán. Pensé que aquella era una respuesta muy idiota dada las circunstancias. Me mantuve al margen de la conversación manteniéndome atento a lo que hacían el resto de cabeza rapadas. Acercarme a los que estaban hablando con las británicas sólo iba a conseguir escrepar el ambiente. ¿Qué iba a decirles? «Eh, tú, ¿qué pasa?» con actitud chulesca. Oh, sí. Seguro que aquello les iba a disuadir de seguir molestando a las chicas siendo ellos varios y yo uno solo. Entonces la checa, les habló en alemán.
    Du bist nicht ausslander!-Exclamó uno sorprendido de que su alemán sonara sin acento. Resultó que aunque residía en Praga su madre era alemana. Hablaron algo más en alemán y de pronto noté que el ambiente se relajó. Pasaron a un tono de voz y un lenguaje corporal de adolescentes de pueblo que trataban de impresionar a una chicas. No recuerdo si el resto llamamos a casa o nos largamos de allí tan pronto terminó la italiana.

    Volvimos en grupo. Yo caminaba cabizbajo. Me había sorprendido a mí mismo por mi disposición a dejarme partir la cara sólo por mi sentido del deber. Pero pensé en lo absurdo que había sido todo, aquella obligación moral que había sentido en mis hombros de actuar de una forma en la que sólo había posibilidades de salir mal parado. Entonces una de las chicas me preguntó por qué no había intervenido. Respondí que había estado atento a que la situación hubiera ido a peor para hacerlo.
    Eres un hombre. ¡Tenías que haberte peleado para defendernos!-Dijo la checa.
    Eres un cobarde. Te quedaste parado y no hiciste nada-Dijo una de las británicas. Precisamente la que había dicho que eran de Manchester.
    Yo era un hombre. ¿Qué hubiera podido hacer?

    [Esta entrada se la dedico a Anarres]

  • Nomenklatura

    He tenido oportunidad de conocer a gente metida en los aparatos de los partidos. Gente con cargos en su partido y/o en la Administración. Y puedo dar testimonio que no son como nosotros.

    Beatriz Talegón, secretaria general de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas, ha saltado a la fama por quejarse subida en el estrado de una reunión internacional de partidos socialistas que el evento tuviera lugar en un hotel de cinco estrellas. La nueva voz de la conciencia de la izquierda, se paseó por cuanto medio de comunicación pudo. Y me resultó todo tan impostado y falso en ella. Incluso su aspecto físico me pareció un disfraz. Y aquí la tenemos, vestida de Electroduende y recibiendo un duro castigo por parte del aparato del partido.

    Elektroduende

  • It’s ok to be Takei

    George Takei no sólo fue uno de los miembros del reparto original de Star Trek, es un activista de los derechos LBGT y una celebridad en Facebook gracias a sus publicaciones de cultura pop. Resulta que su familia fue internada en un campo para ciudadanos estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Él lo vivió siendo niño y no fue consciente del todo de lo que estaba viviendo. La historia de aquellos ciudadanos que fueron enviados a campos de internamiento ha servido de motivo para un musical. Y aparte de todo eso resulta un tipo interesante de escuchar.

  • Los chicos no lloran

    Recuerdo a una profesora de Sociología del Género hablándonos de la brecha educativa entre los adolescentes de ambos sexos. El abandono y fracaso escolares era mayor entre los chicos. Y añadió algo así como «tratándose de un problema que afecta a los hombres no nos debe llamar la atención». La explicación establecida al respecto es que las chicas son más maduras, trabajadoras y constantes que los hombres. La clase de generalización biologicista que hecha de las mujeres pondría en pie a la comunidad académica.

    Salí de la universidad convencido de que había un campo enorme por explorar en el terreno de la Sociología del Género desde la perspectiva masculina. Desde una crítica masculina a los valores machistas a una crítica a las corrientes biologicistas del feminismo posmoderno (pero, ¿cuál es el problema?, ¡las mujeres somos más inteligentes que los hombres!).

    Me he acordado de todo ello tras encontrar la noticia de que «unos ensayos británicos sugieren que la diferencia de rendimiento entre sexos obedece a los mensajes que reciben»: «Los chavales creen que los niños son más tontos y traviesos que las niñas».