Categoría: Lobo Estepario

  • Al final de este viaje

    El año pasado me entraron de improviso ganas de recorrer Estados Unidos. Es un país que siempre me generó antipatía. Y mis primeras inquietudes por conocer mundo me llevaron a Europa. Luego al Mediterráneo Oriental. Tenía un proyecto de viaje por Turquía, Siria e Irán, que tras posponer se ha vuelto en una de sus estapas imposible por razones evidentes. Entonces, una amiga se mudó a la Coste Este y cuando me invitó a visitarla me puse a mirar en Seat61.com viajes en tren por Estados Unidos. Viajar en tren es mi forma favorita de recorrer países, herencia de mis inicios como mochilero InterRail y porque valoro por mi altura poder salir al pasillo a estirar las piernas. Así que descubrí el California Zaphryr, que recorre las grandes llanuras y atraviesa las Montañas Rocosas desde Chicago al Valle Central de Califoria, donde los pasajeros embarcan en un autobús para alcanzar San Francisco.

    Empecé a soñar. Me compré un mapa Michelin de Estados Unidos y una guía de viaje de los Parques Nacionales del oeste de Estados Unidos. Un segundo ruta Chicago-Los Angeles te deja a 100 kilómetros del Gran Cañón del Colorado. Y no muy lejos de allí está un lugar que supe de su existencia porque un antiguo compañero de piso estadounidense había estado en él. Pero las fotos que él me había mostrado no tenía nada ver con lo que fui descubriendo del Parque Nacional de Sión en Utah. Es un lugar que paree de otro mundo y cuyas fotos parecen óleos o creaciones por ordenador.

    Me dediqué a mirar las rutas por carretera para llegar al parque. Recorrí aquellas carreteras con Google Street View. Y cuanto más información acumulaba y más lugares mágicos descubría, más me asaltó una duda, ¿qué diferencia haría visitarlo realemente? Sólo estaría confirmando con mis propios ojos la existencia de maravillas que ya había descubierto. Y esa emoción ya la había vivido una irrepetible vez. Ir o no ir, ¿qué más daba? Iría solo y lo disfrutría solo. Sería una experiencia personal intangible. Algo que sólo iba a perdurar en mi cabeza como un recuerdo. Como toda la felicidad efímera que he vivido.

    Repasé mis metas. Los libros que me gustaría escribir y las fotos que me gustarían hacer. Pensé en todas aquellos ensayos y relatos que nunca terminé de escribir pero que están en mi cabeza. Creo que disfruté más documentándome y construyendo un universo en mi cabeza que poniéndome manos a la obra. Sé que de haberlos terminado nunca habría llegado muy lejos con ellos. Y aún así, ¿qué importaba el aplauso y los halagos de los demás? A veces me pasa con la fotografía. ¿Recibir halagos por una foto qué significa realmente? ¿Recibir la enhorabuena por una sensibilidad que no yo escogí tener? ¿Enhorabuena por la belleza de un paisaje que está ahí para cualquiera? ¿Enhorabuena por la suerte de haber encontrado unas nubes caprichosas y una luz solar determinada? ¿Enhorabuena por la belleza y el talento de la modelo?

    La vida y la muerte, enormes bromas cósmicas, dejaron de tener sentido para mí, perdido en mi propia cabeza. Es lo que quise contar en la entrada nº 100 de este blog. Y al final me he atrevido a contar en la presente, la nº 200.

  • Ajustes de cuentas

    Siempre he tenido un blog personal y anónimo. He perdido la cuenta de cuántos he empezado. El ciclo de vida ha sido siempre más o menos el mismo. Arranco escribiendo de forma anónima, volcando bastantes asuntos personales en el blog. Tarde o temprano escribo cosas que me apetece compartir. Algo que considero muy gracioso o brillante, que creo que deberían leer mis conocidos más allá de los cuatro gatos anónimos que me siguen. Poco a poco, el blog deja de ser anónimo para mis amigos, que dejan comentarios donde me llevan la contraria ante  mis afirmaciones tajantes sobre tal o cual tema. Llega el día en que cuando escribo me empiezo a autocensurar pensando en cómo podría ofender o disgustar a mis conocidos si confieso algún trapo sucio personal o me desahogo con una diatriba sobre alguna cuestión que me disgusta. Llega el momento en que escribir el blog deja de ser divertido porque no escribo lo que realmente me apetece. Entonces, llegados a ese punto, suelo borrar el blog y empezar de nuevo.

    LoboEstepario.net ha durado por una sencilla razón. No he hablado de nada excesivamente personal. Estuve a punto de hacerlo coincidiendo con la entrada número 100. Pero los comentarios de los lectores que surgieron del anónimato de Internet para felicitarme me hicieron ver que no estaba solo. «Oh, vaya». Toda esa gente ahí y yo apunto a hablar sin tapujos de mis cosas. Y es que tengo cuidado porque creo que uno de aquellos blogs envenenó una de mis relaciones de pareja.

    Confieso que atravasé una etapa de doloroso pagafantismo del que salí haciendo una autocrítica en aquel blog personal. Decía Foucault que el poder es una relación. Es decir, no es una capacidad o una cualidad que se posea. «En serio, tío, esa chica consigue que yo haga el idiota siempre«. El poder es un vínculo asimétrico que une a dos personas y existe porque hay alguien que consiente que la relación se establezca en los términos del otro. Así que hice un repaso a mi relación con varias mujeres que pasaron por mi vida. Había pasado el suficiente tiempo para ser brutalmente honesto conmigo mismo y cínicamente honesto sobre ellas. Mi novia de entonces no estuvo en aquella lista, lo que le molestó profundamente. Yo le traté de explicar que no ser mencionada en mi blog precisamente debería suponerle un motivo de alegría. Se quejaba de que yo le hacía sentir irrelevante por no aparecer en el relato que hacía de mi vida en Internet. Ahora creo que tenía razón, pero por otros motivos. Yo andaba superando la crisis de los treinta y ella tratando de salir de la postadolescencia. En un correo me contó que se había sentido agotada tratando de ser la mujer con la que yo soñaba. En su blog leí que el chico por el que me dejó era, por fin, un hombre que le daba todo lo que ella necesitaba. Meses después me habló de él como «El Psicópata» y me contó cómo le amenazaba con publicar en Internet fotos de ella desnuda.

    Muchos años después conocí a una persona que en un principio pareció perfecta. Llevo tiempo preguntándome si de alguna forma supo captar mis anhelos para tranformarse en la mujer de mis sueños. Porque hubo una construcción de un personaje que se desmoronó tan pronto yo puse el pie en su mundo, al otro lado del planeta. Cuando todo se hundió, volví dándole vueltas una y otra vez a lo que sucedió en aquellos horribles últimos días. Hasta que, de pronto, encajé los recuerdos de lo que viví a partir del segundo día de llegar allí, cuando me dispuse a deshacer la maleta para empezar una nueva vida tras dejarlo todo a 10.000 kilómetros. Yo, en aquel salón, con la maleta abierta, asistí a como el personaje se desmoronaba ante mí. Y tuve la amarga revelación de que aquella relación no iba a funcionar. Dos semanas después supe, además, que iba a terminar de forma brusca. Tras quemar las naves, sólo quedaba llegar hasta el final. Yo  había dedicado tanto tiempo a darle vueltas al final de mi estancia en su ciudad, cuando la clave había estado en mi llegada.

    Semanas después de volver a España, paseando un día con mi familia, revisé en mi Blackberry mi lector de RSS. Descubrí con sorpresa que no había borrado su blog de la lista de blogs personales que seguía. Allí estaba su última actualización. Una entrada aparentemente inocente sobre un regalo que alguien le había hecho y que era un mensaje para mí: «Mira, alguien me ha regalado lo que tú te negaste a darme». Borré el blog de mi lista y no quise saber de ella nunca más.

    Fue la Navidad pasada, en una madrugada como esta. Me había servido una cerveza delante del ordenador y en aquel momento de silencio en la noche, la busqué en Google. Me encontré que había creado un perfil público en Facebook para promocionarse profesionalmente. Ella, que se burlaba de que yo tuviera perfil de Facebook. Había pubicado fotos y vídeos que no hubieran desentonado en el muro de una adolescente. Supongo que cuando quieres promocionarte profesionalmente tienes que limitarte a publicar cosas dentro de un «mínimo común» que no ofenda a nadie. Vi el nombre de la gente con la que interactuaba y vi las actividades en las que había participado. Todo era muy local. Había participado recientemente en un pequeño evento colectivo tras un largo tiempo. En su línea de tiempo aparecía que hacía semanas había colocado como foto de cabecera un fragmento de un fotograma del Club de la Lucha que mostraba a Edward Norton y Helena Bonham Carter en el final de la película. Aquel momento en el que se cogen de la mano y él le dice «me has conocido en un momento muy extraño de mi vida», una frase que le dije al poco de conocernos. Y entonces, me vino como un rayo que fulmina. Aquel perfil era el de una persona atada a una realidad terriblemente local y pequeña. Hubiera podido ser perfectamente el tipo de perfil en Facebook de una profesora en la Arkansas rural o una oficinista en una ciudad pequeña de Alemania. Su vida real era un mundo en el que yo no tenía encaje. Tan sencillo como eso. Así que, de pronto, la comprensión alivió un peso que se hundió solo como lastre que va al fondo y del que me despedí para siempre.