Entre las ruinas de una civilización superior

Viajé el pasado mes de junio a Londres. Caí en la cuenta que se cumplían 20 años de mi primer viaje a la ciudad. Por el medio estuve siempre de paso. Así que este fue el primer viaje en mucho tiempo en que pude observar la ciudad con calma.

No guardo grandes impresiones generales del Londres de aquel viaje de hace veinte años, más allá de la impresión que me generaron calles como Whitehall, lugares como Picadilly Circus y los museos que visitamos. Y cuando digo que no tengo muchos recuerdos de una visión general de la ciudad me refiero a que no recuerdo tener la impresión de que estuviera visitando una ciudad turistificada y parquetematizada como sentí esta última vez.

Unos metros más allá de esta cabina había otra con una enorme cola para hacerse la foto. Esta en cambio estaba vacía.

Quizás yo haya cambiado y preste ahora atención a detalles que antes pasaba por alto. Pero no pude evitar la sensación de que estábamos allí muchos para visitar una idea de ciudad que conocíamos por libros de historia, novelas y películas sólo para encontrarnos un Londres transformado en un escaparate para el turismo. La globalización se abre paso frente al comercio tradicional y uno encuentra una sucesión de tiendas Adidas, Uniqlo, Zara, franquicias de comida rápida y tiendas para turistas. Y no dejó de llamarme la atención el contraste entre edificios históricos y los carteles chillones de tiendas de vapeo o de conveniencia. Por supuesto, Londres conserva lugares tranquilos donde alejarse de las masas, como la antigua estación eléctrica de Battersea o el Tate Modern.

La antigua central eléctrica de Battersea reconvertida en un centro comercial de lujo.

Me pregunté qué pensarían todos aquellos turistas de clase media del Lejano Oriente, del subcontinente asiático y de Oriente Medio que me crucé. Imagino que fueron a Londres en busca de una ciudad que en su imaginación era la capital sofisticada de un imperio para encontrarse algo diferente. Es como si sobre el Londres histórico se acumularan capas de globalización e inmigración que hubieran transformado la ciudad en algo que empezaba a dejar de ser inglés. Así que la la pregunta inevitable era cuándo llegaremos a un punto de no retorno.

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