Siempre con los perdedores

El otro día comprobé que la Blackberry Passport había desaparecido en la FNAC de la Plaza de Callao en Madrid para quedar arrinconada debajo del expositor, a la altura de los pies, donde es difícil que alguien mire. Aparecía con un precio de “oferta” de 500 euros, cuando ya es posible encontrarla por 100 euros menos en Amazon.es

bb_att_feature

No voy a contar aquí como esa marca pasó de ser el estándar en los entornos empresariales a convertirse en un fabricante nicho para personas con necesidades muy especiales y frikis incondicionales. La Passport será por mucho tiempo el teléfono ideal para quienes consumimos mucha información en Internet y necesitamos tomar notas constantemente. Ni quiero detenerme en el triste futuro de la empresa, que parece encaminada a comercializar versiones modificadas de teléfonos Alcatel. El meollo del asunto para mí es cómo siempre desarrollo apego por marcas y aparatos que terminan dejados de lado por el gran público. Los netbooks, los libros electrónicos, Pentax y Blackberry cubrían necesidades concretas mías. Alguien una vez me llamó gafe y  cuando me compré una cámara Olympus me predijo el fin de la empresa.

Podríamos quedarnos en la anécdota y pensar que tengo mala suerte. O bien pensar que soy la antipersona media. Si el mercado se  hubiera regido por mis gustos nunca habrían existido ni las tablets ni los smartwatches. Tampoco los  tatuajes se habrían puesto de moda. Pero eso es otra historia. Me parece significativo ser parte de la ultraminoría hasta en lo tecnológico.

Anuncios

Underdogs

La primera cámara que compré con mi dinero fue una réflex de película Pentax y la única cámara réflex digital que he tenido es Pentax. La compañía ha cambiado de dueños dos veces en los últimos años y ha llevado un rumbo un tanto errático, tal como conté hace poco. La tecnología de los libros electrónicos me pareció siempre más interesante que las tabletas. La tinta electrónica abría un mundo de posibilidades, como nos ha contado Juan Luis Chulilla en su blog tinta-e, que no han llegado a ser explotadas. Llegué a la conclusión de, que para mis ocupaciones académicas, un Kindle DX era lo mejor. Pero Amazon decidió evolucionar su lector de 6″ y su tableta, pero no el Kindle DX, que ni siquiera aparece en la pestaña cuando colocas el ratón en la página web principal de la tienda y no aparecen en la tienda española. Aposté por los netbook como herramienta de trabajo y celebré la aparición de modelos de 11,6 pulgadas, el óptimo compromiso entre tamaño contenido y pantalla suficientemente amplia. Pero los grandes fabricantes decidieron liquidar ese nicho de mercado para vender los carísimos ultrabook con acabados en aluminio y cantidades ridículas de memoria RAM.

Seriamente, me pregunto ¿soy un gafe electrónico? Pero si este historial les resulta poco, hoy me he acordado de otra cosa. He comprado cinco móviles (el primero lo heredé de mi hermana y tuve otro para una segunda línea). Los dos primeros fueron Nokia. Los dos siguientes fueron BlackBerry. La entrada en el mercado de los smartphones Android supuso el declive de ambas marcas. Nokia vendió su alma a Microsoft y BlackBerry no levanta cabeza. La caída de RIM, fabricantes de BlackBerry, la cuentan en Buzzfeed.

Añoro mi Blackberry

Con un montón de puntos acumulados y con Firefox OS todavía verde me he convertido en usuario de Android. Sobreviví un par de años con un teléfono Nokia 1616 cuyos mayores lujos eran una linterna LED y radio FM. Lo conseguí en una oferta de risa a 9 euros en la FNAC de Madrid. Lástima no haber podido hacerme con un Nokia 103, aún más simple con pantalla monocroma. Pero, por lo que sé, no llegó a España.

Ir por la vida con un Nokia 1616 en la era del esmarfón suponía una cierta actitud vital. Pero se estaba convirtiendo en un “riesgo laboral” no tener acceso a Internet al salir por la puerta. Así que he terminado pasando por el aro, permitiéndome una licencia en nombre de mi espíritu rebelde al elegir un terminal Android a prueba de agua, polvo y rayaduras. Lo que pocos que me han visto con él saben es que yo fui un early adopter de Blackberry. Así que me hizo un poco de gracia el comentario de alguien “ya verás como [un teléfono con Internet] te cambiára la vida“. Ya sé que las esperas, cuando la gente llega tarde, dejan de ser un suplicio. Que es un alivio poder consultar estando en la calle un email donde te daban una dirección que apuntaste en un papel que no encuentras. O que si te has perdido sólo tienes que mirar el callejero en el móvil. Pero la ventaja fundamental es que, por fin, tienes la excusa perfecta para fingir que estás ocupado en esas situaciones sociales altamente incómodas. Basta ponerte a navegar por los menús para pretender que estás abstraído, revisando un correo urgente. Desde luego, en el Nokia 1616 quedaba un poco raro.

Estas pocas semanas de uso de Android me han servido para descubrir que los móviles con pantalla táctil son una castaña. Quien alardea que “al poco tiempo dejas de echar en falta el teclado” nunca manejó una Blackberry (y nunca vio mis dedos bailar sobre su teclado). Yo convertí a mis Blackberry en sustitutas de las Moleskine de bolsillo y escribiedo en un móvil de pantalla táctil entiendo ahora todos esos atropellos a la lengua que la gente comete en sus mensajes. Los terminales Android no son más que mini-tabletas para el consumo pasivo de información con una gama amplísima de programas sí, pero cuya letra pequeña asusta. Ya he desistido de instalar programas en mi móvil al encontrarme una lista kilométrica de datos personales e información del móvil a los que pretenden acceder. (¿Para qué querrá algún programa para compartir información en Internet acceder a mi registro de llamadas?). Y sin embargo no es algo que parezca molestarle a la mayoría, viendo la extensión del uso de esas aplicaciones. La Sociedad de Control ha dejado de ser una distopía, para entrar todos en ella en una alegre romería.

La Blackberry era una teléfono que se conectaba a Internet, justo al contrario de mi terminal Android, que es una mini-tableta que hace llamadas. Asuntos tan nimios como copiar y pegar cualquier información, enviar por correo la URL de una página que estuvieras leyendo o integrar los contactos del Facebook en la agenda eran asuntos sencillos en mi Blackberry que no requerían una lectura del manual o la pulsación de demasiadas teclas. Lo curioso es que se ha convertido en una gracia recurrente hacer chistes sobre RIM o los usuarios de Blackberry. No sé si por un despecho retroactivo por los años en que fue un elemento de status o por el deseo infantil de alcanzar la distinción marcando jerarquías. Pero veo que no soy el único en echar en falta el teclado de las Blackberry. Yo voy a estar atento al desarrollo de la familia Q de Blackberry.

P.S. Señores de Blackberry. ¿Alguna vez han pensado en sacar un modelo a prueba de golpes y agua? Algo así como una Blackberry que le dé la réplica a los móviles Casio G-Shock. Mi sueño húmedo.