Cuando tenía 20 años estaba obsesionado con el hecho de no haber tenido ninguna experiencia con las chicas. Ahora sé que en aquel entonces yo no estaba realmente preparado para una relación y mucho menos para una ruptura. Pero en aquella edad sólo podía pensar que había una faceta de la existencia humana que me era ajena.
Veía a mi alrededor a feos e hijos de puta con pareja, así que sabía que había algo profundamente erróneo en mí. Sólo podía pensar «¿tan desagradable soy?». Cuando hablaba del tema, recibía respuestas paternalistas y condescendientes. La mayoría de consejos que recibía era que tuviera paciencia porque todo me llegaría en la vida cuando tuviera que llegarme.
Yo no sólo me fijaba en mi alrededor, sino que prestaba atención a lo omnipresente que estaban las historias de amor en la ficción del cine y la televisión. La infancia era referida como la edad de la inocencia, llena de juegos y diversión construyendo las amistades que iban a durar toda una vida. Mientras que la adolescencia era la edad del cambio físico, las hormonas alborotadas y las primeras aventuras con las chicas. Así que yo me sentía estafado. porque mi vida no se parecía en nada a lo prometido
Tanto mi infancia como niño rarito que había sufrido toda clase de humillaciones en el colegio y como mi adolescencia de chico solitario que era invisible para las chicas significaban que me estaba perdiendo las cosas importantes de la vida. Para colmo, el recurso más socorrido de la publicidad era presentar cualquier producto como la herramienta perfecta para ligar. La publicidad en el fondo te decía que eras tonto si no ligabas porque sólo tenías que comprarte ropa de aquella marca, limpiar tu casa con aquel producto o conducir aquel otro coche.
Ahora suena gracioso pensarlo pero yo tenía claro que si me diagnosticaban una enfermedad terminal o sufría un accidente mortal iba a irme al otro barrio sólo pensando en que me había perdido algo importante de la vida. Me imaginaba que, si algún día era atropellado, iría volando por el aire dedicando un último pensamiento a morir siendo virgen antes de impactar en el asfalto. Como me pasó con los estudios universitarios, uno idealiza aquello que no tiene y su ausencia lo convierte en un enorme problema hasta el día que descubre que había sufrido innecesariamente,
Era desasosegante pensar que había una faceta muy importante de la vida que me era completamente ajena y desconocida. Y que tenía que ver con mi propia esencia e identidad. Yo, con este cuerpo y esta personalidad nunca jamás había resultado suficientemente interesante para nadie. Es más, la vida me indicaba que lo más frecuente es que resultara odioso, ridículo, estrafalario o aburrido. Y yo vivía con anhelo que llegara el día en que encontrase alguien especial porque, sobra decir, pensaba que teniendo a alguien que me comprendiera y apoyara todo sería más fácil.
Pasaron los años y tuve relaciones de pareja. También aventuras fugaces. Y después de dejar de sentirme acomplejado porque en mi vida «no había pasado nada», una fría mañana de la primavera previa a cumplir 39 años me pregunté a mí mismo camino de la estación del metro qué es lo que realmente quería. La respuesta que me di a mí mismo me sorprendió: «quiero alguien con quien pasar el resto de mi vida». Recuerdo el lugar por el que iba caminando y recuerdo el frío de aquella mañana de mayo porque me pareció un declaración de intenciones tan importante como imprevista.
Ahora miro aquellos años y jocosamente los denomino «mi década heterosexual» porque, aunque yo pensé entonces que sólo era el comienzo de algo, en realidad sólo fue una etapa pasajera en el que mi predisposición a embarcarme en relaciones hizo que acumulara vivencias. Descubrí entonces que acumular experiencias con otras personas no sólo infla nuestro ego sino que también dejaba cicatrices. Ligar mucho significa en el fondo fracasar mucho porque cada relación pasada no sólo era un éxito como hombre heterosexual sino que también llevaba un fracaso cuando la relación se rompía.
Pasaron los años y fui descubriendo las trampas al solitario que me había tendido anteriormente. Al pasar por experiencias parecidas reviví sentimientos que en el pasado me habían servido de excusa para embarcarme en historias que no fueron a ninguna parte. Aprendí que la admiración por cualidades que consideraba interesantes o la fascinación por lo que resulta inalcanzable generan un deseo que es poco profundo. Y que responderme honestamente si me imaginaba siendo feliz con alguien era el mejor filtro que podía aplicar.
Me acuerdo mucho de aquel sufrimiento con 20 años por no haber sentido, probado, experimentado y vivido lo que me resultaba tan lejano e inalcanzable pero que en cambio le resulta tan cotidiano a la gente. Me acuerdo mucho de aquel sufrimiento porque ahora con muchísimos años más miro a mi alrededor y lo que siento es la ausencia de todo lo que sentí, probé, experimenté y viví.
¿Qué es peor? ¿Anhelar algo que resulta largamente inalcanzable o por el contrario vivirlo y disfrutarlo para perderlo sin saber cuándo se volverá a tener? La juventud por un lado y la experiencia por otro nos castigan de formas completamente diferentes. Es curioso cómo la vida nos hace sufrir por los completos opuestos. Y ahora tengo una pregunta. Si tuviera la certeza de que el resto de mi vida fuera así, ¿qué haría diferente? ¿Tomaría alguna decisión al respecto? A veces pienso que me volvería un ser antisocial y desagradable. Otras que encontraría más motivo para seguir haciendo exactamente lo mismo pero tratando de que merezca la pena. Pero siempre queda la duda de qué cambios podrían producir un resultado diferente. Y eso es lo que realmente nos corroe por dentro. La esperanza.
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