No volveré a ser joven

Releí estos días El maestro de esgrima, la novela con la que descubrí a Arturo Pérez-Reverte cuando yo tenía 17 años. Volví a leer la novela con 22 años y en aquella segunda ocasión me detuve a recoger algunas frases que salían de boca del protagonista. Me fascinó aquel personaje que se mantenía fiel a sus principios contra viento y marea como una forma de darle sentido a la vida en un mundo convulso. El protagonista era un hombre mayor que había visto marchitarse el mundo, regido por el deber y honor, en el que se había educado para dar paso a tiempos más prácticos donde no todo tenía valor pero sí precio. Yo trasladé todo aquello a mis propias experiencias y su sentimiento de nostalgia por unos tiempos que ya no volverían lo traducí a los sueños e inocencias que había dejado por el camino a pesar de ser sólo un adolescente imberbe.

Volver a leer El maestro de esgrima fue de pronto encontrar la distancia que me separa de aquel que fui, alguien cuyas frases en primera persona estaban entonces llenas de “siempre”, “nunca” y “jamás”. Ahora sé que aquella determinación era resultado de que la vida todavía no me había puesto a prueba. Recuerdo que, hace pocos años, una ex-compañera de clase tras ponernos al día me dijo entusiasmada “¡Veo que sigues hablando de las mismas cosas y pensando lo mismo que en la carrera! Me alegro de que no te hayas vendido”. Yo le contesté con resignación: “Simplemente pasa que nadie ha querido comprarme”.

Creo que lo que da la experiencia y la madurez es comprobar que uno por más que lo quiera no se comporta como un personaje literario enfrentado a grandes dilemas. La pelea vital por ser fiel a unos principios no tiene forma de grandes batallas épicas. Nos alejamos del que quisimos ser dando pequeños pasos banales. Y mantener la guardia ante eso es una proeza mucho mayor.

Miro también a mi corazón,
y descubro que sus deseos
se resumen, desgraciadamente,
en dos palabras:
la palabra Siempre,
la palabra Nunca.

Bernardo Atxaga, “Bizitzak”

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El desierto, la muerte y nada más

Pertenecer al desierto, era, como ellos bien sabían la maldición de entablar una batalla sin fin con un enemigo que no era de este mundo, que no era la vida, ni nada, sino la esperanza como tal; y el fracaso le parecía a la humanidad una expresión de la libertad de Dios. Nosotros sólo podíamos ejercitar en libertad haciendo lo que estaba en nuestras manos hacer, porque entonces la vida nos pertenecería, y la dominaríamos al despreciarla. La muerte aparecería como la mejor de nuestras obras, la última y más libre lealtad a nuestro alcance, nuestro ocio final.

Los Siete Pilares de la Sabiduría, T. E. Lawrence.