No volveré a ser joven

Releí estos días El maestro de esgrima, la novela con la que descubrí a Arturo Pérez-Reverte cuando yo tenía 17 años. Volví a leer la novela con 22 años y en aquella segunda ocasión me detuve a recoger algunas frases que salían de boca del protagonista. Me fascinó aquel personaje que se mantenía fiel a sus principios contra viento y marea como una forma de darle sentido a la vida en un mundo convulso. El protagonista era un hombre mayor que había visto marchitarse el mundo, regido por el deber y honor, en el que se había educado para dar paso a tiempos más prácticos donde no todo tenía valor pero sí precio. Yo trasladé todo aquello a mis propias experiencias y su sentimiento de nostalgia por unos tiempos que ya no volverían lo traducí a los sueños e inocencias que había dejado por el camino a pesar de ser sólo un adolescente imberbe.

Volver a leer El maestro de esgrima fue de pronto encontrar la distancia que me separa de aquel que fui, alguien cuyas frases en primera persona estaban entonces llenas de “siempre”, “nunca” y “jamás”. Ahora sé que aquella determinación era resultado de que la vida todavía no me había puesto a prueba. Recuerdo que, hace pocos años, una ex-compañera de clase tras ponernos al día me dijo entusiasmada “¡Veo que sigues hablando de las mismas cosas y pensando lo mismo que en la carrera! Me alegro de que no te hayas vendido”. Yo le contesté con resignación: “Simplemente pasa que nadie ha querido comprarme”.

Creo que lo que da la experiencia y la madurez es comprobar que uno por más que lo quiera no se comporta como un personaje literario enfrentado a grandes dilemas. La pelea vital por ser fiel a unos principios no tiene forma de grandes batallas épicas. Nos alejamos del que quisimos ser dando pequeños pasos banales. Y mantener la guardia ante eso es una proeza mucho mayor.

Miro también a mi corazón,
y descubro que sus deseos
se resumen, desgraciadamente,
en dos palabras:
la palabra Siempre,
la palabra Nunca.

Bernardo Atxaga, “Bizitzak”

Transición

Hace muchos años caí en la cuenta que guardaba un primer recuerdo televisivo de algo que sólo pude identificar como la guerra civil libanesa. Quizás en mi memoria guardé imágenes de una película o simplemente se tratase de un falso recuerdo. Recuerdo que un día llegué a casa y mi madre me explicó que había sucedido un intento de golpe de estado. Tardé años en comprender que ello significaba algo más que unos hombres uniformados entrando con armas en el Congreso.

Mi primer recuerdo de un acontecimiento del que fui plenamente consciente de su calibre histórico fue la caída del Muro de Berlín. Sucedió en mi primer año de secundaria. El fin de la Guerra Fría provocó también el fin de las guerras civiles en América Latina y la llegada de la democracia a un buen número de países. Recuerdo que a partir de entonces se sucedieron los desfiles de nuevos jefes de estado y gobierno de países ahora democráticos de visita por España. Los medios de comunicación resaltaban sus discursos alabando el ejemplo que suponía España y su joven democracia, producto de una Transición modélica. Y yo adolescente inocente e ignorante me sentía orgulloso.

Durante años encontré sólo a un puñado, de los que para mí era radicales cascarrabias, que criticaban la sacrosanta Transición Española. ¿Qué esperaban aquellos chiflados para colmar sus sueños? ¿Que España se hubiera convertido en una República Democrática Popular vinculada al Pacto de Varsovia?

Tardé años en comprender. Las revoluciones suceden cuando parte de la propia maquinaria del poder se convence de que no merece la pena sostener por más tiempo el status quo. Las revoluciones triunfan cuando un dictador descuelga el teléfono y el general al otro lado se niega a sacar sus tanques para aplastar manifestaciones. Lo que no suelen contar los libros de historia escritos por los victoriosos revolucionarios son las negociaciones previas que puedan quitar mérito a la gesta de derrocar a Ceauşescu o Milošević.

En el caso español el asunto no llegó ni a la categoría de revolución. Se trató de una demolición controlada de las viejas estructuras en la que la izquierda aceptó como precio del advenimiento de la democracia olvidar las violaciones de los derechos humanos cometidas durante casi cuarenta años y respetar las fortunas amasadas al amparo del poder político. Se respetó la decisión del dictador de colocar como su sucesor en la jefatura del estado a un monarca con el que además se saltaba el orden dinástico. Quizás la vergüenza de este pecado original llevó a la instauración de un tabú consensuado sobre la institución de la monarquía que llega hasta hoy en España.

La muerte del dictador tuvo lugar en 1975, dos años después de la primera gran crisis económica mundial tras la Segunda Guerra Mundial. La Constitución fue sometida a referéndum a finales de 1978, que antecedió a la segunda crisis económica de la década y que dio pie a la revolución conservadora que aupó a Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Reino Unido. España que pretendía, según el preámbulo de la Constitución, constituirse en un Estado Democrático, Social y de Derecho inaguró con la Transición una democracia y un Estado del Bienestar limitados.

Podría pensarse que si la derecha democrática era la heredera política del régimen al menos el paso del tiempo produciría la deseable transformación. El cambio generacional se produjo efectivamente. Cuando en 1996 el Partido Popular llegó al poder las carteras ministeriales fueron ocupadas por los hijos, sobrinos y nietos de grandes figuras políticas de la dictadura.

Absurdamente España se dedicó durante años a dar lecciones de democracia a los países de Europa del Este y del Cono Sur. Tuvieron que pasar treinta años de la muerte del dictador para que hubiera voluntad de buscar a los miles de españoles ejecutados y enterrados en cualquier parte para devolver los restos a su familia. Estos días, sin ir más lejos

Hombres maduros

En una noche de alcohol y confidencias un amigo me puso en su ordenador la versión de “Lágrimas Negras” que interpretaron “Bebo” Valdés y “Cachao” para el documental musical Calle 54.

“Fíjate en ese cruce de miradas. En esa complicidad. Así sólo pueden tocar los hombres que alguna vez amaron de verdad a una mujer”, sentenció. Yo en aquel entonces sólo lo consideré una frase grandilocuente producto del alcohol.

Llevo tiempo escuchando música de hombres maduros que están muy de vuelta. He mencionado aquí a Johny Cash y a Leonard Cohen. Fue hace poco mi cumpleaños y escuché al gran Tom Jones, versionar a Cohen:

Well, my hair is gray and my friends are gone.
I ache in the places where I used to play.
And I’m crazy for love but I’m not coming on.

Olvidar a Foucault

En una palabra, el discurso de Foucault es el espejo de los poderes que escribe. Esa es su fuerza y su seducción, y no su “índice de verdad”, eso es su leit-motiv: los procedimientos de verdad, pero no tiene importancia, proque su discurso no es más verdadero que cualquier otro- no, es en la magia de un análisis que despliega los meandros sutiles de su objeto, que lo describe con una exactitud táctil, táctica, donde la seducción alimenta la potencia análitica, donde la lengua misma alumbra en la operación poderes nuevos. Esa es también la operación del mito, hasta en la eficacia simbólica que describe Lévi-Strauss, y sin, embargo, ese no es un discurso de verdad, sino un discurso mítico, en el sentido fuerte del término, y yo creo secretamente, sin lugar  a duda, en el efecto de verdad que produce. Eso es, por otra parte, lo que falta a los que, siguiendo las huellas de Foucault, pasan al lado de ese dispositivo mítico y se vuelven a encontrar con la verdad, nada más que la verdad.

Jean Baudrillad en Olvidar a Foucault.

Vuelve Sherlock

Han pasado tres años desde que vi la serie británica Sherlock y desde entonces sus dos protagonistas, Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, no han parado de trabajar. Se trata de una de las poca puestas al día de un personaje literario que realmente funciona. Sherlock prescinde del canon construido por cine y televisión para ir a la raíz del personaje con unos cuantos hallazgos visuales por el camino.

Por fin, ¡por fin!, se ha anunciado la tercera temporada.