Yousuke Yukimatsu era un obrero de la construcción japonés que en sus ratos libres pinchaba música. Un día le diagnosticaron un tumor cerebral mortal. Enfrentado al final de su vida dejó todo para volcarse en su afición de esa manera en que los japoneses se obsesionan con ser el mejer en algo. Su perseverancia le llevó a alcanzar fama como DJ. Un día los médicos descubrieron que el tumor había remitido. Su sesión en Boiler Room fue épica. ¥ØU$UK€ ¥UK1MAT$U nos enseña lo lejos que puedes llegar cuando no guardas nada para la vuelta.
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Música para locos como yo
La bendita sabiduría del algoritmo me ha hecho descubrir GoGo Penguin y Mammal Hands. No sabría clasificar su estilo. ¿Jazz fusión? Sin duda hay elementos del minimalismo musical en lo que hacen. Y eso es precisamente lo que me gusta de ambos grupos.
En el anterior vídeo vemos Murmuration, actualmente mi tema favorito, donde encontramos momentos intensos y obsesivos como ese fragmento donde el violonchelo es tocado con arco. Violonchelo, piano y batería es, por cierto, es la misma estructura que presenta el Avishai Cohen Trio.
Hay bastantes conciertos en Youtube para disfrutar largamente de Gogo Penguin, pero aquí destacaré temas como Kora y Parasite.
El algoritmo tiende a recomendarte grupos que se parecen pero no son lo que buscas. Pero llega el día en que decides darle una oportunidad a esas recomendaciones y terminas descubriendo grupos como Mammal Hands. Como en el caso de GoGo Penguin, podemos encontrar en Youtube álbumes enteros y actuaciones en vivo. Pero destacaré dos temas que se caracterizan por esos momentos intensos y obsesivos que tanto disfruto. Uno es Boreal Forest y el otro es Riddle.
GoGo Penguin y Mammal Hands, por cierto, han editado varios discos con el sello Gondwana Records. El mismo que acaba de lanzar un disco en directo de Hania Rani.
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Los guardianes entre las ruinas
Yo fui la clase de niño que se sentaba en los años 80 delante de la tele a ver tertulias políticas y culturales sin entender mucho pero convencido de que los que allí hablaban eran muy listos. Recuerdo que mencionaban mucho con orgullo haber luchado contra el Franquismo y haber corrido delante de los «grises«. Muchos años después descubriría en la biografía de los intelectuales destacados de la época que procedían de familias acomodadas y bien posicionadas en el régimen. Aquella rebeldía juvenil era posible porque siempre había un tío o un padre bien conectado que les permitía pasar poco tiempo en el calabozo. Tardé también en caer en la cuenta que cuando alguien contaba con orgullo que había descubierto ciertas vanguardias intelectuales o estéticas haciendo el doctorado en California o París y había vuelto entusiasmado a España cual Prometeo entregando el fuego a los humanos había que tener en cuenta que esa persona pertenecía al sector ultraminoritario de españoles que se podía permitir viajar y estudiar en el extranjero. Pero lo que más recuerdo que me causara impresión era la permanente sensación que me dejaban aquellas tertulias de que había llegado tarde en la vida. Mayo del 68, la lucha antifranquista, la Transición, la psicodelia de los 60, el rock progresivo de los 70… Todo lo interesante en esta vida parecía haber sucedido antes de yo llegar y que justo había coincidido cuando fueron jóvenes los personajes que hablaban en la tele. Ahora es la gente de mi generación la que habla de los maravillosos años 90, cuando todos éramos más jóvenes y más inocentes. Se obvia el machismo, la homofobia y la xenofobia de aquella época para recordar sólo las joyas que han perdurado del cine y de la música. Se insiste en recordar los precios del ocio, la comida y la vivienda para mostrar «lo que hemos perdido». Así que de pronto se han cambiado los papeles y es mi generación la que le transmite a la siguiente el mensaje que llegó demasiado tarde.
Si uno atiende los indicadores económicos de España ciertamente puede concluir que quizás hayamos emprendido un camino de no retorno. El estancamiento de los salarios y la productividad, la caída de la natalidad, el disparo de la deuda, la dependencia de los fondos europeos y del turismo… Tengo pendiente continuar la serie de cosas que están rotas en España, que va camino de ser un país de trabajadores pobres y poco cualificados. Ahí sí que pueden tener motivos las nuevas generaciones para sentir que llegaron tarde, lejos de la época en que un trabajador con un sueldo mantenía familia mientras pagaba la casa y el coche. Pero hay más cosas que perdimos por el camino.


Este fin de semana Sergio Fanjul contaba en El País como el esnobismo cultural estaba desapareciendo, con las élites económicas exhibiendo su disfrute de la cultura popular. Precisamente, recuerdo de aquellas tertulias televisivas de los años 80 como se hablaba con devoción de Renoir, Godard y Trufautt. Y constato que ya no se habla de ese cine que parecía parte de un canon de cine culto que era imperativo conocer y entender. Quizás hemos cambiado esos nombres por Nolan, Villeneuve y Sorrentin. Quizás no tengamos perspectiva histórica para entender que el reggeatón y Taylor Swift se los tragará el tiempo. O quizás no. Y es posible que no volvamos a tener vocalistas como Freddy Mercury, guitarristas como Mark Knopfler o grupos como Prodigy o Rage Against The Machine. A lo mejor nos toca ser los guardianes de las ruinas de un mundo donde la decadencia no sólo será económica.
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Escuchando mal música mala
Soy de la generación para la que tener un equipo de música era una aspiración. Hablo no de las mini cadenas, sino de los equipos que incluían amplificador y ecualizador como elementos separados que se apilaban en muebles dedicados. Yo tuve una minicadena Pioneer con reproductor de CD y doble pletina de casette. Me la compré durante la adolescencia. Y quedó atrás cuando me fui de casa después de la universidad. A partir de aquel entonces toda la música la escuché a través de los altavoces del portátil, de dos altavoces Creative Labs conectado al portátil, de un reproductor MP3 o del móvil. Para colmo, mucha de aquella música estaba descargada de Internet con un ratio de muestreo bajo. Es decir, jamás volví a escuchar música en condiciones óptimas.
Resulta que el fenómeno es generalizado. El oyente medio de música lo hace en condiciones subóptimas. Pero no importa. La calidad de las grabaciones ha caído en picado. Las casas discográficas han entrado en una guerra de decibelios para que su música suena más alta, sacrificando rango dinámico por el camino. Así que todas esas quejas de que ya no hay música como la de antes tiene una base de razón.
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Karam
Conocí la música de Tolga Sağ hace más de diez años y sólo hace poco tuve conocimiento de su padre, que resulta que es un músico y poeta importantísimo en Turquía. Llevo días enganchado con su versión instrumental de «Karam». Tras un arranque lento e improvisado, Arif Sağ se pierde en las cuerdas del bağlama en una exhibición de virtuosismo. Sólo hay que ver cómo le cambia la cara a su hijo durante la interpetación.
