Esa Europa nórdica y blanquísima

En el verano de 1998 un colega y yo hicimos un viaje en tren por Alemania y los países nórdicos. Con el billete Interrail pudimos obtener un descuento del 50% en el trayecto en barco Estocolmo-Helsinki con la naviera Viking Line. Las condiciones del billete implicaba pasar la noche en sacos de dormir en el suelo, en una sala enfrente de la discoteca.

Cuando ya habíamos abandonado puerto un grupo, que identifiqué por sus facciones como provenientes del Cuerno de África, empezó a realizar sus rezos. Era mi primera aventura en InterRail así que para mí aquello era exótico y novedoso. Al rato el que había dirigido la oración se acercó a nosotros para pedirnos disculpas por los incovenientes. Me extrañó la situación y le dije que no suponía un problema. Por lo visto otro viajero se había quejado, un nórdico que luego nos amenizó la noche con sus ronquidos. Yo le dije que había comprendido que eran musulmanes y que estaban cumpliendo con uno de las cinco obligaciones de todo musulmán. Se le iluminó la cara y me preguntó que cómo era que sabía eso. Sin darle importancia le dije que eso lo aprendíamos en España en el colegio cuando estudiábamos la historia de Al Andalus. Hablamos un rato. Resultó ser un somalí viviendo en Helsinki y nos propuso quedar un día. Me dio su teléfono (creo que lo tengo apuntado en la libreta que usaba de diario de viaje).

Cuando en Helsinki le conté la anécdota a mis amigos finlandeses, me dijeron que era una temeridad quedar con un somalí. Que eran gente peligrosa y que tuviera mucho cuidado. A pesar de ello, le llamé e impresionado por los consejos de mis amigos finlandeses dejé el reloj en casa, puse dinero en un calcetín y el DNI en el otro. El somalí nos vino a recoger en su coche y nos llevó a mi colega y a mí a las afueras. No tenía la más mínima idea de a dónde nos llevaba. En Helsinki tan pronto llegas al límite de la ciudad te encuentras rodeado de bosques. Así que aquello empezaba a parecerse una película de miedo, en la que un loco se lleva a dos incautos a las afueras para hacerlos desaparecer. Miré los carteles de la autopista para tratar de recordar por dónde estábamos, por si surgían problemas, pero me resultó imposible tratar de memorizar nombres en un lugar con topónimos como Viikinranta, Lammassaari o Tattariharju que pasaban como una exhalación al lado del coche.

Finalmente llegamos a un polideportivo donde en la cafetería nos recibió el argelino que la regentaba, que hablaba algo de español. Nos invitó a pizzas y referescos. El somalí y el argelino nos hablaron del Islam. Fue un encuentro cordial y su intento de proselitismo fue sin estricidencias. Al final, nos llevó de vuelta a la casa de mis amigos y allí nos despedimos con abrazos. Me sentí un idiota al entrar en casa, con mi dinero y mi DNI en los calcetines. Se lo dije a los finlandeses. Que me había tragado sus prejuicios racistas con alguien que simplemente había sido amable.

Hace unas semanas hubo disturbios en los barrios de inmigrantes en Estocolmo. Encontré varios artículos sobre el racismo en los países nórdicos. El periodista Viggo Cavling cuenta “Cómo se echó a perder mi ciudad” y me acordé de una entrada del blog de Lille Skvat, pseudónimo de una española viviendo en Dinamarca, donde contaba la extrañeza de una danesa al definirse ella como de raza blanca. El tema, el soterrado racismo en los países nórdicos, es tema para otro blog que ha abierto.

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