Hace poco le contaba a alguien que echaba de menos los buenos viejos tiempos de la popularidad de los blogs. El ritmo en el que las noticias e ideas circulaban era mucho más lento. Uno leía el análisis de alguien en un blog y podía encontrar una refutación o una ampliación del argumento en la sección de comentarios, lo que daba pie a una reelaboración de la versión inicial del autor o a una publicación en un tercer blog. No éramos esclavos de la inmediatez. Pero sobre todo, lo que echaba de menos era la presentación estructurada, reposada y extendida de nuevas ideas. Algo que contrasta enormemente con la cultura del meme y del zasca a la que nos llevó Twitter. Y entonces caí en la cuenta de una cosa. Esas ideas estructuradas, reposadas y extendidas ya no estaban en los blogs. Las estaba encontrando en los videoensayos de Youtube sobre cine, arte o arquitectura.
Uno de esos autores de videoensayos que me ha enseñado cosas nuevas es la canadiense Dami Lee. Gracias a ella descubrí la obra «Elogio de la sombra» que escribió Junichirô Tanizaki, en 1933. Y he ido a comprar la edición española de Siruela. Esperaba encontrarme un tratado que me ayudara a entender cómo la sensibilidad estética japonesa es diferente a la occidental. Y resulta que la obra comienza con el autor contando los dilemas que se enfrentó al realizar reformas en su casa para tratar de mantener su esencia japonesa en una era en la que en los hogares japoneses entraba la luz eléctrica y el agua corriente.
Tanizaki dedica varias páginas a mostrar su rechazo por los baños recubiertos de azulejos y a contar en cambio cómo él prefería las casas tradicionales donde el retrete estaba apartado de la construcción principal. Así que imagen mi sorpresa al empezar a leer un libro que esperaba fuera una obra fina y profunda sobre estética japonesa para encontrarme a un japonés contando el excelso placer de cagar en una cabaña de madera en la que se cuela el aire frío del invierno mientras se escucha el sonido de la lluvia. Puro zen.

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