Etiqueta: crisis

  • Cómo nos fuimos a la mierda

    En la época que me descargaba archivos MP3 en aplicaciones como Napster y eDonkey no era raro ver piezas de música mal identificadas. Recuerdo, por ejemplo, ver un archivo titulado «Wagner – Carmina Burana.mp3». Un día, tras descargarme un archivo de Les Luthiers me encontré con alguien totalmente diferente. Era un humorista argentino que hablaba como una ametralladora y soltaba muchos tacos. No sé cómo averigüé su nombre. Puede que la información estuviera en los metadatos del archivo o puede que lo averiguara buscando más tarde en Internet. En cualquier caso me gustó y me convertí fan de Enrique Pinti. En uno de sus monólogos explicaba cómo se fue Argentina a la mierda: poco a poco. Y lo asimilaba al envejecimiento. Entonces contaba el desagradable e imparable deterioro del cuerpo. La conclusión es que no había una causa única. No había un día puntual en que se pudiera señalar como el comienzo del declive. Todo era una sucesión de achaques y dolencias que iban degradando tu cuerpo.

    Allá por 2013 un usuario de 4chan explicó su visión de cómo llegaría la decadencia de Estados Unidos.

    «Notarás que cada día las cosas simples se vuelven un poquito más caras. Las casas y los pisos comenzarán a ser más pequeños. Tus horas de trabajo serán más largas, pero tu sueldo decrecerá. Verás menos a tu familia y amigos y encontrarás que pasado el tiempo te importarán menos. Cada día te encontrarás bajando tus estándares de todo: trabajo, comida, relaciones, etc. El trabajo seguro dejará de existir como concepto. Notarás que las casas y pisos encogen. La gente mantendrá la ropa más y más tiempo. Menos gente se casará y mucha menos tendrá hijos. La gente volcará su atención en distracciones y fantasías tecnológicas a la vez que nunca experimentará el mundo real».

    En España estamos viendo la degradación de la democracia, con la erosión de la separación de poderes. Y notamos la degradación de autovías y el servicio de RENFE a pesar de que el Estado recauda cada vez más dinero. El precio de la vivienda en el centro de las ciudades se ha vuelto prohibitivo para las personas jóvenes y solteras. Los expertos en márketing dicen que los jóvenes no quieren comprar coches, que ha dejado de ser un bien aspiracional. En realidad su precio se ha disparado comparado con los sueldos. El porcentaje de personas jóvenes sin pareja ha aumentado y la natalidad ha caído en picado. La duda es si esto es un proceso reversible o simplemente una larga y lenta agonía hasta el colapso final.

  • Crisis: un borrador rescatado de 2013

    A finales de 2006 empecé a encontrar noticias sueltas y aparentemente inconexas que me hicieron pensar que se avecinaba una crisis económica en España. «Se va a desplomar el mercado inmobiliario» dije un día. Un jubilado, que había trabajado en un gran banco, me oyó decirlo y me soltó «¿Cuándo se ha visto que los pisos bajen de precio?». No le respondí. Pero en aquel entonces hubiera apostado mis magros conocimientos universitarios de Economía y Demografía contra sus experiencia de décadas en el sector bancario. Hubiera ganado.

    Digan lo que digan los antifranquistas orgánicos el dictador demostró algo de mano izquierda ofreciendo a la clase obrera los sueños del Seat 600 y el «pisito», como tantas placas con el yugo y las flechas atestiguan. Así nació una clase trabajadora ciertamente conservadora que hoy ríe las gracias a Federico Jiménez Losantos mientras que la cara pública del «progresismo» en España son profesionales liberales y artistas de un estrato socioeconómico superior. Algo no tan distinto a la situación de EE.UU.

    Los hijos de todos aquellos funcionarios, trabajadores de empresas públicas, obreros del INI y pequeños empresarios recibieron dos grandes consignas: Tenían que sacarse un título universitario para «ser alguien en la vida» y comprarse una casa «que de verdad sea tuya». Siguiendo estas consignas la generación del «baby boom» español abarrotaron las universidades españolas a partir de la segunda mitad de los años 80. Cuando salieron al mercado laboral de una España globalizada que perdía el tren de la sociedad postindustrial y se llenaba de inmigrantes la pirámide salarial se hundió. El título universitario, algo accesible sólo a una minoría elitista en los 70, ya no era la puerta a un trabajo para toda la vida. Llegó el famoso «mileurismo» y la precariedad hasta en profesiones como la de ingenerio de telecomunicaciones y arquitecto, empujando a cientos de miles de licenciados a trabajar en cualquier cosa.

    En este panorama, curiosamente, la consigna de comprarse el «pisito» fue seguida a rajatabla sin reparar en las circunstancias del mercado laboral, financiero e inmobiliario. Aparecieron así las hipotecas a 50 años. Podríamos pensar que al menos la coyuntura llevó a muchos a tomar la decisión de comprar una casa con todas las preocupaciones. Pero hubo quienes ni estudiaron la letra pequeña. Todos son ahora pobres víctimas.

    Sería divertido reunir ahora las frases dichas entonces por miles y miles de parejas. Incluso por solteros que recibieron «una mano» de sus padres. «Es una inversión». «Si esperas a que sea una buen momento te puedes pasar toda la vida». «Si lo piensas nunca lo harás». «Al menos así tengo algo que es realmente mío». «Es algo para lo que hacen falta dos sueldos pero no me voy a quedar a esperar a la persona adecuada«. «Si lo miras bien está lejísimos de todo pero es un sitio con mucho futuro«

    La generación de los trabajos precarios y mal pagados vive ahora con la piedra atada al cuello de las hipotecas. Por mucha alarma que generen las cifras macroeconómicas y los indicadores sociales las llamadas a la «rebelión» no despertarán a nadie. Aquí no pasará nada. Están todos demasiado preocupados en no perder su empleo mal pagado y precario que les permita seguir pagando la hipoteca y las letras del coche con el que ir de casa en ese barrio «con futuro» al trabajo.

  • Para que la muerte no tenga la última palabra

    Cuando era niño una de las dos librerías «de toda la vida» a las que acudía mi familia regalaba un marcapáginas con una cita relacionada con la literatura y los libros. Creo en alguna parte hay todavía algunos guardados de los que no recuerdo qué ponen. Pero mantuve siempre aparte uno con una frase del Premio Nóbel de Literatura griego Odysséas Elýtis (1911-1996): «Escribo para que la muerta no tenga la última palabra».

    Comencé a escribir un diario con 16 años y con 28 comencé una sucesión de blogs personales. Siempre he mantenido la necesidad de ordenar las ideas y dejar constancia de ellas en alguna parte. Y en los últimos años mantengo un profundo pesimismo sobre el rumbo del mundo que me hace pensar en dejar constancia de que algunos asistimos preocupados e impotentes ante la deriva del mundo.

    Supongo que los que vivieron los años 60 y 70 podrán decir que el mundo ya asistió a la retirada estadounidense de una guerra perdida, a una enorme polarización social, a la aparición de la violencia política en forma de grupos terroristas, a la alianza de la ultraizquierda y grupos árabes radicales, al avance de los enemigos de Occidente en África, Oriente Medio y Asia Central… 14 años después de la caída de Saigón cayó el Muro de Berlín. Quizás veamos un giro inesperado de la Historia.

    Soy pesimista simplemente mirando las tendencias demográficas en Europa, que tendrá que elegir entre ser democrática o «multicultural». Y quiero dejar constancia de cómo lo vimos venir.

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  • Cosas rotas en España (I)

    Tengo la sensación de que la mayoría de la gente no entiende cómo funciona el sistema de pensiones. La idea generalizada es que el gobierno toma dinero de tu sueldo para meterlo en una cuenta, hacerlo crecer y devolvértelo años más tarde en forma de pensión. Recuerdo alguna manifestación de jubilados cabreados en países como Argentina gritando “¿dónde está mi dinero?”. La realidad es que las pensiones no funcionan como un fondo de inversión, sino que es pacto intergeneracional en el que los trabajadores de hoy le pagan la jubilación a los trabajadores de ayer y la educación a los trabajadores del mañana. Para que el sistema funcione la gente tiene que morirse tarde o temprano y nuevos trabajadores entrar en el mercado laboral.

    El sistema funcionó perfectamente en la era en que la esperanza de vida sólo superaba la edad de jubilación en una década y Occidente vivió el despegue económico después de la Segunda Guerra Mundial. Era la época previa a la globalización y la sociedad de la información en que un obrero o un oficinista mantenía a su familia, pagaba la casa y tenía un coche. El mundo cambió y ahora en España el sistema está roto.

    Pirámide de población de España a enero de 2022. Fuente: INE.

    Tenemos una de las mayores esperanzas de vida del mundo. Cosas del clima, la alimentación, las redes familiares y un sistema sanitario público bastante bueno manteniendo a la gente viva. Eso significa que hay que pagarle la jubilación a la gente por más tiempo. Y a la vuelta de la esquina habrá que pagar la jubilación a los hijos del boom demográfico de los 60 y 70. Para colmo, la tasa de natalidad española llevo décadas por los suelos. Es un fenómeno generalizado en el mundo desarrollado. Pero podríamos pensar que al menos eso significa que los jóvenes que se incorporan al mercado laboral tienen menos competencia que mi generación y se colocan más fácil. Pues no. España es el país de Europa con el mayor porcentaje de jóvenes en paro.

    Hoy en día, la mitad de los presupuestos generales del Estado en España se van en pagar pensiones y deuda. Y no sólo no tenemos un debate nacional sobre el inviable futuro de las pensiones, sino que recientemente el gobierno anunció que iba a mejorarlas. La verdad es que gobierno tras gobierno ha procurado mantener el poder adquisitivo de los jubilados a pesar de que se disparara la inflación o las sucesivas crisis económicas. No sé si hay algún estudio que compruebe si son efectivamente una masa de votantes disciplinados que acuden a cada cita electoral frente al pasotismo de los jóvenes generalmente apáticos y despolitizados. Pero parece que los políticos en España legislan para tener contentos a los jubilados mientras los jóvenes son abandonados al borde del camino.

    Un día escuché en televisión a Teresa Rodríguez decir que proponer políticas natalistas era machista y que la solución pasaba por introducir más inmigrantes en España. Me hizo gracia el argumento porque me quedé pensando si eso significaba traer en un futuro lejano más inmigrantes para pagar la pensión de los que vengan en un futuro cercano. Más inmigrantes para para pagar la pensión de los inmigrantes que vinieron a pagar la pensión de los españoles. Y así hasta el infinito.

    El problema no es exclusivo de España. Pero España es un caso particular porque lleva cuarto de siglo estancada económicamente. Algo de lo que habrá que hablar otro día. Pero me sorprende y alarma que los problemas estructurales del país (demografía, energía, industria…) no estén en el centro del debate y sí lo esté el separatismo de las regiones más ricas y la “batalla cultural”. Y estoy seguro que el día que algún político asuma el problema y decida recortar las pensiones y retrasar la edad de jubilación nos dirán que es un malvado neoliberal que quiere explotar a los trabajadores y odia a los abuelitos.

  • La caída

    El otro escribí sobre los orígenes de este blog y de cómo mis anteriores blogs personales respondieron a circunstancias personales diferentes. Este, en cambio, tiene la particularidad de que existido por tanto tiempo, más de doce años, que esas circunstancias han cambiado. Y soy capaz de notar de cómo el «espíritu de los tiempos» ha ido cambiando.

    Esta blog nació en un momento muy oscuro de mi vida pero no quería emplearlo para hablar de mí mismo, sino de arquitectura, cine, música, televisión, etcétera. Por el camino fui reflejando mi perplejidad ante asuntos que flotaban en la cultura del momento, lo que me llevó a escribir repetidamente de la nostalgia por épocas pasadas y la fascinación por el retrofuturismo que aparecían reflejados en el mundo del diseño.

    Puede que el concepto le resulte extraño a los jóvenes de la Gen-Z que han vivido la pandemia, la segunda invasión rusa de Ucrania y ahora asisten a la posible escalada en Oriente Medio. Pero hubo una época en que el futuro generaba esperanza. Me acuerdo de aquellos monográficos sobre el mundo del futuro de las revistas Geo o Muy Interesante. Me acuerdo del boom de las puntocom, nuestra esperanza puesta en Internet y aquel monográfico de la revista Wired titulado «The Long Boom» que compré en una estación de Alemania en julio de 1997.

    Ahora sólo me apetece hablar de crisis y decadencia. Y no sólo del notorio estancamiento económico de España. Sino de la sensación colectiva de crisis en Occidente. No me atrevo a decir que estamos en la crisis definitiva, ni tengo claro cuál será la solución óptima. Pero parto de la ventaja de que este es un blog anónimo y puedo escribir con total libertad. Y eso ahora mismo es un lujo.

  • Putodefender una España que a lo mejor no se lo merece

    Descubrí al humorista argentino Enrique Pinti de pura casualidad. Alguien tituló mal un archivo .mp3, atribuyendo uno de sus monólogos de humor al grupo Les Luthiers en aquellos tiempos de descargas de archivos compartidos en Internet. No recuerdo cómo, averigüé quién era el artista que tanta gracia me hizo y entonces me hice muy fan.

    En uno de sus monólogos explicaba cómo se fue Argentina a la mierda: “de a poco”. Y ahí, Enrique Pinti pasaba a relatar el deterioro físico de una persona que se hace mayor. Una larga y lenta decrepitud física que él comparaba con la decadencia de Argentina. No hubo un solo acontecimiento responsable. Fue una sucesión de pasos en el tiempo, algunos triviales.

    Me he acordado muchas veces de ese monólogo ante los acontecimientos de España. Es posible que el país entró en un inevitable camino de decadencia y los historiadores del futuro no serán capaces de determinar el momento exacto en que España se fue a la mierda. Lo fácil sería prestar atención a la crisis financiera de 2008 y el proceso soberanista que llevó a la crisis de 2017. Pero de fondo tenemos los indicadores de deuda pública, el alto paro juvenil, la baja productividad, la desindustrialización y el invierno demográfico… Un país estancado económicamente cuyas empresas estratégicas están en manos extranjeras y que es irrelevante en la arena internacional.  

    No creo que merezca la pena pararme a comentar los últimos acontecimientos en España. Hemos ido saltando de acontecimiento en acontecimiento que en un país normal hubiera hecho salir a la gente a la calle. Pero España es un país con un bajo nivel de afiliación a partidos políticos, sindicatos, asociaciones… Eso que se llama “sociedad civil”. Recuerdo un artículo de despedida del corresponsal de Financial Times de turno contando cómo en España la crisis financiera de 2008 no había disparado ni los delitos ni empeorado el carácter de la gente. España seguía siendo un país de gente tranquila y amable. Y en aquel entonces yo mismo me dije que precisamente la falta de una respuesta iracunda de la gente era un síntoma del país que teníamos y la causa de la falta de transformaciones estructurales.

    Ahora tenemos una colección de ultraderechistas y personajes ridículos haciendo ruido en las calles de Madrid, lo que ha permitido a los medios y a mucha gente en redes sociales hacer bromas y despreciar el sentido de las protestas. Quizás lo que tenga que suceder sólo será un paso más de cómo España se fue a la mierda. De a poco. Y yo me pregunto en cada uno de esos pasos si a lo mejor España ni siquiera se merece un lamento. Que debemos asumir que el declive es inexorable y que se merece todo lo malo que le pase.

  • Generación Tapón

    La revista Ajoblanco ha vuelto. Allá por 2008 escribí un artículo para una revista on-line ya desaparecida a partir de la lectura de Los 70 a destajo, las memorias de Pepe Ribas, director y fundador de Ajoblanco. Resulta que no fui ni el primero ni el último en desarrollar el concepto. («La Generación Tapón», «Generación Tapón: si destacas al rincón», «La Generación T nos ha arruinado»).  Pero considerando que el texto ya no estaba disponible en Internet me pareció que merecía la pena rescatarlo.

    Está por escribir la crónica de una generación invisible, la mía, que supuestamente era la más y mejor preparada de la historia de España y que se quedó por el camino con un sueldo mileurista y pagando una hipoteca. Pero para comprender tantas cosas hay que regresar al momento en que la España que ahora es quedó establecida. Lo contó Pepe Ribas, fundador de la mítica revista Ajoblanco en Los setenta a destajo. El libro es una crónica del nacimiento de la revista en los años finales del franquismo, siendo un retrato muy detallado y personal de lo que fue la oposición al régimen y la contracultura en Barcelona en particular y en España en general.

    No sé cuántos lectores del libro han hecho la misma lectura que yo. Quizás mi desconocimiento de dónde estaba cada cual en aquella época sea la razón de mi sorpresa al ver desfilar por el libro a personajes ahora familiares en su juventud. Desde futuros ministros de cultura a artistas que ahora copan los suplementos culturales de los diarios de tirada nacional. Una élite política, intelectual y cultural que en aquella época pertenecía a alguna secta política del marxismo-leninismo y hoy está respaldada por grupos multimedia, partidos políticos y solventes fundaciones culturales. Sospechaba Pepe Ribas, ya por aquel entonces, que muchos de aquellos aspirantes a líderes revolucionarios aspiraban más a ser líderes que a ser revolucionarios.

    Para alguien como yo que alcanzó su madurez política durante la segunda época de la revista Ajoblanco, eran los tiempos del felipismo, leer en las memorias de Pepe Ribas cómo se discutía tan acalorada y vehemente en los años setenta sobre una revolución que nunca se produjo queda a medio camino entre lo cómico y lo trágico. Que aquella futura élite soltara como lastre principios y valores en su ascenso social se ha relacionado normalmente con el reparto de cargos y prebendas que hiciera el gobierno socialista y sus medios de comunicación aliados en los años ochenta. Pero leyendo a Pepe Ribas uno intuye que la mutación empezó realmente tiempo atrás.

    Con la llegada a España del pluralismo político y el fin de la censura se abrieron las puertas a una renovación de las élites políticas, intelectuales y culturales en el que había vacantes libres de sobra para los miembros de una generación en la que estudiar en la universidad, hablar idiomas y viajar al extranjero no estaba al alcance de cualquiera. Fue una generación que se encontró con un régimen nuevo en el que estaba todo por hacer y los espacios estaban por ocupar. Y resulta que buena parte de la élite de aquella generación no sólo se forjó en una época concreta sino que todos se conocían de forma directa o indirecta. Con los personajes que desfilan por el libro uno podría dibujar un mapa de redes y emular el juego que relaciona a los actores de Hollywood con Kevin Bacon. Y descubrir entonces la escasa separación de los personajes de una generación que ya estaba allí entonces y que ahí sigue bloqueándonos el paso.

  • Y Pablo Iglesias acabó con Podemos


    Nadie puede acusar a Pablo Iglesias de haber ascendido de tertuliano televisivo a líder político manteniendo una agenda política oculta. En eso fue siempre sincero y directo. Él siempre expresó su intención de convertir a España en una república bananera. Y lo dejó bien claro para quien se molestó en escuchar sus conferencias en universidades españolas y fiestas políticas antes de fundar Podemos. También puso sobre la mesa su estrategia. Se trababa de montar un catch all party que apelara al votante cabreado y asqueado con la política española. Por tanto, había que renunciar al lenguaje y a los símbolos de izquierda para poder captar votos entre las señoras mayores que van a misa y los obreros que se ofenden cuando insultan a la nación española. Incluso renunció al discurso antimilitar y al A.C.A.B., argumentando que ahí había una masa enorme de funcionarios cuyo voto había que conquistar.

    Tampoco ocultó su estrategia mediática. Se trataba de acudir a cada tertulia televisiva con la preparación de quien va a disputar una pelea por el título de los pesos pesados. Se encerraba con sus colaboradores, que le preparaban dosieres con los temas y luego actuaban de sparrings para entrenar respuestas. «La cuestión no es si un diputado de mi partido ha sido detenido tras violar a un niño refugiado sirio en su coche oficial, donde guardaba tres linces ibéricos muertos en el maletero, o no. Aquí de lo que tenemos que hablar es de que hay millones de españoles que no llegan a fin de mes por culpa de las políticas neoliberales del PP y PSOE…» Enfrente tenía a periodistas acostumbrados a que las tertulias televisivas fueran el partido de fútbol de solteros contra casados. Y, claro está, Pablo Iglesias brillaba dando voz al español cabreado.

    La idea de Podemos era aprovechar la ventana de oportunidad que había creado la crisis. Pero esa ventana, no lo sabíamos, tenía fecha de caducidad más temprana de lo prevista. Los indicadores macroeconómicos empezaron a recuperarse y, al tiempo, los centros comerciales volvieron a estar llenos, si nos atenemos a lo complicado que se ha vuelto encontrar últimamente aparcamiento en el Carrefour y el Ikea. Pero sobre todo, el problema es que el hechizo se rompió tan pronto Podemos pisó escaño y moqueta.

    El partido del chico cabreado que prometía poner todo patas arribas dejó de ser una promesa abierta a la imaginación para ser una realidad.  Y la frescura de los novatos en política se convirtió en majaderías de quien da más importancia al gesto que al trabajo hecho. Para colmo, Podemos resultó ser una partido de lo más convencional, con su aparato al servicio del líder para aplastar a los disidentes. Una cosa, en definitiva, muy aburrida. Entonces, ya no hizo falta seguir fingiendo. Resulta que dejaron de ser transversales y fagocitaron a Izquierda Unida para ocupar su lugar en el panorama político español: el eterno tercer partido, siempre en la oposición.

  • Vía de salida

    Decíamos ayer que las medidas políticas que está tomando el actual gobierno no responden a la coyuntura económica, sino que son una etapa más de un proceso histórico que arrancó con el fin de la Guerra Fría y que supone el fin del Estado del Bienestar. Dicho en términos sencillos, sobre las cenizas de la Europa arrasada en la Segunda Guerra Mundial se creó el consenso político de que el Estado debía garantizar a la clase trabajadora toda una serie de derechos ante la amenaza ideológica que suponía el comunismo como sistema competidor. Hoy no existe alternativa política.  Desde la perspectiva del capital global, el bienestar de la clase trabajadora es intrascendente porque los mercados están repartidos por el resto del mundo y siempre hay países alternativos a los que trasladar la producción. Al contrario, vemos cómo trabajadores de una misma multinacional compiten a la baja por la asignación de producción a su factoría y cuando se logra es celebrado como un triunfo en la prensa. Sin ir más lejos, véase el caso de los trabajadores de la factoría de Ford en Almussafes (Valencia) que votaron a favor de congelar su sueldo en 2014 y con ello aseguraron producción hasta 2018. El capital es global y las luchas obreras tienen horizontes locales.

    Entender todo esto es importante a la hora de poner en contexto las luchas sociales y sus objetivos estratégicos. Yo recuerdo los debates en mi facultad a raíz del nacimiento del Movimiento Antiglobalización con las manifestaciones del 30 de noviembre de 1999 en Seattle. Se rechabazaba al movimiento por interclasista y al propio término de globalización para remitirse a Lenin y su crítica del imperialismo («fase superior del capitalismo»). Lectores de Toffler y de Castells éramos en aquella facultad de Sociología pocos, lo que explica la indefensión intelecual de mis compañeros ante aquellos paleomarxistas. Luego, el movimiento se extinguió con el cambio de agenda política internacional tras el 11-S. Pero esa es otra historia. Lo que hay que recordar es que la génesis del 15-M en España está en aquella primera movilización en mayo de 2006 porque la vivienda estaba cara en pleno cénit de la burbuja inmobiliaria. A pesar de todo, ¿es factible lograr políticamente que todo vuelva a ser como antes de la crisis? Hay que añadir que desde la participación de España en la globalización y la integración en el euro se ha cedido soberanía a los «mercados» y al Banco Central Europeo. Así que no se trata de votar al partido que prometa salvar el Estado del Bienestar y proteger derechos de los trabajadores, sino que el margen de maniobra de los gobiernos es reducido. Una medida equivocada y la Bolsa se hunde, la agencias calificadoras de riesgo rebajan la nota a España y sube la prima de riesgo. Sólo quienes a estas alturas disocian economía y política pueden crear un programa político como el de la plataforma «Podemos», impulsada por el telegénico Pablo Iglesias. Sospecho que tanta ignorancia en Economía es el lastre de una formación marxista que les lleva pensar que toda ella no es ciencia sino ideología. Ya Alberto Noguera se ocupó de destripar el programa económico en su blog con su mala leche habitual y su peculiar visión de la realidad que no necesariamente comparto.

    Así que esta es la larga explicación de por qué en este blog no trato la última noticia indignante sobre la crisis o la última iniciativa social, para dedicarme en cambio a hablar de fotografía, arquitectura o canciones que me gustan. No es que me quiera refugiar cínicamente en las experiencias estéticas de espaldas al mundo. Es que creo que se está luchando poco y de forma desencaminada. Si se trata de un problema de correlación de fuerzas habrá que generar en la calle un problema tal que obligue al gobierno a frenar y rectificar. No entro ahora en detalles, que con la ley en la mano podría terminar ante un juez. Pero creo que el barrio burgalés del Gamonal marcó el camino.

  • Correlación de fuerzas

    Llevo semanas ocupado con la interminable tarea de poner orden y hacer limpieza en mis libros, papeles y  trastos. Encontré una carpeta llena de recortes sobre la crisis económica de principios de los noventa, aquella que siguió a la Guerra del Golfo. Las noticias de los periódicos hablaban del paro, de precariedad, del cierre de empresas en España que trasladaban su producción a Europa del Este o Marruecos, de las peticiones de más recortes sociales hechos por altos cargos de empresas e instituciones internacionales y también de cómo las marcas de lujo aumentaban sus beneficios a pesar de la crisis.  Acumulé tantos recortes porque era la era pre-Internet y los medios en papel era la única forma de enterarte de lo que pasaba en el mundo.

    La carpeta era una cápsula del tiempo con noticias que podían haber tenido fecha de ayer mismo. La cuestión es que no estamos asistiendo a la aplicación de una doctrina del shock, aprovechando la coyuntura de la actual crisis, sino a la aceleración de un proceso histórico de desmantelamiento del Estado del Bienestar y transformación del mercado laboral. que comenzó con el fin de la Guerra Fría y la desaparición del comunismo en la Europa del Este.

    Se suele datar el nacimiento del Estado del Bienestar en la Alemania de Bismarck.  Pero lo que algún despistado suele atribuir a la benevolencia del Canciller de Hierro sucedió en un contexto de fuerte combatividad de la clase obrera. Eran los tiempos de las grandes factorías donde miles de obreros compartían las mismas penosas condiciones de trabajo. Precisamente Karl Marx escribió El Capital con la preocupación de que la gran revolución obrera iba a estallar antes de que él acabara su obra. Birsmarck decretó las Leyes Anti-socialistas a finales de la década de 1870 para luego crear las pensiones de jubilación y los seguros de enfermedad y desempleo en una evidente estrategia del palo y la zanahoria.

    Más allá de los países nórdicos, la generalización del Estado del Bienestar  llegó tras la Segunda Guerra Mundial. En países como Francia e Italia la resistencia contra la ocupación nazi la habían protagonizado los comunistas. En una de las películas del cura Don Camilo se descubre que alguien del pueblo había escondido en un granero un carro de combate M-24 robado durante la Segunda Guerra Mundial para hacer la revolución cuando acabara la guerra. La situación de pobreza era tan generalizada en Alemania que el arzobizpo de Colonia, Josef Frings, aprobó robar por necesidad. Así que existía el temor a que la clase obrera europea considerase la Unión Soviética un modelo a seguir, aunque sólo fuera porque no se tenía verdadera consciencia de los horrores soviéticos. Del consenso compartido de que a la clase obrera se le debía proveer de un educación, salud y derechos laborales surgió el modelo bipartidista donde social-demócratas y demócrata-cristianos se alternaron o compartieron gobiernos durante décadas en muchos países europeos. Aquel período se conoce en Francia como los 30 años gloriosos, que coincide con el «milagro económico» alemán. Es la era en que la clase obrera accede al consumo masivo, alejando el espectro de la revolución. 

    La caída de la Unión Soviética y el desmantelamiento del comunismo llegó cuando el modelo económico de la postguerra había entrado en crisis a partir de 1973.  El resto de la historia es conocida. Los gobiernos se mantienen dentro de una cierta ortodoxia económica para atraer inversores que instalen negocios y compren deuda pública bajo la atenta mirada de las agencias calificadoras de deuda que le ponen «nota» a los gobiernos, porque siempre corren el riesgo de que las inversiones vuelen a otro país que ofrezca mejores condiciones y la divisa nacional se resienta en los mercados internacionales. En esa lógica los trabajadores de una misma empresa multinacional compiten entre ellos a la baja para que se les asigne trabajo, ofreciéndose a trabajar más y reducirse el sueldo bajo la persistente amenaza de que la producción será desviada a otra factoría.

    La correlación de fuerzas cambió y las medidas sociales ya no son necesarias para mantener a raya a la clase obrera. Warren Buffett decía en 2006 que existía la guerra de clases, «pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está haciendo la guerra y estamos ganando». Curiosamente cinco años después, en plena crisis, era más tajante al afirmar que «ha habido un guerra de clases en curso durante los últimos veinte años y mi clase ha ganado».