En la época que me descargaba archivos MP3 en aplicaciones como Napster y eDonkey no era raro ver piezas de música mal identificadas. Recuerdo, por ejemplo, ver un archivo titulado «Wagner – Carmina Burana.mp3». Un día, tras descargarme un archivo de Les Luthiers me encontré con alguien totalmente diferente. Era un humorista argentino que hablaba como una ametralladora y soltaba muchos tacos. No sé cómo averigüé su nombre. Puede que la información estuviera en los metadatos del archivo o puede que lo averiguara buscando más tarde en Internet. En cualquier caso me gustó y me convertí fan de Enrique Pinti. En uno de sus monólogos explicaba cómo se fue Argentina a la mierda: poco a poco. Y lo asimilaba al envejecimiento. Entonces contaba el desagradable e imparable deterioro del cuerpo. La conclusión es que no había una causa única. No había un día puntual en que se pudiera señalar como el comienzo del declive. Todo era una sucesión de achaques y dolencias que iban degradando tu cuerpo.
Allá por 2013 un usuario de 4chan explicó su visión de cómo llegaría la decadencia de Estados Unidos.
«Notarás que cada día las cosas simples se vuelven un poquito más caras. Las casas y los pisos comenzarán a ser más pequeños. Tus horas de trabajo serán más largas, pero tu sueldo decrecerá. Verás menos a tu familia y amigos y encontrarás que pasado el tiempo te importarán menos. Cada día te encontrarás bajando tus estándares de todo: trabajo, comida, relaciones, etc. El trabajo seguro dejará de existir como concepto. Notarás que las casas y pisos encogen. La gente mantendrá la ropa más y más tiempo. Menos gente se casará y mucha menos tendrá hijos. La gente volcará su atención en distracciones y fantasías tecnológicas a la vez que nunca experimentará el mundo real».
En España estamos viendo la degradación de la democracia, con la erosión de la separación de poderes. Y notamos la degradación de autovías y el servicio de RENFE a pesar de que el Estado recauda cada vez más dinero. El precio de la vivienda en el centro de las ciudades se ha vuelto prohibitivo para las personas jóvenes y solteras. Los expertos en márketing dicen que los jóvenes no quieren comprar coches, que ha dejado de ser un bien aspiracional. En realidad su precio se ha disparado comparado con los sueldos. El porcentaje de personas jóvenes sin pareja ha aumentado y la natalidad ha caído en picado. La duda es si esto es un proceso reversible o simplemente una larga y lenta agonía hasta el colapso final.
A finales de 2006 empecé a encontrar noticias sueltas y aparentemente inconexas que me hicieron pensar que se avecinaba una crisis económica en España. «Se va a desplomar el mercado inmobiliario» dije un día. Un jubilado, que había trabajado en un gran banco, me oyó decirlo y me soltó «¿Cuándo se ha visto que los pisos bajen de precio?». No le respondí. Pero en aquel entonces hubiera apostado mis magros conocimientos universitarios de Economía y Demografía contra sus experiencia de décadas en el sector bancario. Hubiera ganado.
Digan lo que digan los antifranquistas orgánicos el dictador demostró algo de mano izquierda ofreciendo a la clase obrera los sueños del Seat 600 y el «pisito», como tantas placas con el yugo y las flechas atestiguan. Así nació una clase trabajadora ciertamente conservadora que hoy ríe las gracias a Federico Jiménez Losantos mientras que la cara pública del «progresismo» en España son profesionales liberales y artistas de un estrato socioeconómico superior. Algo no tan distinto a la situación de EE.UU.
Los hijos de todos aquellos funcionarios, trabajadores de empresas públicas, obreros del INI y pequeños empresarios recibieron dos grandes consignas: Tenían que sacarse un título universitario para «ser alguien en la vida» y comprarse una casa «que de verdad sea tuya». Siguiendo estas consignas la generación del «baby boom» español abarrotaron las universidades españolas a partir de la segunda mitad de los años 80. Cuando salieron al mercado laboral de una España globalizada que perdía el tren de la sociedad postindustrial y se llenaba de inmigrantes la pirámide salarial se hundió. El título universitario, algo accesible sólo a una minoría elitista en los 70, ya no era la puerta a un trabajo para toda la vida. Llegó el famoso «mileurismo» y la precariedad hasta en profesiones como la de ingenerio de telecomunicaciones y arquitecto, empujando a cientos de miles de licenciados a trabajar en cualquier cosa.
En este panorama, curiosamente, la consigna de comprarse el «pisito» fue seguida a rajatabla sin reparar en las circunstancias del mercado laboral, financiero e inmobiliario. Aparecieron así las hipotecas a 50 años. Podríamos pensar que al menos la coyuntura llevó a muchos a tomar la decisión de comprar una casa con todas las preocupaciones. Pero hubo quienes ni estudiaron la letra pequeña. Todos son ahora pobres víctimas.
Sería divertido reunir ahora las frases dichas entonces por miles y miles de parejas. Incluso por solteros que recibieron «una mano» de sus padres. «Es una inversión». «Si esperas a que sea una buen momento te puedes pasar toda la vida». «Si lo piensas nunca lo harás». «Al menos así tengo algo que es realmente mío». «Es algo para lo que hacen falta dos sueldos pero no me voy a quedar a esperar a la persona adecuada«. «Si lo miras bien está lejísimos de todo pero es un sitio con mucho futuro«
Tengo la sensación de que la mayoría de la gente no entiende cómo funciona el sistema de pensiones. La idea generalizada es que el gobierno toma dinero de tu sueldo para meterlo en una cuenta, hacerlo crecer y devolvértelo años más tarde en forma de pensión. Recuerdo alguna manifestación de jubilados cabreados en países como Argentina gritando “¿dónde está mi dinero?”. La realidad es que las pensiones no funcionan como un fondo de inversión, sino que es pacto intergeneracional en el que los trabajadores de hoy le pagan la jubilación a los trabajadores de ayer y la educación a los trabajadores del mañana. Para que el sistema funcione la gente tiene que morirse tarde o temprano y nuevos trabajadores entrar en el mercado laboral.
El sistema funcionó perfectamente en la era en que la esperanza de vida sólo superaba la edad de jubilación en una década y Occidente vivió el despegue económico después de la Segunda Guerra Mundial. Era la época previa a la globalización y la sociedad de la información en que un obrero o un oficinista mantenía a su familia, pagaba la casa y tenía un coche. El mundo cambió y ahora en España el sistema está roto.
Pirámide de población de España a enero de 2022. Fuente: INE.
Tenemos una de las mayores esperanzas de vida del mundo. Cosas del clima, la alimentación, las redes familiares y un sistema sanitario público bastante bueno manteniendo a la gente viva. Eso significa que hay que pagarle la jubilación a la gente por más tiempo. Y a la vuelta de la esquina habrá que pagar la jubilación a los hijos del boom demográfico de los 60 y 70. Para colmo, la tasa de natalidad española llevo décadas por los suelos. Es un fenómeno generalizado en el mundo desarrollado. Pero podríamos pensar que al menos eso significa que los jóvenes que se incorporan al mercado laboral tienen menos competencia que mi generación y se colocan más fácil. Pues no. España es el país de Europa con el mayor porcentaje de jóvenes en paro.
Hoy en día, la mitad de los presupuestos generales del Estado en España se van en pagar pensiones y deuda. Y no sólo no tenemos un debate nacional sobre el inviable futuro de las pensiones, sino que recientemente el gobierno anunció que iba a mejorarlas. La verdad es que gobierno tras gobierno ha procurado mantener el poder adquisitivo de los jubilados a pesar de que se disparara la inflación o las sucesivas crisis económicas. No sé si hay algún estudio que compruebe si son efectivamente una masa de votantes disciplinados que acuden a cada cita electoral frente al pasotismo de los jóvenes generalmente apáticos y despolitizados. Pero parece que los políticos en España legislan para tener contentos a los jubilados mientras los jóvenes son abandonados al borde del camino.
Un día escuché en televisión a Teresa Rodríguez decir que proponer políticas natalistas era machista y que la solución pasaba por introducir más inmigrantes en España. Me hizo gracia el argumento porque me quedé pensando si eso significaba traer en un futuro lejano más inmigrantes para pagar la pensión de los que vengan en un futuro cercano. Más inmigrantes para para pagar la pensión de los inmigrantes que vinieron a pagar la pensión de los españoles. Y así hasta el infinito.
El problema no es exclusivo de España. Pero España es un caso particular porque lleva cuarto de siglo estancada económicamente. Algo de lo que habrá que hablar otro día. Pero me sorprende y alarma que los problemas estructurales del país (demografía, energía, industria…) no estén en el centro del debate y sí lo esté el separatismo de las regiones más ricas y la “batalla cultural”. Y estoy seguro que el día que algún político asuma el problema y decida recortar las pensiones y retrasar la edad de jubilación nos dirán que es un malvado neoliberal que quiere explotar a los trabajadores y odia a los abuelitos.
Parece que el gobierno español quiere lanzar una iniciativa para que los menores de edad no puedan tener acceso a la pornografía en Internet. No he visto que se hayan dado suficientes detalles cómo para entender cómo van a poner en marcha la medida, pero me genera mucha curiosidad cómo van a intentar algo tan complicado.
Lo primero que hace falta para regular la pornografía es definir qué es la pornografía. Parece un asunto sencillo hasta que intentamos ponerlo en papel para diseñar una ley o un algoritmo. Hay una anécdota famosa de un juez estadounidense que dijo algo así como «no soy capaz de definir la pornografía pero sé cuándo la tengo delante». Y ahí encontramos el primer problema. Mientras las imágenes explícitas con primeros planos de los genitales de una persona dándose placer o dos personas manteniendo relaciones sexuales son claramente fáciles de identificar como pornografía, hay una enrome zona gris donde veremos polémica y debate.
El siguiente problema va a estar en cómo establecer la regulación. Porque aquí no hablamos de establecer un control físico. Por ejemplo, salas de cine «X» o prostíbulos, donde se pueda impedir la entrada a menores y exigir el D.N.I. a la entrada. Hablamos de Internet. Con empresas registradas en paraísos fiscales y servidores ubicados en países exóticos. La ley se aplicará en España pero la pornografía en Internet es global.
Yo he encontrado páginas webs que impiden el acceso a usuarios europeos porque no quieren líos con la obligación de informar sobre las «cookies». Así que cuesta creer que todas las empresas dedicadas a la pornografía en el mundo vayan a adaptar su página web al sistema de identificación de usuario español, por lo que al final la responsabilidad va a recaer en los proveedores de Internet español. Y ahí está el meollo del asunto.
Va a ser más fácil para el gobierno español obligar a Telefónica, Vodafone, Orange, Jazztel y resto de empresas a que introduzcan un sistema de filtrado de pornografía, ya que suponen el cuello de botella en la navegación, que tratar de convencer a los grandes proveedores de pornografía que introduzcan cambios en sus servidores. Esto obligará a esas empresas a crear un sistema de filtrado que les permita detectar la pornografía. Pero eso nos remite al comienzo de nuestros problemas. ¿Cómo crear un algoritmo que detecte la pornografía y la filtre? Seguro que alguien va a invocar las ventajas de la Inteligencia Artificial.
Y llegamos al último problema. Supongamos que las empresas de telecomunicaciones españolas desarrollan un sofisticado algoritmo capaz de detectar con una fiabilidad superior al 95% contenido que todos estaríamos de acuerdo que es pornografía. Para acceder a ese contenido restringido, el usuario tendrá que hacer uso de su D.N.I electrónico para validar que es mayor de edad. Eso supondría que vamos a vivir en un país donde va a haber registros electrónicos de consumo de pornografía asociados a un número del Documento Nacional de Identidad.
No sé cuántos activistas libertarios van a dar la cara para evitar una ley así. Seguro que veremos argumentos del tipo «Perro Sánchez quiere saber qué ves en tu ordenador por las noches». Y seguro que pasado el tiempo veremos titulares del tipo «Un fallo informático permite acceder a las bases de datos de consumo de pornografía de los clientes de Vodafone en España».
El proyecto tiene tantos dilemas, dificultades y elementos de distopía ciberpunk que va ser interesante seguir el debate público y su recorrido parlamentario.
Descubrí al humorista argentino Enrique Pinti de pura casualidad. Alguien tituló mal un archivo .mp3, atribuyendo uno de sus monólogos de humor al grupo Les Luthiers en aquellos tiempos de descargas de archivos compartidos en Internet. No recuerdo cómo, averigüé quién era el artista que tanta gracia me hizo y entonces me hice muy fan.
En uno de sus monólogos explicaba cómo se fue Argentina a la mierda: “de a poco”. Y ahí, Enrique Pinti pasaba a relatar el deterioro físico de una persona que se hace mayor. Una larga y lenta decrepitud física que él comparaba con la decadencia de Argentina. No hubo un solo acontecimiento responsable. Fue una sucesión de pasos en el tiempo, algunos triviales.
Me he acordado muchas veces de ese monólogo ante los acontecimientos de España. Es posible que el país entró en un inevitable camino de decadencia y los historiadores del futuro no serán capaces de determinar el momento exacto en que España se fue a la mierda. Lo fácil sería prestar atención a la crisis financiera de 2008 y el proceso soberanista que llevó a la crisis de 2017. Pero de fondo tenemos los indicadores de deuda pública, el alto paro juvenil, la baja productividad, la desindustrialización y el invierno demográfico… Un país estancado económicamente cuyas empresas estratégicas están en manos extranjeras y que es irrelevante en la arena internacional.
🇪🇸España y 🇬🇷Grecia son los únicos países de la 🇪🇺Unión Europea que han perdido poder adquisitivo desde el año 2001.
🔺En concreto, los salarios en España han crecido un 48% en 20 años pero los precios han subido un 50%. pic.twitter.com/hBLWzZjVtN
No creo que merezca la pena pararme a comentar los últimos acontecimientos en España. Hemos ido saltando de acontecimiento en acontecimiento que en un país normal hubiera hecho salir a la gente a la calle. Pero España es un país con un bajo nivel de afiliación a partidos políticos, sindicatos, asociaciones… Eso que se llama “sociedad civil”. Recuerdo un artículo de despedida del corresponsal de Financial Times de turno contando cómo en España la crisis financiera de 2008 no había disparado ni los delitos ni empeorado el carácter de la gente. España seguía siendo un país de gente tranquila y amable. Y en aquel entonces yo mismo me dije que precisamente la falta de una respuesta iracunda de la gente era un síntoma del país que teníamos y la causa de la falta de transformaciones estructurales.
Ahora tenemos una colección de ultraderechistas y personajes ridículos haciendo ruido en las calles de Madrid, lo que ha permitido a los medios y a mucha gente en redes sociales hacer bromas y despreciar el sentido de las protestas. Quizás lo que tenga que suceder sólo será un paso más de cómo España se fue a la mierda. De a poco. Y yo me pregunto en cada uno de esos pasos si a lo mejor España ni siquiera se merece un lamento. Que debemos asumir que el declive es inexorable y que se merece todo lo malo que le pase.
Jamás nadie podrá reprochar a Podemos de ser un partido político que escondió sus verdaderas intenciones y su verdadera naturaleza. Cuando Pablo Iglesias empezó a ser popular gracias a la televisión generalista, antes de fundar el partido, fue invitado a dar charlas por todas las esquinas de España. Hubo quién grabó aquellas intervenciones y las subió a YouTube. Algunas incluso que no parecían destinadas al gran público. También contamos con las declaraciones de Pablo Iglesias en el programa La Tuerka y sus editoriales de Fort Apache en el canal iraní HispanTV.
De las declaraciones de aquellos tiempos podemos saber que Pablo Iglesias proponía medidas políticas y económicas para convertir a España en una república bananera. Luego, cuando creó el partido, consideró que se abría una ventana de oportunidad para «asaltar los cielos» y que por tanto el fin justificaba los medios. Su concepción de la política surge de tradiciones antidemocráticas. Así que nada de lo sucedido en los últimos años nos debe extrañar. Ni que la maquinaria del partido pasara por antiguos amigos como una apisonadora o que ahora demuestre lo que le incomoda el periodismo hostil.
Sabiendo todo eso no hay nada que reprocharle a Podemos y sus líderes. El problema me surge con los sorprendidos y desencantados. Recuerdo a un defensor del software libre que acudió a Vistalegre I y contó en su blog con fastidio que allí no se había hablado de la transformación digital de España, sino de la organización de un partido político puro y duro. Mostraba su contrariedad porque allí no había lugar para el asamblearismo del 15-M. Luego, por el camino conocí a personas que me contaban el largo recorrido que les había llevado de la ilusión al desencanto. Se sentían traicionadas y decepcionadas porque nunca esperaron que en un partido político como Podemos funcionaran los liderazgos fuertes y la ambición desmedida. Esas mostraban un pesar hondo por el tiempo, la energía y la ilusión derrochadas. A mí siempre me generó entre sorpresa y sonrojo que creyeran que Podemos era algo diferente a lo que es Podemos.
Creé mi primer blog el 29 de febrero de 2004. Fue un año bisiesto. Como 2020. Yo por aquel entonces era un chico de provincias que había llegado a la gran gran capital creyendo que se le iba a abrir un mundo nuevo de posibilidades. Descubrí que las circunstancias podían ser diferentes, pero seguía llevando la misma vida de lobo estepario de siempre, agravada por un nuevo tipo de soledad: la del que lleva una existencia solitaria rodeado permanentemente de gente.
Semanas después tuvo lugar el atentado terrorista del 11-M, el mayor atentado terrorista de la historia de España. Alguien en el gobierno de José María Aznar hizo aquel día un cálculo político. Si el atentado era obra de la banda terrorista vasca ETA, la rabia e indignación de la sociedad española iba a generar un ascenso del sentimiento nacionalista español que se trasladaría en un voto al conservador Partido Popular en las elecciones generales del día 14 de marzo. Si el atentado era obra de una célula terrorista yihadista la sociedad española iba a interpretar el atentado como un acto de venganza por el apoyo del gobierno de Aznar a la invasión estadounidense de Iraq en marzo de 2003 y se iba a generar un sentimiento de indignación que en las urnas se transformaría en un voto de castigo contra el Partido Popular. Por tanto, era necesario que el gobierno transmitiera machaconamente el mensaje hasta la celebración de las elecciones de que la investigación apuntaba a ETA.
En su libro 11-M La Venganza, el periodista Casimiro García-Abadillo, que años más tarde llegaría a ser el director del diario madrileño El Mundo, cuenta que el día de los atentados miembros del partido socialista español (PSOE) se pusieron en contacto con miembros del Partido Demócrata en Estados Unidos, que les contaron su impresión de que en la comunidad de inteligencia estadounidense se consideraba que los atentados del 11-M eran de autoría yihadista. Eso llevó a que desde los medios de comunicaciones afines al PSOE se sembraran dudas sobre la versión oficial. Mi experiencia personal es que los estudiantes Erasmus en contacto con sus familias aquel día o periodistas en contacto con sus pares en lugares como Israel supieron que fuera de España se daba por hecho de que se trataba de un atentado de carácter yihadista.
La tarde del sábado 13 de marzo, en vísperas de las elecciones, se supo de las primeras detenciones que apuntaban a la pista yihadista. La sensación de indignación por lo que se percibía había sido una maniobra de desinformación del gobierno llevó a manifestaciones frente a las sedes del Partido Popular. En las elecciones generales celebradas el día siguiente ganó el PSOE, a pesar de que las encuestas anteriores a las elecciones daban como ganador al Partido Popular. Los acontecimientos sucedidos entre los atentados del 11-M y las elecciones del 14-M dieron la vuelta a las elecciones.
Cualquier persona que no simpatizara con el gobierno del Partido Popular en 2004 puede contar su experiencia personal de aquellos días. Mi padre siempre recuerda cómo un ministro del gobierno de José María Aznar llamó «miserables» a todos aquellos que dudaran de la versión oficial. Para todos nosotros, la gestión informativa de los atentados fue la clave. La sensación de que el gobierno mintió a propósito generó una ola de indignación que llevó al gesto inaudito de manifestaciones el día antes de las elecciones, en lo que en España se considera «jornada de reflexión» y están prohibidos los actos políticos.
Los simpatizantes del gobierno del Partido Popular tienen un recuerdo totalmente diferente. Y ese recuerdo fue moldeado por la reinterpretación que hicieron los medios conservadores de la derrota electoral, que les pilló por sorpresa. Durante los siguientes meses fueron reconstruyendo los hechos. El gobierno no mintió sobre la autoría de los atentados. En realidad fue engañado por altos mando de la policía, muchos de los cuales habían hecho su carrera durante el anterior gobierno socialista (que estuvo en el poder hasta 1996). Los atentados parecían hechos por un grupo de terroristas yihadistas, pero en realidad había sido organizados por la banda terrorista vasca ETA en un plan preparado con el PSOE y con la participación de los servicios secretos marroquíes para introducir dos capas de pistas falsas: una primera que apuntaba erróneamente a ETA para engañar a los investigadores durante las primeras 72 horas y una segunda que apuntara a una célula yihadista que actuara de cabeza de turco. A cambio de los servicios de ETA, el nuevo gobierno del PSOE le concedería la independencia al País Vasco.
Pedro J. Ramírez, director entonces del diario El Mundo, abrazando las teorías de la conspiración del 11-M. Foto vía LosGenoveses.net
Sobra decir que las teorías de la conspiración del 11-M eran un disparate. Pero eso no fue obstáculo para que dos medios les dedicaran bastante espacio: el diario madrileño El Mundo y el diario on-line Libertad Digital. Las teorías de la conspiración partían del desconocimiento que la sociedad española tenía entonces del fenómeno terrorista yihadista y planteaban que el 11-M era un atentado sospechoso porque en él no habían participado terroristas suicidas, no había una conexión directa con el núcleo duro de Al Qaeda y porque miembros de la célula se movían en el mundo del trapicheo de drogas y la pequeña delincuencia. Su única referencia era entonces los atentados del 11-S. En los años posteriores se demostraría que precisamente el patrón más habitual de la yihad europea eran los elementos vistos el 11-M. En el fondo, las teorías de la conspiración partían de una perspectiva racista en la que se consideraba difícil de creer que unos «moritos» hubieran cometido el mayor atentado de la historia de España durante un gobierno del infalible Partido Popular.
José María Aznar disfrazado del Cid Campeador.
Años después me encontré con algún amigo que defendía vehemente que «algo» raro había pasado el 11-M. Era incapaz de asumir que el gobierno de José María Aznar se había equivocado y había mentido, o al menos se había creído sus propias mentiras. El Partido Popular terminaría por asumir las teorías de la conspiración y haría preguntas al gobierno en el Parlamento al respecto. Esto dio esperanzas a los defensores de las teorías de la conspiración esperaban que la llegada al poder del Partido Popular arrojaría luz sobre los acontecimientos del 11-M. Sobra decir, que cuando Mariano Rajoy, elegido por José María Aznar mediante el dedazo como su sucesor al frente del Partido Popular, llegó al poder en 2011 de las teorías de la conspiración del 11-M nunca más se supo.
A pesar del vuelco electoral del 14-M, el PSOE no alcanzó la mayoría absoluta. Requirió del apoyo electoral de Izquierda Unida, la coalición de partidos liderada por el Partido Comunista Español (PCE). La prensa de derechas se refirió a aquel gobierno como «social-comunista». Teniendo en cuenta que España había entrado en la moneda única europea, los márgenes de actuación en materia económica de aquel gobierno no fueron muy amplios. Así que sus medidas estrellas entraron en el terreno de lo simbólico, como la Ley de Memoria Histórica, el matrimonio igualitario y las negociaciones con la banda terrorista ETA, muy debilitada.
A ojos de la derecha conservadora, el nuevo gobierno pretendía destruir España, rindiéndose ante el terrorismo separatista, además de pretender romper la familia tradicional. Se convocaron grandes manifestaciones en el centro de Madrid, con movilización de autobuses desde todas las esquinas de España para hacer bulto. Los defensores de las teorías de la conspiración se sumaron a aquellas manifestaciones. Recuerdo el comentario de uno de ellos que soñaba que al final de la manifestación el presidente del gobierno tuviera que abandonar Madrid en helicóptero, en referencia a la dimisión del presidente argentino De la Rúa, en plena crisis económica y social del país, que abandonó la Casa Rosada en un helicóptero de la fuerza aérea. También recuerdo a cierto comentarista político preguntando dónde estaba el ejército en un momento crucial de España como aquel.
La teoría de la conspiración del 11-M tenía serias implicaciones políticas. El gobierno del PSOE había negociado con dos enemigos tradicionales de España, Marruecos y la banda terrorista ETA, para cometer el mayor atentando terrorista de la historia de España y llegar al poder. Por tanto, era un gobierno ilegítimo ante el que cualquier medida era lícita para desalojarlo del poder. Yo, que pasaba buena parte del tiempo pendiente de Internet, sentía que el clima político en España se había hecho irrespirable. Por aquel entonces yo mantenía el Lobo Estepario como nombre de guerra en Internet y procuraba que no hubiera foto alguna de mi cara. Me preocupaba permanecer anónimo. Llevó tiempo darme cuenta que el ambiente guerracivilista que se vivía en Internet no se trasladaba a la calle.
En aquel tiempo las redes sociales no habían despegado como fenómeno en Internet. La forma de comunicación más popular era MSN Messenger y era el tiempo del ascenso de los blogs. La derecha conservadora, jugando a la contra, parecía mejor organizada. Contaba con portales como RedLiberal.com, que servía de paraguas para un amplio espectro de la derecha española. Y es que en España «liberal» se convirtió en un eufemismo para definir cualquier forma de derecha ante el desprestigio de términos como «conservador». El periodista Fernando Berlín retrató aquel panorama en un artículo célebre, «La Red de pensamiento agitativo en Internet«, que el diario madrileño El País publicó en septiembre de 2004.
Después de las manifestaciones de este fin de semana, volvemos a lo mismo. A la derecha manifestándose contra un gobierno social-comunista, enemigo de la democracia y la libertad, que esta vez es responsable de miles de muertos por la gestión de la pandemia del coronavirus. Y por tanto cualquier medio es legítimo para echarlo del poder. A la agitación en Internet. Al ambiente político irrespirable. A las guerras culturales. Vuelta a empezar. Un buen momento para retomar el blog.
Nadie puede acusar a Pablo Iglesias de haber ascendido de tertuliano televisivo a líder político manteniendo una agenda política oculta. En eso fue siempre sincero y directo. Él siempre expresó su intención de convertir a España en una república bananera. Y lo dejó bien claro para quien se molestó en escuchar sus conferencias en universidades españolas y fiestas políticas antes de fundar Podemos. También puso sobre la mesa su estrategia. Se trababa de montar un catch all party que apelara al votante cabreado y asqueado con la política española. Por tanto, había que renunciar al lenguaje y a los símbolos de izquierda para poder captar votos entre las señoras mayores que van a misa y los obreros que se ofenden cuando insultan a la nación española. Incluso renunció al discurso antimilitar y al A.C.A.B., argumentando que ahí había una masa enorme de funcionarios cuyo voto había que conquistar.
Tampoco ocultó su estrategia mediática. Se trataba de acudir a cada tertulia televisiva con la preparación de quien va a disputar una pelea por el título de los pesos pesados. Se encerraba con sus colaboradores, que le preparaban dosieres con los temas y luego actuaban de sparrings para entrenar respuestas. «La cuestión no es si un diputado de mi partido ha sido detenido tras violar a un niño refugiado sirio en su coche oficial, donde guardaba tres linces ibéricos muertos en el maletero, o no. Aquí de lo que tenemos que hablar es de que hay millones de españoles que no llegan a fin de mes por culpa de las políticas neoliberales del PP y PSOE…» Enfrente tenía a periodistas acostumbrados a que las tertulias televisivas fueran el partido de fútbol de solteros contra casados. Y, claro está, Pablo Iglesias brillaba dando voz al español cabreado.
La idea de Podemos era aprovechar la ventana de oportunidad que había creado la crisis. Pero esa ventana, no lo sabíamos, tenía fecha de caducidad más temprana de lo prevista. Los indicadores macroeconómicos empezaron a recuperarse y, al tiempo, los centros comerciales volvieron a estar llenos, si nos atenemos a lo complicado que se ha vuelto encontrar últimamente aparcamiento en el Carrefour y el Ikea. Pero sobre todo, el problema es que el hechizo se rompió tan pronto Podemos pisó escaño y moqueta.
El partido del chico cabreado que prometía poner todo patas arribas dejó de ser una promesa abierta a la imaginación para ser una realidad. Y la frescura de los novatos en política se convirtió en majaderías de quien da más importancia al gesto que al trabajo hecho. Para colmo, Podemos resultó ser una partido de lo más convencional, con su aparato al servicio del líder para aplastar a los disidentes. Una cosa, en definitiva, muy aburrida. Entonces, ya no hizo falta seguir fingiendo. Resulta que dejaron de ser transversales y fagocitaron a Izquierda Unida para ocupar su lugar en el panorama político español: el eterno tercer partido, siempre en la oposición.
Hace muchos años caí en la cuenta que guardaba un primer recuerdo televisivo de algo que sólo pude identificar como la guerra civil libanesa. Quizás en mi memoria guardé imágenes de una película o simplemente se tratase de un falso recuerdo. Recuerdo que un día llegué a casa y mi madre me explicó que había sucedido un intento de golpe de estado. Tardé años en comprender que ello significaba algo más que unos hombres uniformados entrando con armas en el Congreso.
Mi primer recuerdo de un acontecimiento del que fui plenamente consciente de su calibre histórico fue la caída del Muro de Berlín. Sucedió en mi primer año de secundaria. El fin de la Guerra Fría provocó también el fin de las guerras civiles en América Latina y la llegada de la democracia a un buen número de países. Recuerdo que a partir de entonces se sucedieron los desfiles de nuevos jefes de estado y gobierno de países ahora democráticos de visita por España. Los medios de comunicación resaltaban sus discursos alabando el ejemplo que suponía España y su joven democracia, producto de una Transición modélica. Y yo adolescente inocente e ignorante me sentía orgulloso.
Durante años encontré sólo a un puñado, de los que para mí era radicales cascarrabias, que criticaban la sacrosanta Transición Española. ¿Qué esperaban aquellos chiflados para colmar sus sueños? ¿Que España se hubiera convertido en una República Democrática Popular vinculada al Pacto de Varsovia?
Tardé años en comprender. Las revoluciones suceden cuando parte de la propia maquinaria del poder se convence de que no merece la pena sostener por más tiempo el status quo. Las revoluciones triunfan cuando un dictador descuelga el teléfono y el general al otro lado se niega a sacar sus tanques para aplastar manifestaciones. Lo que no suelen contar los libros de historia escritos por los victoriosos revolucionarios son las negociaciones previas que puedan quitar mérito a la gesta de derrocar a Ceauşescu o Milošević.
En el caso español el asunto no llegó ni a la categoría de revolución. Se trató de una demolición controlada de las viejas estructuras en la que la izquierda aceptó como precio del advenimiento de la democracia olvidar las violaciones de los derechos humanos cometidas durante casi cuarenta años y respetar las fortunas amasadas al amparo del poder político. Se respetó la decisión del dictador de colocar como su sucesor en la jefatura del estado a un monarca con el que además se saltaba el orden dinástico. Quizás la vergüenza de este pecado original llevó a la instauración de un tabú consensuado sobre la institución de la monarquía que llega hasta hoy en España.
Podría pensarse que si la derecha democrática era la heredera política del régimen al menos el paso del tiempo produciría la deseable transformación. El cambio generacional se produjo efectivamente. Cuando en 1996 el Partido Popular llegó al poder las carteras ministeriales fueron ocupadas por los hijos, sobrinos y nietos de grandes figuras políticas de la dictadura.
Absurdamente España se dedicó durante años a dar lecciones de democracia a los países de Europa del Este y del Cono Sur. Tuvieron que pasar treinta años de la muerte del dictador para que hubiera voluntad de buscar a los miles de españoles ejecutados y enterrados en cualquier parte para devolver los restos a su familia. Estos días, sin ir más lejos