Feliz apocalipsis digital

Confieso que no he dedicado ni un segundo a leer de qué va en serio eso de la SOPA o la PIPA, ni he leído en profundidad sobre la investigación que ha hecho el FBI de Megaupload, ni tampoco he estudiado el contenido de la Ley Sinde. El mundo se derrumba y yo sin saber…

No es indiferencia. Es pereza. Creo que la red encontrará su propio camino.

El tesoro que nadie quiere

Hace ya un montón de años leí una mención de un columnista del diario El Mundo sobre una poetisa rusa que había recitado sus versos en un acto en Madrid. Busqué información sobre ella en Internet y sólo encontré información sobre su colaboración con la sede moscovita del Instituto Cervantes. Ahora sé que Natasha Vanjanen es poetisa, hispanista y traductora.

De aquella columna periodística que la mencionaba tomé nota de un poema suyo que terminaría guardando en las páginas del diario que escribí durante un viaje por Europa en el verano de 1999. En aquellos 47 días alcancé el Círculo Polar Ártico en la antesala de la Laponia finlandesa y contemplé desde sus pies las cumbres nevadas de los Alpes suizos. Viví con tanta intensidad aquellas semanas que me sentía incapaz de explicarme ante los demás. Nunca había estado tanto tiempo solo y lejos de casa. Pero cuando volví a casa me encontré que nadie estaba interesado en lo que yo había vivido y aprendido.

Así que allí estaban las palabras de Natasha Vanjanen, que llevé a partir de entonces en mi cabeza en cada viaje junto con el deseo de no volver.

¡Jasón, no regreses jamás!
¿Para qué quieren las gentes tus hazañas?
Desean oro, pero sólo
en piezas acuñadas con perfil cincelado
por algún artista que sepa conferir
hermosa crueldad a cualquier rostro.
Y no tienen por qué quererte,
porque seas un héroe, Jasón.
No regreses.

El cuerpo me pide viajar de verdad. Viajar.

Mad Women

He visto sólo un puñado de capítulos de Mad Men, la serie sobre una agencia de publicidad en Estados Unidos a principios de los años 60. Había leído críticas que la ensalzaban como una de las mejores series de los últimos años y una muestra de cómo la “fición de calidad” en televisión se había puesto por delante del cine de Hollywood.

A mí, lo que me llamó la atención no fue la construcción de los personajes, el desarrollo de las tramas y la estética tan cuidada, sino el machismo de aquellos tiempos que es representado de forma descarnada y que visto con ojos actuales resultan sonrojante. Apenas he leído sobre ello, cuando por ejemplo hace poco descubrí que se ha escrito bastante sobre la posible misoginia de Steven Moffat (Doctor Who, Jekyll, Sherlock).

Lo que he encontrado han sido alabanzas a la estética de la serie por su verosimilitud y disertaciones sobre lo retro y lo vintage (“Mad Men” vuelve a poner de moda….). He encontrado hasta retazos de lo que podíamos llamar discurso post-postfeminista en esa nostalgia por “aquellos tiempos en que los hombres eran hombres” (y usaban sombrero). De hecho, a alguien se le ha ocurrido lanzar una serie que se recrea en la estética de aquellos tiempos, línea de accesorios y productos “oficiales” incluida, prescindiendo de innecesarios dramatismos

No sé qué pretensiones tienen los productores de “Mad Men” sobre la duración de la serie. No creo que quieran convertirla en un “Cuéntame” a la estadounidense, con un arco de tiempo excesivamente largo. Pero la realidad es que los personajes de la serie son dinosaurios cuyo mundo a la vuelta de la esquina va a estallar en mil pedazos.

En los Estados Unidos de “Mad Men” (y en la España de mucho tiempo después) la publicidad de la industria de la moda y los cosméticos apelaba a que sus productos servían a las mujeres para complacer a sus marido. Ellas les esperaban impacientes y guapísimas (las tareas domésticas las hacían mujeres de las clases subalternas) para proporcionarles “el descanso del guerrero” tras un duro día de trabajo en la oficina. Pero ese mundo de hipocrecías y frustaciones subterráneas inevitablmente fue cuestionado por una revolución cultural que me intriga cómo será representada en “Mad Men” si la serie se adentra en los años 60.

En algún momento la industria de la moda y la coméstica fue puesta en jaque por las feministas y los viejos argumentos de “estar guapa para tu hombre” dejaron de servir para vender sus productos. No sé si alguien ha documentado esa historia. Por ejemplo Thomas Frank ha estudiado cómo los valores de rebeldía e inconformismo fueron asumidas por la industria del automóvil estadounidense. Descubrimos así que La furgoneta hippy Volkswagen resulta ser en realidad una magistral jugada de marketing. Y de la misma manera, en algún momento, a algún genio maquiavélico se le ocurrió darle la vuelta a los argumentos de venta de la industria de la moda y la cosmética.

No sé si fue la obra puntual de un cerebro solitario que desencadenó una contrarrevolución o un proceso gradual. La cuestión es que un día los artículos de moda y belleza se convirtieron como productos de consumo en símbolos de emancipación de la mujer. Cuidar los kilos de más, ir a la moda, lucir escote, vestir minifalda y llevar tacones dejaron de ser cosas que las mujeres hacían “para los hombres”, para convertirse en cosas que ellas hacían para sí mismas sin importar estar solas, en pareja o casadas. Estar guapa, según los cánones, era un mensaje que se lanzaba al mundo. Una declaración de principios sobre la propia autoestima y autoaceptación.

La jugada resultó ser magistralmente genial y digna de estudio por una tesis doctoral de sociología del consumo. Convertía automáticamente a quien se negara a entrar en el juego en una persona con problemas, posiblemente una lesbiana y sin duda en una amargada. Pero aceptar las reglas no era necesariamente un billete sin retorno a la tierra prometida. La industria de la moda y la cosmética ofrecían un pacto mefistofélico en el que el listón de estar guapa se iba desplazando en el horizonte como un espejismo siempre lejano. Década tras dédada el ideal de belleza femenina ha ido adelgazando. Por ejemplo, Martin Voracek y Maryanne Fisher revisaron las medidas de las 577 chicas de las páginas centrales de la revista Playboy entre 1953 y 2001. Encontraron que el índice de masa corporal había disminuido.

Pero no sólo se trata de un cuerpo ideal cada vez más andrógino o una guerra permanente contra el propio cuerpo en el que cada año se ofrece una solución en forma de crema de belleza para un problema que antes no existía. Yo, que llevo varios meses de usuario en Deviantart, no he podido dejar de reparar en cómo se autorrepresentan las mujeres, bajo capas de maquillaje y retoque intenso de Photoshop. Txema Rodríguez hablaba de “cómo la fotografía ha arruinado la vida de millones de mujeres”. La manipulación digital de las fotografías ha permitido cruzar los límites de un mundo posthumano. La empresa H&M reconoció que en su catálogo aparecían cuerpos hechos por ordenador al que se le pegaban las caras, algo nada sorprendente para quien conozca el blog Photoshop Disasters. El ideal de belleza femenino ha entrado en el terreno de los cyborgs.

Ya tengo el coche

Tenía una imagen. El relato arranca con el protagonista conduciendo hacia el trabajo por la Avenida Kutuzov (Kutuzovsky Prospekt) de Moscú. Estuve leyendo sobre la industria automotriz soviética durante los años 80 y me lo imaginé al volante de una variante del VAZ-2101 “Zhigulí”, posiblemente la 2105. Y entonces encontré esta maravilla:

Volga M21 coupé

Un Volga M21 coupé. Un coche que jamás existió en la Unión Soviética y que nació por el capricho de un millonario ruso que quería el corazón de un deportivo BMW 850 con una carrocería inspirada en la del Volga M21 de tercera generación, coche que jamás tuvo versión coupé.

De pronto, cómo llegó un vehículo tan lujoso a sus manos me sirvió de excusa para introducir una idea que tenía reservado para otros relatos. Y así, sin querer, comienza a rodar todo…

William Gibson y la postmodernidad postcyberpunk

El primer libro que he comprado para mi nuevo Kindle es “Rewired”, una antología de relatos postcyberpunk. Lo escogí no tanto para entrar en discusiones sobre el sentido de esa clase de etiquetas, sino por la carga simbólica del cacharro.

Estos días estoy releyendo “Postmodernidad” de David Lyon, una de esas “guías básicas” a las que conviene volver una y otra vez como punto de partida de un camino en una nueva dirección. Y me ha llamado mucho la atención la reseña hecho por Asunción Álvarez de “Pattern Recognition”, la primera novela de la trilogía que acaba de cerrar William Gibson y en la que desde su punto de vista privilegiado disecciona cosas que a mí me pasaron bastante desapercibidas.

Una minoranza

– Sà cosa stavo pensando? Io stavo pensando una cosa molto triste, cioè che io, anche in una società più decente di questa, mi troverò sempre con una minoranza di persone. Ma non nel senso di quei film dove c’è un uomo e una donna che si odiano, si sbranano su un’isola deserta perché il regista non crede nelle persone. Io credo nelle persone, però non credo nella maggioranza delle persone. Mi sà che mi troverò sempre a mio agio e d’accordo con una minoranza…e quindi…”

Caro Diario, Nanni Moretti (1993)

Epifanía

Cuando estudaba estudiando la carrera cayó en mis manos un número aniversario de la revista Ajoblanco. Su director, José Ribas, contaba en un artículo el nacimiento de la revista. Describía los últimos años del franquismo en Barcelona, cuando las fuerzas políticas más activas entre las masas universitarias eran las marxistas-leninista. Se quejaba Ribas de que en aquel entonces todos aquellos líderes y militantes estudiantiles, tan ortodoxamente radicales, tenían un alma gris de burócrata. Cuarto de siglo después, en otra universidad, vivía yo una sensación parecida.

Y otra vez sucedió, releyendo la revista Ajoblanco. En una recopilación de artículos antiguos con motivo del 10º aniversario de la segunda época de la revista encontré una entrevista a Allen Ginsberg.

-Hace tres años estuve en Checoslovaquia, en una reunión de poetas de la Universidad de Olomouc. Me asignaron como intérprete un joven estudiante de segundo de medicina, al que me presentaron como uno de los líderes estudiantiles de la revolución de terciopelo. Me interesé: ¿Cómo lo hicistéis? Hubo una gran asamblea-me dijo. Y el presidente del órgano estudiantil nos aseguró que no teníamos que hacer nada, que no había que ir a la huelga, que teníamos que continuar con nuestros estudios y no provocar violencia. Me levanté de un salto y dije: “Represento al comité de huelga de los estudiantes. Queremos una votación” 5950 estudiantes votaron por la huelga y sólo cincuenta, los líderes estudiantiles, los burócratas oficiales, votaron que no“.

Le pregunté si le sorprendió haber sido capaz de provocar aquello. -me respondió-sobre todo porque no había ningún comité de huelga. ¿Y de dónde sacaste el valor? Cuando tenía dieciocho, y estaba en la mili, leí tu poesía y la de Kerouac y Burroughs. Y me espabilé.

Eso me interesaba. ¿Qué clase de escritura puede hacer que una persona se separe de los demás, se mire a sí misma y se vuelva indpendiente? Así que le interrrogué: ¿Qué más leíste? Dostoyevski, Baudelaire, Rimbaud, Kafka… ¿Y qué música escuchabas? Los Beatles, Bob Dylan, Soft Machine, Lou Reed, Velvet Underground

Entonces le interrumpí. Todo volvía a Poe. Se hizo una luz en mi cabeza. Porque me di cuenta de que a Dostoyevski le gustaba Poe. Todo el sentimiento de culpa y de conciencia de El barril de amontillado lleva a Crimen y Castigo.Y Baudelaire fue el prototipo para Rimbaud y Artaud. Y el sentido de paranoia de Kafka viene de Poe. Y los Beatles le pusieron en la portada de Sargent Pepper’s. Y Burroughs, Kerouac y yo aprendimos de Poe… Poe está en el origen de toda la conciencia moderna.

Comprendí que Poe tiene más efecto en hacer a la gente independiente, consciente de su conciencia, que cualquier otro escritor. En contradicción con el pensamiento de Marx, Poe estaba en la torre de marfil, en la belleza pura. Mientras que Marx siempre dijo que hay que estar en la vanguardia de la revolución y tomar tu ideología del Comité Central del Partido Comunista, que habla por el proletariado, para que puedas hablarle al proletariado. ¡Y no movieron a nadie a nada! Mientras que Poe, que era el arte por el arte, tiene el efecto político más grande que ningún otro. Porque fue al corazón de todo lo que es puro, a la belleza. Cuando vi que todo volvía a Poe, casi me echo a llorar. Siempre me había interesado cuál es el efecto de la literatura en la vida social. Y ahí estaba el ejemplo más puro: El chaval lidera la revolución de los estudiantes y todo vuelve a Edgar Allan Poe. Paradójico y delicioso. Es la clase de cosas que te dan fe en la naturaleza humana.