Creé este blog en uno de los momentos más bajos de mi vida. España se recuperaba de la crisis del 2008 y yo tenía tan poco dinero que más de una vez tuve que pedirle prestado a mi familia porque la cuenta del banco se había quedado en números rojos. En aquel entonces soñaba con las cosas que me compraría el día que volviera a tener dinero: un reloj Casio G-Shock, calzado deportivo Salomon, una cámara de fotos… Pasó tanto tiempo hasta que pude hacerlo que por el camino no paré de darle vueltas a por qué deseaba comprar aquellas cosas. No se trata de bienes de consumo, sino objetos de deseo.
Determinado calzado o determinado reloj no eran sólo herramientas para hacer senderismo o cuantificar la actividad deportiva. Reflejaban estilos de vida y modas. Por ejemplo, durante un tiempo unas gafas de sol Okley, una camisa 5.11 y el calzado Salomon fueron el epítome del tacti-cool «high speed, low drag».
Aquí en este blog le dediqué bastante tiempo a describir cómo el mundo de la fotografía miraba con nostalgia al pasado. No había sido así siempre. Los primeros modelos de cámaras digitales que salieron al mercado eran artefactos que no tenían vinculación estética alguna con las cámaras de carrete. La primera cámara digital que compré con mi dinero, la prodigiosa Casio Exilim P505 Pro, tenía una estructura en «L» y pretendía parecerse más a una cámara de vídeo Hi8 que a una cámara de fotos.
Lo que me llamó la atención durante mi travesía del desierto es que las marcas empezaron a buscar en su propio acervo histórico para sacar al mercados cámaras que parecían o tomaban el nombre de modelos de los años 70 y 80. En la era del Photoshop agresivo y los filtros de Instagram, la fotografía digital había perdido su alma y buscaba redimir sus pecados apelando a la nostalgia de los viejos tiempos en que la fotografía analógica se percibía como mágica.

Creo que la pionera fue Fuji con su modelo X100, que imitaba la estética de las cámaras telemétricas. Va ya por su sexta generación. Olympus rescató el diseño de las cámaras PEN para crear otra cámara digital que de lejos no desentona entre una estantería de cámaras de los años 70.

Luego vendría Nikon con dos modelos que pretendían ser la versión digital de las míticas FM2 y hasta los dueños de la marca comercial Yashica sacaron una cámara compacta que no es más que una carcasa convencional que imita las líneas de una cámara réflex Yashica clásica.
Ahora he descubierto otro fenómeno. Ciertos modelos de cámaras digitales de la última década, especialmente aquellos con líneas clásicas como las Fuji X10/20/30 o la Pentax MX-1 se han revalorizado. De vez en cuando aparece algún influencer contando las virtudes de algún modelo antiguo y podemos leer en los comentarios quejas de cómo su precio se ha disparado en los últimos meses por culpa de la fama recientemente adquirida por el modelo.
Entre las muchas justificaciones de usar cámaras digitales de hace diez años encuentro volver «a tiempos más simples». Y la pregunta que me hago es, ¿en qué momento dejamos de soñar con el futuro? Como ya conté aquí alguna vez, yo crecí atesorando los números monográficos del «mundo del futuro» que de vez en cuando las revistas Muy Interesante o GEO publicaban. Y recuerdo leer libros de la editorial PLESA sobre naves espaciales, robots y ciudades del futuro. No percibo a mi alrededor ese entusiasmo ingenuo por el futuro.
Supongo que cualquiera que me lea dirá que las nuevas generaciones dejaron de soñar cuando entendieron que carecían de las mismas esperanzas que sus padres. Nadie habla con esperanza de comprar una casa o un coche. Todos estamos sobreviviendo como podemos.

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