Etiqueta: posmodernidad

  • Bad Bunny canta fatal y a ti no te tiene que importar

    El otro día descubrí, gracias a unos correos electrónicos de 2014, que creé un perfil de Tickemaster, lo usé una vez y luego lo olvidé. Entonces me paré a pensar que en los diez años en que viví en Madrid jamás fui a un concierto en el Santiago Bernabeu o en el Metropolitano. Ni siquiera en el Wizink Center.

    Los conciertos más multitudinarios a los que asistí en Madrid fueron un concierto de Loreena McKennitt en el Centro Conde Duque y un concierto de Goran Bregović en el Circo Price. Y más recientemente, estando en ambas ocasiones de paso por Madrid, asistí a conciertos en la Sala Villanos para ver a Mammal Hands y GoGo Penguin.

    Goran Bregović en Madrid en 2009.

    Crecer y madurar es comprender que uno no tiene que frustrarse porque la gente sea idiota y disfrute de pasiones colectivas como el fútbol, la televisión basura o los artistas superficiales. Uno tiene que volcar sus energías en apoyar a sus artistas favoritos, por minoritarios que sean. Pero sobre todo disfrutarlos en paz sin vivir enfurruñado porque otras personas encuentren placer o diversión en cosas que nos parecen estúpidas.

    He visto a gente de mi edad estas dos últimas semanas criticando a Bad Bunny como si estuvieran dando un paso valiente yendo contracorriente al contar que canta mal y sus letras son machistas cuando no intrascendentes. Sé que yo hubiera sido uno de ellos en otra época de mi vida. Y seguramente, como esas otras personas, no habría parado de manifestar mi disgusto. Pero hay un momento en la vida que uno tiene que asumir que no es el público objetivo del cine o de la música de masas por una mera cuestión de edad.

    Quedarse en la música es no haber entendido el significado y la trascendencia del espectáculo de Bad Bunny en el intermedio de la Super Bowl y por supuesto de su último disco. Más allá de sus cualidades vocales, Bad Bunny ha hecho un homenaje a su tierra, su gente y su cultura. Y, aunque parezca paradójico, un mensaje tan localista ha resonado en medio mundo. La gente de los Balcanes, Oriente Medio y el Sudeste Asiático se ha sentido identificadas con esas sillas de plástico en las que las familias se sientan al aire libre y con ese niño que dormía durante una fiesta en tres sillas unidas como cama improvisada.

    En un mundo líquido y posmoderno donde hasta lo más sólido se desvanece, Bad Bunny le canta a la familia, a los amigos y el barrio, criticando la gentrificación de Puerto Rico y celebrando a los pequeños comerciantes. Si el mensaje no quedó suficientemente claro, el espectáculo tuvo una pedida de mano y una boda reales.

    Bad Bunny me recuerda a C. Tangana, un artista con un talento musical limitado pero que con el instinto para rodearse de excelentes colaboradores y que ha sabido conectar a su público con músicos de otra generación.

    Como ha apuntado alguno desde las filas trumpistas, ha sido un error de la derecha estadounidense no entender el significado de la puesta en escena de Bad Bunny y tender puentes con el público hispano. Imagino que la lógica woke con la que sido alabado un espectáculo en español les ha cegado. Y es que no deja de ser curioso cómo Bad Bunny e incluso sus bailarinas han sido aplaudido por «representar» y «visibilizar» a Puerto Rico o a las mujeres de color con pelo rizado, dejando los méritos artísticos a un lado. Se trata de una visión infantil del mundo en el que a los miembros de las comunidades subordinadas se les aplaude por el simple hecho de subirse a un escenario, con la izquierda asumiendo el papel de esos padres orgullosos que aplauden cualquier monería que haga su hijo de seis años en un espectáculo escolar.

  • Ups, pasó otra vez

    Peter Boghossian y James Lindsay han perpetrado un nuevo «Sokal». Redactaron un artículo académico lleno de logorrea posmoderna con citas a obras inexistentes y lo han colado en una revista académica llamada Cogent Social Sciences. El artículo se titula «El pene conceptual como constructo social» y sostiene que el pene no debería entenderse como un órgano anatómico, sino como un constructo social. Exactamente los autores dicen «un constructo social altamente fluido y performativo de género».

    Los autores afirman que redactaron los párrafos más absurdos y vacíos posibles para crear un artículo que jamás debió ser publicado por una revista pretendidamente académica. Se contradijeron en el texto a posta, introdujeron expresiones de la jerga post-estructuralista de forma aleatoria y llegaron a culpar al pene «conceptualmente» del cambio climático. Para colmo usaron citas extraídas del «Generador Posmoderno», un algoritmo que genera aleatoriamente textos posmodernos.

    Cogent Social Sciences parece ser una de esas revistas académicas cajón de sastre que cobran por publicar. Así que no estamos tanto ante un problema de revistas posmodernas que publican boberías, sino ante prácticas deshonestas. Pero que un artículo así recibiera comentarios positivos de los revisores indica que el mundo académico posmoderno funciona bajo la Ley de Poe. Las parodias son indistinguibles de la realidad.

  • En el (construido socialmente) corazón de la blanquitud

    La periodista Ijeoma Oluo entrevistó a Rachel Dolezal, la mujer blanca estadounidense que se presentó al mundo como negra durante años y fue puesta en evidencia por sus padres de origen europeo. De hecho, Dolezal dirigía la oficina local de una ONG  pro derechos de la población negra e iba contando una historia personal de sufrimiento y discriminación «por ser negra». Después de destaparse el asunto, Dolezal se puso un nombre nigeriano y se presentó a sí misma algo así como blanca que se siente negra.

    El reportaje se titula In the Heart of Whiteness.  El retrato que hace Oluo destroza la figura de Dolezal, presentándola como una chica blanca «que no se entera» y que  un día se encaprichó en ser negro como parte de su «privilegio blanco». Hay cosas en el discurso de Dolezal que dan un poco de pena, sí. Como cuando cuenta que su interés por la negritud surgió en la infancia leyendo reportajes en la revista National Geographic sobre tribus exóticas en África.

    Para Oluo es absolutamente ridículo el reclamo que hace Dolezal de presentarse a sí misma al mundo como negra. Le parece que frivoliza la experiencia de las mujeres negras reales. Pero claro, ¿no habíamos asumido desde el punto de vista posmoderno que todo absolutamente era una construcción social? Hay quien equipara a Dolezal a con una mujer trans.

    La verdad es que estoy más cerca de Oluo que de Dolezal. Me parece que esta última forma parte de una tendencia creciente de gente que «envidia» la atención recibida por quienes luchan por obtener reconocimiento social. Ya hay quien incluso quiere ser operado para convertirse en discapacitado y quedar confinado a una silla de ruedas. Pero tengo la sensación de que situaciones como esta están llevando a la izquierda posmoderna a un punto de absurdo, feministas veganas luchando por «nuestras compañeras las vacas», que terminará implotando.

  • El vestido de la Pedroche y el fin de la civilización occidental

    Resulta que una año máz Cristina Pedroche salió en el programa de la campanadas de Fin de Año de un canal de televisión español con una vestido que enseñaba más de lo habitual y el asunto se ha convertido en tema de debate para las personas progresistas y bien pensantes. El debate se ha basado en posturas parecidas a los otros debates sobre el velo musulmán y la prostitución. Por un lado, gente diciendo que es denigrante que una mujer haga algo así. Por otro lado, gente diciendo que ella es libre de hacer con su cuerpo lo que quiera. Y a partir de ahí un debate sobre si se puede decir que ella es realmente libre y el derecho de los demás a decirle a una mujer lo que tiene que hacer con su cuerpo.

    Enlace a enlace terminé leyendo una crítica feminista a la crítica feminista del reagguetón (¿cuánto hay de etnocentrismo y clasismo en la crítica de feministas europea de los «ritmos latinos»? plantea la autora), una crítica feminista al número de la revista National Geographic que aborda los «otros géneros» por invisibilizar a las mujeres y la explicación de Jéssica Fillol de por qué abandonó el blog colectivo Locas del Coño.

    Me encontré de nuevo en ese punto en que descubres que cualquier cosa presentada como progresista, feminista y emancipatoria puede ser vista como todo lo contrario en un tipo de debate que sólo puedo comparar con debates teológicos. Con el viejo mundo en crisis y los bárbaros a las puertas, estos debates me recuerdan el concepto de «discusión bizantina».  Imagino la perplejidad de los historiadores futuros leyendo los textos de esta época al ponerlos en el contexto de la amenaza que supone el islamismo para los principios democráticos y de convivencia ante la pasividad del relativismo posmoderno imperante.

    Dice Víctor Lapuente en «El sexo de la izquierda» que la insistencia de la izquierda en presentarse como abanderada de mujeres, personas LGBT y minorías étnicas le hace perder un mensaje universal. Como hemos visto en Estados Unidos recientemente y desde hace tiempo en Europa, ese vacío ideológico es ocupado por la ultraderecha. Y empiezo a pensar, si una posible reacción ultraconservadora será la solución terrible al problema. No la deseable, claro está. Pero al menos una solución.