El hombre de negro

Loquillo es lo más parecido a un hermano mayor que tuve en la adolescencia.

 

Nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un puto libro en su jodida vida

Fue Jesús Quintero el que me descubrió El Lobo Estepario. Era el título de su programa en una cadena de radio  que ya no recuerdo. Intrigado, busqué información sobre el título y terminé comprando la novela. Sé que Quintero es un personaje y que en sus arengas televisivas rebosa histrionismo. Pero, qué razón tiene el jodío.

Televisión para tontos

Javier Olivares, que es guionsita y productor ejecutivo de series de televisión, cuenta cómo toda su vida se ha estrellado en España con mandamases de televisión que piden que los guiones de la serie “los entieda una señora de Cuenca”. Mientras, en Estados Unidos la ficción televisiva vive una era dorada,  la televisión británica sorprende con productos rompedores y la ficción israelí es adaptada en Estados Unidos para el resto del mundo. Es decir, en el resto del mundo entienden que la era en que toda la familia se sentaba delante de la televisión ha pasado a la historia y hoy el público, que está segmentado, pide una mayor variedad de productos.

La historia que cuenta Javier Olivares tiene un giro inesperado. Él ha tenido la oportunidad de hablar en pequeños festivales o charlas con la gente que está al otro lado de la pantalla.  Y nos descubre que el público español es mucho más maduro de lo que esos mandamases creen.

Adán y Eva

Desde que WordPress trató de que su comunidad de usuarios se pareciera un poco a Facebook, con seguidores y “Me gusta”, he ido descubriendo a lectores y seguidores de este blog. Es una mezcla variopinta. Y a veces descubro cosas interesantes.

Marcela (Facebook, Twitter), de la que no tengo claro si usa un pseudónimo, se dedica a realizar fisiogramas. Son fotos con exposiciones realmente largas en las que se “pinta con luz”, como esas fotos de autopistas donde los faros de los coches trazan rayas de colores.

Adán y Eva

Añoro mi Blackberry

Con un montón de puntos acumulados y con Firefox OS todavía verde me he convertido en usuario de Android. Sobreviví un par de años con un teléfono Nokia 1616 cuyos mayores lujos eran una linterna LED y radio FM. Lo conseguí en una oferta de risa a 9 euros en la FNAC de Madrid. Lástima no haber podido hacerme con un Nokia 103, aún más simple con pantalla monocroma. Pero, por lo que sé, no llegó a España.

Ir por la vida con un Nokia 1616 en la era del esmarfón suponía una cierta actitud vital. Pero se estaba convirtiendo en un “riesgo laboral” no tener acceso a Internet al salir por la puerta. Así que he terminado pasando por el aro, permitiéndome una licencia en nombre de mi espíritu rebelde al elegir un terminal Android a prueba de agua, polvo y rayaduras. Lo que pocos que me han visto con él saben es que yo fui un early adopter de Blackberry. Así que me hizo un poco de gracia el comentario de alguien “ya verás como [un teléfono con Internet] te cambiára la vida“. Ya sé que las esperas, cuando la gente llega tarde, dejan de ser un suplicio. Que es un alivio poder consultar estando en la calle un email donde te daban una dirección que apuntaste en un papel que no encuentras. O que si te has perdido sólo tienes que mirar el callejero en el móvil. Pero la ventaja fundamental es que, por fin, tienes la excusa perfecta para fingir que estás ocupado en esas situaciones sociales altamente incómodas. Basta ponerte a navegar por los menús para pretender que estás abstraído, revisando un correo urgente. Desde luego, en el Nokia 1616 quedaba un poco raro.

Estas pocas semanas de uso de Android me han servido para descubrir que los móviles con pantalla táctil son una castaña. Quien alardea que “al poco tiempo dejas de echar en falta el teclado” nunca manejó una Blackberry (y nunca vio mis dedos bailar sobre su teclado). Yo convertí a mis Blackberry en sustitutas de las Moleskine de bolsillo y escribiedo en un móvil de pantalla táctil entiendo ahora todos esos atropellos a la lengua que la gente comete en sus mensajes. Los terminales Android no son más que mini-tabletas para el consumo pasivo de información con una gama amplísima de programas sí, pero cuya letra pequeña asusta. Ya he desistido de instalar programas en mi móvil al encontrarme una lista kilométrica de datos personales e información del móvil a los que pretenden acceder. (¿Para qué querrá algún programa para compartir información en Internet acceder a mi registro de llamadas?). Y sin embargo no es algo que parezca molestarle a la mayoría, viendo la extensión del uso de esas aplicaciones. La Sociedad de Control ha dejado de ser una distopía, para entrar todos en ella en una alegre romería.

La Blackberry era una teléfono que se conectaba a Internet, justo al contrario de mi terminal Android, que es una mini-tableta que hace llamadas. Asuntos tan nimios como copiar y pegar cualquier información, enviar por correo la URL de una página que estuvieras leyendo o integrar los contactos del Facebook en la agenda eran asuntos sencillos en mi Blackberry que no requerían una lectura del manual o la pulsación de demasiadas teclas. Lo curioso es que se ha convertido en una gracia recurrente hacer chistes sobre RIM o los usuarios de Blackberry. No sé si por un despecho retroactivo por los años en que fue un elemento de status o por el deseo infantil de alcanzar la distinción marcando jerarquías. Pero veo que no soy el único en echar en falta el teclado de las Blackberry. Yo voy a estar atento al desarrollo de la familia Q de Blackberry.

P.S. Señores de Blackberry. ¿Alguna vez han pensado en sacar un modelo a prueba de golpes y agua? Algo así como una Blackberry que le dé la réplica a los móviles Casio G-Shock. Mi sueño húmedo.

¿Se le acaba el cuento a Leica?

La industria japonesa barrió en mercados como el de las cámaras de fotos, las motos y los relojes de pulsera. Las marcas europeas desaparecieron o se refugiaron en los nichos de mercado de productos premium. En el terreno de la fotografía, tras el fin de la fabricación de las Zeiss Ikon analógicas, la marca Leica ha quedado como das Kamera.

Durante mucho tiempo los fans de Leica argumentaron que había algo único y especial en las fotos que hacían las cámaras Leica, los famosos “colores Leica” por ejemplo. Pero en la era digital, donde todo es medible y cuantificable, queda demostrado que una cámara Leica que cuesta cinco veces más no necesariamente hace fotos cinco veces mejores. Supongo que para el fotógrafo puntilloso dispuesto a gastar mucho, pagar más para tener una mejora marginal en los resultados vale la pena.

“J Shin” contaba la epifanía que sufrió al encontrarse la pasada Navidad una lente Leica por 2.600 dólares en eBay. Era una ganga considerando el modelo de lente y la condición del ejemplar en venta. Pero empezó a preguntarse qué sentido tiene gastarse auténticas fortunas en una cámara y lente que, dada la inversión hecha, genera aprensión sacar a la calle. Y sobre todo empezó a preguntarse qué sentido tenía gastarse un disparate de dinero cuando hasta la gama alta de las cámaras sin espejo empiezan a dar unos resultados notables. Al comprar una Leica cuyo cuerpo vale seis mil euros no consigues ni siquiera fotos que son el doble mejor de una cámara cuyo cuerpo cuesta mil. Y J Shin añade una cosa interesante. Las diferencias de resultados entre cámaras que cuestan bastante diferente empiezan a no ser apreciables al ojo humano para un fotógrafo medio que no esté preparado para buscarlas. Y ni hablar si las fotos han sido sometidas a procesamiento digital.

No es de extrañar por tanto, que Leica ande un tanto desnortada. Su único mercado seguro es el de lo esnobs adinerados dispuestos a pagar el punto rojo, aunque sea en una cámara Panasonic con una carcasa ligeramente diferente. Mientras, sufre la competencia de Fuji, que vende nostalgia fotográfica con tecnología de vanguardia (véas sus cámaras sin espejo y la X100). Será un gesto desesperado en busca de mercados nuevos que haya sacado al mercado uno de esos modelos que son una respuesta a preguntas que nadie ha hecho. Decía Iker Morán en quesabesde.com hace poco que “hace tiempo que las Leica perdieron su alma”. Así que mejor no hablamos de Hassebald, que ha añadido madera y adornos varios a la Sony NEX 7 para venderla por una cantidad tan disparatada que alguien de la marca ha tenido que salir a defenderla: “No obligamos a nadie a comprarla”. Sólo le faltó añadir llorando “por favor, no me peguen”.

Lo opuesto a la nostalgia del futuro

Uno de los temas recurrentes en este blog es la “nostalgia del futuro”, la sensación de que hubo un tiempo en que el futuro era un tema que nos fascinaba. Las revistas de divulgación dedicaban monográficos al “mundo del mañana”, la carrera espacial avanzaba alimentada por la Guerra Fría y Japón era el país de referencia. Pero la fascinación por el futuro no fue sólo cosa de los años 80, ni tampoco siempre loable.

En 1908 el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti redactó “El Manifiesto Futurista” que ensalzaba la tecnología, la velocidad, la violencia y el machismo con un discurso que anticipaba el fascismo. El movimiento Futurista atravesó todas las manfiestaciones artísticas, desde la arquitectura a la poesía.

Crali_-_Incuneandosi_nell_abitato_-_In_tuffo_sulla_citt_c3_a0_-_6083Tullio Crali, “In tuffo sulla città” (1939)

3. La pintura y el arte ha magnificado hasta hoy la inmovilidad del pensamiento, el éxtasis y el sueño, nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo. 9. Queremos glorificar la guerra – única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer. 10. Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias.