Balkanistán

Ando buscando información para un viaje. He desempolvado viejas planes para recorrer los Balcanes. Tenía varias rutas pensadas que al final tendré que modificar para adaptar a las circunstancias. Pero, si finalmente voy, me seguirán quedando razones para volver y lugares que visitar.

Una de las rutas que no haré esta vez es subir por el Neretva desde la costa dálmata hasta Sarajevo, con parada obligatoria en Mostar. Retronaut ha hecho una recopilación de fotos de la ciudad durante la guerra.

Otro lugar que me quedará pendiente por conocer es Albania. Me atrae ese idea de país largamente aislado y todavía en estado puro. El fotógrafo belga Frederik Buyckx lo ha recorrido y preparado una colección de fotos bajo el título Moving Albania. Además, Milan Boonstra lo ha entrevistado para vice.com.

El viaje de tu vida

Siempre me ha llamado la atención cómo se construyen las expectativas personales, algo que creemos tan íntimo y personal pero que una y otra vez descubrimos están moldeadas por la publicidad, el cine y la ficción televisiva. El otro día vi Eurotrip, una película de 2004. No tengo reparos en reconocer que veo películas malas. Mientras que literatura o la música comercial me irritan mucho, a la hora de pasar el rato y desconectar del mundo me parece mejor opción el cine de entretinimiento que una de esas películas trágicas que pretenden concienciar al espectador sobre algún aspecto de la vida o del mundo. Creo que para eso están los documentales y los reportajes.

Eurotrip va de tres amigos y la hermana de uno de ellos que terminan embarcados en una aventura que les lleva por Londres, París, Amsterdam, Bratislava, Berlín y Roma. Lo divertido es la perspectiva exagerada que presentan de Europa, una tierra de libertinaje y desenfreno que se presenta promisoria para unos estudiantes que acaban de terminar la secundaria en los remilgados Estados Unidos. Parte de la gracia de la película está en que juega con esa ilusión que todos compartimos en algún momento de nuestra adolescencia de recorrer Europa con la mochila al hombro esperando vivir una gran aventura a cuyo fin seamos personas diferentes. La película parte del mito y se ríe de él, riéndose tanto de los estereotipos europeos como de los torpes e ignorantes estadounidenses a lo protagonistas National Lampoon’s European Vacation. Es una comedia tonta y facilona, pero en cierta forma entrañable porque todos soñamos con un viaje así.

Ha pasado tiempo desde mi último viaje con mochila por países desconocidos en tren o por carretera. Me quedan pocos países que realmente me apasione conocer. No tengo fecha pero en mi mente tengo muy claros los trayectos de cuatro viajes largos que tengo pendientes por los Balcanes y el Mediterráneo oriental. Son proyectos que mantienen la esperanza y la ilusión. Pero siempre me he preguntado qué pasaría el día que viera un mapa y no encontrara un lugar que me hiciera volar la imaginación. Ese día en que hubiera hecho todos los viajes que siempre soñé. Y un día, leyendo sobre el California Zephyr, el tren que atraviesa Estados Unidos desde Chicago a San Francisco, de pronto seguí con los parques nacionales del oeste del país. Y redescubrí Sión, la tierra prometida.

Viajar por un mundo plano

Quizás Europa haya dejado de tener en España esa resonancia mítica que tuvo en su momento. Las líneas aéreas low-cost popularizaron en tiempos con el barril de crudo más barato que ahora las escapadas de fin de semana a Londres o París y los viajes para visitar a ese conocido que estaba pasando una temporada trabajando en Irlanda o cursando un semestre como estudiante Erasmus en Italia.

Pero hace diez años, antes del euro y de las aerolíneas low-cost, Europa era una tierra mítica a la que los españolitos de a pie llegábamos con ojos asombrados y un billete Interrail. E inevitablemente topábamos con el ejército de mochileros anglosajones que todos los veranos desembarca en Europa. La historia solía ser normalmente la misma: Tras cruzar el ecuador de la carrera o tras licenciarse, pero siempre antes de incorporarse a la vida adulta, estadounidenses, canadienses y australianos empleaban meses para recorrer Europa de una punta a otra en una nueva edición del Grand Tour.

Sé recitar de memoria la lista de países que he visitado, y ya son unos cuantos. Pero lo que no sabría decir es en qué momento empecé a sentir esa sensación de estar una y otra vez en el mismo sitio al entrar por la puerta de los albergues juveniles (“hostels”). Sea en Bruselas, Cracovia o Estambul uno se encuentra siempre el mismo panorama: El inglés no ya usado como lingua franca sino como idioma oficial. Un salón con un enorme aparato de televisión sintonizado en la MTV y una pila de DVD de películas con los éxitos comerciales del último año. Como fauna un grupo de estadounidenses, australianos y canadienses hablando de lo barato que es bucear en los arrecifes de coral en Tailandia, los maravillosos paisajes que se contemplan en la ruta de los Annapurna y qué duro es el síndrome del mal de altura en Bolivia. A la conversación se une un puñado de escandinavos, alemanes y holandeses que hablan en perfecto acento de Nueva Inglaterra, producto del tiempo pasado en un college. Y sin importar el país o la ciudad la conversación deriva en dónde beber alcohol barato y poder ver por satélite en pantalla grande los partidos de la Premier League o la NFL.

La única alternativa parece mejorar tu inglés y abrazar ese mundo anglosajón sabiendo que siempre serás ciudadano de una provincia periférica del Imperio. Pero hay algo más que la resistencia a viajar por el mundo para que sin importar donde vaya siempre encuentre ese microcosmos anglosajón. Es una cierta intuición de que si el idioma no es más que en el fondo una tecnología de comunicación el monopolio cultural no puede ser nada bueno.