Si me hubieran preguntado de adolescente sobre los avances tecnológicos del futuro habría pronosticado que algún día un sistema informático sería capaz de descifrar el significado de ladridos y maullidos. No esperaba, obviamente, que surgieran soliloquios profundos. Imaginaba que la tecnología sería capaz de convertir ladridos y maullidos en mensajes como «¡quiero comida!». Aunque estoy seguro que muchos dueños de perros y gatos dirán que ellos no necesitan el cacharro que yo imaginaba para entender a sus mascotas.
No conozco a nadie que haya inventado lo que yo imaginaba pero por el camino pasó algo curioso. Una logopeda estadounidense llamada Christina Hunger, especializada en niños autistas no verbales, entrenó a su perra Stella para usar uno de los dispositivos que empleaba en sus sesiones de terapia. Por el camino documentó en redes sociales sus avances y dio comienzo a una revolución.
Christina Hunger empezó a usar con su perra un conjunto de botones que al ser pulsados reproducen cada uno una palabra. «Comer», «golosina», «jugar»… El experimento tuvo éxito pero sobre todo cautivó la imaginación de muchos dueños de mascotas que empezaron a entrenar a sus perros y gatos a usar el mismo tipo de botones. La popularización de la técnica de comunicación entre muchos dueños de mascotas llevó a la aparición de botones específicamente adaptados para animales. Pero, sobre todo, a que el asunto captara la atención de investigadores científicos dispuestos a desentrañar si los animales realmente se estaban comunicando con sus dueños o era una patraña creada para Internet.
La realidad es que sí. Que los animales son capaces de asociar diferentes botones a diferentes conceptos y pedir comida, caricias o salir al parque. Pero también quejarse de ruido o llamar la atención a sus dueños por una herida o un dolor. Esto último es uno de los resultados que más satisfacción produce a los dueños de los animales . Porque hasta ahora un quejido era en muchas ocasiones una llamada de atención indescifrable pero ahora hay animales capaces de comunicar a sus dueños sobre sus dolores e identificar la zona del cuerpo afectada.
Después de ver muchos vídeos de perros y gatos comunicándose con sus dueños podemos confirmar que los perros parecen seres llenos de energía que quieren salir al parque, demandan que jueguen con ellos a la pelota y aprietan los botones asociados a los nombres de otros perros del vecindario o personas del entorno de su dueños a los que echan de menos. Los gatos en cambio viven quejándose del ruido de la calle, de otras mascotas y de visitas que se alargan demasiado. Un gato reclamó a su dueña una medicina que detesta, prueba de que para aquel gato la ruptura de su rutina diaria era más molesta que el mal sabor de la pastilla.
La comunicación con botones nos ha permitido descubrir que a los perros les encanta hacer comentarios sobre defecar porque para ellos no existe el pudor y que tanto perros como gatos suelen echar mucho de menos no sólo a las personas ausentes por un viaje, sino a las que están fuera de la casa por su rutina diaria de ir a trabajar o al colegio.
La práctica de entrenar a perros y gatos para comunicarse con botones se ha extendido lo suficiente como para que por pura estadística aparezcan casos aislados de animales por encima de la media con un vocabulario amplio y que además soi capaces de combinar dos conceptos para crear un tercero. Por ejemplo, un gato con artritis pulsó «ouch» y «amigo» para reclamar que le llevaran al veterinario («el amigo que trata el dolor»).
De vez en cuando veo comentarios escépticos o despectivos en los vídeos que publican los dueños de animales que usan botones para comunicarse. Creo que no es necesario explicar que antes de que se introdujeran los botones ya sabíamos que perros y gatos eran capaces de reconocer palabras e incluso frases como «hazte el muerto» o «dame la patita». Los botones sólo son mecanismo para explotar esa capacidad.
La dueña de Bunny, una de los animales más famosos por su uso de los botones explicaba en una ocasión que su perra no ha dejado de ladrar por usar los botones, cuyo uso es sólo un parte de sus interacciones con ella. Y que en el día a día hay muchas pulsaciones incoherentes e indescifrables. Así que lo que vemos en redes sociales es sólo una selección de las interacciones más inequívocas. Por eso las familias que participan en proyectos de investigación científica tienen instalada cámaras con sensores de movimiento al lado de las botoneras para registrar todas las interacciones y estudiar el grueso de ellas.
La conclusión que he sacado viendo muchos vídeos de perros y gatos (en mis interminables sesiones de doomscrolling y procrastinación) es que los animales quieren pasar con sus dueños todo el tiempo posible y no entienden las rutinas de teletrabajo o las ausencias por ir a la escuela o a un viaje de trabajo. La felicidad de los animales implica jugar mucho con ellos y tener tiempo para salir al parque o al patio. Es una responsabilidad mucho más grande que simplemente ponerles un plato de comida y agua. Y me hace reconsiderar lo que supone tener un animal en casa.
