La transparencia de Podemos

Jamás nadie podrá reprochar a Podemos de ser un partido político que escondió sus verdaderas intenciones y su verdadera naturaleza. Cuando Pablo Iglesias empezó a ser popular gracias a la televisión generalista, antes de fundar el partido, fue invitado a dar charlas por todas las esquinas de España. Hubo quién grabó aquellas intervenciones y las subió a YouTube. Algunas incluso que no parecían destinadas al gran público. También contamos con las declaraciones de Pablo Iglesias en el programa La Tuerka y sus editoriales de Fort Apache en el canal iraní HispanTV.

De las declaraciones de aquellos tiempos podemos saber que Pablo Iglesias proponía medidas políticas y económicas para convertir a España en una república bananera. Luego, cuando creó el partido, consideró que se abría una ventana de oportunidad para “asaltar los cielos” y que por tanto el fin justificaba los medios. Su concepción de la política surge de tradiciones antidemocráticas. Así que nada de lo sucedido en los últimos años nos debe extrañar. Ni que la maquinaria del partido pasara por antiguos amigos como una apisonadora o que ahora demuestre lo que le incomoda el periodismo hostil.

Sabiendo todo eso no hay nada que reprocharle a Podemos y sus líderes. El problema me surge con los sorprendidos y desencantados. Recuerdo a un defensor del software libre que acudió a Vistalegre I y contó en su blog con fastidio que allí no se había hablado de la transformación digital de España, sino de la organización de un partido político puro y duro. Mostraba su contrariedad porque allí no había lugar para el asamblearismo del 15-M. Luego, por el camino conocí a personas que me contaban el largo recorrido que les había llevado de la ilusión al desencanto. Se sentían traicionadas y decepcionadas porque nunca esperaron que en un partido político como Podemos funcionaran los liderazgos fuertes y la ambición desmedida. Esas mostraban un pesar hondo por el tiempo, la energía y la ilusión derrochadas. A mí siempre me generó entre sorpresa y sonrojo que creyeran que Podemos era algo diferente a lo que es Podemos.

Es 2005 otra vez

Creé mi primer blog el 29 de febrero de 2004. Fue un año bisiesto. Como 2020. Yo por aquel entonces era un chico de provincias que había llegado a la gran gran capital creyendo que se le iba a abrir un mundo nuevo de posibilidades. Descubrí que las circunstancias podían ser diferentes, pero seguía llevando la misma vida de lobo estepario de siempre, agravada por un nuevo tipo de soledad: la del que lleva una existencia solitaria rodeado permanentemente de gente.

Semanas después tuvo lugar el atentado terrorista del 11-M, el mayor atentado terrorista de la historia de España. Alguien en el gobierno de José María Aznar hizo aquel día un cálculo político. Si el atentado era obra de la banda terrorista vasca ETA, la rabia e indignación de la sociedad española iba a generar un ascenso del sentimiento nacionalista español que se trasladaría en un voto al conservador Partido Popular en las elecciones generales del día 14 de marzo. Si el atentado era obra de una célula terrorista yihadista la sociedad española iba a interpretar el atentado como un acto de venganza por el apoyo del gobierno de Aznar a la invasión estadounidense de Iraq en marzo de 2003 y se iba a generar un sentimiento de indignación que en las urnas se transformaría en un voto de castigo contra el Partido Popular. Por tanto, era necesario que el gobierno transmitiera machaconamente el mensaje hasta la celebración de las elecciones de que la investigación apuntaba a ETA.

En su libro 11-M La Venganza, el periodista Casimiro García-Abadillo, que años más tarde llegaría a ser el director del diario madrileño El Mundo, cuenta que el día de los atentados miembros del partido socialista español (PSOE) se pusieron en contacto con miembros del Partido Demócrata en Estados Unidos, que les contaron su impresión de que en la comunidad de inteligencia estadounidense se consideraba que los atentados del 11-M eran de autoría yihadista. Eso llevó a que desde los medios de comunicaciones afines al PSOE se sembraran dudas sobre la versión oficial. Mi experiencia personal es que los estudiantes Erasmus en contacto con sus familias aquel día o periodistas en contacto con sus pares en lugares como Israel supieron que fuera de España se daba por hecho de que se trataba de un atentado de carácter yihadista.

La tarde del sábado 13 de marzo, en vísperas de las elecciones, se supo de las primeras detenciones que apuntaban a la pista yihadista. La sensación de indignación por lo que se percibía había sido una maniobra de desinformación del gobierno llevó a manifestaciones frente a las sedes del Partido Popular. En las elecciones generales celebradas el día siguiente ganó el PSOE, a pesar de que las encuestas anteriores a las elecciones daban como ganador al Partido Popular. Los acontecimientos sucedidos entre los atentados del 11-M y las elecciones del 14-M dieron la vuelta a las elecciones.

Cualquier persona que no simpatizara con el gobierno del Partido Popular en 2004 puede contar su experiencia personal de aquellos días. Mi padre siempre recuerda cómo un ministro del gobierno de José María Aznar llamó “miserables” a todos aquellos que dudaran de la versión oficial. Para todos nosotros, la gestión informativa de los atentados fue la clave. La sensación de que el gobierno mintió a propósito generó una ola de indignación que llevó al gesto inaudito de manifestaciones el día antes de las elecciones, en lo que en España se considera “jornada de reflexión” y están prohibidos los actos políticos.

Los simpatizantes del gobierno del Partido Popular tienen un recuerdo totalmente diferente. Y ese recuerdo fue moldeado por la reinterpretación que hicieron los medios conservadores de la derrota electoral, que les pilló por sorpresa. Durante los siguientes meses fueron reconstruyendo los hechos. El gobierno no mintió sobre la autoría de los atentados. En realidad fue engañado por altos mando de la policía, muchos de los cuales habían hecho su carrera durante el anterior gobierno socialista (que estuvo en el poder hasta 1996). Los atentados parecían hechos por un grupo de terroristas yihadistas, pero en realidad había sido organizados por la banda terrorista vasca ETA en un plan preparado con el PSOE y con la participación de los servicios secretos marroquíes para introducir dos capas de pistas falsas: una primera que apuntaba erróneamente a ETA para engañar a los investigadores durante las primeras 72 horas y una segunda que apuntara a una célula yihadista que actuara de cabeza de turco. A cambio de los servicios de ETA, el nuevo gobierno del PSOE le concedería la independencia al País Vasco.

Pedro J. Ramírez, director entonces del diario El Mundo, abrazando las teorías de la conspiración del 11-M. Foto vía LosGenoveses.net

Sobra decir que las teorías de la conspiración del 11-M eran un disparate. Pero eso no fue obstáculo para que dos medios les dedicaran bastante espacio: el diario madrileño El Mundo y el diario on-line Libertad Digital. Las teorías de la conspiración partían del desconocimiento que la sociedad española tenía entonces del fenómeno terrorista yihadista y planteaban que el 11-M era un atentado sospechoso porque en él no habían participado terroristas suicidas, no había una conexión directa con el núcleo duro de Al Qaeda y porque miembros de la célula se movían en el mundo del trapicheo de drogas y la pequeña delincuencia. Su única referencia era entonces los atentados del 11-S. En los años posteriores se demostraría que precisamente el patrón más habitual de la yihad europea eran los elementos vistos el 11-M. En el fondo, las teorías de la conspiración partían de una perspectiva racista en la que se consideraba difícil de creer que unos “moritos” hubieran cometido el mayor atentado de la historia de España durante un gobierno del infalible Partido Popular.

José María Aznar disfrazado del Cid Campeador.

Años después me encontré con algún amigo que defendía vehemente que “algo” raro había pasado el 11-M. Era incapaz de asumir que el gobierno de José María Aznar se había equivocado y había mentido, o al menos se había creído sus propias mentiras. El Partido Popular terminaría por asumir las teorías de la conspiración y haría preguntas al gobierno en el Parlamento al respecto. Esto dio esperanzas a los defensores de las teorías de la conspiración esperaban que la llegada al poder del Partido Popular arrojaría luz sobre los acontecimientos del 11-M. Sobra decir, que cuando Mariano Rajoy, elegido por José María Aznar mediante el dedazo como su sucesor al frente del Partido Popular, llegó al poder en 2011 de las teorías de la conspiración del 11-M nunca más se supo.

A pesar del vuelco electoral del 14-M, el PSOE no alcanzó la mayoría absoluta. Requirió del apoyo electoral de Izquierda Unida, la coalición de partidos liderada por el Partido Comunista Español (PCE). La prensa de derechas se refirió a aquel gobierno como “social-comunista”. Teniendo en cuenta que España había entrado en la moneda única europea, los márgenes de actuación en materia económica de aquel gobierno no fueron muy amplios. Así que sus medidas estrellas entraron en el terreno de lo simbólico, como la Ley de Memoria Histórica, el matrimonio igualitario y las negociaciones con la banda terrorista ETA, muy debilitada.

A ojos de la derecha conservadora, el nuevo gobierno pretendía destruir España, rindiéndose ante el terrorismo separatista, además de pretender romper la familia tradicional. Se convocaron grandes manifestaciones en el centro de Madrid, con movilización de autobuses desde todas las esquinas de España para hacer bulto. Los defensores de las teorías de la conspiración se sumaron a aquellas manifestaciones. Recuerdo el comentario de uno de ellos que soñaba que al final de la manifestación el presidente del gobierno tuviera que abandonar Madrid en helicóptero, en referencia a la dimisión del presidente argentino De la Rúa, en plena crisis económica y social del país, que abandonó la Casa Rosada en un helicóptero de la fuerza aérea. También recuerdo a cierto comentarista político preguntando dónde estaba el ejército en un momento crucial de España como aquel.

La teoría de la conspiración del 11-M tenía serias implicaciones políticas. El gobierno del PSOE había negociado con dos enemigos tradicionales de España, Marruecos y la banda terrorista ETA, para cometer el mayor atentando terrorista de la historia de España y llegar al poder. Por tanto, era un gobierno ilegítimo ante el que cualquier medida era lícita para desalojarlo del poder. Yo, que pasaba buena parte del tiempo pendiente de Internet, sentía que el clima político en España se había hecho irrespirable. Por aquel entonces yo mantenía el Lobo Estepario como nombre de guerra en Internet y procuraba que no hubiera foto alguna de mi cara. Me preocupaba permanecer anónimo. Llevó tiempo darme cuenta que el ambiente guerracivilista que se vivía en Internet no se trasladaba a la calle.

En aquel tiempo las redes sociales no habían despegado como fenómeno en Internet. La forma de comunicación más popular era MSN Messenger y era el tiempo del ascenso de los blogs. La derecha conservadora, jugando a la contra, parecía mejor organizada. Contaba con portales como RedLiberal.com, que servía de paraguas para un amplio espectro de la derecha española. Y es que en España “liberal” se convirtió en un eufemismo para definir cualquier forma de derecha ante el desprestigio de términos como “conservador”. El periodista Fernando Berlín retrató aquel panorama en un artículo célebre, “La Red de pensamiento agitativo en Internet“, que el diario madrileño El País publicó en septiembre de 2004.

Después de las manifestaciones de este fin de semana, volvemos a lo mismo. A la derecha manifestándose contra un gobierno social-comunista, enemigo de la democracia y la libertad, que esta vez es responsable de miles de muertos por la gestión de la pandemia del coronavirus. Y por tanto cualquier medio es legítimo para echarlo del poder. A la agitación en Internet. Al ambiente político irrespirable. A las guerras culturales. Vuelta a empezar. Un buen momento para retomar el blog.

Y Pablo Iglesias acabó con Podemos


Nadie puede acusar a Pablo Iglesias de haber ascendido de tertuliano televisivo a líder político manteniendo una agenda política oculta. En eso fue siempre sincero y directo. Él siempre expresó su intención de convertir a España en una república bananera. Y lo dejó bien claro para quien se molestó en escuchar sus conferencias en universidades españolas y fiestas políticas antes de fundar Podemos. También puso sobre la mesa su estrategia. Se trababa de montar un catch all party que apelara al votante cabreado y asqueado con la política española. Por tanto, había que renunciar al lenguaje y a los símbolos de izquierda para poder captar votos entre las señoras mayores que van a misa y los obreros que se ofenden cuando insultan a la nación española. Incluso renunció al discurso antimilitar y al A.C.A.B., argumentando que ahí había una masa enorme de funcionarios cuyo voto había que conquistar.

Tampoco ocultó su estrategia mediática. Se trataba de acudir a cada tertulia televisiva con la preparación de quien va a disputar una pelea por el título de los pesos pesados. Se encerraba con sus colaboradores, que le preparaban dosieres con los temas y luego actuaban de sparrings para entrenar respuestas. “La cuestión no es si un diputado de mi partido ha sido detenido tras violar a un niño refugiado sirio en su coche oficial, donde guardaba tres linces ibéricos muertos en el maletero, o no. Aquí de lo que tenemos que hablar es de que hay millones de españoles que no llegan a fin de mes por culpa de las políticas neoliberales del PP y PSOE…” Enfrente tenía a periodistas acostumbrados a que las tertulias televisivas fueran el partido de fútbol de solteros contra casados. Y, claro está, Pablo Iglesias brillaba dando voz al español cabreado.

La idea de Podemos era aprovechar la ventana de oportunidad que había creado la crisis. Pero esa ventana, no lo sabíamos, tenía fecha de caducidad más temprana de lo prevista. Los indicadores macroeconómicos empezaron a recuperarse y, al tiempo, los centros comerciales volvieron a estar llenos, si nos atenemos a lo complicado que se ha vuelto encontrar últimamente aparcamiento en el Carrefour y el Ikea. Pero sobre todo, el problema es que el hechizo se rompió tan pronto Podemos pisó escaño y moqueta.

El partido del chico cabreado que prometía poner todo patas arribas dejó de ser una promesa abierta a la imaginación para ser una realidad.  Y la frescura de los novatos en política se convirtió en majaderías de quien da más importancia al gesto que al trabajo hecho. Para colmo, Podemos resultó ser una partido de lo más convencional, con su aparato al servicio del líder para aplastar a los disidentes. Una cosa, en definitiva, muy aburrida. Entonces, ya no hizo falta seguir fingiendo. Resulta que dejaron de ser transversales y fagocitaron a Izquierda Unida para ocupar su lugar en el panorama político español: el eterno tercer partido, siempre en la oposición.

Transición

Hace muchos años caí en la cuenta que guardaba un primer recuerdo televisivo de algo que sólo pude identificar como la guerra civil libanesa. Quizás en mi memoria guardé imágenes de una película o simplemente se tratase de un falso recuerdo. Recuerdo que un día llegué a casa y mi madre me explicó que había sucedido un intento de golpe de estado. Tardé años en comprender que ello significaba algo más que unos hombres uniformados entrando con armas en el Congreso.

Mi primer recuerdo de un acontecimiento del que fui plenamente consciente de su calibre histórico fue la caída del Muro de Berlín. Sucedió en mi primer año de secundaria. El fin de la Guerra Fría provocó también el fin de las guerras civiles en América Latina y la llegada de la democracia a un buen número de países. Recuerdo que a partir de entonces se sucedieron los desfiles de nuevos jefes de estado y gobierno de países ahora democráticos de visita por España. Los medios de comunicación resaltaban sus discursos alabando el ejemplo que suponía España y su joven democracia, producto de una Transición modélica. Y yo adolescente inocente e ignorante me sentía orgulloso.

Durante años encontré sólo a un puñado, de los que para mí era radicales cascarrabias, que criticaban la sacrosanta Transición Española. ¿Qué esperaban aquellos chiflados para colmar sus sueños? ¿Que España se hubiera convertido en una República Democrática Popular vinculada al Pacto de Varsovia?

Tardé años en comprender. Las revoluciones suceden cuando parte de la propia maquinaria del poder se convence de que no merece la pena sostener por más tiempo el status quo. Las revoluciones triunfan cuando un dictador descuelga el teléfono y el general al otro lado se niega a sacar sus tanques para aplastar manifestaciones. Lo que no suelen contar los libros de historia escritos por los victoriosos revolucionarios son las negociaciones previas que puedan quitar mérito a la gesta de derrocar a Ceauşescu o Milošević.

En el caso español el asunto no llegó ni a la categoría de revolución. Se trató de una demolición controlada de las viejas estructuras en la que la izquierda aceptó como precio del advenimiento de la democracia olvidar las violaciones de los derechos humanos cometidas durante casi cuarenta años y respetar las fortunas amasadas al amparo del poder político. Se respetó la decisión del dictador de colocar como su sucesor en la jefatura del estado a un monarca con el que además se saltaba el orden dinástico. Quizás la vergüenza de este pecado original llevó a la instauración de un tabú consensuado sobre la institución de la monarquía que llega hasta hoy en España.

La muerte del dictador tuvo lugar en 1975, dos años después de la primera gran crisis económica mundial tras la Segunda Guerra Mundial. La Constitución fue sometida a referéndum a finales de 1978, que antecedió a la segunda crisis económica de la década y que dio pie a la revolución conservadora que aupó a Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Reino Unido. España que pretendía, según el preámbulo de la Constitución, constituirse en un Estado Democrático, Social y de Derecho inaguró con la Transición una democracia y un Estado del Bienestar limitados.

Podría pensarse que si la derecha democrática era la heredera política del régimen al menos el paso del tiempo produciría la deseable transformación. El cambio generacional se produjo efectivamente. Cuando en 1996 el Partido Popular llegó al poder las carteras ministeriales fueron ocupadas por los hijos, sobrinos y nietos de grandes figuras políticas de la dictadura.

Absurdamente España se dedicó durante años a dar lecciones de democracia a los países de Europa del Este y del Cono Sur. Tuvieron que pasar treinta años de la muerte del dictador para que hubiera voluntad de buscar a los miles de españoles ejecutados y enterrados en cualquier parte para devolver los restos a su familia. Estos días, sin ir más lejos

España y sus ciudades feas

Una de las cosas que me llamó la atención cuando pisé los países del norte de Europa era lo apetecible que se hacía vivir allí por una mera cuestión estética. Ciudades más humanas, con más zonas verdes, con carril bici y con edificios coquetos. Al volver, no cuesta imaginárselo, una sensación de shock.

Jose Paya Zaforteza se pregunta en Arte y Artificios “¿por qué nuestras ciudades son feas”?.

España imperio

El otro día hablé de cómo a los nacionalistas españoles ante la mínima muestra de una identidad propia o autonomía política en alguna región del país se les escapa un montón de exabruptos. Lo que era una apreciación muy personal ha quedado de manifiesto de forma pública y notoria con las elecciones andaluzas.

Vía el Embajador en el Infierno (ya dije que me interesan los heterodoxos) he llegado a este análisis casi antropológico de por qué el Partido Popular no se come un colín allí.

O mía o de nadie

En una de esas visitas nocturnas a la nevera en la que haces una pausa en el ordenador, terminé viendo una tertulia de Intereconomía. Mientras me comía un yogur hablaban de una región española periférica de cuyo nombre no quiero acordarme. Los tertulianos hablaban con condescendencia y un tanto de desprecio a la gente de aquel lugar desde el nacionalismo español. Eso es algo que nunca he entendido. Los nacionalistas españoles no tienen un discurso sobre la fraternidad hacia todos los españoles mientras simplemente critican a los nacionalistas periféricos. Su nacionalismo es de corte “imperialista”. España es la Meseta y el resto, “tierra conquistada”. Sorprende el desprecio que profesan al que no habla en castellano mesetario. Cualquier manifestación cultural particular es un bárbaro atavismo. Cuando se discute sobre la independencia de Cataluña proponen responder a tal eventualidad con un boicot a los productos catalanes y el veto a la entrada como estado miembro de la Unión Europea. El nacionalismo es una patalogía de hombre maltratador.

El 15-M ya pasó

Afirma Jorge Galindo en su blog de Politikon.es que el 15-M “fue un instante”.

En un momento dado, la sociedad española estaba muy cabreada. Este cabreo se identificó con una serie de objetivos difusos relacionados con “cambiar el sistema”, y tuvieron su expresión en una manifestación que tuvo lugar el 15 de mayo y a la que fue no demasiada gente, pero tampoco poca. Durante la siguiente semana, se materializó el enemigo (la Junta Electoral Central y por extensión todo el sistema de partidos) y el flujo de información (la extraordinaria atención de los medios de comunicación). En base a esto se construyó la “comunión identitaria”, ese momento en el cual todos los ciudadanos estaban de acuerdo hasta el punto de movilizarse también, y coger su periódico del sábado, su carrito de bebé e ir a “pasear” por la plaza.

Sin una estructura estable, a medio plazo se vio que conseguir recursos de cualquier tipo y poder gestionarlos se hacía difícil. Como resultado, “15M” pasó a ser una etiqueta que los medios utilizaban para referirse a cualquier tipo de movilización que tuviese un cierto aroma de izquierda o alternativa al sistema, igual que “indignado” se convirtió en un sinónimo de “manifestante”. Mientras, las personas aún movilizadas utilizaban “15M” como forma de reafirmar su identidad, pero se puede apreciar cómo la marca ha ido perdiendo presencia y se ha erosionado, solo resurgiendo cuando el enemigo, normalmente personificado por acciones policiales, entraba en escena

Su conclusión es que los próximos recortes del gobierno del Partido Popular, la aparición de un nuevo antagonista, posiblemente llevarán a una fase de movilización ciudadana. Yo también sospecho de una “primavera caliente” en España. Pero todo aquello de cambiar España ha quedado en nada.