Siempre con los perdedores

El otro día comprobé que la Blackberry Passport había desaparecido en la FNAC de la Plaza de Callao en Madrid para quedar arrinconada debajo del expositor, a la altura de los pies, donde es difícil que alguien mire. Aparecía con un precio de “oferta” de 500 euros, cuando ya es posible encontrarla por 100 euros menos en Amazon.es

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No voy a contar aquí como esa marca pasó de ser el estándar en los entornos empresariales a convertirse en un fabricante nicho para personas con necesidades muy especiales y frikis incondicionales. La Passport será por mucho tiempo el teléfono ideal para quienes consumimos mucha información en Internet y necesitamos tomar notas constantemente. Ni quiero detenerme en el triste futuro de la empresa, que parece encaminada a comercializar versiones modificadas de teléfonos Alcatel. El meollo del asunto para mí es cómo siempre desarrollo apego por marcas y aparatos que terminan dejados de lado por el gran público. Los netbooks, los libros electrónicos, Pentax y Blackberry cubrían necesidades concretas mías. Alguien una vez me llamó gafe y  cuando me compré una cámara Olympus me predijo el fin de la empresa.

Podríamos quedarnos en la anécdota y pensar que tengo mala suerte. O bien pensar que soy la antipersona media. Si el mercado se  hubiera regido por mis gustos nunca habrían existido ni las tablets ni los smartwatches. Tampoco los  tatuajes se habrían puesto de moda. Pero eso es otra historia. Me parece significativo ser parte de la ultraminoría hasta en lo tecnológico.

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