Autor: Lobo Estepario

  • CYBERPUNK 2025

    Confieso que formé parte de esa generación que celebró la llegada de Internet a sus vidas con la esperanza de que nos ayudaría a conectar con otras personas trascendiendo las apariencias. Pensábamos que en un mundo de foros, blogs y chats sólo importaría la inteligencia, los conocimientos y el sentido del humor. Sí, todos soñábamos que una chica especial se enamoraría de nosotros porque en Internet no importaba tu físico ni el dinero que tenías en el banco. Eso no pasó, aunque hice un amigo del que, veinte años después, desconozco su apariencia física.  Pero creo que nunca hubiéramos imaginado que Internet se iba a convertir en la causa de que nos sintiéramos tan solos y frustrados.

    The New Yorker, 1993

    Ahora suena cómico pensarlo, pero recuerdo los ensayos que alertaban sobre la transformación de Internet en un enorme centro comercial por la irrupción de grandes empresas. Hay que recordar que el primer navegador que usé, el Mosaic, fue creado por una organización gubernamental. Siendo el genio que soy anticipando modas y tendencias. no me preocupé porque nunca creí que el comercio electrónico tuviera futuro. Al fin y al cabo, pagar por adelantado en Internet confiando que luego llegaría a tu casa un paquete era algo demasiado arriesgado. También tengo que recordar que fui el genio que después de ver que en Finlandia hasta los adolescentes tenían su teléfono móvil Nokia predije que esa tecnología no despegaría en España porque somos una cultura mediterránea del cara a cara. Pero me desvío.

    Al año siguiente de crear mi primer blog en 2003, Tim O’Reilly y Dale Dougherty pusieron de moda el concepto Web 2.0. La idea era que los usuarios de Internet estábamos dejando de ser usuarios pasivos para generar contenido. Algo así ya lo había anticipado Alvin Toffler en su libro La Tercera Ola de 1980, donde proponía el concepto “prosumidor”, un consumidor que gracias a la democratización tecnológica de los aparatos audiovisuales iba a ser capaz de crear contenido. En definitiva, unos y otros hablaban de cómo la democratización de la tecnología ponía en las manos de cualquiera la posibilidad de lanzar un mensaje al mundo. Aquello era absolutamente revolucionario. Lanzar un mensaje al mundo había sido algo sólo al alcance de reyes y presidentes. Y con menos alcance, también para periodistas estrella con programa de gran audiencia o para famosos del espectáculo cuyas palabras eran seguidas por la prensa. Lo que pasó a continuación te sorprenderá.

    La democratización tecnológica generó un proceso darwiniano. Todos podíamos lanzar un mensaje al mundo con nuestros blogs, directos en streaming, videoblogs, montajes de vídeo… Se abrieron las puertas para que todo el mundo publicara. Pero no todos tenían algo interesante que decir. El resultado fue una cacofonía de voces. Entre tanto ruido lograba llamar la atención lo estridente, lo provocador y lo llamativo. Y en la soledad anónima de nuestras casas, sin nadie mirando por encima de nuestros hombros, escogimos libremente. El terrible resultado es que terminamos reproduciendo exactamente el mismo panorama que el de los medios tradicionales.

    Nuestra queja por la televisión basura de los años 90, cuando sólo existían cinco cadenas en España, se basaba en la idea de que la falta de acceso a alternativas culturas e interesantes hacía a la gente idiota. Internet iba a cambiar eso. Tener en casa una enciclopedia como la Espasa-Calpe o la Británica ya no iba a ser un lujo al alcance de unos pocos privilegiados. Todos teníamos de pronto acceso a la Wikipedia, pero también a cursos de programación e idiomas. Íbamos a salir mejores. Pero terminamos con nuestras elecciones sobre qué ver delante de la pantalla haciendo ricos y famosos a gente que humillaba a mendigos en la calle por las risas o se limitaban al salseo sobre otros personajes del ecosistema de famosos de Internet.

    Evidentemente, la democratización tecnológica tuvo sus cosas buenas. Una madre divorciada canadiense subió a Youtube la actuación de su hijo Justin Bieber, que tenía 12 años, en un concurso infantil. Alguien vio el vídeo y le ofreció a la madre un contrato que cambió la vida al chiquillo para siempre. Muchos años después, Lil Nax X, un rapero estadounidense al que no conocía nadie compuso una canción de temática country con las bases rítmicas que un holandés componía en su casa y regalaba en Internet. Cuando la canción se viralizó, el rapero animó a la gente a que le pidiera públicamente a Billie Ray Cyrus que aceptara cantarla con él en un vídeo musical. Y así, podríamos seguir con historias de gente con talento que tuvo una gran carrera gracias a Internet. Pero ese poder de conectar a artistas con su público benefició también a artistas consolidados que no tuvieron que ser esclavos de multinacionales del entretenimiento y pudieron tomar el control de su propia carrera.

    Pero hay un aspecto de la democratización tecnológica que resultó especialmente perversa. Cuando todos pasamos a tener una cámara de fotos en el bolsillo la relación con nuestra propia imagen cambió. Yo soy de una generación que una vez superaba la infancia, el número de fotos que le hacían en un año era escaso. Quizás en alguna fiesta o en algún viaje. En mi disco duro apenas tengo escaneadas un puñado de fotos de entre mis 15 y 25 años. Y a partir de ahí empezó la explosión. Recuerdo que le hice más de 1.300 fotos en un solo fin de semana a la que era entonces mi novia tras comprarme mi primera cámara digital, una Casio Exilim P505 Pro.

    El cambio en la manera de percibirse de la gente después de la proliferación de las cámaras digitales compactas y los móviles con cámara de alta resolución lo notas en la manera en que las adolescentes y jóvenes posan en las fotos. Yo soy de la generación que cuando una madre decía “Ponte, que te hago una foto” la gente miraba con los brazos caídos a la cámara. Pero cuando hacer fotos se convirtió en algo cotidiano la imagen pública se convirtió en algo fundamental de la identidad personal. Y ahora todas las chicas que parecen aspirar a transmitir una imagen de modelo/influencer, sin importar el status social o profesión.

    Imagino todo lo que podrían contar ellas sobre la presión social para encajar en los cánones al uso y la frustración de aquellas que no lo logran, en un mundo donde compararse es tan sencillo. Ya lo explicaban en el documental The Social Dilemma. Pero yo hablo desde el punto de vista de un hombre heterosexual solitario. En el proceso darwiniano por el que las creadoras de contenido pelean por nuestra atención empezaron a emplear su imagen. Y pronto no hubo aspecto de la experiencia humana en el que no hubiera una mujer explotando su físico para captar atención. Me pregunto qué hubiera pensado yo en los tiempos en que descubrí Internet si hubiera sabido que la sexualización del cuerpo iba a ser una baza fundamental hasta para las intelectuales y artistas.

    Luna Miguel. Poetisa, modelo y actriz. ¿Pometriz?

    Durante una época tenía un juego con un amigo por Telegram. Le mandaba una foto de una chica que lucía un escote llamativo y le preguntaba su profesión. Le ofrecía siempre tres opciones. Algo así como “modelo de OnlyFans”, “influencer de moda y viaje” o su profesión real. Esta última siempre era muy aleatoria. Recuerdo el caso de una pedagoga promocionando su libro sobre crianza responsable. Por supuesto, mi amigo nunca acertaba. Y me reía mucho su sorpresa cuando le desvelaba la verdad. ¿Una chica con vestido negro y collar BDSM? La gata de Schrödinger, divulgadora de ciencia. ¿Dos chicas rumanas de padres canadienses que ejercen un día de e-girl, otro día de influencer y otro aparecen en un programa de citas a ciegas? Pues hablamos de las hermanas Botez, Women FIDE Master en ajedrez.

    Hace muchos años se hablaba del “Síndrome de Facebook”, esa sensación de que todo el mundo parecía tener una vida más interesante que la tuya si pasabas demasiado tiempo en aquella red social. Por supuesto que hoy tendríamos que hablar de Instagram y TikTok para explicar el mismo fenómeno. El resultado es que ya no sólo tenemos una pobre percepción de nuestra vida viendo a tanto influencer compartiendo fotos de tostadas de aguacate en un hotel caro Dubai, sino que como hombres heterosexuales estamos siendo bombardeados constantemente por mujeres atractivas luchando por nuestra atención. Fue culpa nuestra porque, desde el solitario anonimato de saber que nadie miraba por encima de nuestro hombro, fuimos nosotros los que alimentamos el algoritmo con nuestras opciones. Por eso ahora me dedico a bloquear en Instagram a influencers.

    2025 es el año en que estamos todos solos, dedicando horas a ir pasando con nuestro dedo pulgar publicaciones en redes sociales. Doom scrolling. Viendo mujeres atractivas hablarnos de cualquier cosa. Viendo los viajes, la vida de lujo y la diversión de otros. Ganando un dinero que ya no nos permite tener acceso a vivienda y vehículo como la generación de nuestros padres. Y teniendo que compartir piso o vivir solos en lugares pequeños o feos. Vivimos una distopía.

  • Crisis: un borrador rescatado de 2013

    A finales de 2006 empecé a encontrar noticias sueltas y aparentemente inconexas que me hicieron pensar que se avecinaba una crisis económica en España. «Se va a desplomar el mercado inmobiliario» dije un día. Un jubilado, que había trabajado en un gran banco, me oyó decirlo y me soltó «¿Cuándo se ha visto que los pisos bajen de precio?». No le respondí. Pero en aquel entonces hubiera apostado mis magros conocimientos universitarios de Economía y Demografía contra sus experiencia de décadas en el sector bancario. Hubiera ganado.

    Digan lo que digan los antifranquistas orgánicos el dictador demostró algo de mano izquierda ofreciendo a la clase obrera los sueños del Seat 600 y el «pisito», como tantas placas con el yugo y las flechas atestiguan. Así nació una clase trabajadora ciertamente conservadora que hoy ríe las gracias a Federico Jiménez Losantos mientras que la cara pública del «progresismo» en España son profesionales liberales y artistas de un estrato socioeconómico superior. Algo no tan distinto a la situación de EE.UU.

    Los hijos de todos aquellos funcionarios, trabajadores de empresas públicas, obreros del INI y pequeños empresarios recibieron dos grandes consignas: Tenían que sacarse un título universitario para «ser alguien en la vida» y comprarse una casa «que de verdad sea tuya». Siguiendo estas consignas la generación del «baby boom» español abarrotaron las universidades españolas a partir de la segunda mitad de los años 80. Cuando salieron al mercado laboral de una España globalizada que perdía el tren de la sociedad postindustrial y se llenaba de inmigrantes la pirámide salarial se hundió. El título universitario, algo accesible sólo a una minoría elitista en los 70, ya no era la puerta a un trabajo para toda la vida. Llegó el famoso «mileurismo» y la precariedad hasta en profesiones como la de ingenerio de telecomunicaciones y arquitecto, empujando a cientos de miles de licenciados a trabajar en cualquier cosa.

    En este panorama, curiosamente, la consigna de comprarse el «pisito» fue seguida a rajatabla sin reparar en las circunstancias del mercado laboral, financiero e inmobiliario. Aparecieron así las hipotecas a 50 años. Podríamos pensar que al menos la coyuntura llevó a muchos a tomar la decisión de comprar una casa con todas las preocupaciones. Pero hubo quienes ni estudiaron la letra pequeña. Todos son ahora pobres víctimas.

    Sería divertido reunir ahora las frases dichas entonces por miles y miles de parejas. Incluso por solteros que recibieron «una mano» de sus padres. «Es una inversión». «Si esperas a que sea una buen momento te puedes pasar toda la vida». «Si lo piensas nunca lo harás». «Al menos así tengo algo que es realmente mío». «Es algo para lo que hacen falta dos sueldos pero no me voy a quedar a esperar a la persona adecuada«. «Si lo miras bien está lejísimos de todo pero es un sitio con mucho futuro«

    La generación de los trabajos precarios y mal pagados vive ahora con la piedra atada al cuello de las hipotecas. Por mucha alarma que generen las cifras macroeconómicas y los indicadores sociales las llamadas a la «rebelión» no despertarán a nadie. Aquí no pasará nada. Están todos demasiado preocupados en no perder su empleo mal pagado y precario que les permita seguir pagando la hipoteca y las letras del coche con el que ir de casa en ese barrio «con futuro» al trabajo.

  • Música para locos como yo

    La bendita sabiduría del algoritmo me ha hecho descubrir GoGo Penguin y Mammal Hands. No sabría clasificar su estilo. ¿Jazz fusión? Sin duda hay elementos del minimalismo musical en lo que hacen. Y eso es precisamente lo que me gusta de ambos grupos.

    En el anterior vídeo vemos Murmuration, actualmente mi tema favorito, donde encontramos momentos intensos y obsesivos como ese fragmento donde el violonchelo es tocado con arco. Violonchelo, piano y batería es, por cierto, es la misma estructura que presenta el Avishai Cohen Trio.

    Hay bastantes conciertos en Youtube para disfrutar largamente de Gogo Penguin, pero aquí destacaré temas como Kora y Parasite.

    El algoritmo tiende a recomendarte grupos que se parecen pero no son lo que buscas. Pero llega el día en que decides darle una oportunidad a esas recomendaciones y terminas descubriendo grupos como Mammal Hands. Como en el caso de GoGo Penguin, podemos encontrar en Youtube álbumes enteros y actuaciones en vivo. Pero destacaré dos temas que se caracterizan por esos momentos intensos y obsesivos que tanto disfruto. Uno es Boreal Forest y el otro es Riddle.

    GoGo Penguin y Mammal Hands, por cierto, han editado varios discos con el sello Gondwana Records. El mismo que acaba de lanzar un disco en directo de Hania Rani.

  • Fracasar mejor

    Recuerdo que mi primera toma conciencia de que era un paria social tuvo lugar al comienzo del tercer año de la primaria. Habíamos vuelto de las vacaciones de verano y nos encontramos con una ampliación de las canchas deportivas del colegio. Ahora había un nuevo campo de fútbol dividido transversalmente en tres o cuatro campos más pequeños. Los chicos acogimos con entusiasmo la novedad. Dejamos de ser niños que jugábamos a los vaqueros o a los piratas para convertir los recreos en una competición deportiva infinita que, alternando fútbol y baloncesto según modas, duró hasta que terminó la E.G.B. Y así, las habilidades deportivas se convirtieron en la vara de medir con la que se estableció la nueva jerarquía social. Ahí descubrí que yo estaba fuera.

    Viví un conflicto permanente entre querer encajar en el grupo y mantenerme al margen uniéndome en los recreos a los frikis e inadaptados. Aquel conflicto se resolvió precisamente en una cancha de deporte. Con 20 años estudiaba Formación Profesional y un día nos quedamos después de clase a jugar al baloncesto. Yo corría arriba y abajo por la cancha, poniendo ganas sin que jamás la pelota llegara a mis manos porque era muy malo. Y no recuerdo si abandoné el juego o esperé a que terminara la partida, pero fue allí cuando me dije que perdía el tiempo esforzándome en ser uno más. Le di la la espalda a todos y me marché a casa.

    Aquella aceptación de mi individualidad no fue una solución mágica. Evidentemente sufrí toda mi postadolescencia por ser un bicho raro y especialmente por no tener éxito con las chicas. Justo cuando la vida me dio una segunda oportunidad, entrando en la universidad con veintipocos años, los amigos de toda la vida tomaron caminos divergentes. Tardé en entender que aquella provisionalidad era en realidad la normalidad.

    El consuelo que me ofreció siempre la gente fue que todo se solucionaría algún día. Y yo, evidentemente, lo quise creer aunque fuera pensamiento mágico. Necesitaba creerlo porque hasta la lógica apuntaba que tarde o temprano acabaría la fase en que las chicas monas, que me decían que ojalá sus novios fueran capaces de entenderles como lo hacía yo, saldrían de la fase de la vida en que buscaban malotes egocéntricos. Algún día cambiaría de ciudad, tendría un trabajo y encontraría amigos.

    Aparte de la esperanza de un futuro idílico que tarde o temprano llegaría, los consejos más frecuentes que recibía era que me esforzara en modificar mi aspecto: ir al gimnasio, cambiar de corte de pelo, ponerme lentillas, cambiar de estilo de vestir… Hasta mi ropa, práctica por encima de todo, resultaba problemática. Una compañera de universidad me dijo un día que era evidente mi falta de autoestima por mi estilo de vestir. Lo cual, más allá de mis problemas de autoestima, me pareció un insulto.

    Cuando eres diferente, aquello que es una desventaja o motivo de burla se termina convirtiendo no en una característica sino en una parte importante de tu identidad. Por eso las personas que estamos fuera de la normalidad sentimos que si transformas algo de tu vida no sólo estás cambiando, te estás pasando al enemigo. Así me resistí a vestir traje y corbata hasta los cuarenta.

    En 2013 me pasó algo curioso. En el intervalo de un mes tuve dos conversaciones exactamente iguales con dos amigas muy diferentes que viven en países diferentes. Las dos me contaron que por fin habían entendido por qué no tenían éxito con los hombres: porque los hombres nos sentimos intimidados ante las mujeres inteligentes, fuertes e independientes que tienen ideas propias. Una me contó su decepción porque, incluso sus amigos más cultos e inteligentes, a la hora de la verdad, buscaban una novia florero que les mirara con fascinación. No recuerdo qué les dije, pero sí lo que pensé. Pensé en lo muy alejadas que estaban ambas de los cánones estéticos. Y que su punto de vista significaba que la atracción y el enamoramiento tenía lugar en un vacío en el que los seres humanos flotábamos ajenos a los imperativos biológicos y a los constructos sociales. La verdadera epifanía llegó inmediatamente, cuando caí en la cuenta que el argumento era de doble sentido. No podía esperar tampoco de las mujeres que fueran ajenas al mundo en que vivían.

    Hace unos pocos años me volvió a pasar lo mismo que en 2013. En el intervalo de un mes tres amigas que viven en tres continentes diferentes me confesaron que ahora opinaban cosas que les hubieran horrorizado de jóvenes. Habían descubierto que ser madre les hacía sentirse realizada y era la experiencia que más satisfacciones les había dado en la vida. Abominaban de las ideas feministas que alguna vez defendieron siendo veinteañeras. Y que, en su nueva vida familiar, al final del día lo que valoraban era tener a su lado un hombre que resolviera problemas, fuera reclamar al casero que arreglara los desperfectos de la casa o una avería del coche.

    Supongo que si hubiera asimilado completamente aquellas lecciones me habría lanzado a tratar de convertirme en un hombre como los demás. Pero hubo siempre una voz en mi cabeza que me dijo que daba igual que cambiara mi cuerpo y mi aspecto. Yo iba a seguir siendo el mismo. Cualquier transformación de la apariencia quedaría inmediatamente arruinada tan pronto abriera la boca. Mi carácter y mi manera del mundo no iba a cambiar Así que mi única esperanza era encontrar a quienes compartieran mis inquietudes e intereses para convertir lo que me hacía diferente en mi tabla de salvación.

    Ahora puedo decir que estaba equivocado. Nunca a nadie le importó lo que a mí me emocionaba, conmovía o apasionaba. Mi producción intelectual sólo interesó a otros frikis, todos hombres. Los viajes y las lecturas o la curiosidad por el mundo y el arte han sido siempre cuestiones que han quedado en el ámbito de lo estrictamente personal y privado. Lo que quiera que sea que permite conectar a las personas o causar atracción está ausente en mí. Por eso miro atrás y entiendo que si pudiera vivir la última mitad de mi vida de nuevo sabiendo lo que sé ahora el resultado hubiera sido muy parecido, sólo que me habría ahorrado mucho tiempo. Ahora sólo queda seguir fracasando, pero haciéndolo mejor.

  • Los guardianes entre las ruinas

    Yo fui la clase de niño que se sentaba en los años 80 delante de la tele a ver tertulias políticas y culturales sin entender mucho pero convencido de que los que allí hablaban eran muy listos. Recuerdo que mencionaban mucho con orgullo haber luchado contra el Franquismo y haber corrido delante de los «grises«. Muchos años después descubriría en la biografía de los intelectuales destacados de la época que procedían de familias acomodadas y bien posicionadas en el régimen. Aquella rebeldía juvenil era posible porque siempre había un tío o un padre bien conectado que les permitía pasar poco tiempo en el calabozo. Tardé también en caer en la cuenta que cuando alguien contaba con orgullo que había descubierto ciertas vanguardias intelectuales o estéticas haciendo el doctorado en California o París y había vuelto entusiasmado a España cual Prometeo entregando el fuego a los humanos había que tener en cuenta que esa persona pertenecía al sector ultraminoritario de españoles que se podía permitir viajar y estudiar en el extranjero. Pero lo que más recuerdo que me causara impresión era la permanente sensación que me dejaban aquellas tertulias de que había llegado tarde en la vida. Mayo del 68, la lucha antifranquista, la Transición, la psicodelia de los 60, el rock progresivo de los 70… Todo lo interesante en esta vida parecía haber sucedido antes de yo llegar y que justo había coincidido cuando fueron jóvenes los personajes que hablaban en la tele. Ahora es la gente de mi generación la que habla de los maravillosos años 90, cuando todos éramos más jóvenes y más inocentes. Se obvia el machismo, la homofobia y la xenofobia de aquella época para recordar sólo las joyas que han perdurado del cine y de la música. Se insiste en recordar los precios del ocio, la comida y la vivienda para mostrar «lo que hemos perdido». Así que de pronto se han cambiado los papeles y es mi generación la que le transmite a la siguiente el mensaje que llegó demasiado tarde.

    Si uno atiende los indicadores económicos de España ciertamente puede concluir que quizás hayamos emprendido un camino de no retorno. El estancamiento de los salarios y la productividad, la caída de la natalidad, el disparo de la deuda, la dependencia de los fondos europeos y del turismo… Tengo pendiente continuar la serie de cosas que están rotas en España, que va camino de ser un país de trabajadores pobres y poco cualificados. Ahí sí que pueden tener motivos las nuevas generaciones para sentir que llegaron tarde, lejos de la época en que un trabajador con un sueldo mantenía familia mientras pagaba la casa y el coche. Pero hay más cosas que perdimos por el camino.

    Este fin de semana Sergio Fanjul contaba en El País como el esnobismo cultural estaba desapareciendo, con las élites económicas exhibiendo su disfrute de la cultura popular. Precisamente, recuerdo de aquellas tertulias televisivas de los años 80 como se hablaba con devoción de Renoir, Godard y Trufautt. Y constato que ya no se habla de ese cine que parecía parte de un canon de cine culto que era imperativo conocer y entender. Quizás hemos cambiado esos nombres por Nolan, Villeneuve y Sorrentin. Quizás no tengamos perspectiva histórica para entender que el reggeatón y Taylor Swift se los tragará el tiempo. O quizás no. Y es posible que no volvamos a tener vocalistas como Freddy Mercury, guitarristas como Mark Knopfler o grupos como Prodigy o Rage Against The Machine. A lo mejor nos toca ser los guardianes de las ruinas de un mundo donde la decadencia no sólo será económica.

  • Elogio de la sombra

    Hace poco le contaba a alguien que echaba de menos los buenos viejos tiempos de la popularidad de los blogs. El ritmo en el que las noticias e ideas circulaban era mucho más lento. Uno leía el análisis de alguien en un blog y podía encontrar una refutación o una ampliación del argumento en la sección de comentarios, lo que daba pie a una reelaboración de la versión inicial del autor o a una publicación en un tercer blog. No éramos esclavos de la inmediatez. Pero sobre todo, lo que echaba de menos era la presentación estructurada, reposada y extendida de nuevas ideas. Algo que contrasta enormemente con la cultura del meme y del zasca a la que nos llevó Twitter. Y entonces caí en la cuenta de una cosa. Esas ideas estructuradas, reposadas y extendidas ya no estaban en los blogs. Las estaba encontrando en los videoensayos de Youtube sobre cine, arte o arquitectura.

    Uno de esos autores de videoensayos que me ha enseñado cosas nuevas es la canadiense Dami Lee. Gracias a ella descubrí la obra «Elogio de la sombra» que escribió Junichirô Tanizaki, en 1933. Y he ido a comprar la edición española de Siruela. Esperaba encontrarme un tratado que me ayudara a entender cómo la sensibilidad estética japonesa es diferente a la occidental. Y resulta que la obra comienza con el autor contando los dilemas que se enfrentó al realizar reformas en su casa para tratar de mantener su esencia japonesa en una era en la que en los hogares japoneses entraba la luz eléctrica y el agua corriente.

    Tanizaki dedica varias páginas a mostrar su rechazo por los baños recubiertos de azulejos y a contar en cambio cómo él prefería las casas tradicionales donde el retrete estaba apartado de la construcción principal. Así que imagen mi sorpresa al empezar a leer un libro que esperaba fuera una obra fina y profunda sobre estética japonesa para encontrarme a un japonés contando el excelso placer de cagar en una cabaña de madera en la que se cuela el aire frío del invierno mientras se escucha el sonido de la lluvia. Puro zen.

  • Para que la muerte no tenga la última palabra

    Cuando era niño una de las dos librerías «de toda la vida» a las que acudía mi familia regalaba un marcapáginas con una cita relacionada con la literatura y los libros. Creo en alguna parte hay todavía algunos guardados de los que no recuerdo qué ponen. Pero mantuve siempre aparte uno con una frase del Premio Nóbel de Literatura griego Odysséas Elýtis (1911-1996): «Escribo para que la muerta no tenga la última palabra».

    Comencé a escribir un diario con 16 años y con 28 comencé una sucesión de blogs personales. Siempre he mantenido la necesidad de ordenar las ideas y dejar constancia de ellas en alguna parte. Y en los últimos años mantengo un profundo pesimismo sobre el rumbo del mundo que me hace pensar en dejar constancia de que algunos asistimos preocupados e impotentes ante la deriva del mundo.

    Supongo que los que vivieron los años 60 y 70 podrán decir que el mundo ya asistió a la retirada estadounidense de una guerra perdida, a una enorme polarización social, a la aparición de la violencia política en forma de grupos terroristas, a la alianza de la ultraizquierda y grupos árabes radicales, al avance de los enemigos de Occidente en África, Oriente Medio y Asia Central… 14 años después de la caída de Saigón cayó el Muro de Berlín. Quizás veamos un giro inesperado de la Historia.

    Soy pesimista simplemente mirando las tendencias demográficas en Europa, que tendrá que elegir entre ser democrática o «multicultural». Y quiero dejar constancia de cómo lo vimos venir.

    .

  • First we take Al Aqsa, then we take Berlin

    First we take Al Aqsa, then we take Berlin

    La mañana del 7 de octubre me desperté y mientras iba ganando conciencia hasta la primera toma de cafeína miré el móvil con incredulidad viendo los acontecimientos del sur de Israel. Las dos primeras ideas que me vinieron a la cabeza fue que lo que sucedía tenía cómo último responsable a Irán y que los acontecimientos en Israel no terminarían allí, sino que tenían conexión con Europa.

    En las semanas siguientes vimos manifestaciones por toda Europa donde se ondearon banderas yihadistas y se llamó abiertamente al exterminio de los judíos. En países como Francia, Alemania y Reino Unido las autoridades mostraron preocupación, mientras que en España vimos a líderes de partidos que han ocupado responsabilidades de gobierno compartiendo los lemas que piden la destrucción de Israel.

    Durante mucho tiempo para encontrar proclamas abiertamente antisemitas uno tenía que acudir a la literatura neonazi o a los lugares más oscuros y anónimos de Internet. La gente que negaba la existencia del Holocausto decía cosas como «yo sólo hago preguntas». Ahora ya no hace falta la ambigüedad calculada.

    Recuerdo en el verano de 2014 las diferencias de narrativas y discursos entre la cuenta en Twitter en inglés y en árabe de organizaciones palestinas, que para el público internacional hablaba en inglés de Derechos Humanos y para el público árabe hablaba de martirio y la liberación de Al Aqsa. Ahora esa divisoria parece haber quedado diluida con la convergencia de islamistas e izquierda woke en Europa.

    Decía un portavoz de HAMAS que habían consultado con Moscú la organización del ataque del 7 de octubre y habían recibido el visto bueno porque desde el Kremlin vieron positivo algo que distraería la atención de Occidente de la guerra de Ucrania. Es evidente que perciben débil a Occidente, con Estados Unidos en retirada, extremedamente polarizado y liderado por un presidente senil por un lado y por el otro a una Europa incapaz de transcender los discursos de «profunda preocupación» e incapaz de actuar colectivamente con la altura que corresponde a una potencia.

    Pero si hay algo que ha marcado el 7 de octubre de 2023 es el fin del disimulo sobre las intenciones reales de un sector de la población europea convencido de que herederá el continente. La violencia sexual vista en los progromos del sur de Israel aquel día tienen su eco en la incesante sucesión de manadas que los medios de masas europeos decidieron esconder después de la Nochevieja de 2015. Una violencia sexual que, en el fondo, tiene un significado político. La pregunta es qué respuesta se le va a dar a Europa, si es que se le va a dar alguna.

  • Cosas rotas en España (I)

    Tengo la sensación de que la mayoría de la gente no entiende cómo funciona el sistema de pensiones. La idea generalizada es que el gobierno toma dinero de tu sueldo para meterlo en una cuenta, hacerlo crecer y devolvértelo años más tarde en forma de pensión. Recuerdo alguna manifestación de jubilados cabreados en países como Argentina gritando “¿dónde está mi dinero?”. La realidad es que las pensiones no funcionan como un fondo de inversión, sino que es pacto intergeneracional en el que los trabajadores de hoy le pagan la jubilación a los trabajadores de ayer y la educación a los trabajadores del mañana. Para que el sistema funcione la gente tiene que morirse tarde o temprano y nuevos trabajadores entrar en el mercado laboral.

    El sistema funcionó perfectamente en la era en que la esperanza de vida sólo superaba la edad de jubilación en una década y Occidente vivió el despegue económico después de la Segunda Guerra Mundial. Era la época previa a la globalización y la sociedad de la información en que un obrero o un oficinista mantenía a su familia, pagaba la casa y tenía un coche. El mundo cambió y ahora en España el sistema está roto.

    Pirámide de población de España a enero de 2022. Fuente: INE.

    Tenemos una de las mayores esperanzas de vida del mundo. Cosas del clima, la alimentación, las redes familiares y un sistema sanitario público bastante bueno manteniendo a la gente viva. Eso significa que hay que pagarle la jubilación a la gente por más tiempo. Y a la vuelta de la esquina habrá que pagar la jubilación a los hijos del boom demográfico de los 60 y 70. Para colmo, la tasa de natalidad española llevo décadas por los suelos. Es un fenómeno generalizado en el mundo desarrollado. Pero podríamos pensar que al menos eso significa que los jóvenes que se incorporan al mercado laboral tienen menos competencia que mi generación y se colocan más fácil. Pues no. España es el país de Europa con el mayor porcentaje de jóvenes en paro.

    Hoy en día, la mitad de los presupuestos generales del Estado en España se van en pagar pensiones y deuda. Y no sólo no tenemos un debate nacional sobre el inviable futuro de las pensiones, sino que recientemente el gobierno anunció que iba a mejorarlas. La verdad es que gobierno tras gobierno ha procurado mantener el poder adquisitivo de los jubilados a pesar de que se disparara la inflación o las sucesivas crisis económicas. No sé si hay algún estudio que compruebe si son efectivamente una masa de votantes disciplinados que acuden a cada cita electoral frente al pasotismo de los jóvenes generalmente apáticos y despolitizados. Pero parece que los políticos en España legislan para tener contentos a los jubilados mientras los jóvenes son abandonados al borde del camino.

    Un día escuché en televisión a Teresa Rodríguez decir que proponer políticas natalistas era machista y que la solución pasaba por introducir más inmigrantes en España. Me hizo gracia el argumento porque me quedé pensando si eso significaba traer en un futuro lejano más inmigrantes para pagar la pensión de los que vengan en un futuro cercano. Más inmigrantes para para pagar la pensión de los inmigrantes que vinieron a pagar la pensión de los españoles. Y así hasta el infinito.

    El problema no es exclusivo de España. Pero España es un caso particular porque lleva cuarto de siglo estancada económicamente. Algo de lo que habrá que hablar otro día. Pero me sorprende y alarma que los problemas estructurales del país (demografía, energía, industria…) no estén en el centro del debate y sí lo esté el separatismo de las regiones más ricas y la “batalla cultural”. Y estoy seguro que el día que algún político asuma el problema y decida recortar las pensiones y retrasar la edad de jubilación nos dirán que es un malvado neoliberal que quiere explotar a los trabajadores y odia a los abuelitos.

  • Puertas al campo

    Parece que el gobierno español quiere lanzar una iniciativa para que los menores de edad no puedan tener acceso a la pornografía en Internet. No he visto que se hayan dado suficientes detalles cómo para entender cómo van a poner en marcha la medida, pero me genera mucha curiosidad cómo van a intentar algo tan complicado.

    Lo primero que hace falta para regular la pornografía es definir qué es la pornografía. Parece un asunto sencillo hasta que intentamos ponerlo en papel para diseñar una ley o un algoritmo. Hay una anécdota famosa de un juez estadounidense que dijo algo así como «no soy capaz de definir la pornografía pero sé cuándo la tengo delante». Y ahí encontramos el primer problema. Mientras las imágenes explícitas con primeros planos de los genitales de una persona dándose placer o dos personas manteniendo relaciones sexuales son claramente fáciles de identificar como pornografía, hay una enrome zona gris donde veremos polémica y debate.

    El siguiente problema va a estar en cómo establecer la regulación. Porque aquí no hablamos de establecer un control físico. Por ejemplo, salas de cine «X» o prostíbulos, donde se pueda impedir la entrada a menores y exigir el D.N.I. a la entrada. Hablamos de Internet. Con empresas registradas en paraísos fiscales y servidores ubicados en países exóticos. La ley se aplicará en España pero la pornografía en Internet es global.

    Yo he encontrado páginas webs que impiden el acceso a usuarios europeos porque no quieren líos con la obligación de informar sobre las «cookies». Así que cuesta creer que todas las empresas dedicadas a la pornografía en el mundo vayan a adaptar su página web al sistema de identificación de usuario español, por lo que al final la responsabilidad va a recaer en los proveedores de Internet español. Y ahí está el meollo del asunto.

    Va a ser más fácil para el gobierno español obligar a Telefónica, Vodafone, Orange, Jazztel y resto de empresas a que introduzcan un sistema de filtrado de pornografía, ya que suponen el cuello de botella en la navegación, que tratar de convencer a los grandes proveedores de pornografía que introduzcan cambios en sus servidores. Esto obligará a esas empresas a crear un sistema de filtrado que les permita detectar la pornografía. Pero eso nos remite al comienzo de nuestros problemas. ¿Cómo crear un algoritmo que detecte la pornografía y la filtre? Seguro que alguien va a invocar las ventajas de la Inteligencia Artificial.

    Y llegamos al último problema. Supongamos que las empresas de telecomunicaciones españolas desarrollan un sofisticado algoritmo capaz de detectar con una fiabilidad superior al 95% contenido que todos estaríamos de acuerdo que es pornografía. Para acceder a ese contenido restringido, el usuario tendrá que hacer uso de su D.N.I electrónico para validar que es mayor de edad. Eso supondría que vamos a vivir en un país donde va a haber registros electrónicos de consumo de pornografía asociados a un número del Documento Nacional de Identidad.

    No sé cuántos activistas libertarios van a dar la cara para evitar una ley así. Seguro que veremos argumentos del tipo «Perro Sánchez quiere saber qué ves en tu ordenador por las noches». Y seguro que pasado el tiempo veremos titulares del tipo «Un fallo informático permite acceder a las bases de datos de consumo de pornografía de los clientes de Vodafone en España».

    El proyecto tiene tantos dilemas, dificultades y elementos de distopía ciberpunk que va ser interesante seguir el debate público y su recorrido parlamentario.