Veo últimamente que la gente comparte vídeos caseros o tomados de reportajes o documentales sobre la vida en la España de los 90 o de principios de este silgo. Especialmente vídeos mostrando calles peatonales o gente joven de ocio. La intención siempre es transmitir la idea de que hemos perdido mucho por el camino. «Mira lo que nos han robado», dicen. Queda sobrentendido que en aquella España no era tan visible la inmigración africana o sudamericana. El mismo tipo de mensaje veo compartido por estadounidenses que muestran vídeos caseros de la vida en los institutos de secundaria. Todos blancos.
Sucede también cuando se comparten anuncios, fragmentos de series de televisión o actuaciones de cantantes. Te muestran a Freddie Mercury cantando en directo y la conclusión es que todo antes era mejor. La verdad es que no tengo ese recuerdo. Sí, antes «se podía hacer chistes de todo» y también teníamos homofobia, medio a que te robaran el radiocasete del coche y programas como «¡Ay, qué calor!«. Estoy seguro que si tomáramos los discos más vendidos y las series más vistas en la España de los 90 encontraríamos toneladas de caspa y mal gusto. Simplemente pasa que cuando recordamos décadas pasadas sólo prestamos atención a todo aquello que sobrevivió a la prueba del tiempo.
He visto a comunistas presentar el testimonio de ancianos rusos que echan de menos a la Unión Soviética. En España pasa exactamente lo mismo. Los neofascistas te enseñan el testimonio de ancianos mostrando nostalgia por los tiempos de Franco. No es que el totalitarismo comunista o el nacional-catolicismo español fueran mejores que los sistemas actuales, es que en aquella época quienes hablan así no tenían artritis ni cataratas. Eran jóvenes y la vida era un horizonte de posibilidades. Y eso es precisamente lo que la gente de mi generación anhelan de los noventa. En aquella época el mundo se globalizaba, las tecnologías de la información se abrían paso y soñábamos con el mundo del mañana.
Ahora ya hemos descubierto que no estábamos destinados a ser tiburones financieros, autores de éxito o cracks de la pelota. Pasó el 11-S. Estalló la burbuja financiera. Apareció el Estado Islámico. Rusia invadió Crimea. Ganó Trump. Reino Unido escogió el BREXIT. Vino la pandemia. Rusia volvió a invadir Ucrania. Volvió a ganar Trump. El mundo se volvió loco. Somos más pobres. Ya no soñamos con comprar un coche o una casa. Ganaron los estúpidos (véase «Los guardianes entre las ruinas«. Y ahora estamos todos enganchados al móvil perdiendo el tiempo en las redes sociales (véase «Cómo nos fuimos a la mierda»).
Esta Navidad no he pedido dejar de sentir que, de alguna manera, todos estamos anticipando ese futuro peor y cuando muchos miran atrás ven con nostalgia un mundo en el que al menos teníamos esperanza.
En la época que me descargaba archivos MP3 en aplicaciones como Napster y eDonkey no era raro ver piezas de música mal identificadas. Recuerdo, por ejemplo, ver un archivo titulado «Wagner – Carmina Burana.mp3». Un día, tras descargarme un archivo de Les Luthiers me encontré con alguien totalmente diferente. Era un humorista argentino que hablaba como una ametralladora y soltaba muchos tacos. No sé cómo averigüé su nombre. Puede que la información estuviera en los metadatos del archivo o puede que lo averiguara buscando más tarde en Internet. En cualquier caso me gustó y me convertí fan de Enrique Pinti. En uno de sus monólogos explicaba cómo se fue Argentina a la mierda: poco a poco. Y lo asimilaba al envejecimiento. Entonces contaba el desagradable e imparable deterioro del cuerpo. La conclusión es que no había una causa única. No había un día puntual en que se pudiera señalar como el comienzo del declive. Todo era una sucesión de achaques y dolencias que iban degradando tu cuerpo.
Allá por 2013 un usuario de 4chan explicó su visión de cómo llegaría la decadencia de Estados Unidos.
«Notarás que cada día las cosas simples se vuelven un poquito más caras. Las casas y los pisos comenzarán a ser más pequeños. Tus horas de trabajo serán más largas, pero tu sueldo decrecerá. Verás menos a tu familia y amigos y encontrarás que pasado el tiempo te importarán menos. Cada día te encontrarás bajando tus estándares de todo: trabajo, comida, relaciones, etc. El trabajo seguro dejará de existir como concepto. Notarás que las casas y pisos encogen. La gente mantendrá la ropa más y más tiempo. Menos gente se casará y mucha menos tendrá hijos. La gente volcará su atención en distracciones y fantasías tecnológicas a la vez que nunca experimentará el mundo real».
En España estamos viendo la degradación de la democracia, con la erosión de la separación de poderes. Y notamos la degradación de autovías y el servicio de RENFE a pesar de que el Estado recauda cada vez más dinero. El precio de la vivienda en el centro de las ciudades se ha vuelto prohibitivo para las personas jóvenes y solteras. Los expertos en márketing dicen que los jóvenes no quieren comprar coches, que ha dejado de ser un bien aspiracional. En realidad su precio se ha disparado comparado con los sueldos. El porcentaje de personas jóvenes sin pareja ha aumentado y la natalidad ha caído en picado. La duda es si esto es un proceso reversible o simplemente una larga y lenta agonía hasta el colapso final.
Confieso que formé parte de esa generación que celebró la llegada de Internet a sus vidas con la esperanza de que nos ayudaría a conectar con otras personas trascendiendo las apariencias. Pensábamos que en un mundo de foros, blogs y chats sólo importaría la inteligencia, los conocimientos y el sentido del humor. Sí, todos soñábamos que una chica especial se enamoraría de nosotros porque en Internet no importaba tu físico ni el dinero que tenías en el banco. Eso no pasó, aunque hice un amigo del que, veinte años después, desconozco su apariencia física. Pero creo que nunca hubiéramos imaginado que Internet se iba a convertir en la causa de que nos sintiéramos tan solos y frustrados.
The New Yorker, 1993
Ahora suena cómico pensarlo, pero recuerdo los ensayos que alertaban sobre la transformación de Internet en un enorme centro comercial por la irrupción de grandes empresas. Hay que recordar que el primer navegador que usé, el Mosaic, fue creado por una organización gubernamental. Siendo el genio que soy anticipando modas y tendencias. no me preocupé porque nunca creí que el comercio electrónico tuviera futuro. Al fin y al cabo, pagar por adelantado en Internet confiando que luego llegaría a tu casa un paquete era algo demasiado arriesgado. También tengo que recordar que fui el genio que después de ver que en Finlandia hasta los adolescentes tenían su teléfono móvil Nokia predije que esa tecnología no despegaría en España porque somos una cultura mediterránea del cara a cara. Pero me desvío.
Al año siguiente de crear mi primer blog en 2003, Tim O’Reilly y Dale Dougherty pusieron de moda el concepto Web 2.0. La idea era que los usuarios de Internet estábamos dejando de ser usuarios pasivos para generar contenido. Algo así ya lo había anticipado Alvin Toffler en su libro La Tercera Ola de 1980, donde proponía el concepto “prosumidor”, un consumidor que gracias a la democratización tecnológica de los aparatos audiovisuales iba a ser capaz de crear contenido. En definitiva, unos y otros hablaban de cómo la democratización de la tecnología ponía en las manos de cualquiera la posibilidad de lanzar un mensaje al mundo. Aquello era absolutamente revolucionario. Lanzar un mensaje al mundo había sido algo sólo al alcance de reyes y presidentes. Y con menos alcance, también para periodistas estrella con programa de gran audiencia o para famosos del espectáculo cuyas palabras eran seguidas por la prensa. Lo que pasó a continuación te sorprenderá.
La democratización tecnológica generó un proceso darwiniano. Todos podíamos lanzar un mensaje al mundo con nuestros blogs, directos en streaming, videoblogs, montajes de vídeo… Se abrieron las puertas para que todo el mundo publicara. Pero no todos tenían algo interesante que decir. El resultado fue una cacofonía de voces. Entre tanto ruido lograba llamar la atención lo estridente, lo provocador y lo llamativo. Y en la soledad anónima de nuestras casas, sin nadie mirando por encima de nuestros hombros, escogimos libremente. El terrible resultado es que terminamos reproduciendo exactamente el mismo panorama que el de los medios tradicionales.
Nuestra queja por la televisión basura de los años 90, cuando sólo existían cinco cadenas en España, se basaba en la idea de que la falta de acceso a alternativas culturas e interesantes hacía a la gente idiota. Internet iba a cambiar eso. Tener en casa una enciclopedia como la Espasa-Calpe o la Británica ya no iba a ser un lujo al alcance de unos pocos privilegiados. Todos teníamos de pronto acceso a la Wikipedia, pero también a cursos de programación e idiomas. Íbamos a salir mejores. Pero terminamos con nuestras elecciones sobre qué ver delante de la pantalla haciendo ricos y famosos a gente que humillaba a mendigos en la calle por las risas o se limitaban al salseo sobre otros personajes del ecosistema de famosos de Internet.
Evidentemente, la democratización tecnológica tuvo sus cosas buenas. Una madre divorciada canadiense subió a Youtube la actuación de su hijo Justin Bieber, que tenía 12 años, en un concurso infantil. Alguien vio el vídeo y le ofreció a la madre un contrato que cambió la vida al chiquillo para siempre. Muchos años después, Lil Nax X, un rapero estadounidense al que no conocía nadie compuso una canción de temática country con las bases rítmicas que un holandés componía en su casa y regalaba en Internet. Cuando la canción se viralizó, el rapero animó a la gente a que le pidiera públicamente a Billie Ray Cyrus que aceptara cantarla con él en un vídeo musical. Y así, podríamos seguir con historias de gente con talento que tuvo una gran carrera gracias a Internet. Pero ese poder de conectar a artistas con su público benefició también a artistas consolidados que no tuvieron que ser esclavos de multinacionales del entretenimiento y pudieron tomar el control de su propia carrera.
Pero hay un aspecto de la democratización tecnológica que resultó especialmente perversa. Cuando todos pasamos a tener una cámara de fotos en el bolsillo la relación con nuestra propia imagen cambió. Yo soy de una generación que una vez superaba la infancia, el número de fotos que le hacían en un año era escaso. Quizás en alguna fiesta o en algún viaje. En mi disco duro apenas tengo escaneadas un puñado de fotos de entre mis 15 y 25 años. Y a partir de ahí empezó la explosión. Recuerdo que le hice más de 1.300 fotos en un solo fin de semana a la que era entonces mi novia tras comprarme mi primera cámara digital, una Casio Exilim P505 Pro.
El cambio en la manera de percibirse de la gente después de la proliferación de las cámaras digitales compactas y los móviles con cámara de alta resolución lo notas en la manera en que las adolescentes y jóvenes posan en las fotos. Yo soy de la generación que cuando una madre decía “Ponte, que te hago una foto” la gente miraba con los brazos caídos a la cámara. Pero cuando hacer fotos se convirtió en algo cotidiano la imagen pública se convirtió en algo fundamental de la identidad personal. Y ahora todas las chicas que parecen aspirar a transmitir una imagen de modelo/influencer, sin importar el status social o profesión.
Imagino todo lo que podrían contar ellas sobre la presión social para encajar en los cánones al uso y la frustración de aquellas que no lo logran, en un mundo donde compararse es tan sencillo. Ya lo explicaban en el documental The Social Dilemma. Pero yo hablo desde el punto de vista de un hombre heterosexual solitario. En el proceso darwiniano por el que las creadoras de contenido pelean por nuestra atención empezaron a emplear su imagen. Y pronto no hubo aspecto de la experiencia humana en el que no hubiera una mujer explotando su físico para captar atención. Me pregunto qué hubiera pensado yo en los tiempos en que descubrí Internet si hubiera sabido que la sexualización del cuerpo iba a ser una baza fundamental hasta para las intelectuales y artistas.
Luna Miguel. Poetisa, modelo y actriz. ¿Pometriz?
Durante una época tenía un juego con un amigo por Telegram. Le mandaba una foto de una chica que lucía un escote llamativo y le preguntaba su profesión. Le ofrecía siempre tres opciones. Algo así como “modelo de OnlyFans”, “influencer de moda y viaje” o su profesión real. Esta última siempre era muy aleatoria. Recuerdo el caso de una pedagoga promocionando su libro sobre crianza responsable. Por supuesto, mi amigo nunca acertaba. Y me reía mucho su sorpresa cuando le desvelaba la verdad. ¿Una chica con vestido negro y collar BDSM? La gata de Schrödinger, divulgadora de ciencia. ¿Dos chicas rumanas de padres canadienses que ejercen un día de e-girl, otro día de influencer y otro aparecen en un programa de citas a ciegas? Pues hablamos de las hermanas Botez, Women FIDE Master en ajedrez.
Hace muchos años se hablaba del “Síndrome de Facebook”, esa sensación de que todo el mundo parecía tener una vida más interesante que la tuya si pasabas demasiado tiempo en aquella red social. Por supuesto que hoy tendríamos que hablar de Instagram y TikTok para explicar el mismo fenómeno. El resultado es que ya no sólo tenemos una pobre percepción de nuestra vida viendo a tanto influencer compartiendo fotos de tostadas de aguacate en un hotel caro Dubai, sino que como hombres heterosexuales estamos siendo bombardeados constantemente por mujeres atractivas luchando por nuestra atención. Fue culpa nuestra porque, desde el solitario anonimato de saber que nadie miraba por encima de nuestro hombro, fuimos nosotros los que alimentamos el algoritmo con nuestras opciones. Por eso ahora me dedico a bloquear en Instagram a influencers.
2025 es el año en que estamos todos solos, dedicando horas a ir pasando con nuestro dedo pulgar publicaciones en redes sociales. Doom scrolling. Viendo mujeres atractivas hablarnos de cualquier cosa. Viendo los viajes, la vida de lujo y la diversión de otros. Ganando un dinero que ya no nos permite tener acceso a vivienda y vehículo como la generación de nuestros padres. Y teniendo que compartir piso o vivir solos en lugares pequeños o feos. Vivimos una distopía.
Yo fui la clase de niño que se sentaba en los años 80 delante de la tele a ver tertulias políticas y culturales sin entender mucho pero convencido de que los que allí hablaban eran muy listos. Recuerdo que mencionaban mucho con orgullo haber luchado contra el Franquismo y haber corrido delante de los «grises«. Muchos años después descubriría en la biografía de los intelectuales destacados de la época que procedían de familias acomodadas y bien posicionadas en el régimen. Aquella rebeldía juvenil era posible porque siempre había un tío o un padre bien conectado que les permitía pasar poco tiempo en el calabozo. Tardé también en caer en la cuenta que cuando alguien contaba con orgullo que había descubierto ciertas vanguardias intelectuales o estéticas haciendo el doctorado en California o París y había vuelto entusiasmado a España cual Prometeo entregando el fuego a los humanos había que tener en cuenta que esa persona pertenecía al sector ultraminoritario de españoles que se podía permitir viajar y estudiar en el extranjero. Pero lo que más recuerdo que me causara impresión era la permanente sensación que me dejaban aquellas tertulias de que había llegado tarde en la vida. Mayo del 68, la lucha antifranquista, la Transición, la psicodelia de los 60, el rock progresivo de los 70… Todo lo interesante en esta vida parecía haber sucedido antes de yo llegar y que justo había coincidido cuando fueron jóvenes los personajes que hablaban en la tele. Ahora es la gente de mi generación la que habla de los maravillosos años 90, cuando todos éramos más jóvenes y más inocentes. Se obvia el machismo, la homofobia y la xenofobia de aquella época para recordar sólo las joyas que han perdurado del cine y de la música. Se insiste en recordar los precios del ocio, la comida y la vivienda para mostrar «lo que hemos perdido». Así que de pronto se han cambiado los papeles y es mi generación la que le transmite a la siguiente el mensaje que llegó demasiado tarde.
Si uno atiende los indicadores económicos de España ciertamente puede concluir que quizás hayamos emprendido un camino de no retorno. El estancamiento de los salarios y la productividad, la caída de la natalidad, el disparo de la deuda, la dependencia de los fondos europeos y del turismo… Tengo pendiente continuar la serie de cosas que están rotas en España, que va camino de ser un país de trabajadores pobres y poco cualificados. Ahí sí que pueden tener motivos las nuevas generaciones para sentir que llegaron tarde, lejos de la época en que un trabajador con un sueldo mantenía familia mientras pagaba la casa y el coche. Pero hay más cosas que perdimos por el camino.
Este fin de semana Sergio Fanjul contaba en El País como el esnobismo cultural estaba desapareciendo, con las élites económicas exhibiendo su disfrute de la cultura popular. Precisamente, recuerdo de aquellas tertulias televisivas de los años 80 como se hablaba con devoción de Renoir, Godard y Trufautt. Y constato que ya no se habla de ese cine que parecía parte de un canon de cine culto que era imperativo conocer y entender. Quizás hemos cambiado esos nombres por Nolan, Villeneuve y Sorrentin. Quizás no tengamos perspectiva histórica para entender que el reggeatón y Taylor Swift se los tragará el tiempo. O quizás no. Y es posible que no volvamos a tener vocalistas como Freddy Mercury, guitarristas como Mark Knopfler o grupos como Prodigy o Rage Against The Machine. A lo mejor nos toca ser los guardianes de las ruinas de un mundo donde la decadencia no sólo será económica.
Cuando era niño una de las dos librerías «de toda la vida» a las que acudía mi familia regalaba un marcapáginas con una cita relacionada con la literatura y los libros. Creo en alguna parte hay todavía algunos guardados de los que no recuerdo qué ponen. Pero mantuve siempre aparte uno con una frase del Premio Nóbel de Literatura griego Odysséas Elýtis (1911-1996): «Escribo para que la muerta no tenga la última palabra».
Comencé a escribir un diario con 16 años y con 28 comencé una sucesión de blogs personales. Siempre he mantenido la necesidad de ordenar las ideas y dejar constancia de ellas en alguna parte. Y en los últimos años mantengo un profundo pesimismo sobre el rumbo del mundo que me hace pensar en dejar constancia de que algunos asistimos preocupados e impotentes ante la deriva del mundo.
Supongo que los que vivieron los años 60 y 70 podrán decir que el mundo ya asistió a la retirada estadounidense de una guerra perdida, a una enorme polarización social, a la aparición de la violencia política en forma de grupos terroristas, a la alianza de la ultraizquierda y grupos árabes radicales, al avance de los enemigos de Occidente en África, Oriente Medio y Asia Central… 14 años después de la caída de Saigón cayó el Muro de Berlín. Quizás veamos un giro inesperado de la Historia.
Soy pesimista simplemente mirando las tendencias demográficas en Europa, que tendrá que elegir entre ser democrática o «multicultural». Y quiero dejar constancia de cómo lo vimos venir.
El otro escribí sobre los orígenes de este blog y de cómo mis anteriores blogs personales respondieron a circunstancias personales diferentes. Este, en cambio, tiene la particularidad de que existido por tanto tiempo, más de doce años, que esas circunstancias han cambiado. Y soy capaz de notar de cómo el «espíritu de los tiempos» ha ido cambiando.
Esta blog nació en un momento muy oscuro de mi vida pero no quería emplearlo para hablar de mí mismo, sino de arquitectura, cine, música, televisión, etcétera. Por el camino fui reflejando mi perplejidad ante asuntos que flotaban en la cultura del momento, lo que me llevó a escribir repetidamente de la nostalgia por épocas pasadas y la fascinación por el retrofuturismo que aparecían reflejados en el mundo del diseño.
2024-2025 will be very, very bad years in a full cycle of getting from worse to worst. Europe will see its worst 20 years with unprecedentedly bad political leadership, huge demographic pressure, disappearing middle class, economies in bad shape, and wars at the peripheries. https://t.co/SKgIU7zetW
Puede que el concepto le resulte extraño a los jóvenes de la Gen-Z que han vivido la pandemia, la segunda invasión rusa de Ucrania y ahora asisten a la posible escalada en Oriente Medio. Pero hubo una época en que el futuro generaba esperanza. Me acuerdo de aquellos monográficos sobre el mundo del futuro de las revistas Geo o Muy Interesante. Me acuerdo del boom de las puntocom, nuestra esperanza puesta en Internet y aquel monográfico de la revista Wired titulado «The Long Boom» que compré en una estación de Alemania en julio de 1997.
NEW: analysis of millions of books published over the centuries suggests western society is shifting away from a culture of progress, and towards one of caution, worry and risk-aversion.
Ahora sólo me apetece hablar de crisis y decadencia. Y no sólo del notorio estancamiento económico de España. Sino de la sensación colectiva de crisis en Occidente. No me atrevo a decir que estamos en la crisis definitiva, ni tengo claro cuál será la solución óptima. Pero parto de la ventaja de que este es un blog anónimo y puedo escribir con total libertad. Y eso ahora mismo es un lujo.
Todo empezó como una broma. Una amiga se dedicaba a publicar fotos de Vládimir Putin en su muro de Facebook exaltando su virilidad. Yo contraataqué desde mi muro poniendo fotos de Nadezhda Tolokónnikova, una de las activistas del colectivo ruso Pussy Riot, que era noticia por su estancia en prisión. Los músculos de Putin vs. la belleza de Nadezhda Tolokónnikova.
Nadya había sido enviada a una prisión en Siberia donde tenía que trabajar largas horas en un taller de costura. Allí era sometida a toda clase de arbitrariedades por parte de las vigilantes de la prisión y a acoso por parte de las presas comunas.
Me dediqué a seguir su caso y aprovechaba cualquier novedad para publicar en mi muro de Facebook una foto suya donde saliera favorecida.
Al final, lo que empezó siendo una broma lo terminé convirtiendo en algo serio. Me leí Words Will Break Cement: The Passion of Pussy Riot de Masha Gessen, teniendo una de mis primeras aproximaciones a la Rusia de Putin. La otra fue Mafia State de Luke Harding. Creo que ambos libros hacen un retrato bastante demoledor del autoritarismo y corrupción de la Rusia de Putin.
Ante la presión internacional y la proximidad de los Juegos Olímpicos de Sochi, que iban a poner la mirada del mundo sobre Rusia, Nadya fue indultada. Empezó entonces el ascenso internacional de Pussy Riot.
Al año siguiente de haber salido de la cárcel, Nadya Tolokónnikova y María Aliójina salieron en la tercera temporada de House of Cards, en aquel entonces el drama político del momento. Empezaría entonces el periplo portadas de revistas, invitaciones a eventos y entrevistas en medios para hablar de Rusia.
Nadezhda Tolokónnikova pasaría por España para presentar «su libro», un producto editorial de consumo rápido, con evento en el Matadero de Madrid. El aterrizaje de Pussy Riot en España coincidiría con la hegemonía del femenismo posmoderno en la izquierda institucional, mientras que el mensaje de denuncia de la Rusia de Putin quedaría en segundo plano.
El problema de Nadya Tolokónnikova y María Aliójina es que según pasaban los años su condición de «disidentes rusas» lejos de Rusia se diluía en Occidente. Y la reconversión al activismo woke occidental suponía disputar la atención mediática con una legión de competidores. En la rancia Rusia ortodoxa sus provocaciones habían logrado notoriedad internacional. En Occidente el listón estaba mucho más alto.
Pussy Riot se había hecho célebre internacionalmente por su detención tras grabar sin permiso dentro de una catedral de Moscú. En realidad, aunque la prensa occidental lo presentaba como tal, no se trataba de un grupo musical. Era un colectivo punk que se movía en el mundillo de las performances. Aún así, Pussy Riot logró notoriedad puntualmente con algún vídeo musical que mostraba su verdadero objetivo: el público ruso. En «Chaika» se denunciaba la corrupción e hipocresía de los altos cargos del putinismo, como era el caso de Yury Chaika, fiscal general de Rusia. Pero «Chaika» estaba más cerca del spoken word que de la música. La voz de Nadya Tolokónnikova no daba para sostener una carrera musical.
Los siguientes años vimos a Nadya Tolokónnikova tratar de labrarse una carrera como artista multimedia en el vago y etéreo mundo del arte posmoderno. La vimos vender merchandising como diseñadora gráfica, hacer sus pinitos como D.J., protagonizar performances… Y hasta embarcarse en aventuras de criptomonedas y NFT vinculadas a iniciativas activistas, lo que quizás podría librarle de la etiqueta vendehumos.
Me ahorraré poner las fotos de la etapa que vino luego. Algunas parecen tomadas tras una noche de borrachera. Otras directamente fueron publicadas para promocionar su perfil de Onlyfans. Nadezhda Tolokónnikova osciló siempre entre su activismo y su vanidad de mujer que recibía atención por su físico.
Habiendo seguido al personaje tantos años sólo puedo sentir simpatía por alguien que fue un amor platónico pero que, tras tocar techo, trata sin ningún talento discernible de sobrevivir con una carrera de influencer explotando su físico siempre con la excusa del empoderamiento feminista. Supongo que eso es lo que todos hacemos, tratar de sobrevivir.
Leí sobre un psicólogo infantil que había contactado con antiguos pacientes décadas después. Les preguntó sobre su infancia y luego contrastó los recuerdos que cada uno albergaba con lo reflejado en el expediente de cada ex-paciente. La mayoría había construido un relato sobre la infancia que no concordaba con las viviencias que expresaron de niños al psicólogo.
Recuerdo demasiado bien mi infancia como para sentir nostalgia. Siempre me pareció más interesante el futuro, la tecnología por venir y la ciencia ficción. Creo que hay algo enfermizo en mirar atrás e idealizar el tiempo que no volverá. De ahí mi insistencia en abordar el tema: «El regreso de los 80: la catarsis de una generación que se está haciendo mayor». Es un recuerdo esterilizado de una España pobre y cutre donde los niños ricos que se podían permitir unas Nike Air eran dioses y los niños «mariquitas» eran monstruos de los que burlase. Me preocupa cuando viene alguien a celebrar que todo tiempo pasado fue mejor.
Uno de los temas recurrentes de este blog durante un tiempo fue la ola de nostalgia retro que invadió el diseño de aparatos tecnológicos, con la fotografía digital a la cabeza. Es como si el futuro hubiera dejado de ser una promesa y el pasado se hubiera convertido en la zona de confort a la que volver. Quizás porque no tengo un recuerdo entrañable de mi infancia, nunca he participado en la fiesta de la nostalgia de los años 80. Acudí hace no mucho a un pase de la película Gremlins y en la tertulia posterior alguien dijo «Estamos recordando los 80 como nunca fueron».
Pero el futuro ha vuelto. Y uno de los responsables es Elon Musk, con sus coches eléctricos con piloto automático y cohetes reutilizables. Hace poco, su empresa SpaceX, alcanzó un hito con el éxito del lanzamiento del cohete FalconHeavy. Imagino que todo el mundo ha visto ya las imágenes de los dos cohetes Falcon aterrizando verticalmente y en paralelo. Pero hay algo especial en ver las imágenes crudas de un testigo ocular con el bramido de los cohetes y su estampido sónico.
Peter Boghossian y James Lindsay han perpetrado un nuevo «Sokal». Redactaron un artículo académico lleno de logorrea posmoderna con citas a obras inexistentes y lo han colado en una revista académica llamada Cogent Social Sciences. El artículo se titula «El pene conceptual como constructo social» y sostiene que el pene no debería entenderse como un órgano anatómico, sino como un constructo social. Exactamente los autores dicen «un constructo social altamente fluido y performativo de género».
Los autores afirman que redactaron los párrafos más absurdos y vacíos posibles para crear un artículo que jamás debió ser publicado por una revista pretendidamente académica. Se contradijeron en el texto a posta, introdujeron expresiones de la jerga post-estructuralista de forma aleatoria y llegaron a culpar al pene «conceptualmente» del cambio climático. Para colmo usaron citas extraídas del «Generador Posmoderno», un algoritmo que genera aleatoriamente textos posmodernos.
Cogent Social Sciences parece ser una de esas revistas académicas cajón de sastre que cobran por publicar. Así que no estamos tanto ante un problema de revistas posmodernas que publican boberías, sino ante prácticas deshonestas. Pero que un artículo así recibiera comentarios positivos de los revisores indica que el mundo académico posmoderno funciona bajo la Ley de Poe. Las parodias son indistinguibles de la realidad.