España imperio

El otro día hablé de cómo a los nacionalistas españoles ante la mínima muestra de una identidad propia o autonomía política en alguna región del país se les escapa un montón de exabruptos. Lo que era una apreciación muy personal ha quedado de manifiesto de forma pública y notoria con las elecciones andaluzas.

Vía el Embajador en el Infierno (ya dije que me interesan los heterodoxos) he llegado a este análisis casi antropológico de por qué el Partido Popular no se come un colín allí.

O mía o de nadie

En una de esas visitas nocturnas a la nevera en la que haces una pausa en el ordenador, terminé viendo una tertulia de Intereconomía. Mientras me comía un yogur hablaban de una región española periférica de cuyo nombre no quiero acordarme. Los tertulianos hablaban con condescendencia y un tanto de desprecio a la gente de aquel lugar desde el nacionalismo español. Eso es algo que nunca he entendido. Los nacionalistas españoles no tienen un discurso sobre la fraternidad hacia todos los españoles mientras simplemente critican a los nacionalistas periféricos. Su nacionalismo es de corte “imperialista”. España es la Meseta y el resto, “tierra conquistada”. Sorprende el desprecio que profesan al que no habla en castellano mesetario. Cualquier manifestación cultural particular es un bárbaro atavismo. Cuando se discute sobre la independencia de Cataluña proponen responder a tal eventualidad con un boicot a los productos catalanes y el veto a la entrada como estado miembro de la Unión Europea. El nacionalismo es una patalogía de hombre maltratador.