Bienvenidos al desierto de lo real

“Bienvenidos al desierto de lo real” es una frase que pronunciaba Morfeo en la película Matrix. Enseguida hubo quien se lanzó a señalar todas las citas y referencias que aparecían en la película para descubrirnos que era un enorme pastiche posmoderno. La frase en cuestión es una referencia a Jean Baudrillard. Hace pocos días encontré de casualidad la cita original.

Si ha podido parecernos la más bella alegoría de la simulación aquella fábula de Borges en que los cartógrafos del Imperio trazan un mapa tan detallado que llega a recubrir con toda exactitud del territorio, aunque el ocaso del Imperio contempla el paulatino desgarro de este mapa que acaba convertido en una ruina despedazada cuyos girones se esparcen por los desiertos. […]

[H]oy serían los girones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa. Son los vestigios de lo real, no los del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real.

“La precesión de los simulacros”, 1978

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Acción de Gracias

Doy gracias a la luna por ser la luna, a los peces por ser los peces, a la piedra imán por ser el imán.

Doy gracias por aquel Alonso Quijano que, a fuer de crédulo lector, logró ser Don Quijote.

Doy gracias por la torre de Babel, que nos ha dado la diversidad de las lenguas.

Doy gracias por la vasta bondad que inunda como el aire la tierra y por la belleza que acecha.

Doy gracias por aquel viejo asesino, que en una habitación desmantelada de la calle Cabrera, me dio una naranja y me dijo: “No me gusta que la gente salga de mi casa con las manos vacías”. Serían las doce de la noche y no nos vimos más.

Doy gracias por el mar, que no has deparado la Odisea.

Doy gracias por un árbol en Santa Fe y por un árbol en Wisconsin.

Doy gracias a De Quincey por haber sido, a despecho del opio o por virtud del opio, De Quincey.

Doy gracias por los labios que no he besado, por las ciudades que no he visto.

Doy gracias por las mujeres que me han dejado o que yo he dejado, lo mismo da.

Doy gracias por el sueño en el que me pierdo, como en aquel abismo en que los astros no conocían su camino.

Doy gracias por aquella señora anciana que, con la voz muy tenue, dijo a quienes rodeaban su agonía rodeaban su agonía “Dejenmé morir tranquila” y después la mala palabra, que por única vez le oímos decir.

Doy gracias por las dos rectas espadas que Mansilla y Borges cambiaron, en la víspera de una de sus batallas.

Doy gracias por la muerte de mi conciencia y por la muerte de mi carne.

Sólo un hombre a quien no le queda otra cosa que el universo pudo haber escrito estas líneas.

Un colega me descubrió este poema de Borges hace poco. Llevo días de balances y miradas hacia atrás. Y con el tiempo, puedo dar gracias hasta por historias que terminaron mal. Si cerrara mi vida ahora, cuando no me queda otra cosa que el universo, serían prueba de que he vivido.