Etiqueta: nostalgia

  • Fin de año, fin de algo

    Veo últimamente que la gente comparte vídeos caseros o tomados de reportajes o documentales sobre la vida en la España de los 90 o de principios de este silgo. Especialmente vídeos mostrando calles peatonales o gente joven de ocio. La intención siempre es transmitir la idea de que hemos perdido mucho por el camino. «Mira lo que nos han robado», dicen. Queda sobrentendido que en aquella España no era tan visible la inmigración africana o sudamericana. El mismo tipo de mensaje veo compartido por estadounidenses que muestran vídeos caseros de la vida en los institutos de secundaria. Todos blancos.

    Sucede también cuando se comparten anuncios, fragmentos de series de televisión o actuaciones de cantantes. Te muestran a Freddie Mercury cantando en directo y la conclusión es que todo antes era mejor. La verdad es que no tengo ese recuerdo. Sí, antes «se podía hacer chistes de todo» y también teníamos homofobia, medio a que te robaran el radiocasete del coche y programas como «¡Ay, qué calor!«. Estoy seguro que si tomáramos los discos más vendidos y las series más vistas en la España de los 90 encontraríamos toneladas de caspa y mal gusto. Simplemente pasa que cuando recordamos décadas pasadas sólo prestamos atención a todo aquello que sobrevivió a la prueba del tiempo.

    He visto a comunistas presentar el testimonio de ancianos rusos que echan de menos a la Unión Soviética. En España pasa exactamente lo mismo. Los neofascistas te enseñan el testimonio de ancianos mostrando nostalgia por los tiempos de Franco. No es que el totalitarismo comunista o el nacional-catolicismo español fueran mejores que los sistemas actuales, es que en aquella época quienes hablan así no tenían artritis ni cataratas. Eran jóvenes y la vida era un horizonte de posibilidades. Y eso es precisamente lo que la gente de mi generación anhelan de los noventa. En aquella época el mundo se globalizaba, las tecnologías de la información se abrían paso y soñábamos con el mundo del mañana.

    Ahora ya hemos descubierto que no estábamos destinados a ser tiburones financieros, autores de éxito o cracks de la pelota. Pasó el 11-S. Estalló la burbuja financiera. Apareció el Estado Islámico. Rusia invadió Crimea. Ganó Trump. Reino Unido escogió el BREXIT. Vino la pandemia. Rusia volvió a invadir Ucrania. Volvió a ganar Trump. El mundo se volvió loco. Somos más pobres. Ya no soñamos con comprar un coche o una casa. Ganaron los estúpidos (véase «Los guardianes entre las ruinas«. Y ahora estamos todos enganchados al móvil perdiendo el tiempo en las redes sociales (véase «Cómo nos fuimos a la mierda»).

    Esta Navidad no he pedido dejar de sentir que, de alguna manera, todos estamos anticipando ese futuro peor y cuando muchos miran atrás ven con nostalgia un mundo en el que al menos teníamos esperanza.

  • La caída

    El otro escribí sobre los orígenes de este blog y de cómo mis anteriores blogs personales respondieron a circunstancias personales diferentes. Este, en cambio, tiene la particularidad de que existido por tanto tiempo, más de doce años, que esas circunstancias han cambiado. Y soy capaz de notar de cómo el «espíritu de los tiempos» ha ido cambiando.

    Esta blog nació en un momento muy oscuro de mi vida pero no quería emplearlo para hablar de mí mismo, sino de arquitectura, cine, música, televisión, etcétera. Por el camino fui reflejando mi perplejidad ante asuntos que flotaban en la cultura del momento, lo que me llevó a escribir repetidamente de la nostalgia por épocas pasadas y la fascinación por el retrofuturismo que aparecían reflejados en el mundo del diseño.

    Puede que el concepto le resulte extraño a los jóvenes de la Gen-Z que han vivido la pandemia, la segunda invasión rusa de Ucrania y ahora asisten a la posible escalada en Oriente Medio. Pero hubo una época en que el futuro generaba esperanza. Me acuerdo de aquellos monográficos sobre el mundo del futuro de las revistas Geo o Muy Interesante. Me acuerdo del boom de las puntocom, nuestra esperanza puesta en Internet y aquel monográfico de la revista Wired titulado «The Long Boom» que compré en una estación de Alemania en julio de 1997.

    Ahora sólo me apetece hablar de crisis y decadencia. Y no sólo del notorio estancamiento económico de España. Sino de la sensación colectiva de crisis en Occidente. No me atrevo a decir que estamos en la crisis definitiva, ni tengo claro cuál será la solución óptima. Pero parto de la ventaja de que este es un blog anónimo y puedo escribir con total libertad. Y eso ahora mismo es un lujo.

  • Años 80

    Leí sobre un psicólogo infantil que había contactado con antiguos pacientes décadas después. Les preguntó sobre su infancia y luego contrastó los recuerdos que cada uno albergaba con lo reflejado en el expediente de cada ex-paciente. La mayoría había construido un relato sobre la infancia que no concordaba con las viviencias que expresaron de niños al psicólogo.

    Recuerdo demasiado bien mi infancia como para sentir nostalgia. Siempre me pareció más interesante el futuro, la tecnología por venir y la ciencia ficción. Creo que hay algo enfermizo en mirar atrás e idealizar el tiempo que no volverá. De ahí mi insistencia en abordar el tema: «El regreso de los 80: la catarsis de una generación que se está haciendo mayor». Es un recuerdo esterilizado de una España pobre y cutre donde los niños ricos que se podían permitir unas Nike Air eran dioses y los niños «mariquitas» eran monstruos de los que burlase. Me preocupa cuando viene alguien a celebrar que todo tiempo pasado fue mejor.

  • InterRail y el ocaso del viaje en tren

    InterRail y el ocaso del viaje en tren

    Acudí a un campamento de verano internacional con 22 años, hice amigos y el siguiente verano hice mi primer viaje con un billete InterRail. Desde entonces me enganché a los viajes en tren, recorriendo Europa de punta a punta mirando el paisaje por la ventana. Para alguien de más de metro ochenta, la posibilidad de salir al pasillo a estirar las piernas es una ventaja a tener en cuenta. Y por supuesto, estaba el sentido de la aventura en la era que te comunicabas con casa llamando desde teléfonos públicos y no existían los móviles con Internet.

    Recientemente alguien se sacó de la manga la propuesta de regalarle un billete de InterRail a cada europeo al cumplir los 18 años. Se trata de una medida pensada para combatir el euroescepticismo y combatir la creciente xenofobia. Pero resulta que, siguiendo las novedades de los viajes en tren en Europa en Seat61.com desde hace tiempo, he comprobado que se suceden el cierre de líneas de larga distancia. Supongo que ante la competencia de los aerolíneas low-cost. Así que esa posible popularización de los billetes de InterRail, con millones de beneficiarios cada año (¿alguien ha pensado en que podría suceder si todos los posibiles beneficiarios decidieran viajar en verano?), podría coincidir precisamente con el ocaso de las líneas de larga distancia.

    Lleavaba tiempo leyendo en Seat61.com el cierre de líneas y supongo que tendría sentido ponerse en cierta forma nostálgico porque los viajes en InterRail marcaron mucho mis veintitantos. Pero supongo que son un vestigio obsoleto del pasado, como aquellas postales que mandaba a casa. Así que a lo mejor estoy confundiendo la nostalgia del «romanticismo» del viaje en tren con la nostalgia del tiempo que ya no volverá. A eso se le llama hacerse viejo.

  • Llorando por los juguetes que abandonamos hace años

    Si algo tiene la modernidad es la posibilidad de ser un nostálgico molón. Hablar de que rebobinar las cintas de cassette con el bolígrafo bic era la quinta esencia de la chulería porque podías mirar al tendido mientras pasaban los anuncios que se habían colado entre una canción de los Clash y otra de Bowie. Internet permite poner a Mazinger Z entre las series favoritas y creer que si te compras un smartwatch y dices «Kitt, te necesito» se te pone el pelazo de Michael Knight.

    Mal día para dejar de fumar nos presenta su «Teoría destructiva de la evolución comercial», que señala lo absurdo de llorar la desaparición de productos de consumo (materiales o intangibles) a los que les dimos la espalda hace tiempo.

  • Las cartas sobre la mesa en el mercado fotográfico

    Después de aquel repaso que hice a cómo los diseños más recientes de cámaras fotográficas no son más que un canto a la nostalgia de diseños analógicos de los años 70, todas las marcas han puesto sus cartas sobre la mesa en el mercado fotográfico. Es un mercado extraño. No se guía por sesudos estudios que tratan de discernir qué quieren los usuarios. O si lo hace, el resultado es muy raro. Las marcas no paran de sacar cosas que nadie había pedido con la idea de que los consumidores descubrirán de pronto que siempre habían deseado algo así.

    Canon fue la última en apuntarse al mercado de las cámaras sin espejo. Después de mostrar su desprecio por ese nicho de mercado, apareció con un modelo nada espectacular supuestamente diseñado «para mujeres» dentro de la filosofía «ladrillo tecnológico con objetivo intercambiable». Nada del otro jueves, pero divertido pensar con la perspectiva del tiempo en aquellas declaraciones tan arrogantes que venían a decir que las marcas que sacaban cámaras sin espejo lo hacían porque no se comían un colín en el mercado profesional. ¿Una puya a Olympus?

    Nikon es la otra gran marca de cámaras profesionales que llegó a última hora al mercado de las cámaras sin espejo. Lo hizo con un invento raro. Cámaras de objetivos intercambiables con sensor de cámara compacta. Una combinación nefasta: El precio elevado de las cámaras de objetivos intercambiables con las prestaciones finales de una cámara compacta barata. Por lo visto se han vendido mucho en Estados Unidos por una razón inapelable: Llevan la palabra «Nikon» en la parte frontal.

    Pentax es ota marca que llegó tarde al mercado de las cámaras sin espejo. Y lo hizo con dos cacharros extraños que abrían dos nuevas líneas de producto. Por un lado, la familia Q de cámaras con sensor de compacta y objetivos intercambiables que usan lentes de juguete y cuestan bastante dinero. Uno podría pensar que careciendo del tirón que proporciona la marca, como Nikon, se habrán dado un batacazo. No sé cómo han sido las ventas en Europa o Estados Unidos. Pero acaban de sacar la segunda generación. Si insisten será por algo. Pero a mí me sigue pareciendo igual de rara que ver. Y si Pentax ha sufrido problemas económicos, siendo primera comprada por Hoya y luego por Ricoh, se la ha terminado de jugar sacando una segunda familia de cámaras sin espejo. Ha hecho lo que parecía imposible. Ha sacado una familia de cámaras sin espejo totalmente compatible con las ópticas de las réflex Pentax. Se podía hacer y nadie lo había intentado. Bien por Pentax. Pero si alguien piensa que los dueños de una réflex Pentax íbamos a dar saltos de alegría y pasar por caja es que no ha visto la «cosa» que parió un famoso diseñador industrial:

    Debe ser la primera vez que duela mirar una cámara. Con lo fácil que era limitarse a desarrollar un diseño de «ladrillo tecnológico» respetando el estilo de las réflex digitales Pentax.

    Y llegamos a otra de las marcas que se apuntó a última hora al mercado de las cámara sin sin espejo pero que lo ha puesto todo patas arriba. Fuji primero sacó la X100, una cámara compacta con sensor de réflex y objetivo fijo de la que nos enamoramos incluso los que como yo en los años 90 mirábamos con desprecio las cámaras con aspecto metálico de los años 70.

    La X100 imitaba la apareciencia de las carísimas cámaras telemátricas. Así que de alguna forma activó un reflejo pavloviano en los consumidores y generó la expectación suficiente para su familia de cámaras sin espejo de ópticas intercambiables. Primero la X-Pro1:

    Y luego la «asequible» X-E1:

    Aquí la X100 y un modelo de preserie de la X-E1:

    Es realmente interesante pensar cómo tecnología de última hora se convierte en interesante a ojos de los consumidores en una envuelta de estética totalmente. Al fin y al cabo el ladrillo amarillo de Pentax y las Fuji son dos artefactos que sirven exactamente para lo mismo.

    Por último llegamos a las marcas que abrieron el mercado. Sony y Samsung, fabricantes de bienes de consumo masivo, han sacado su particulares versiones compacta del «ladrillo tecnológico» con una lente enroscada. Sony ha optado por cámaras lo más compactas posibles, mientras que Samsung hace la guerra por su lado sin saber muy bien cuánto tiempo aguantará sin poner en el mercado nada que realmente destaque.

    Y por fin llegamos a las pioneras de las cámaras sin espejo. Panasonic sigue sacando sus miniréflex y sus cámaras sin espejo muy compactas. Mientras, el público pide que arriesgue y que pase de cámaras vagamente parecidas a una telemétrica a una verdadera cámara con estética retro. Es decir, que saque una versión actual y sin espejo de una cámara de 2006 inspirada en la estética de las cámaras telemétricas de los años 70. Veremos si lo hace y cuánto tarda.

    Por último, Olympus sigue adelante a pesar de sus problemas financieros y por fin ha reorganizado el batiburrillo que había montado con los nombres de sus cámaras. Abrió una nueva gama con la E-M5, que no es otra cosa que una cámara digital con la estética de las OM analógicas de los años 70. Y ha renovado la gama baja de sus cámaras sin espejo más asequibles con una nueva estética que las acerca otra vez a las cámaras PEN. Entramos así en la segunda década del siglo XXI y el último grito vuelve a ser la estética de los años 60.

  • El futuro de la nostalgia fotográfica

    En 1976 el 90% de los rollos de película y el 85% de las cámaras de fotos vendidas en Estados Unidos eran producidos por la empresa Kodak. Hace semanas Kodak se acogió a la protección frente acreedores según las leyes estadounidenses, tras una larga agonía que contrasta con la del otro gran fabricante de película: Fuji.

    Fuji precisamente es noticia estos días por el lanzamiento de su sistema de cámaras sin espejo y podría servir de contraejemplo a Kodak de cómo una empresa puede sobrevivir y prosperar ante el ocaso de su modelo de negocio. Kodak y Fuji siguieron caminos diferentes. Kodak se limitó al mercado de cámaras compactas muy sencillas tras una nada exitosa incursión en el mercado profesional, no entrando en el gran mercado de las cámaras para aficionados avanzados, fuerna compactas o réflex.

    Posiblemente Fuji pudo hacer una transición más tranquila porque disfruta de la existencia de una base amplia de aficionados a la fotografía analógica en Japón. A ese mercado estaban dirigidas las cámaras de la serie Natura y la Klasse W, que con ese nombre evidentemente juega a asimilarse al prestigio y la sonoridad de las marcas comerciales alemanas: Zeiss, Voigtländer, Schneider-Kreuznach

    Fujifilm KLASSE W
    Fujifilm KLASSE W

    Hoy es conocida en el mundo digital entre cosas por haber metido un sensor de cámara réflex en un cámara digital de lente fija y tamaño compacto. Pocas marcas habían hecho algo parecido (Sigma con su serie DP y Leica con su X1 , si mal no recuerdo). Una cámara no es más que una caja con una lente. Pero Fuji decidió lanzar su X100 con una estética de cámara telemétrica de los años 70. Era una apuesta complicada. Un cámara cara, con las prestaciones de una cámara réflex pero sin la flexiblidad a la hora de cambiar lentes que define a las réflex. Fue un éxito. Y sentó las bases estéticas para la familia de cámaras sin espejo de Fuji que ha iniciado la X-Pro1.

    Fuji X-Pro1 (foto: quesabesde.com)

    Hace poco al hablar del cambio tecnológico en el mundo de la fotografía apenas dejé apuntado el tema. Me llama la atención cómo triunfa la explotación de la nostalgia en un campo de tantos avances como la fotografía digital. Es interesante porque otros productos tecnológicos explotan el fetichismo tecnológico y se alejan cada vez más de sus formas originales. Los teléfonos móviles dejaron hace mucho la forma de «ladrillo con antena» y en la era de las interfaces táctiles es raro encontrar añoranza por tiempos pasadas (de Lekki hablamos otro día).

    Poco después del 2000 me puse a mirar escaparates en búsqueda de cámara. Creo que consulté ya alguna página web entonces. Mi dilema estaba entre una réflex autofocus (analógica) y una Nikon FM2 de segunda mano. Me decanté por la primera por el autofocus, por mi desconfianza en el mercado local de segunda mano y sobre todo porque aquellas cámaras con acabado en metal me parecían cutres frente a la modernidad del plástico. Hoy babeo con la Fuji X100. Pero antes que Fuji, Olympus rescató la estética de las cámaras PEN para lanzar su familia de cámara sin espejo de formato Micro Cuatro Tercios. Nació ese chorro de iteraciones (EP-1, EP-2, EP-3, EP-L1, EP-L2, EP-L3 y EP-M1) que se ha visto coronada por una cámara, la EM-5, que se basa en la estética de las cámaras réflex analógicas de la serie OM, lanzada en 1972.

    OM-4 y E-M5 comparadas (foto dpreview.com)

    Las cámaras pueden ser una caja con una lente. Da igual la forma. Así que la fotografía busca la magia analógica perdida en la era del Photoshop. Pero no deja de ser curioso que las cámaras más modernas adopten la forma de tecnologías de cuarenta años o más. Y es que no hay nada más artificial, construido, reconstruido y comercializado que la nostalgia, un producto que se manufactura y comercializa.

  • Neo Tokyo

    John Perich, de Overthinking It, aprovecha el reciente terremoto en Japón para hablar de Bubble Gum Crisis y Akira, un manga y una OVA que transcurren en un futuro, hoy en 2011, no muy lejano y que coinciden en tener por escenario la ciudad de Tokio tras ser reconstruida tras un colosal terremoto.

    Hubo un tiempo en que Japón era el país del futuro.