Siempre con los perdedores

El otro día comprobé que la Blackberry Passport había desaparecido en la FNAC de la Plaza de Callao en Madrid para quedar arrinconada debajo del expositor, a la altura de los pies, donde es difícil que alguien mire. Aparecía con un precio de “oferta” de 500 euros, cuando ya es posible encontrarla por 100 euros menos en Amazon.es

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No voy a contar aquí como esa marca pasó de ser el estándar en los entornos empresariales a convertirse en un fabricante nicho para personas con necesidades muy especiales y frikis incondicionales. La Passport será por mucho tiempo el teléfono ideal para quienes consumimos mucha información en Internet y necesitamos tomar notas constantemente. Ni quiero detenerme en el triste futuro de la empresa, que parece encaminada a comercializar versiones modificadas de teléfonos Alcatel. El meollo del asunto para mí es cómo siempre desarrollo apego por marcas y aparatos que terminan dejados de lado por el gran público. Los netbooks, los libros electrónicos, Pentax y Blackberry cubrían necesidades concretas mías. Alguien una vez me llamó gafe y  cuando me compré una cámara Olympus me predijo el fin de la empresa.

Podríamos quedarnos en la anécdota y pensar que tengo mala suerte. O bien pensar que soy la antipersona media. Si el mercado se  hubiera regido por mis gustos nunca habrían existido ni las tablets ni los smartwatches. Tampoco los  tatuajes se habrían puesto de moda. Pero eso es otra historia. Me parece significativo ser parte de la ultraminoría hasta en lo tecnológico.

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Compra eBook ya

El ezcritor cuenta en su blog la historia de Ángel Alegre, un extremeño que trabajó para Microsoft pero decidió establecerse por su cuenta. Su proyecto se llama Comprar eBook ya. Dice que le reporta 1.500 euros al mes. Pero eso es lo de menos. La cuestión es que ya tengo página web de referencia, junto a Tinta-e, sobre el tema.

Arqueología futura

Conservo arriconado mi Pentium a 120 MHz. y 16 megas de RAM con Windows 95 (300.000 pesetas, comprado en diciembre de 1995). También mi AMD K7 que costó con su pantalla de 17 pulgadas unas 180.000 pesetas en el verano de 2001. También mi cámara réflex analógica autofocus Pentax MZ-50 (45.000 pesetas, comprada en el otoño de 2002).

El Pentium y la Pentax aún funcionan, pero quedaron arrinconados tras la llegada de los cacharros que los sustituyeron. Al menos la Olympus Camedia C150 de 2 megapíxeles y el Sony Dicsman tuvieron una segunda vida en manos de mi hermana cuando me hice con la Casio Exilim Pro 505 (360 euros, comprada en otoño de 2005) y el Creative Muvo C100 (50 euros, comprado en otoño de 2005).

Dice Derrick de Kerckhove en “La piel de la Cultura” (págs. 30-31):

Por otro lado, cuando las tecnologías de consumo finalmente se introducen en nuestras vidas, pueden generar una especie de fetichismo obsesivo en sus usuarios, algo que McLuhan llamó una vez la narcosis de Narciso. En verdad, parecemos desear que nuestras máquinas personales, ya sean un automóvil o un ordenador, estén dotadas de poderes que vayan más allá del uso que nosotros hacemos de ellas. […] Donde otros observadores de los fenómenos culturales habían apelado a las fuerzas de la mercadotecnia, McLuhan vio en este fenómeno un patrón puramente psicológico de identificación narcisista con el poder de nuestros juguetes. Considero esto como una prueba de que estamos realmente convirtiéndonos en cyborgs, y que, así como cada tecnología extiende una de nuestras facultades y transciende nuestras limitaciones físicas, tendemos a adquirir las mejores extensiones de nuestro propio cuerpo. Cuando compramos nuestro equipo de vídeo doméstico, queremos que tenga las mejoras funciones de edición posibles, no porque vayamos a usarlas jamás, sino porque nos sentiríamos minusválidos e inadecuados sin ellas.

Yo me he movido siempre entre la fascinación tecnofetichista de consultar todos los días páginas web de tecnología y la desazón de sentirme un roedor moviendo una rueda que no puede parar. Pienso en las cantidades de dinero que gastamos y que en pocos años terminan acumulando polvo o en la basura. El monitor CRT de 17 pulgadas que compré con el ordenador AMD K7 terminó la semana pasada en un “punto limpio” a pesar de funcionar perfectamente. Era un trasto enorme que ya no iba a encontrar en su sitio en una era de pantallas planas.

¿Realmente amortizamos la tecnología que consumimos de forma personal? Desde que aparecieron los miniportátiles he comprado dos siempre por debajo de los 300 euros aprovechando ofertas. Y de la misma forma que hace ya mucho tiempo que sólo compro ropa y calzado en las rebajas de verano e invierno, no compro tecnología que no esté de rebajas y que sea cara. Creo que no merece la pena gastar grandes cantidades en algo que va estar condenado irremediablemente a acumular polvo. He decidido ir desprendiéndome de mi fascinación tecnológica.