Echarse al monte

Me sorprendo a mí mismo al descubrir que este blog nació en septiembre de 2011. Y que en los últimos meses apenas he escrito pero no ha sido una ausencia de más de un año como me imaginaba.

Empecé escribiendo un blog anónimo con el nombre de guerra del Lobo Estepario que mutó en uno donde aparecía mi nombre y mi cara. Pero mientras tanto, fui escribiendo blogs anónimos donde escribía de los temas más variados. Este lo empecé para escribir de cosas culturetas. De cine, series de televisión, literatura, fotografía, poesía, música, arquitectura,  etc. Por el camino, como siempre, fueron surgiendo temas inesperados, como la construcción social del gusto. Deformación académica. Y así, mientras le daba vueltas a que cámara compacta comprarme me di cuenta de cómo la fotografía había dejado de mirar al futuro a la hora de diseñar las cámaras digitales para vivir en una permanente celebración de la nostalgia. Basta mencionar mi extraña desazón al encontrar un blog de videojuegos retro llamado “Un Pasado Mejor”. La comercialización de la nostalgia se convirtió en un tema recurrente y también esa sensación de que “el futuro ya no es lo que era”. Luego fui introduciendo otros, tocando temas de política, medios de comunicación y tecnología. Fui acumulando enlaces y más enlaces para escribir aquí, pero nunca encontré el tiempo o las ganas para escribir aquí.

Ahora, volvemos a vivir “tiempos interesantes” en España. Tenemos un nuevo gobierno débil sin margen para desarrollar su agenda económica, así que anticipamos que se dedicará a tomar medidas en el terreno de lo simbólico e identitario. Carlos Prieto habla de la “guerra cultural que viene”. Y mientras tanto, “algo” está pasando en YouTube con la aparición de canales como los de Un Tío Blanco Hetero, Anima y Leyre Kyal. Así que escribiré de los temas de siempre, pero abriré nuevos caminos.

 

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La Italia negra de los años 80

El 2 de agosto de 1980 estalló en la estación de tren de Bolonia un artefacto explosivo que provocó la muerte a 85 personas y heridas a más de 200. El gobierno italiano de aquel entonces atribuyó en primer lugar la explosión a un accidente. Luego a un atentado terrorista de la ultraizquierda. Finalmente se descubrió la participación de miembros de la ultraderecha italiana y cómo miembros de las fuerzas de seguridad habían tratado de dificultar la investigación.

Nunca se descubrió a los autores intelectuales del atentado. Pero los indicios apuntan a que fue organizado desde las cloacas del estado para impedir la llegada al poder del Partido Comunista Italiano. Mediante la llamada strategia della tensione se pretendía generar un estado de alarma social, cometiendo atentados terroristas atribuibles a la ultraizquierda, que propiciara la llegada al poder de un gobierno duro de derechas.

En aquellos años fue aflorando la existencia de una estructura clandestina de la OTAN nacida parra crear fuerzas de resistencia anticomunista en caso de invasión soviética (la “Operación Gladio”), pero que en tiempo de paz se conjuraba contra la llegada del partido comunista al poder. Se hizo visible también el papel de la logia secreta pseudomasónica “Propaganda Due”, entre cuyos miembros aparecieron desde el empresar Silvio Berlusconi al general argentino Suárez Mason. Una red extensa cuyos nodos estaban vinculados con las turbias finanzas del Vaticano, la ultraderecha europea, la mafia y las dictaduras sudamericanas.

Fue Bruce Sterling el primero que apuntó como todas aquellas conspiraciones políticas reales de los años 80 eran un adelanto del mundo descrito en la literatura cyberpunk. La política italiana de los 70 y 80 convierte en ridícula cualquier ficción. Eduardo Bravo ha hecho un repaso a aquella época. El libro te deja con ganas de más. Pero es que el tema incluye tantas tramas de las que tirar del hilo que daría para una serie de libros.

El futuro ha vuelto

Uno de los temas recurrentes de este blog durante un tiempo fue la ola de nostalgia retro que invadió el diseño de aparatos tecnológicos, con la fotografía digital a la cabeza. Es como si el futuro hubiera dejado de ser una promesa y el pasado se hubiera convertido en la zona de confort a la que volver. Quizás porque no tengo un recuerdo entrañable de mi infancia, nunca he participado en la fiesta de la nostalgia de los años 80. Acudí hace no mucho a un pase de la película Gremlins y en la tertulia posterior alguien dijo “Estamos recordando los 80 como nunca fueron”.

Pero el futuro ha vuelto. Y uno de los responsables es Elon Musk, con sus coches eléctricos con piloto automático y cohetes reutilizables. Hace poco, su empresa SpaceX, alcanzó un hito con el éxito del lanzamiento del cohete FalconHeavy. Imagino que todo el mundo ha visto ya las imágenes de los dos cohetes Falcon aterrizando verticalmente y en paralelo. Pero hay algo especial en ver las imágenes crudas de un testigo ocular con el bramido de los cohetes y su estampido sónico.

El perfeccionista David Fincher

Viendo la serie Mindhunter en Netflix me llamó la atención cómo, para variar, la representación de los años 70 era absolutamente creíble. Lo normal es que una película o serie de televisión ambientada en esa época muestran la época en que transcurre todo vía la ropa, el coche y algunos pocos más detalles. Uno no termina de créerselo del todo. En cambio, en Mindhunter todo tiene un aspecto que lo hace creíble. Y resulta que, cuando llevaba ya bastantes capítulos vistos, me enteré que el autor de la serie es David Fincher, director de El Club de la Lucha y amante del detalle. La empresa responsable de los efectos visuales ha publicado en Youtube un vídeo donde se muestra la enorme cantidad de modificaciones hechas sobre las imágenes reales.

Veinte años después

Eran los 90 cuando descubrí la revista Ajoblanco en su segunda época. La leía en una biblioteca pública. Luego la compraba de vez en cuando. Y hasta llegué a hacerme con algunos ejemplares de años anteriores en una librería de segunda mano. Recuerdo el impacto que me causó de un artículo de Ignacio Ramonet sobre lo mal que iba el mundo.  No recuerdo los detalles, pero era  algo así:

Vemos cómo el Estado del Bienestar es desmantelado ante la presión externa de las grandes instituciones financieras internacionales mientras los gobiernos tratan de atraer inversiones con bajos impuestos y reducido gasto público.  La externalización de empresas a países del Tercer Mundo y de la antigua Europa comunista reduce el número de puestos de trabajo o presiona a la baja las condiciones laborales de la clase trabajadora, que se aprieta el cinturón mientras pende sobre ella la permanente amenaza de que su factoría o planta sea deslocalizada. La clase política está al servicio de los grandes grupos de poder económico que controlan a su vez los grandes medios de comunicación, que ofrecen información cada vez más desvirtuada porque se mezcla en ella mensajes comerciales, entretenimiento superficial y sensacionalismo.

Sin molestarme en buscar el artículo original, creo que se podría publicar el mismo artículo hoy en día y sólo habría que cambiar algunos nombres propios o ejemplos para que pasara por uno de rabiosa actualidad. Recuerdo que por aquella época descubrí también Le Monde Diplomatique en su edición española, donde Ramonet dirigía la edición original francesa. Creo que el primer ejemplar que compré fue uno donde se publicaba por segunda vez su artículo “El pensamiento único”. Leer Le Monde Diplomatique me creó una vocación. Yo quise ser intelectual de izquierdas. Quería escribir artículos y libros explicando lo mal que iban las cosas.  Terminé años después estudiando Sociología. Nunca publiqué en Le Monde Diplomatique, todo sea dicho.  Creo que dejé de comprarla el día que caí en la cuenta en que, a la larga, siempre era lo mismo: contra la Europa de los mercaderes y a favor de la Europa de los pueblos, cómo los grupos multimedia estadounidenses nos idiotizan con su entretenimiento para adolescentes, repaso a un país de Francáfrica,  la lucha de algún movimiento social en Latinoamérica, etc.

Me desanimé con el activismo político cuando descubrí que, más allá de la crítica al mundo existente, nadie proponía soluciones reales. Y que las alternativas que celebraban eran horribles. Descubrí, una y otra vez, que aquella gente con la que mantenía conversaciones razonables haciendo un análisis crítico a la realidad defendían líderes y regímenes políticos horribles lejos de su casa. El propio Ignacio Ramonet publicó un libro de entrevistas a Fidel Castro donde las respuestas no eran más que un corte y pega de discursos. Al final, el trabajo de toda esta gente no era hacer la crítica para construir un mundo mejor. Su crítica era tan solo una mercancía con la que ganarse la vida.

 

 

De ley

Hacía mucho que no escuchaba algo que me impactara como lo hizo la canción “De Plata” de Rosalía, una artista que viene de la pureza del cante y ha dado saltos a todo tipo de mestizajes sin complejos precisamente porque le respaldan los avales del arte clásico. Hay algo primario y salvaje en “De plata”.  Corrí a Amazon a comprarme el disco.

La política como mera identidad estética

Las grandes utopías murieron en el siglo XX. Los sueños del «hombre nuevo soviético» y un «Reich de mil años» llevaron a horrores inimaginables (véase Tierras de Sangre de Timothy Snyder). La recuperación económica europea entre 1945 y 1975 del «Milagro Económico Alemán» y los «Treinta Gloriosos» años franceses nos legaron la política como el aburrido arte de lo posible. A lo largo y ancho de la Europa capitalista se implantó un modelo bipartidista donde socialistas o laboristas y democratacristianos o conservadores se alternaban en el poder con la existencia puntual de un tercer y pequeño partido liberal, como en Reino Unido y Alemania.

El margen de maniobra de los gobiernos se fue estrechando tras la crisis del modelo de posguerra, la expansión de la globalización y la unión monetaria en Europa. La política dejó de ser el arte de lo posible, porque un gobierno debía responder a los mercados financieros, las agencias calificadoras de deuda y los inversores internacionales. Los partidos socialdemócratas dejaron de diferenciarse de los conservadores en su política económica, por lo que incidieron en los derechos de los inmigrantes o la comunidad LGTB para diferenciar el producto.

Mientras tanto, la política a pie de calle abandonó lo sueños revolucionarios para convertirse en profundamente conservadora luchando por conservar los derechos laborales, conservar el medio ambiente, conservar el patrimonio histórico, etc.  Sin utopías ni revoluciones pendientes, las posturas políticas han quedado reducidas a declaraciones de cara a la galería. Así que hoy proliferan en las redes sociales insufribles comunistas hipsters epatando con su simpatía por los tiranos más nefandos, y antifranquistas zombies que llegan 50 años tarde. Las ideologías son disfraces de cosplay.